Jeremías vuelve a la escuela de Dios
El castigo se acercaba, y el pueblo se obstinaba en repetir cada día:
— Nos es imposible dejar de cometer iniquidad, nosotros somos así. Dios advirtió a su siervo que les daría una nueva lección sirviéndose, esta vez, del ejemplo del alfarero.
— “Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras” (Jeremías 18: …).
Jeremías fue a ver al alfarero como Dios le ordenaba. Como siempre, su obediencia era inmediata. El alfarero estaba trabajando, y el profeta observaba en silencio sus movimientos. El artesano moldeaba el barro en la rueda que resonaba al girar. Maravillado, Jeremías miraba como la vasija tomaba forma en «sus manos» hábiles (18: …).
Pero de pronto, Jeremías notó que el alfarero dejaba de trabajar en la magnífica vasija que hacía, y quitaba la masa del torno. Aquella vasija sin terminar no tenía ningún valor. Sin embargo, el artesano tomaba con cuidado la arcilla que, endurecida en parte, impedía la terminación del vaso.
— Seguramente el alfarero la arrojará lejos, pensaba el profeta. Pero no. El hombre continuó palpando el barro, entresacó los grumos, amasó la arcilla entre sus dedos, hizo una masa compacta, y recomenzó su trabajo. Esta vez el torno giró sin detenerse, y Jeremías tuvo ante su vista una vasija entera, espléndida. Era “otra vasija”, una vasija sin defectos, lista para ser empleada (18: …), pues el alfarero era un hombre hábil, y la arcilla maleable.
El Maestro de Jeremías tomó entonces la palabra:
— ¿No es Israel como esa vasija sin terminar? Mis designios para ellos eran maravillosos. Pero no pudieron cumplirse porque mi pueblo es duro de corazón. Sin embargo, “como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel” (18: …).
El profeta comprendió la lección ilustrada por medio de la vasija, y volvió a Jerusalén a proclamar el supremo poder de Dios para transformar a hombres que hasta entonces no servían para nada.
El cinto no podía lavarse por sí mismo, ni podía terminarse la vasija por sí sola. ¿No nos sucede lo mismo, acaso? Somos tan incapaces de mejorar por nuestras propias fuerzas como lo hubiésemos sido para crear nuestro cuerpo.
Así, pues, el divino Alfarero nos dice también a nosotros:
— ¿No puedo hacer con vosotros lo que hace el alfarero con la arcilla? Él quisiera hacernos sentar con Jeremías en los bancos de su escuela.
Cada cual debe dar una respuesta a esta pregunta. Mucho antes que Jeremías, David formuló una oración que podría servir de conclusión a las parábolas del cinto sucio y de la vasija sin terminar:
“Lávame, y seré más blanco que la nieve… Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51: …).
Es la respuesta que, día a día, Dios espera de nosotros. En efecto, el amor de Dios está siempre listo para colmarnos de bendiciones.
“No es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños” (Mateo 18: …).
