Vuélvete a Él con todo tu corazón
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La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

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El rollo rasgado

El rey Joacim estaba sentado junto al fuego en el salón de la Casa Roja. Recordamos que, cuando era niño, afligía a Josías, su padre, con su ira y su egoísmo, y los años no habían mejorado su carácter. En palacio, todos sabían que debían alejarse de él cuando contraía el real entrecejo.

Los príncipes conocían muy bien a su amo, por lo cual aconsejaron a Jeremías que se escondiera antes que el libro fuera leído al rey. Además, antes de presentarse ante Joacim, pusieron el precioso volumen en lugar seguro. Pero, para sorpresa de todos, el rey se mostró abordable, de modo que pudieron hablar libremente del libro dictado por el profeta. El monarca, al igual que los príncipes, expresó el deseo de leerlo por sí mismo, y Jehudí fue enviado en busca del “rollo“ para ser leído delante el rey (Jeremías 36: …).

Antes de que terminara la lectura de la primera columna, el rostro de Joacim perdió la expresión de buen humor, y con la segunda, se volvió amenazante. Cuando se leía la tercera columna, la mano real tomó furtivamente un “cortaplumas de escriba” (36: …), y con la cuarta columna, el rey mostró la ira que lo invadía, y arrancando el pergamino de manos de Jehudí, lo rasgó con el cortaplumas.

Tres de los hombres que estaban sentados junto al fuego, imploraron a su amo “que no quemase aquel rollo”, pero Joacim no quiso escuchar (36: …), y no se mostró satisfecho hasta que el escrito quedó enteramente consumido. Después, en un acceso de cólera, mandó que se prendiese a Baruc el escriba, y al profeta Jeremías, quienes, con tanta audacia habían osado predecir la conquista de Judá por el rey de Babilonia.

Pero, ni aún con su poder, ni con su furor, podía destruir definitivamente el libro ni exterminar a sus autores. 

Dios escondió a su profeta y le ordenó dictar de nuevo, desde su refugio, las páginas que habían desaparecido en el fuego. Baruc tomó de nuevo la pluma y escribió en secreto “todas las palabras primeras que estaban en el primer rollo que quemó Joacim, rey de Judá” (36: …). Dios cuidó de aquel rollo, más extenso que el primero, y Joacim no pudo destruirlo. Pero fue él quien introdujo la práctica de mutilar las Escrituras. Después de él, muchos hombres trataron de seguir su ejemplo. Lo intentaron, pero fue en vano, pues Dios mismo conservó su Palabra, y ni una letra, ni una sílaba de ella perecerá jamás.

No hubo castigos inmediatos para la iniquidad del rey. Permaneció sentado junto al fuego como si nada hubiera pasado: “no tuvieron temor”, ni él ni sus siervos (36: …).

Y la misma indiferencia demostró cuando Jeremías le anunció que Dios lo «castigaría» si no se arrepentía (36: …).

La olla desbordaría en breve, pero Joacim no lo quiso saber.