La vasija quebrada
El pueblo no tuvo en cuenta el ejemplo del alfarero. Cada cual estaba plenamente satisfecho de sí mismo, y no deseaban cambiar en nada su modo de vida.
— No escuchéis, decía el uno al otro, ahoguemos su voz.
Y Jeremías trataba en vano de dominar el tumulto creciente. No quería gritar: deseaba emplear palabras persuasivas y tocar los corazones presentando ante la gente el amor maravilloso de Dios, cuya paciencia se mostraba tan extraordinaria como grande evidenciaba ser la indiferencia del pueblo.
Jeremías volvía a casa sumergido en sus reflexiones, cuando Dios le habló nuevamente. El profeta se detuvo de golpe, escuchó lo que se le decía, y volvió a casa del alfarero. Ya no se trataba de observar simplemente el trabajo del artesano: ahora debía comprar “una vasija”. Un cántaro común (Jeremías 19: …).
En Palestina, en aquellos tiempos, eran las mujeres quienes llevaban el agua en cántaros. Los hombres empleaban odres para tal menester, y ver a Jeremías cargando una vasija era tan ridículo para la gente, como lo sería para nosotros ver a un hombre que se cubriera con una sombrilla. Sin embargo, el profeta recorría las calles llevando su cántaro. Seguramente, los muchachos corrían tras él riendo y gritando. Pero el varón de Dios les mandaba callar. Esta nueva figura no estaba destinada a los niños, sino únicamente a los adultos.
Entonces fueron convocados todos los sacerdotes y los ancianos del pueblo, quienes no tardaron en acudir al saber que el profeta recorría la ciudad llevando su cántaro. Tal vez habría un evento sensacional que serviría de distracción, pues la vida en Palestina era monótona.
— Vengan a caminar conmigo, invitó Jeremías, y condujo a la gente al “valle de Hinom”, un lugar desagradable debido a los sucesos que habían ocurrido allí (19: …). El profeta no miraba a izquierda ni a derecha. De pronto, se detuvo al pie de una roca y trepó sobre ella para observar a la multitud que lo miraba con ojos impacientes y curiosos, ojos de hombres marcados por el pecado, ojos de hombres sin utilidad alguna. Es de imaginar el aspecto de esa muchedumbre que el siervo de Dios recorría con la mirada.
Con inusitada fuerza exclamó de repente:
— Así dice Jehová de los ejércitos, “quebrantaré a este pueblo como quien quiebra una vasija de barro que no se puede restaurar” (19: …).
Con estas palabras, echó al suelo el cántaro que llevaba, y la vasija se quebró sobre la roca. Entre la gente se hizo un silencio incómodo; el eco de la vasija quebrada retumbó de roca en roca hasta lo alto del estrecho valle, y se prolongó dolorosamente en el alma de Jeremías, un eco que llevó en sus oídos hasta el final de su carrera. Desde ese momento ya no anunciaría la Palabra de Dios sin que retiñera en sus oídos el estrépito de una vasija que se quiebra. Y los ancianos lo percibirían siempre en la voz suplicante del profeta:
— Así dice Dios: volved, oh, volveos a mí, pues, ¿por qué pereceréis?
Los ancianos se retiraron en silencio. Jeremías quedó solo en el valle, sin quitar los ojos de los restos del cántaro. Su oído percibía una voz sutil que decía:
“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo” (Salmo 23: …).
Tan grande consolación, ¿no era suficiente para el profeta?
Lentamente, Jeremías retornó a Jerusalén y desde aquel día siguió hablando del cántaro roto en su predicación.
Para que jóvenes y viejos pudieran oírlo, subía al “atrio de la casa de Jehová” para hablar desde allí (Jeremías 19: …).
