Los seis yugos
Desde ese día, el sometimiento a Babilonia fue el tema que Jeremías abordaba en su predicación.
Nabucodonosor no era otra cosa que la vara de Dios, quien castigaba a Judá por su intermedio. Dios había entregado la tierra, y otras naciones a su alrededor, según pareció bien a sus ojos, a los ojos del Creador de todas las cosas. “Todas las naciones” servirán al rey de los caldeos, y a su hijo, y al hijo de su hijo (Jeremías 27: …). Quienes rehusaran sujetarse a Babilonia, lo lamentarían amargamente. De buen o de mal grado, era necesario someterse al dominio de Nabucodonosor.
Para mostrar a su pueblo la actitud que se debía adoptar frente al vencedor, Jeremías se dirigió al taller de un carpintero para adquirir varias piezas de madera.
— ¿Qué deseas? preguntó el artesano.
— Necesito madera para hacer “yugos” (27: …).
Viéndolo, la gente se preguntaba:
— Este profeta insensato, ¿se volverá campesino ahora? ¿Para qué quiere los yugos?
Y luego, todos se asombraron al ver al varón de Dios sentado en el suelo, trabajando la madera con la que fabricó seis yugos, se ató uno de ellos al cuello, y con los otros cinco debajo del brazo, se dirigió a la Casa Roja, y esperó en el patio.
En las salas interiores del palacio, Sedequías presidía una solemne sesión. En efecto, los embajadores de cinco naciones vecinas, que habían formado una liga, se hallaban en el palacio con el fin de invitar a Sedequías a unirse a la confederación. Cuando Nabucodonosor no era todavía el formidable enemigo que conocían, esas mismas naciones habían peleado contra Joacim, pero ahora querían hacer alianza con Israel para aplastar al monarca babilónico. Los embajadores saldrían en breve del palacio, y Jeremías los esperaba cargando sus yugos.
Después de largas ceremonias, los mensajeros extranjeros fueron despedidos por el rey, y el profeta avanzó hacia ellos. Iba envuelto en ropas deslucidas que contrastaban con el ropaje espléndido de los embajadores.
— Tengo un regalo para vuestros amos, dijo mientras distribuía los yugos: Para el rey de Edom, el rey Moab, el rey de los hijos de Amón, el rey de Tiro y el rey de Sidón. Trasmitidles este mensaje: Poned el yugo sobre vuestros cuellos. Someteos a Nabucodonosor, y todo saldrá bien, pues “a la nación que sometiere su cuello al yugo del rey de Babilonia y le sirviere, la dejaré en su tierra, dice Jehová, y la labrará y morará en ella” (Jeremías 27: …). ¡Ay de vosotros si despreciáis esta advertencia!
Jeremías, llevando siempre su yugo de madera al cuello, no cesó desde ese día de apremiar a sus oyentes para que en todas partes fuese aceptada la dominación caldea.
