Dos caminos
Así se detuvo Israel en el cruce de dos caminos, y deliberadamente, como lo había hecho siempre, escogió el camino equivocado.
Y “entraron en tierra de Egipto, porque no obedecieron a la voz de Jehová” (Jeremías 43: …). Jeremías, el siervo fiel, siempre sumiso a la voz del Maestro, se añadió a la caravana.
Y Dios, cuyo amor no cambia jamás, les habló de manera tan emotiva que todo corazón de carne, y no de piedra, se hubiera enternecido:
— Mi pueblo, dijo el profeta, tal como lo dijera antaño, «mi pueblo me ha dejado» (Jeremías 2: …). Es semejante a una familia insensata que deja una morada muy hermosa, edificada junto a una fuente de aguas refrescantes que corren de día y de noche, y solo por gusto de cambiar, se va a un país donde tendrá que cavar “para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2: …). Allí, sus pequeños morirán de sed a causa de la desobediencia de sus padres.
— Oh, pueblo mío, mi especial tesoro, “¿qué tienes tú en el camino de Egipto para que bebas las aguas turbias del Nilo?” ¿Por qué has sido desterrado de un país que fluye leche y miel? ¿No te acarreó esto el haberme abandonado a mí, fuente de agua viva? (2: …). Y todavía dices: No es culpa mía, yo “soy inocente” (2: …). Escucha mi voz, pueblo mío: tú no tienes en cuenta mis palabras, y dices con obstinación: No he pecado. Por lo cual yo pleiteo contigo para que vuelvas a mí. He aquí que has hablado y hecho cuantas maldades pudiste. “A lo menos desde ahora, ¿no me llamarás a mí, Padre mío, guiador de mi juventud?” (Jeremías 3: …).
