Vuélvete a Él con todo tu corazón
Vuélvete a Él con todo tu corazón

La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

Pedir en la tienda

El altar de Jeroboam

Aquel día, fue un día memorable para Jeroboam. Estaba de pie junto al altar que había levantado, y a su alrededor, la multitud callaba: el silencio era opresivo. Cada uno de los israelitas presentes sabía que su rey estaba transgrediendo la ley, y cuando Jeroboam tomó el incensario en su mano, todos vieron el desafío pintado en su rostro. Los sacerdotes recientemente establecidos, inmolaron el sacrificio, y Jeroboam subió al altar para quemar el incienso.

De pronto, se lo vio retroceder: imprevistamente había resonado una voz poderosa que hizo estremecer los corazones de todos los presentes.

— “Altar, altar” —exclamó la voz del profeta de Dios (1 Reyes 13: …) — “así ha dicho Jehová”. Encolerizado, Jeroboam palideció.

— ¿Quién es este que viene a hablar de Dios en este momento? —pensó para sí.

Pero el profeta que había hablado de esa manera no se preocupó por las miradas furiosas que le dirigían, ni por la expresión de sorpresa que se dibujaba en el rostro de muchas personas, y continuó: “He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes… que queman sobre ti incienso” (13: …).

Era el mensaje que Dios enviaba desde los cielos para anunciar que un joven llamado Josías reinaría en Jerusalén, desenterraría los huesos de los sacerdotes impíos y los quemaría sobre ese altar.

Transcurrieron los años, y en la casa de David nacieron muchos niños, pero ninguno de ellos fue llamado Josías. Los huesos de los sacerdotes seguían en el lugar donde habían sido puestos. Pasaron doscientos cincuenta años, y en Jerusalén hubo un cambio notable: en el trono se hallaba sentado un joven impío llamado “Manasés” (2 Reyes 21: …), un rey que sobrepasó en idolatría a cuantos lo habían precedido.

El templo edificado por Salomón dejó de ser un lugar sagrado. En los atrios donde Dios debía ser adorado, Manasés levantó altares al sol, a la luna, y “a todo el ejército de los cielos” (21: …), y llegando al colmo de todos sus pecados, colocó en la casa de Dios una imagen de talla, el ídolo que él mismo había hecho.

Ya no podía decirse que el precioso Libro escrito por mano de Moisés estuviera al lado del arca. Si se hubiera encontrado allí, seguramente Manasés hubiese dado la orden de destruirlo, como hubiera destruido todas las copias que existieran en ese momento.

Y “derramó Manasés mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo” (21: …). Las víctimas del impío rey fueron, ciertamente, todos aquellos fieles que aún seguían a Dios y que no habían negado su nombre.

Pero al fin, el severo castigo de Dios cayó sobre Manasés, quien se arrepintió y se esforzó, en vano, por reparar «todo lo que había hecho antes» (21: …).

Trescientos años habían pasado desde aquel día en que el profeta exclamara: “Así dice Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías” (1 Reyes 13: …).

El día señalado había llegado. En Jerusalén, el palacio real rebosaba de alegría cuando Manasés recibió en sus brazos a un nieto al que llamaron Josías, un niño que fue de verdadero consuelo para el anciano rey arrepentido.

Amón, el hijo de Manasés, contristaba el corazón de su padre despreciando sus exhortaciones de volverse de los ídolos para servir al Dios verdadero. Por eso, las esperanzas del anciano rey se centraron en aquel nieto, objeto constante de sus oraciones. Podemos imaginar al pequeño Josías escuchando las historias que contaba su abuelo, las que, por el Espíritu Santo, penetraban en su corazón.

Podemos pensar también que el niño no se cansaba de oír el relato de aquel profeta que había clamado contra el altar. Quizá, cada vez que finalizaba la historia, exclamaba como suelen hacerlo muchos niños, sin ser príncipes como lo era él:

—¡Otra vez esa historia!

En todo caso, debió sentirse muy solo cuando su abuelo murió y “fue sepultado” (2 Reyes 21: …). Ser el heredero de la corona no le proporcionaba ninguna felicidad, pues los hechos de su padre ultrajaban al Dios de amor a quien comenzó a buscar el pequeño príncipe, “siendo aún muchacho” (2 Crónicas 34: …).

Dios había dado a Josías un «corazón tierno» (2 Reyes 22: …).

Por el contrario, Amón había endurecido su corazón andando en pos de los ídolos.

Josías había visto a menudo la crueldad que su padre manifestaba en su propia casa, y más de una vez había oído palabras de rebeldía en contra de su padre en boca de los sirvientes, con quienes pasaba la mayor parte de su tiempo.

Tal vez, al crecer en medio de tan grande descontento, el joven no había notado que las amenazas aumentaban de manera alarmante hasta que, un día, en el palacio se hizo un silencio amenazante, un silencio como el que precede a la tempestad. Y de repente, la tormenta de odio estalló con furia. 

El niño se vio envuelto en un espantoso torbellino de corridas, gritos, exclamaciones y gemidos que se oían por doquier… y, de un momento a otro, Josías se encontró huérfano de padre. La revuelta había acabado su obra de muerte, y el rey, cuyo corazón nunca se humilló delante de Dios, murió “en su casa” por mano de sus propios siervos (2 Crónicas 33: …)

La mala noticia se difundió de inmediato: la gente del pueblo invadió el palacio, y mató a todos los siervos que habían conspirado contra el rey Amón. ¡Qué escena de terror para el pequeño príncipe! 

“Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años” (2 Reyes 22: …). En adelante, después de haber visto el sepulcro de su padre “en el huerto de Uza” (2 Reyes 21: …), nunca pudo volver a ser niño. Con el espíritu obsesionado por el recuerdo del homicidio, ¿cómo podía comprender que el día de la muerte de Amón era también el día de su coronación? De inmediato fue llevado fuera del palacio e introducido en el templo profanado. ¡Qué momento para su corazón sensible!

El joven príncipe, con las mejillas pálidas de terror, fue entronizado mientras el pueblo clamaba:

— ¡Viva el rey, viva el rey Josías! La palabra que Dios había pronunciado trescientos años antes se cumplía al pie de la letra: Josías era rey en Judá.Aquel día, fue un día memorable para Jeroboam. Estaba de pie junto al altar que había levantado, y a su alrededor, la multitud callaba: el silencio era opresivo. Cada uno de los israelitas presentes sabía que su rey estaba transgrediendo la ley, y cuando Jeroboam tomó el incensario en su mano, todos vieron el desafío pintado en su rostro. Los sacerdotes recientemente establecidos, inmolaron el sacrificio, y Jeroboam subió al altar para quemar el incienso.

De pronto, se lo vio retroceder: imprevistamente había resonado una voz poderosa que hizo estremecer los corazones de todos los presentes.

— “Altar, altar” —exclamó la voz del profeta de Dios (1 Reyes 13: …) — “así ha dicho Jehová”. Encolerizado, Jeroboam palideció.

— ¿Quién es este que viene a hablar de Dios en este momento? —pensó para sí.

Pero el profeta que había hablado de esa manera no se preocupó por las miradas furiosas que le dirigían, ni por la expresión de sorpresa que se dibujaba en el rostro de muchas personas, y continuó: “He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes… que queman sobre ti incienso” (13: …).

Era el mensaje que Dios enviaba desde los cielos para anunciar que un joven llamado Josías reinaría en Jerusalén, desenterraría los huesos de los sacerdotes impíos y los quemaría sobre ese altar.

Transcurrieron los años, y en la casa de David nacieron muchos niños, pero ninguno de ellos fue llamado Josías. Los huesos de los sacerdotes seguían en el lugar donde habían sido puestos. Pasaron doscientos cincuenta años, y en Jerusalén hubo un cambio notable: en el trono se hallaba sentado un joven impío llamado “Manasés” (2 Reyes 21: …), un rey que sobrepasó en idolatría a cuantos lo habían precedido.

El templo edificado por Salomón dejó de ser un lugar sagrado. En los atrios donde Dios debía ser adorado, Manasés levantó altares al sol, a la luna, y “a todo el ejército de los cielos” (21: …), y llegando al colmo de todos sus pecados, colocó en la casa de Dios una imagen de talla, el ídolo que él mismo había hecho.

Ya no podía decirse que el precioso Libro escrito por mano de Moisés estuviera al lado del arca. Si se hubiera encontrado allí, seguramente Manasés hubiese dado la orden de destruirlo, como hubiera destruido todas las copias que existieran en ese momento.

Y “derramó Manasés mucha sangre inocente en gran manera, hasta llenar a Jerusalén de extremo a extremo” (21: …). Las víctimas del impío rey fueron, ciertamente, todos aquellos fieles que aún seguían a Dios y que no habían negado su nombre.

Pero al fin, el severo castigo de Dios cayó sobre Manasés, quien se arrepintió y se esforzó, en vano, por reparar «todo lo que había hecho antes» (21: …).

Trescientos años habían pasado desde aquel día en que el profeta exclamara: “Así dice Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías” (1 Reyes 13: …).

El día señalado había llegado. En Jerusalén, el palacio real rebosaba de alegría cuando Manasés recibió en sus brazos a un nieto al que llamaron Josías, un niño que fue de verdadero consuelo para el anciano rey arrepentido.

Amón, el hijo de Manasés, contristaba el corazón de su padre despreciando sus exhortaciones de volverse de los ídolos para servir al Dios verdadero. Por eso, las esperanzas del anciano rey se centraron en aquel nieto, objeto constante de sus oraciones. Podemos imaginar al pequeño Josías escuchando las historias que contaba su abuelo, las que, por el Espíritu Santo, penetraban en su corazón.

Podemos pensar también que el niño no se cansaba de oír el relato de aquel profeta que había clamado contra el altar. Quizá, cada vez que finalizaba la historia, exclamaba como suelen hacerlo muchos niños, sin ser príncipes como lo era él:

—¡Otra vez esa historia!

En todo caso, debió sentirse muy solo cuando su abuelo murió y “fue sepultado” (2 Reyes 21: …). Ser el heredero de la corona no le proporcionaba ninguna felicidad, pues los hechos de su padre ultrajaban al Dios de amor a quien comenzó a buscar el pequeño príncipe, “siendo aún muchacho” (2 Crónicas 34: …).

Dios había dado a Josías un «corazón tierno» (2 Reyes 22: …).

Por el contrario, Amón había endurecido su corazón andando en pos de los ídolos.

Josías había visto a menudo la crueldad que su padre manifestaba en su propia casa, y más de una vez había oído palabras de rebeldía en contra de su padre en boca de los sirvientes, con quienes pasaba la mayor parte de su tiempo.

Tal vez, al crecer en medio de tan grande descontento, el joven no había notado que las amenazas aumentaban de manera alarmante hasta que, un día, en el palacio se hizo un silencio amenazante, un silencio como el que precede a la tempestad. Y de repente, la tormenta de odio estalló con furia. 

El niño se vio envuelto en un espantoso torbellino de corridas, gritos, exclamaciones y gemidos que se oían por doquier… y, de un momento a otro, Josías se encontró huérfano de padre. La revuelta había acabado su obra de muerte, y el rey, cuyo corazón nunca se humilló delante de Dios, murió “en su casa” por mano de sus propios siervos (2 Crónicas 33: …)

La mala noticia se difundió de inmediato: la gente del pueblo invadió el palacio, y mató a todos los siervos que habían conspirado contra el rey Amón. ¡Qué escena de terror para el pequeño príncipe! 

“Cuando Josías comenzó a reinar era de ocho años” (2 Reyes 22: …). En adelante, después de haber visto el sepulcro de su padre “en el huerto de Uza” (2 Reyes 21: …), nunca pudo volver a ser niño. Con el espíritu obsesionado por el recuerdo del homicidio, ¿cómo podía comprender que el día de la muerte de Amón era también el día de su coronación? De inmediato fue llevado fuera del palacio e introducido en el templo profanado. ¡Qué momento para su corazón sensible!

El joven príncipe, con las mejillas pálidas de terror, fue entronizado mientras el pueblo clamaba:

— ¡Viva el rey, viva el rey Josías! La palabra que Dios había pronunciado trescientos años antes se cumplía al pie de la letra: Josías era rey en Judá.