La carta de los higos buenos
Jeremías sabía que en Babilonia había hombres semejantes a Hananías, quienes harían todo lo posible para engañar a los cautivos con la misma promesa, diciendo: en breve, Dios os llevará de vuelta a Jerusalén.
A menudo, el pensamiento del profeta se dirigía a la gran ciudad de los caldeos; deseaba advertir a los «higos buenos» que la cautividad no duraría menos de setenta años.
Cierto día, se presentó la ocasión de hacerles llegar una “carta” (Jeremías 29: …), pues el rey de Judá enviaba a “Elasa y a Gemarías” a llevar un pedido a su dominador (29: …). Elasa era hijo de Safán, y Gemarías, probablemente hermano de Jeremías. Sedequías era lo suficientemente hábil como para prever que estos hombres tendrían más influencia que cualquiera sobre el vencedor, ya que ambos aprobaban la política de sumisión preconizada por el profeta, y Nabucodonosor estaba al corriente de estas advertencias.
De modo que Jeremías, horrorizado por las mentiras de Hananías, se sentó y escribió:
No escuchéis a quienes os aconsejan que no os establezcáis por largo tiempo en el país extranjero. Por el contrario, edificad casas, plantad árboles, y haced todo por el bien de la ciudad donde Dios os ha llevado. “Y procurad la paz de la ciudad, porque en su paz tendréis vosotros paz” (28: …). Babilonia será vuestra morada durante setenta años, pero ciertamente, al cabo de ese tiempo, Dios os hará volver a este lugar (29: …).
Jeremías terminó la carta, la fechó en Jerusalén, la dirigió a los «buenos higos», y la carta salió hacia Babilonia.
Podemos pensar que la primera persona que leyó la misiva fue Daniel. Habían transcurrido doce años desde que el joven fuera llevado cautivo desde Jerusalén. Es de imaginar la acogida con que recibió a sus dos amigos, y cuántos mensajes les habrá encargado para Jeremías. Sin embargo, el gozo del exiliado al leer la carta no fue compartido por todos los cautivos. Semaías, un personaje semejante a Hananías, se llenó de indignación cuando conoció el tenor de la carta. Mientras él se empeñaba en persuadir a los deportados de mantener viva la esperanza de la repatriación, uno de sus compatriotas exhortaba exactamente lo contrario. ¡Eso no podía ser! Él sabía escribir tan bien como Jeremías, y así decidió hacerlo. Enseguida comenzó a redactar una carta destinada al sumo sacerdote y “a todo el pueblo que está en Jerusalén” (29: …).
La carta decía:
«Sofonías, ¿cómo es que ocupas el cargo de sacerdote, y dejas en libertad a un profeta que os profetiza diciéndose inspirado?. Tienes el deber de echarlo en la cárcel y de meterlo en el cepo. ¿Ignoras, acaso, que Jeremías de Anatot nos ha enviado un mensaje ridículo? ¡Predice una estadía de setenta años en Babilonia! ¡Nos induce a construir “casas” y plantar árboles! ¿Por qué le permites hablar de esa manera? (29: …). ¡Cuán nefasta influencia obrarán sus palabras en el pueblo exiliado que perderá todo interés por Jerusalén! Muy pronto abandonará la idea de volver».
Satisfecho, Semaías selló su carta creyendo que con ella taparía la boca del siervo de Dios.
De vuelta en Judá, Gemarías remitió el escrito al sumo sacerdote, y el pueblo no supo jamás su contenido, pues Sofonías lo llevó directamente a Jeremías, y en vez de meterlo en la cárcel como se le pedía, leyó “la carta a oídos del profeta” (29: …).
Jeremías no tardó en contestar a Semaías en términos bien claros. La carta decía:
«Así dice Jehová: Yo castigaré a Semaías; él y toda su familia morirán antes de cumplirse los setenta años, y ni uno de sus descendientes volverá a Jerusalén» (29: …).
Semaías era uno de esos “higos malos” que solo sirven para ser echados fuera (29: …).
