Vuélvete a Él con todo tu corazón
Vuélvete a Él con todo tu corazón

La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

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La historia de lo que hubiera podido ser

— He aquí que veo… —comenzó diciendo con voz estremecida de gozo, mientras sus ojos miraban a lo lejos— veo a los hijos de Israel reunidos en una montaña muy alta. Algunos de ellos levantan al cielo sus ojos velados de lágrimas; otros se cubren el rostro, avergonzados y contritos. Hombres, mujeres y niños lloran, allá en las alturas, y sus sollozos y sus ardientes ruegos llenan el valle (Jeremías 3: …).

— Puedo oírlos y comprendo lo que dicen: «Perdónanos, Señor, nosotros hemos seguido nuestro propio camino…, ten piedad de nosotros, te lo suplicamos.» Y dominando las exclamaciones de amargura de la gente, la voz dulce de Dios que decía: “Convertíos, hijos rebeldes”, volveos a mí “y sanaré vuestras rebeliones”. Me llamaréis de nuevo: “Padre mío” (3: …).

— Y ahora veo que los hombres y las mujeres se levantan, que cesan los llantos, que los hijos levantan la cabeza y sonríen, y todos, con voz humillada, inclinando la cabeza exclaman: “He aquí nosotros venimos a ti, porque tú eres Jehová nuestro Dios”. Nadie puede ayudarnos sino solo tú. Venimos, pues, a ti (3: …).

Los rayos del sol inundaban la montaña, y las voces resonaban en coro, agradecidas y felices…

— “Ciertamente en Jehová nuestro Dios está la salvación de Israel.” “Tú eres Jehová nuestro Dios“ (3: …).

Vuelto de su maravillosa visión, Jeremías se encontró rodeado de un pueblo impasible.

— ¿Qué quieres aún de nosotros, Jeremías? preguntaron. ¿No hemos destruido todos los ídolos? ¿No hemos apoyado a Josías en sus reformas?

Comprendiendo que el cambio producido en el pueblo era superficial, Jeremías volvió a suplicarle que se vuelva a Dios de corazón. Para complacer a Josías, habían obrado como un hombre que siembra trigo entre las espinas, un trabajo inútil, pues en esas condiciones, no habría cosecha posible.

— “No sembréis entre espinos” (Jeremías 4: …), sino en terreno arado, arengó Jeremías con el corazón oprimido al ver al pueblo sin preparación alguna para recibir el mensaje del amor de Dios. ¿Podría conmover de alguna manera a ese pueblo? La persuasión por medio de la dulzura no había surtido efecto, debía hablar ahora en otros términos. En su rostro se pintaba una expresión de espanto.