La lección de diligencia
Pero aún quedaban por aprender otras lecciones. Jeremías observaba atentamente lo que Dios le mostraba.
— “¿Qué ves tú, Jeremías?”, fue la primera pregunta (1: …). Ante el joven había una vara de madera, como una caña larga, pero, cosa notable, la vara estaba cubierta de flores y de almendras.
— “Veo una vara de almendro”, respondió Jeremías (1: …).
¿Qué significado podía tener esa vara en flor para el joven descendiente de Aarón?
Su memoria le recordó de inmediato el relato de las doce varas secas, cada una con un nombre, aquel día en que Dios dijera: “Florecerá la vara del varón que yo escoja, y producirá fruto” (Números 17: …). Esta visión recordó a Jeremías que Dios lo había escogido, como había escogido a Aarón, para un servicio especial.
Pero la vara tenía también otro significado, y para que Jeremías comprendiera y recordara siempre este segundo e importante significado, Dios mismo se lo explicó.
El almendro es uno de los primeros árboles que florece, cuando aún no ha terminado el invierno, impaciente por revestirse de sus galas sin esperar que llegue el verano. Sus flores precoces enseñan una lección de diligencia: el mensaje de Dios debía ser llevado rápidamente. No había tiempo que perder, pues, a menos que el pueblo se arrepintiera, el castigo avanzaba a pasos agigantados. De esa manera, Jeremías aprendió una nueva lección: debía poner manos a la obra de inmediato, pues Dios ejecutaría su palabra en breve.
