Los huesos en el fuego
Mientras Jeremías recorría las calles de Jerusalén con su pregón, Josías daba por terminada su expedición en el país.
En Betel, donde trescientos años antes el profeta había predicho:
— “He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías” (1 Reyes 13: …), el altar continuaba en pie.
Según la profecía, Josías debía quemar los huesos de los sacerdotes idólatras de Jeroboam, aquellos que habían ofrecido sacrificios e incienso sobre el altar.
La hora del cumplimiento de la profecía había llegado.
El rey recorría la región cuando, de pronto, descubrió unos “sepulcros” en la montaña: eran justamente los sepulcros que contenían los huesos de los sacerdotes de Jeroboam (2 Reyes 23: …).
— Desenterrad esos huesos, dijo gravemente el rey.
Los siervos extrajeron las osamentas y las pusieron sobre el altar. Cuando los huesos se hubieron consumido por el fuego, el altar también fue demolido y reducido a “polvo” (23: …).
Ese día, tanto Josías como sus siervos supieron con certeza que todo aquello que Dios dice se cumple tarde o temprano.
Mientras tanto, en Jerusalén se hacían urgentes preparativos para recibir al rey que volvía de su campaña.
Después de seis años de ausencia, los hijos de Josías podían alegrarse con el regreso de su padre. Eliaquim, que más tarde fue llamado Joacim, tenía solamente cinco años cuando el rey había salido de Jerusalén, y a su regreso, el niño de once años podía sentirse grande y muy feliz de demostrar cuántas cosas había aprendido durante su ausencia, y cuánto había crecido. Cualquier niño lo hace así, y un regreso como aquel revestía gran importancia para él.
Cuando el último de los ídolos fue destruido, los niños pudieron, por fin, recibir al padre en casa. Pero Josías no volvía para jugar con sus hijos, sino para ocuparse del enorme trabajo que le esperaba en Jerusalén.
