La historia de lo que hubiera podido ser
— He aquí que veo… —comenzó diciendo con voz estremecida de gozo, mientras sus ojos miraban a lo lejos— veo a los hijos de Israel reunidos en una montaña muy alta. Algunos de ellos levantan al cielo sus ojos velados de lágrimas; otros se cubren el rostro, avergonzados y contritos. Hombres, mujeres y niños lloran, allá en las alturas, y sus sollozos y sus ardientes ruegos llenan el valle (Jeremías 3: …).
— Puedo oírlos y comprendo lo que dicen: «Perdónanos, Señor, nosotros hemos seguido nuestro propio camino…, ten piedad de nosotros, te lo suplicamos.» Y dominando las exclamaciones de amargura de la gente, la voz dulce de Dios que decía: “Convertíos, hijos rebeldes”, volveos a mí “y sanaré vuestras rebeliones”. Me llamaréis de nuevo: “Padre mío” (3: …).
— Y ahora veo que los hombres y las mujeres se levantan, que cesan los llantos, que los hijos levantan la cabeza y sonríen, y todos, con voz humillada, inclinando la cabeza exclaman: “He aquí nosotros venimos a ti, porque tú eres Jehová nuestro Dios”. Nadie puede ayudarnos sino solo tú. Venimos, pues, a ti (3: …).
Los rayos del sol inundaban la montaña, y las voces resonaban en coro, agradecidas y felices…
— “Ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salvación de Israel.” “Tú eres Jehová nuestro Dios“ (3: …).
Vuelto de su maravillosa visión, Jeremías se encontró rodeado de un pueblo impasible.
— ¿Qué quieres aún de nosotros, Jeremías? preguntaron. ¿No hemos destruido todos los ídolos? ¿No hemos apoyado a Josías en sus reformas?
Comprendiendo que el cambio producido en el pueblo era superficial, Jeremías volvió a suplicarle que se vuelva a Dios de corazón. Para complacer a Josías, habían obrado como un hombre que siembra trigo entre las espinas, un trabajo inútil, pues en esas condiciones, no habría cosecha posible.
— “No sembréis entre espinos” (Jeremías 4: …), sino en terreno arado, arengó Jeremías con el corazón oprimido al ver al pueblo sin preparación alguna para recibir el mensaje del amor de Dios. ¿Podría conmover de alguna manera a ese pueblo? La persuasión por medio de la dulzura no había surtido efecto, debía hablar ahora en otros términos. En su rostro se pintaba una expresión de espanto.
