Un largo viaje
El que no quiere oír, es el peor de los sordos. Sin embargo, las personas que no oyen están dispuestas a servirse de sus ojos, y como los mensajes del profeta no producían efecto en el oído del pueblo, Dios quiso hacerle comprender sus enseñanzas presentando ante ellos un objeto visible, tal como lo había hecho con Jeremías.
Dios llamó a su siervo y le dijo exactamente lo que debía hacer, pero no le explicó el alcance del hecho. Quería enseñar una lección a su pueblo. Examinemos las diferentes partes del mensaje práctico y visible.
En primer lugar, Jeremías debía comprar un “cinto de lino“ (Jeremías 13: …). Cuando el profeta fue a hacer la compra, todos lo supieron, pues los sordos no eran mudos y tenían tiempo para habladurías; y, para tener motivo de conversación, cada cual se metía en los negocios de los demás.
— ¿Qué necesidad tiene de comprarse un cinto? se preguntaban unos a otros. ¿Acaso no tiene uno puesto?. Era sabido que, por ser “sacerdote”, Jeremías llevaba un cinto ceñido a su cuerpo (Jeremías 1: …). El cinto formaba parte de las vestiduras sacerdotales, de modo que todo el pueblo opinaba, observaba, y hablaba.
El cinto de tela que «compró» Jeremías le pertenecía, pues lo había pagado (Jeremías 13: …). Para que sea útil, el profeta debía usarlo, y así lo hizo. Lo ciñó a su cintura, junto a su corazón.
En Anatot, las lenguas no cesaban de hablar porque Jeremías llevaba siempre puesta su nueva adquisición, y no la lavaba jamás, ni la metía “en agua” (13: …), y era sabido que el sacerdote debía lavar muy a menudo sus vestidos en agua.
Pero, he aquí que el profeta iba y venía con su cinto, cada día más sucio y manchado ¿Qué significaba todo eso? El pueblo comprendió solo una parte de la lección: que el cinto no había sido lavado jamás.
Pero Jeremías recibió una nueva orden de Dios:
— “Toma el cinto”, ese cinto sucio y manchado, y quítalo de tus lomos (13: …).
— Era hora, murmuró la gente al ver que lo desataba. Tal vez este hombre extraño lo lavará por fin. Ya era hora de que lo hiciera.
¡Pero no! El hombre tomó el cinto, lo dobló, lo puso bajo el brazo y salió de viaje.
— ¿Qué vas a hacer? le gritaban.
— Debo llevar el cinto sin lavar a un lugar muy lejos de aquí, respondió el profeta. Dios me ha ordenado esconderlo “en la hendidura de una peña”, a orillas del Éufrates (13: …).
— ¡El Éufrates! exclamaban estupefactos los vecinos. ¡Queda como a cuatrocientos kilómetros de aquí! No irás a hacer esa locura. ¿No hay, acaso, muchos lugares donde puedas enterrar tu posesión sin ir tan lejos?
Sordo a sus insinuaciones, tanto como ellos habían estado antes, el profeta partió por orden de Dios para hacer el largo viaje. Buscó una hendidura en la roca, a orillas del río, colocó adentro el cinto, lo cubrió con tierra, y regresó.
¡Cómo se agitaron las lenguas en su ausencia! Y cuando estuvo de vuelta, con los pies hinchados por el largo camino, ¡con cuántas burlas saludaron su regreso!
— ¿Realmente fuiste hasta allá? preguntaban. ¡Qué viaje tan estúpido! ¿Conseguiste, acaso, alguna mejoría para ti? En todo caso, se acabó la faja de tela de lino que llevabas puesta. Y se preguntaban qué cosa extraordinaria inventaría ahora su profeta; lo que no imaginaban era que aún oirían hablar del famoso cinto de lino.
Pasaron muchos días antes que Dios hablara de nuevo a Jeremías para decirle:
— “Levántate y vete” al río, al mismo lugar donde fuiste antes, busca la hendidura donde enterraste el cinto sin lavar, y desentiérralo (Jeremías 13: …). Jeremías se preparó y partió para el largo viaje. Sin «pero» ni «porqués», salió de la ciudad.
Durante muchos días, los hechos y los gestos del profeta fueron el sujeto habitual de las conversaciones del lugar. Pero la gente, sorda como era, tenía también muy corta la memoria, y muy pronto olvidó a Jeremías.
Repentinamente, se difundió la noticia de que habían visto la silueta del profeta dirigiéndose hacia Anatot.
Como la noticia se propagaba con rapidez, salieron a buscarlo, y las mismas personas que no querían escuchar la Palabra de Dios, abandonaron sus trabajos para oír las aventuras que contaría su profeta.
Fatigado y cubierto de polvo, Jeremías dijo en voz alta:
— “Fui al Éufrates y cavé”, como Dios me había ordenado (13: …). “Tomé el cinto del lugar donde lo había escondido, y he aquí que estaba podrido, para ninguna cosa era bueno” (13: …). Era solo un trapo inútil.
Sin darles tiempo a responder, siguió diciendo:
— El cinto es una figura de esta nación corrupta e inútil. Dios quería hacer de vosotros un cinto para sí, ceñido junto a su corazón, para honra suya. Era el plan preparado por Dios, pero vosotros sabéis cuán sucios estáis. Tenéis necesidad de ser lavados. Vuestro Maestro os hubiera hecho tan blancos como la nieve, y os hubiese conservado limpios. Pero no quisisteis escuchar su invitación, y como sucedió con el cinto sucio, también vosotros seréis llevados junto al Éufrates, y allí quedaréis. En vez de ser un ornato para vuestro Dios, no sois buenos para nada.
No es fácil pensar que después de haber oído ese hermoso nombre de «cinto suyo» que Dios quería dar a su pueblo, no hayan acudido a implorar su perdón, a suplicar por agua para ser lavados y, al fin, ser guardados para siempre junto a su corazón.
Si se hubiesen arrepentido, Dios hubiera escuchado su súplica para hacer de ellos un pueblo para alabanza y para honra de su nombre.
— Pero, como sois ciegos y sordos, no habéis acudido a él.
