El siervo que preguntaba por qué
Entre los fieles siervos de Dios de aquella época, se encontraba el profeta “Habacuc”. (Habacuc 1: …).
Si Jeremías era un hombre que preguntaba poco, y hacía simplemente lo que se le mandaba sin preguntar por qué, Habacuc era muy distinto. No podía dejar de preguntar “¿por qué?” (1: …). Cada tarde observaba a los obreros de Joacim que volvían a su casa sin haber recibido su salario. Veía que la ley de su país se había «debilitado» (1: …), y que la gente miserable vivía agobiada por impuestos injustos.
— ¿Por qué? gemía su alma, ¿por qué pasa esto? “¿Hasta cuándo” durarán estas cosas, oh Dios? (1: …).
Dios, que escucha las oraciones de los suyos, respondió a su siervo turbado por las circunstancias, y su respuesta sumergió al profeta en gran perplejidad. Una calamidad más temible que la tiranía de Joacim caería en breve sobre Jerusalén. Un enemigo “formidable y terrible”, de rostro cruel, con “caballos más ligeros que leopardos”, devastaría el país y recogería “cautivos como arena” del mar (1: …). Jeremías había anunciado con anticipación la llegada de semejante adversario.
Habacuc tembló al oír hablar del invasor, y exclamó:
— “¿Por qué?” (1: …). Comprendía demasiado bien que Jerusalén merecía un castigo, pero, ¿por qué Dios emplearía una nación pagana para hacerlo? No pudo sondear tal misterio. Asaltado por las dudas, dejó de hacer preguntas y esperó una respuesta divina. Era lo mejor que podía hacer.
Y Dios le habló de nuevo. Esta vez le reveló el porvenir en una visión que le aseguraba que, “aunque tardare, sin duda vendrá” (Habacuc 2: …). Si bien no conocemos la visión, sabemos que revestía gran importancia, pues Habacuc recibió la orden de conseguir una tabla de arcilla para grabar en ella, con letra perfectamente legible, las cosas que había visto. Tal vez las miradas de quienes rehusaban escuchar a Jeremías, leerían el escrito del nuevo profeta.
Habacuc aprendió algo más: que aquellos que pecan contra su propia alma, pueden prosperar por un tiempo, pero después les aguarda la desgracia.
Descubrió también que era mejor «callar delante de Dios» (2: …), esperar que Él hable, antes de hacer tantas preguntas. Y después de haber escuchado, en vez de preguntar: ¿Por qué?, o ¿hasta cuándo?, Habacuc compuso un hermoso cántico acerca de la fe, cuyas estrofas han resonado, a menudo, en lo profundo del corazón de los hombres que han aprendido a poner en las manos de su Padre las circunstancias que les acontecen en el mundo, y también sus preocupaciones personales.
El cántico de la fe
“Aunque la higuera no florezca,
Ni en las vides haya frutos,
Aunque falte el producto del olivo,
Y los labrados no den mantenimiento,
Y las ovejas sean quitadas de la majada,
Y no haya vacas en los corrales;
Con todo, yo me alegraré en Jehová,
Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza,
El cual hace mis pies como de ciervas
Y en mis alturas me hace andar.“
(Habacuc 3: …).
Habacuc escribió este cántico en un libro. Sin embargo, no vemos en las Escrituras que el rey o el pueblo hayan prestado más atención al mensaje escrito por Habacuc, que a la predicación de Jeremías.
Nabucodonosor hizo su aparición, conquistó Jerusalén, y ató a Joacim “con cadenas” para llevarlo a Babilonia (2 Crónicas 36: …). Pero el monarca prisionero no dejó su país; se ignora lo que sucedió con él. Su cuerpo, según la profecía, debía ser echado fuera de las puertas de la ciudad como se hace con un “asno” (Jeremías 22: …); parece ser que prefirió quitarse la vida antes que ser deportado a Babilonia.
“Y reinó en su lugar Joaquín su hijo.” (2 Reyes 24: …).
