La escuela de Dios
Jeremías no olvidaría jamás el día en que recibió la primera lección en la escuela de Dios.
Esa mañana se había despertado como de costumbre, como el joven tímido que era, y por la tarde se había vuelto un mensajero lleno de valor. En ese día memorable, se encontraba solo cuando Dios le habló. Dios lo llamó por su nombre y le reveló que mucho antes de su nacimiento lo había escogido para que llevara un mensaje divino a las “naciones” (Jeremías 1: …).
Jeremías tembló al oír la voz de Dios: no podía regocijarse por el gran honor que se le confería al sentir su agobiante indignidad. ¿Cómo haría para levantarse entre sus amigos y vecinos, y ante personas ancianas, para hablarles de sus pecados? «Yo no podré hacerlo», se dijo para sí, y exclamó:
— “¡Ah, Señor Jehová!...no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1: …). Jeremías no había comprendido que son a veces justamente los niños aquellos siervos que Dios emplea en su obra. Él no necesita hombres fuertes e inteligentes, sino a quienes desean hacer su voluntad.
Cuando Dios quiere servirse de personas de mayor conocimiento para ocuparlos en su obra, les pide primero que se vuelvan como niños, pero cuando elige a niños, nunca les pide que sean como adultos.
Cuando Jeremías objetó que no sabía hablar por ser niño, Dios respondió:
— “No digas: Soy niño” (Jeremías 1: …), y le pidió que, simplemente, pusiera por obra lo que le ordenaba, y que pronunciara solamente aquellas palabras que pusiera en su boca, de modo que Jeremías no debía preocuparse jamás por lo que debía predicar.
Pero el joven temblaba todavía pensando en el recibimiento que le harían los habitantes del país, y adivinaba las miradas despreciativas que le dirigirían ¡Cuán terrible sería presentarse delante de aquellos hombres para decirles de frente: «Dios os castigará a causa de vuestros pecados»! En efecto, es mucho más fácil criticar a la gente por la espalda, que decir la verdad abiertamente y en la cara. Dios comprendía el terror del joven, y le dijo muy tiernamente:
— “No temas delante de ellos” (Jeremías 1: …).
Cuando Dios nos da ánimos para que obremos con valor, no dice solamente: “No temas”, sino que añade las razones por las cuales se debe tener confianza.
Veamos los dos motivos de aliento que puso ante Jeremías: El primero fue:
— “Contigo estoy” (1: …) ¿Acaso no es más fácil de sobrellevar una dificultad si hay alguien que está junto a nosotros? El segundo motivo reveló a Jeremías que no solo el Dios fuerte estaría con él, sino que desde ese momento sería fortalecido con nuevo valor.
Para demostrarle la fortaleza de la que dispondría para presentarse ante “reyes”, “príncipes”, “sacerdotes, y el pueblo de la tierra” (1: …), Dios le mostró tres cosas muy poderosas. De cada una de ellas dice:
— Mira, te hecho tan fuerte como esto que ves.
