La fiesta de la Pascua
Día tras día, Josías sondeaba las Sagradas Escrituras que habían estado perdidas por tanto tiempo. En ellas descubría muchas ordenanzas que habían caído en el olvido. Una, en particular, había dejado de observarse durante el triste reinado de su abuelo: la celebración de la Pascua. Cuando Josías leyó lo que Dios mandaba acerca de esa fiesta, decidió celebrarla “a los catorce días del mes primero” (2 Crónicas 35: …). Sería conmemorada en todo el país en recuerdo de la milagrosa salida de Egipto que había tenido lugar mil años antes.
Para Josías, tomar una decisión equivalía a ponerla en práctica, por lo cual nunca fue celebrada una Pascua como aquella en Israel. Pero el pueblo, como lo harían después los fariseos, se contentó con una celebración externa del ritual, pasando por alto “el amor de Dios” (Lucas 11: …).
Si no hubiesen sido tan ciegos y tan sordos, los grandes beneficios recibidos hubieran podido recordarles el amor divino desplegado hacia el pueblo, pues Dios no se vale solo de su Palabra para poner en evidencia su solicitud.
Los efectos del amor estaban a la vista. El país prosperaba; los que no tenían trabajo, lo encontraban en la reconstrucción del templo. Los obreros recibían un buen salario, y “el afligido y el menesteroso” (Jeremías 22: …) encontraban en Josías un amigo poderoso que podía defender su causa.
Con todos los privilegios que les procuraba un rey tan íntegro, hubieran podido escuchar con alegría a Jeremías cuando les hablaba de un Rey soberano, pero la indiferencia era total. Pues, triste es decirlo, la gracia ofrecida a los impíos es inmensa, pero el hombre rechaza siempre el “aprender justicia” (Isaías 26: …).
