Joacaz, el nuevo rey
Por razones desconocidas, Joacaz, el cuarto hijo de Josías, le sucedió en el trono. Durante los veintitrés años de su vida, no había aprendido a hacer lo bueno “ante los ojos de Jehová”, y muy pronto desagradó a Necao, de modo que al cabo de “tres meses”, fue llevado prisionero a Egipto (2 Reyes 23: …). Y en su lugar reinó “Joacim”, su hermano mayor (2 Crónicas 36: …).
Desde muy pequeño, Joacim había adquirido la costumbre de hacer su propia voluntad. Aunque no fuera el mayor de los hermanos, siempre estaba en primer lugar. Era un muchacho iracundo, que quería todo para sí, pues «la avaricia» era el principio que gobernaba su corazón desobediente (Jeremías 22: …). Desde su “juventud” fue cruel y apasionado (22: …).
Frente a la Palabra de Dios, repetía: “No oiré” (22: …).
Es muy posible que Josías, conociendo el carácter de su hijo mayor, haya decidido establecer por sucesor a Joacaz, dos años menor.
Joacim no sintió demasiado pesar por la muerte de su padre, pues todo lo que Josías apreciaba, él lo aborrecía; y lo que su padre aborrecía, era de su gusto. A pesar de la decepción de ver entronizado a su hermano en un trono tan deseado, encontró el medio de atraer el favor de Necao, y como lo hemos visto, al cabo de tres meses, “el rey de Egipto” coronó a Joacim por rey de Judá (2 Crónicas 36: …).
— Ahora “edificaré”, dijo Joacim; este palacio es demasiado pequeño para mí. No me satisface. La casa que edificaré será “espaciosa, y las salas airosas”. Las puertas y las ventanas de cedro estarán pintadas de “bermellón”. La gloria de esta Casa Roja atraerá todas las miradas (Jeremías 22: …).
Así lo hizo. El palacio fue provisto de todo el lujo que se pueda imaginar. Pero el rey, aún poseyendo todo lo que deseaba, no sabía discernir entre el bien y el mal.
Los obreros sufrían grandes penurias. Hora tras hora, día tras día, Joacim se servía “de su prójimo de balde” (22: …). Para edificar la magnífica mansión, no gastó ni un centavo. Si los trabajadores se resistían, recurría a la opresión y al agravio.
— “¡Ay del que edifica su casa sin justicia!”, dijo Dios (22: …).
En efecto, los palacios no aseguran la estabilidad de un reino; después de haber vivido en medio de tan grande pompa, nadie supo jamás donde se hallaba la sepultura del dueño de la Casa Roja; el día de su muerte, nadie se preocupó por él más de lo que preocupa la muerte de “un asno”. No hubo lamentación como la hubo por Josías, sino que fue arrastrado y echado “fuera de las puertas de Jerusalén” (22: …).
