Sedequías, el indeciso
Nabucodonosor llevó cautivo a Joaquín y puso a Sedequías en el trono de Judá. Sedequías o Matanías, como lo había llamado su padre, era el menor de los hijos de Josías. El niño tenía diez años cuando su padre murió en Meguido. De corazón tibio, no tenía la firmeza ni la energía para poner en práctica sus buenas intenciones.
Muy distinto a su padre, nunca hubiera podido echar abajo un templo pagano, o reducir a polvo un ídolo. De pie frente a una estatua, la hubiese mirado, y con el martillo en la mano se hubiera preguntado: «¿Debo destruirla, o no?». Después de haberse hecho esta pregunta varias veces, hubiese dejado caer el martillo diciendo: «Hoy no lo haré». Pero durante la noche, revolviéndose en el lecho, habría balbuceado: «¿Habré hecho bien en conservar el ídolo?». Por la mañana, de nuevo al pie de la estatua, la incertidumbre se hubiera apoderado otra vez de él. Sedequías era semejante a “la onda del mar que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra”, con la incertidumbre y el temor de tomar una decisión por sí mismo (Santiago 1: …).
Sin embargo, nunca buscó al Señor para que sea su “Consejero“ (Isaías 9: …). ¡Pobre rey! Por todas partes y en todo tiempo se encuentran hombres semejantes a él.
