Vuélvete a Él con todo tu corazón
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La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

Pedir en la tienda

Jeremías realiza una compra en la cárcel

«Los cautivos de Babilonia volverán a su patria al cabo de setenta años».

Esta simple y cierta declaración revelada a Jeremías una y otra vez, no tenía la fuerza suficiente para él. Para comprenderla necesitaba todavía una lección apropiada.

En Jerusalén, la situación se agravaba de día en día. Las provisiones disminuían, y las enfermedades se propagaban con rapidez. Alrededor de la ciudad, el enemigo había levantado baluartes tan altos como las propias murallas, y sobre las elevadas plataformas había instalado las máquinas más poderosas de Babilonia, listas para lanzar piedras y flechas sobre los judíos indefensos y hambrientos. Solo un milagro podía impedir la entrada de Nabucodonosor en la ciudad para «tomarla» (Jeremías 32: …).

Jeremías sabía muy bien que no habría milagros. Ni siquiera oraba ya para que fuera quitado el sitio, obediente a la orden de Dios que le había dicho:

— “No ores por este pueblo” (Jeremías 7: …).

Siempre encerrado en el patio de la cárcel, persistía en afirmar que muy pronto Sedequías se reuniría con los cautivos en Babilonia, y Jerusalén sería presa de las llamas. El rey prefería escuchar las agradables mentiras de sus consejeros, y dejó preso a Jeremías, acordándole un pan por “día” (Jeremías 37: …).

Cierto día, Dios advirtió a su siervo que recibiría una visita: Hanameel, un primo suyo, vendría a proponerle la compra de un campo en Anatot. Perplejo, el prisionero recibió la orden de su Maestro:

— “Compra” el campo para ti (Jeremías 32: …). Jeremías podía representarse al enemigo instalado en la propiedad de Anatot. De pronto, oyó pasos que se acercaban: la puerta de la prisión se abrió, y entró Hanameel.

— He venido a proponerte la compra de mi campo, dijo el recién llegado. Cómpralo, te ruego: «cómpralo para ti» (32: …).

Jeremías escuchó la propuesta, y sin «pero» ni «porqué», compró la heredad por diecisiete siclos de plata.

Hacer una compra es una operación bastante complicada en Oriente. Hay que levantar un acta, buscar testigos y fijar el precio. Para establecer el contrato llamaron a Baruc.

Es de imaginar que la noticia de una venta tan extraordinaria fuera comentada enseguida en la ciudad ¡Qué idea tan absurda! Un hombre que pronunciaba interminables discursos acerca de la victoria de los caldeos, ¡compraba un campo en un país condenado a la esclavitud! Si hubiera comprado una propiedad en Babilonia, nadie se hubiese sorprendido.

Baruc escribió la “carta” de compra. Hizo una copia, y Jeremías firmó ambos documentos ante los testigos que atestiguaron el valor de la compra. Enseguida se selló cuidadosamente uno de los ejemplares (32: …). Únicamente el propietario podía quebrar el lacrado. La segunda carta quedó abierta con el fin de que el profeta pudiera probar que el campo era suyo. 

Luego se depositaron los papeles firmados en lugar seguro, dentro de una “vasija de barro” (32: …).

Así compró Jeremías el campo de su primo, “según el derecho y costumbre” del país (32: …). Los testigos y los curiosos se alejaron poco a poco, y el varón de Dios quedó solo.

— ¡Oh, Señor Dios!, oró, ha venido, pues, a suceder lo que tú dijiste, hemos sido entregados al poder del enemigo y he aquí lo estás viendo. “Oh Señor Jehová, ¿y tú me has dicho: Cómprate la heredad por dinero y pon testigos, aunque la ciudad sea entregada en manos de los caldeos?” (32: …). 

Dios consoló a su siervo diciendo:

— “He aquí que yo soy Jehová, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?” (32: …). 

Jeremías sabía responder a esta pregunta, pues había dicho: no hay nada “difícil para ti” (32: …).

— Yo te ordené comprar ese campo, continuó su Maestro. Pues bien, tu adquisición debe demostrar al pueblo que los deportados volverán ciertamente a su país. “Yo los haré volver a este lugar, y los haré habitar seguramente…” y poseerán heredad en esta tierra…porque yo haré regresar sus cautivos (32: …). El profeta sabía que aquel día, era un día lejano todavía, pero podía verlo por la fe. Y se gozaba grandemente en esa certeza.