El libro hallado nuevamente
La casa de Dios debía ser reparada. Había mucho que hacer antes de restablecer nuevamente el culto.
Josías comprendía que, habiendo sido destruidos los ídolos, el pueblo debía tener un objeto que concentrara sus afectos. Pero era difícil comenzar el servicio del templo “como Jehová lo había mandado” a Moisés (Éxodo 39: …) —quien había escrito detalladamente las ordenanzas de Dios—, porque Josías no conocía ni había visto jamás el Libro que hubiera podido guiarlo en ese menester.
A pesar de todo, el joven rey tomó algunas medidas haciendo comparecer “a los carpinteros, maestros y albañiles” (2 Reyes 22: …), y se hicieron planes para restaurar la casa que Salomón había edificado.
En aquel tiempo, tal como sucede en nuestros días, el primer paso consistía en considerar el costo de la construcción ¿Dónde se conseguirían los fondos necesarios para pagar a “los que hacían la obra?” (2 Crónicas 34: …).
Lo mismo había sucedido en tiempos de Joás: como el rey necesitaba dinero para reparar el templo, “el sumo sacerdote Joiada tomó un arca e hizo en la tapa un agujero, y la puso junto al altar”, en el atrio de la casa de Dios (2 Reyes 12: …). Sin duda, Safán, el secretario de Josías, recordaba la buena idea que habían tenido Joás y Joiada, y el viejo cofre, cubierto de polvo, fue hallado en una de las habitaciones del templo. Tras el hallazgo, fue sacado a la luz y devuelto a su lugar en el atrio, y los levitas ocuparon de nuevo su puesto en la puerta de la casa para recoger el dinero.
Fue un día maravilloso para Josías, para Safán e Hilcías, para Ahicam y para todos los habitantes de Jerusalén que servían a Dios, pues los que aborrecían a los ídolos habían permanecido fieles a Dios.
Las piezas de dinero que caían dentro de la caja resonaban un día y otro día, y los siervos de Dios se alegraban al ver que el cofre se llenaba. Por fin, como sucediera en tiempos de Joás, “cuando vieron que había mucho dinero en el arca” (2 Reyes 12: …), el rey Josías dijo a Safán:
— Es tiempo de abrir la caja y contar su contenido. “Ve al sumo sacerdote Hilcías”, y dile que te acompañe (2 Reyes 22: …). Una de las funciones del secretario del rey consistía en verificar el monto de lo que se había recaudado.
Safán, acompañado por dos intendentes, subieron al templo a buscar a Hilcías. Los levitas abrieron el cofre, y una vez retirada la tapa, quedó al descubierto el dinero obtenido. Sin tardar, se dedicaron a pesar las piezas de plata que llenaban la caja hasta los bordes, en tanto que Safán hacía el inventario de lo que habían recogido.
Pero “al sacar el dinero” (2 Crónicas 34: …), Hilcías descubrió dentro del arca un envoltorio de hojas de pergamino. Su gesto de asombro y sus palabras de sorpresa demostraron a quienes lo acompañaban que el descubrimiento era de suma importancia. Se detuvo el recuento del dinero, y todas las miradas quedaron fijas en la expresión del sumo sacerdote.
— ¿Qué es eso? preguntó uno de los presentes. Hilcías continuó examinando con ansiedad lo que había encontrado, y al fin, con voz emocionada contestó:
— “He hallado el libro de la ley” (34: …).
“Y dio Hilcías el libro a Safán” (34: …) para que constatase por sí mismo que el Libro hallado era nada menos que la Sagrada Escritura perdida. Safán tomó el pergamino y comenzó a leer, pero, pensando en la felicidad que experimentaría el rey, se detuvo, imaginando la alegría de Josías al recibir esta grande y sorprendente noticia. Sabía muy bien que para Josías, ningún tesoro en el mundo podía compararse con el descubrimiento del Libro de Dios, perdido durante tanto tiempo.
Con este pensamiento, corrió hacia el palacio con el Libro debajo del brazo, y con la buena nueva pintada en el rostro.
“Safán lo llevó al rey” (34: …), pero Hilcías, que no estaba dispuesto a faltar a tan feliz escena, se apresuró a seguirlo.
Tan rápido como les fue posible, llegaron a palacio.
— Hemos contado el dinero, y lo entregamos a los encargados, dijo Safán, y añadió:
— “El sacerdote Hilcías me dio un Libro. Y leyó Safán en él delante del rey” (34: …).
