Vuélvete a Él con todo tu corazón
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La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

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Las cestas con higos

“Después de haber transportado Nabucodonosor” a los cautivos a Babilonia (Jeremías 24: …), Dios condujo a Jeremías a su desolada morada para darle una lección sobre la consolación.

El profeta levantó la vista y vio “dos cestas de higos puestas delante del templo de Jehová. Una cesta tenía higos muy buenos”, bien maduros, que hacían agua la boca (24: …)

— “¿Qué ves tú, Jeremías?” preguntó Dios (24: …).

— Higos, dijo el varón de Dios, “higos buenos, ¡muy buenos!” (24: …).

Esta era la primera parte de la lección.

— ¿Qué ves ahora? preguntó otra vez el Maestro.

— Una cesta de higos, respondió el alumno, “higos malos, muy malos, que de malos no se pueden comer” (24: …). Y sentándose consideró las cestas tratando de descubrir el significado de aquellos higos.

Dios volvió a tomar la palabra, pues Él explica claramente la lección que quiere enseñar al escolar atento:

— Estos higos buenos representan la larga caravana de cautivos “a los cuales eché de este lugar a la tierra de los caldeos, para bien” (24: …). 

Dios había permitido que los prisioneros fueran llevados porque quería su bien. Quería enseñarles a andar por su camino en una tierra desconocida, y darles una nueva ocasión de ser objetos de su amor. Al cabo de setenta años de prueba en Babilonia, los volvería a traer a su país.

A pesar de la dolorosa ausencia de sus amigos, Jeremías se sintió reconfortado. Para ellos, la deportación sería una fuente de bendición, y el profeta quedó satisfecho al haber comprendido el significado de la cesta de higos buenos. Dios mismo estaba junto a los prisioneros cargados de cadenas. Y haría “una obra” especial para ejecutar su designio (Habacuc 1: …). 

Esta era la parte consoladora de la lección. Pero luego había una segunda parte, muy dolorosa. Los higos malos, que no servían para comer, representaban «a Sedequías, a sus príncipes y a la gente que había quedado en el país» (Jeremías 24: …). Las aflicciones los agobiarían, los enemigos caerían sobre ellos, y la peste los exterminaría hasta que no quedara ninguno en la tierra. Impíos y corruptos, serían arrojados por todas partes. 

Jeremías volvió a su casa reconfortado, y contristado a la vez, por la lección que había aprendido.

Se sentó y tomó el libro escrito por Baruc. Sus ojos cayeron sobre estas palabras: “Reprime del llanto tu voz, y de las lágrimas tus ojos; porque salario hay para tu trabajo (tu predicación menospreciada), dice Jehová, y volverán de la tierra del enemigo” (Jeremías 31: …). 

En tanto, los cautivos establecían “señales” (31: …) y postes indicadores para señalar el camino por donde pasaban, pues creían, ciertamente, que sus hijos volverían al país para reconstruir la ciudad amada de Dios.

Esa noche, el sueño de Jeremías fue agradable. Dios había fortalecido su alma fatigada, y había convertido en gozo su inmensa tristeza.