El golpe brutal
El sacerdote “Pasur”, que “presidía como príncipe en la casa de Jehová” (Jeremías 20: …), se encontraba entre los que escuchaban la predicación sobre el cántaro quebrado. Condescender a escuchar a Jeremías se trataba, seguramente, de una actitud muy poco común para un personaje de su envergadura.
¿Sería la escena presenciada por la mañana, todavía viva en su espíritu, lo que lo incitaba a seguir al profeta con una atención cada vez mayor? Tal vez fuera por eso que se fue acercando lentamente al orador. Los reproches dirigidos al pueblo y a sus autoridades comenzaban a irritarlo, pues su conciencia había sido tocada. La ira que lo inundaba subía de tono. Cuando Jeremías predijo que Nabucodonosor deportaría a los habitantes de Judá y de Jerusalén, ya no se pudo contener. Abriéndose paso hasta donde se hallaba el siervo de Dios, le asestó un golpe violento. Pero él mismo sería víctima de un ataque muy distinto: en breve, la Palabra de Dios que había oído lo traspasaría; ¿no es, acaso, “más cortante que toda espada de dos filos”? (Hebreos 4: …).
Furioso, herido en su orgullo, Pasur mandó apresar a Jeremías y “lo puso en el cepo” que estaba en la puerta (Jeremías 20: …).
El cepo en cuestión estaba en una de las puertas de la ciudad, una puerta por la cual el profeta pasaba a menudo para entrar en Jerusalén. Ese día, cada uno de los que pasaban por allí vería la vergüenza que agobiaba al prisionero, y en Anatot, no faltarían las palabras de satisfacción durante la cena, pues, al fin, el predicador había sido prendido.
Esa noche Jeremías sufrió intensamente. Pero la tortura que atormentaba su cuerpo no tenía comparación con el combate que se libraba en su alma.
Durante mucho tiempo recordaría la noche en la que, prisionero en el instrumento de tortura, su Yo y Satanás habían combatido contra el Espíritu. Primeramente, el Enemigo le susurró:
— Eres la risa de todos. Con los miembros doloridos, Jeremías respondió:
— Lo sé, “cada cual se burla de mí” (Jeremías 20: …).
— Tu propia familia está en contra de ti, siguió diciendo Satanás, quien se aprovecha del hombre que está en angustia.
— Es verdad, gimió el profeta, “todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían” (20: …).
— Si lo sabes, ¿por qué sigues profetizando? fue la pregunta apremiante, hecha con voz socarrona. En medio de sus sufrimientos, Jeremías exclamó:
— No “hablaré más en su nombre”, el escarnio quebrantó mi corazón (20: …). Cuando estas palabras de incredulidad escaparon de sus labios, el adversario retrocedió. De pie en la oscuridad se hallaba un hombre más fuerte que Satanás, y más “poderoso” que el “Yo” de Jeremías (20: …).
Al oír el son de su voz dulce y sutil, Jeremías sintió que afloraba en él un “fuego ardiente” que llevaba encerrado en su corazón desde hacía mucho tiempo (20: …).
— Es necesario que profetice hasta la muerte, dijo de pronto. “Jehová está conmigo como poderoso gigante” (20: …). ¿No he sido establecido como “ciudad fortificada”, como “columna de hierro”? Y pelearán contra ti, pero no te vencerán, dice Dios (Jeremías 1: …).
Nuevamente reanimado, olvidando el cepo y sus dolores, Jeremías entonó un cántico de alabanzas, como lo hicieron Pablo y Silas en la prisión, muchos siglos más tarde.
— Cantad a Dios, entonaba en medio de las tinieblas, “porque ha librado el alma del pobre de mano de los malignos“ (Jeremías 20: …).
Pero, en ese momento de triunfo, Satanás volvió a la carga. La voz del profeta calló bruscamente.
— ¿Crees realmente que te ha librado? preguntó el padre de mentira. Y el Yo engañador de Jeremías se preguntó a sí mismo:
— ¿Me ha librado de mis cadenas?
La silueta más oscura que la noche se había acercado nuevamente. Satanás se deslizaba cada vez más cerca del profeta, y este dejó de ver al Hombre todopoderoso que había visto un momento antes.
— El día de tu nacimiento fue un día nefasto para ti, murmuró el enemigo. Es verdad que tu padre se alegró mucho. Y, sin embargo, ¡qué “día” fatal fue aquel! (20: …).
— Demasiado lo sé, replicó Jeremías agobiado. Desearía no haber nacido.
¡Cuántas veces, durante aquella noche, el varón de Dios fue asaltado alternativamente por Satanás, y fortalecido por su Maestro, llevado una y otra vez a las profundidades del desánimo y a las alturas de la divina consolación! ¿No era Jeremías un hombre con las mismas pasiones que nosotros? Herido en cuerpo y alma, contempló por fin que salía el sol. Vencido, Satanás se retiró. Y Dios habló a su siervo de Pasur, quien llegaba justamente a la puerta de Benjamín para liberar a su prisionero.
El profeta se levantó penosamente, pero en su corazón brillaba una llama viva cuando se vio frente a frente con el príncipe. Mirando fijamente a su perseguidor, extendió el brazo hacia él y pronunció estas palabras:
— “Jehová no ha llamado tu nombre Pasur”, sino Terror. ¿Sabes por qué? Porque de ti hará un terror para
“todos los que te quieren” (Jeremías 20: …).
Durante toda la noche, el muy cobarde había tratado de tranquilizarse, y ahora, por la mañana, le daban el nombre que le convenía, un nombre que le resultaba desagradable. A la sola mención del rey de Babilonia, Pasur temblaba con todos sus miembros. Si el temor no se hubiera apoderado de él, no hubiese prestado atención a las palabras que Jeremías quería decirle todavía:
— “Y tú, Pasur, y todos los moradores de tu casa iréis cautivos; entrarás en Babilonia, y allí morirás, y allí serás enterrado tú, y todos los que bien te quieren” (20: …).
Al oír estas palabras, Pasur se alejó apresuradamente de su víctima. Pero, desde ese momento, nunca volvió a conocer el descanso.
Mil años atrás, Moisés había trazado el retrato de un tal hombre, pues el Espíritu Santo conocía a Pasur antes que naciera.
“Tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu vida”. “Y te dará Jehová corazón temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma” (Deuteronomio 28: …).
Sabemos que una conciencia cargada nos vuelve temerosos. Todos necesitamos una “conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hechos 24: …), si deseamos acostarnos y dormir “en paz” (Salmo 4: …).
Jamás volvió Pasur a gustar de un sueño apacible. Por la noche, lo espantaban horrorosas pesadillas.
