En la prisión
Perseguido por las insinuaciones de Satanás, con el corazón abatido, Jeremías descendía por las estrechas callejuelas que llevaban “a la puerta de Benjamín” (Jeremías 37: …). ¿Intentaba salir de paseo? En realidad, lo que necesitaba era retirarse a un lugar desierto y apartado para hablar a solas con Dios, y suspiraba por encontrarse en la paz del campo. Además, quería aprovechar la ocasión para hacer algunas provisiones.
En la puerta se encontró con “Irías”, un nieto de Hananías, que estaba de guardia (37: …). Sin sospechar las intenciones del centinela, el profeta siguió andando lentamente, cuando, al pasar bajo la arcada, una mano ruda cayó sobre su hombro y lo aferró.
— ¡Traidor! dijo el joven centinela, te he hecho prisionero en el preciso momento en que ibas a pasarte al enemigo.
— Es una falsa acusación la que haces, replicó Jeremías con vehemencia— “no me paso a los caldeos” (37: …). Pero toda protesta fue inútil. Irías no quiso escuchar, y sin más, llevó al prisionero ante “los príncipes” (37: …). Sin amigos que pudieran ayudarlo, el profeta fue cruelmente azotado y echado en la cárcel.
Y Jeremías, que había llamado “malos higos” a la gente del pueblo que había quedado en Jerusalén, comprobó con amarga experiencia la mala calidad del fruto.
El rey hubiese podido intervenir, pero tenía temor de la responsabilidad que le incumbía. Jeremías no gozaba de popularidad en esos momentos, y Sedequías se inclinaba preferentemente del lado de los personajes que se beneficiaban con el favor del pueblo, de modo que, cuando los príncipes dijeron:
— “Muera ahora este hombre” (Jeremías 38: …), respondió con cobardía:
— “He aquí que él está en vuestras manos” (38: …). Los príncipes no esperaron que el soberano cambiase de opinión, sino que se apresuraron a echar a su víctima en una cisterna, un pozo antiguo, profundo y húmedo, cavado en el patio de la cárcel. Munidos de sogas, metieron en la cisterna al desafortunado profeta. En aquella “cisterna no había agua, sino cieno” espeso y negro (38: …). Y Jeremías se hundió en el cieno. Su corazón desfallecía, y sentía hambre. La sed lo torturaba. Le lanzaron una piedra, y un chorro de agua cayó sobre su cabeza. Entonces invocó el nombre de Dios “desde la cárcel profunda”, y su voz subió hasta el cielo (Lamentaciones 3: …). Dios oyó su queja y le habló diciendo:
— “No temas” (3: …). Y Jeremías, haciendo caso omiso del cieno y las tinieblas que lo rodeaban, enumeró para sí los beneficios que Dios le había otorgado.
En aquel tiempo, en la casa del rey vivía un siervo etíope llamado “Ebed-melec” (Jeremías 38: …), un hombre que había oído a menudo las exhortaciones del profeta, y se estremecía ante el pensamiento de la olla hirviendo que se derramaría en breve. No se había tapado los oídos como otras personas que decían:
— Yo no creo en esas cosas.
Al contrario, Ebed-melec estaba seguro de que las palabras de Dios se cumplirían, pues había comprendido que ningún hombre puede cambiar su naturaleza mala, así como “el etíope” no cambia el color de su piel (Jeremías 13: …). Pero también sabía que Dios le daría un “corazón nuevo”, y un “espíritu nuevo”, y que sería contado en el número de sus hijos (Ezequiel 36: …). Ebed-melec depositó, pues, toda su confianza en Dios. Agradecía cada día a Dios por haber enviado a Jeremías, quien anunciaba la verdad, y le fue difícil creer lo que se decía: “que habían puesto a Jeremías en la cisterna” (Jeremías 38: …).
El rey no estaba en el palacio cuando Ebed-melec fue informado de la suerte sufrida por su amigo. Con gran indignación corrió en busca de Sedequías, y cuando estuvo en su presencia, las palabras fluyeron como una ola de sus labios. Tenía que lograr la autorización del rey para liberar a Jeremías, y cada minuto que pasaba era decisivo.
Sedequías había sido influenciado por los enemigos del profeta, pero, al oír las palabras de este extranjero, modificó de nuevo su actitud hacia el varón de Dios.
— Ebed-melec, dijo, toma contigo treinta hombres, “y haz sacar al profeta Jeremías de la cisterna” (38: …). El rey hablaba en voz baja, temerosa, echando miradas furtivas a su alrededor.
Antes que el rey cambiara de opinión, el etíope se apresuró a buscar treinta hombres que, bajo sus órdenes, invadieron viejos depósitos reales en busca de “trapos viejos y ropas raídas y andrajosas” (38: …).
Hundido en el cieno, Jeremías fue sustraído de sus sombrías meditaciones por dos bultos de ropa usada que descendían balanceándose a lo largo de las paredes del pozo. Levantando los ojos, vio dos manos que sujetaban las sogas en la boca de la cisterna. Después vio aparecer un rostro, y oyó una voz angustiada que lo llamaba:
— Jeremías… ¿estás vivo? “Pon esos trapos viejos y ropas raídas y andrajosas bajo los sobacos, debajo de las sogas” para que podamos sacarte del pozo (38: …).
Jeremías lo hizo así, y los treinta hombres tiraron con todas sus fuerzas hasta que la fosa con sus horrores quedaron atrás. La víctima fue sacada “del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso” (Salmo 40: …).
Jeremías se sintió embargado de felicidad al volver a ver la luz del sol, y sentir el cálido apretón de manos de su amigo etíope. Pero también se sentía satisfecho de haber sido echado al pozo, pues allí había aprendido lecciones que nunca hubiera sabido sin pasar por un lugar tan tenebroso. De ahora en más, cuando encontrara una persona en la prueba, podría consolarla “por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1: …).
Aunque siguió siendo un prisionero, Jeremías obtuvo permiso para ir y venir, y para recibir visitas en el “patio de la cárcel” (Jeremías 39: …).
Días después, Ebed-melec llegó a visitarlo y supo que Dios había hablado de él a su amigo, el profeta.
En la casa del rey nadie sabía que Ebed-melec vivía con terror. Temía caer prisionero en manos del rey de Babilonia, y en sus sueños veía espadas, lanzas y horribles torturas. Pero Dios lo sabía, y desde el cielo envió un mensaje especial para el siervo:
— Di a Ebed-melec: “Así ha dicho Jehová…, no serás entregado en manos de aquellos a quienes tú temes. Porque ciertamente te libraré… porque tuviste confianza en mí” (39: …).
Todos los temores y los malos sueños de Ebed-melec se esfumaron desde ese día, pues Dios le había prometido no abandonarlo jamás.
