Comienza la persecución
El día en que fue sellado el pacto, Dios dijo a Jeremías:
— Has oído las palabras dichas por el pueblo: ve, pues, y diles que es inútil hacer promesas si no prestan atención a “mi voz” (Jeremías 11: …).
— “Amén, oh Jehová”, respondió Jeremías, y se dirigió a la puerta de la casa de Dios (11: …).
Desde allí, el profeta habló con vehemencia:
— No se trata solo de reparar el templo, dijo; también debéis “mejorar vuestros caminos” (Jeremías 7: …); no sirve de nada volverse hacia el templo repitiendo siempre: «¡Esta es la casa de Jehová!», en tanto que continuáis hurtando, matando, y transgrediendo los mandamientos, y venís y os ponéis “delante de mí en esta casa” (7: …), diciendo: «Siempre fuimos así, no podemos cambiar nuestra manera de ser». Dios pide obediencia, y no sacrificios. Cuando habéis prometido livianamente que guardaríais el pacto de Dios, él escuchó y oyó vuestras palabras poco sinceras. Ninguno de vosotros se arrepintió de su maldad, “diciendo: ¿Qué he hecho?” (Jeremías 8: …). ¡Y bien!, aún “la golondrina” es más sensata que vosotros (8: …) ¿Acaso quedan ellas donde nacieron para morir de frío cuando llega el invierno? ¿No sabéis que prevén la estación fría y emigran a países cálidos en busca de alimento, de calor y de vida? Vosotros, en cambio, no vais a Dios, ni veis que el juicio se acerca.
De esta manera advertía Jeremías a la insensata multitud que, cuando entraba por los pórticos del templo para adorar a Dios, decía: “Nosotros somos sabios” (8: …).
Y no solo anunció la Palabra en la puerta de la casa de Dios: Dios mismo le ordenó difundir el mensaje “en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén” (Jeremías 11: …), y Jeremías obedeció de inmediato.
Pero la predicación del profeta indignó a su propia familia: con furia, sus parientes pensaban que Jeremías conocía la falta de sinceridad de sus corazones, de modo que propusieron armar un «complot» para matar al hombre cuyas palabras los juzgaba (11: …).
A partir de ese momento, comenzaron las penurias para el varón de Dios, y, a menudo, su vida estuvo en peligro. Hasta entonces, su amistad con Josías le había certificado la seguridad.
Hilcías, que había muerto, había dejado a su hijo una casa por heredad, un pequeño huerto y una viña. Era la “heredad” de su padre, y el profeta la amaba con toda su “alma”, era su heredad preciosa (Jeremías 12: …).
Poco tiempo antes, Jeremías había dicho:
— Si pudiera, iría a vivir en el desierto, abandonaría a este pueblo y me iría lejos, porque todos son prevaricadores; no se puede confiar en amigos, porque son como Jacob, que tratan de suplantar a sus hermanos; todos aprendieron a «decir mentiras» (Jeremías 9: …).
Cuán poco sabía por entonces que sus propios hermanos lo suplantarían y tratarían de quitarle su “heredad” (Jeremías 12: …); los planes urdidos habían sido concertados con mucha habilidad para burlar su vigilancia. En vez de mostrarse irritados o heridos, le demostraban una amabilidad desmedida, pretendiendo interesarse en la Palabra de Dios.
El contento de Jeremías al ver la buena disposición de sus hermanos, fue de corta duración. Dios le habló y le mostró “sus obras” (Jeremías 11: …)
— “No los creas cuando bien te hablen”, dijo el divino Revelador de secretos, descubriendo ante Jeremías el verdadero estado de espíritu de los hombres de Anatot (Jeremías 12: …).
Entonces, conociendo Jeremías la maldad de sus corazones, salió para acusar de frente a sus hermanos. Pero ellos no se inmutaron.
— “No profetices en nombre de Jehová, para que no mueras a nuestras manos” fueron las palabras de aquellos hombres (Jeremías 11: …). Pero como no pudieron matar al profeta, objeto de su odio, se vengaron de él destruyendo su hermoso huerto y su viña.
— Han destruido mi viña, “hollaron mi heredad”, se lamentó Jeremías (Jeremías 12: …). Y se vio obligado a abandonar su casa, pues Dios le dijo:
— “No tomarás para ti mujer, ni tendrás hijos ni hijas en este lugar”. Con el corazón herido, el profeta se fue del lugar renunciando a los amados planes de su corazón (Jeremías 16: …).
Volvió, pues, a Jerusalén, y habló con mayor severidad de los días de aflicción que caerían sobre los hijos de Israel cuando «la misericordia y las piedades» de Dios fueran quitadas, y los cánticos de alegría cesaran en el país (16: …).
Su dolor era solo una pálida imagen del dolor que sobrevendría sobre la nación el día en que la olla hirviente desbordara desde el norte.
Desde entonces, el gozo de Jeremías se centró en la lectura de la Palabra de Dios que Hilcías había hallado. Por muy profunda que fuese su tristeza, el Libro lo reconfortaba. ¡Cuántas veces habrán leído juntos, el profeta y Josías!, pues el rey ponía gran diligencia en inquirir los pensamientos de Dios.
— “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí”, dijo Jeremías, “y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15: …). El lugar que ocupaban sus proyectos en su espíritu, fue reemplazado por el gozo que le procuraba la lectura de la Palabra de Dios: nada ni nadie le podría quitar ese gozo.
Las numerosas citas del Deuteronomio que se leen en sus profecías, demuestran que Jeremías estudiaba con atención el Santo Libro.
