Joaquín, rey durante cien días, prisionero por treinta y siete años
La coronación de Joaquín (también llamado Jeconías) fue una ceremonia miserable. Las aclamaciones “¡Viva Joaquín!” no demostraban entusiasmo. Consagrar rey a un príncipe semejante, era un acto casi risible.
En la ciudad, la situación se agravaba día a día.
Joacim había preferido la muerte antes que el exilio. Las tropas caldeas, tal vez a causa de una rebelión del joven rey, rodeaban ahora la ciudad.
A los sitiados no le quedaba otra alternativa que capitular. Sin embargo, pretendiendo todavía conservar el trono, Joaquín se mantuvo firme durante tres meses y diez días.
Pero cuando Nabucodonosor en persona apareció junto a las murallas de la ciudad, un cortejo lamentable se encaminó por las calles de Jerusalén.
Y “salió Joaquín, rey de Judá al rey de Babilonia, él y su madre, sus siervos, sus príncipes y sus oficiales” (2 Reyes 24: …).
Después de todo, la mejor acción de Joaquín durante su reinado, tan breve como malo, fue salir al encuentro del invasor.
