Los reyes que leyeron la Palabra de Dios
Hace mucho tiempo, cuando existía solamente un fragmento reducido de la Biblia, Dios había dado instrucciones especiales para que su Palabra fuera leída regularmente. Preveía de antemano el momento en que su pueblo se cansaría de ser distinto de las naciones de alrededor, y comenzaría, como aquellas, a desear un “rey” (Deuteronomio 17: …).
Dios sabía que únicamente las leyes dadas por Él podrían procurar la felicidad y la prosperidad del país, de modo que mandó a Moisés que escribiese un Libro que contuviera todos sus mandamientos, sus designios y sus advertencias, y para que no se extraviara, el Libro debía ponerse en lugar seguro. Ese lugar estaba en el interior del lugar santísimo, “al lado del arca del pacto” (Deuteronomio 31: …)a. Se hicieron copias para el uso diario, y, además, cada uno de los reyes debía escribir para sí… “una copia de esta ley”, guardarla siempre consigo, y leerla “todos los días de su vida” (Deuteronomio 17: …).
Los primeros lectores del Libro, aunque fueran reyes, hicieron lo mismo que los lectores actuales de la Biblia. Algunos de ellos leían regularmente una porción, otros lo hacían de tanto en tanto, y hubo quienes no lo leyeron jamás. Saúl, por ejemplo, debió haberse acostado a dormir, a menudo, sin haber abierto el Santo Libro, en tanto que David lo estudiaba cada día, y meditaba en él durante la noche. En lo que se refiere a Salomón, como les sucede a muchos, al principio se dedicó a inquirir los pensamientos de Dios con gran celo, y después, demasiado pronto, se volvió indiferente.
No parece posible que Roboam y Jeroboam, los reyes que le siguieron, hayan sido lectores asiduos. Para Jeroboam, saber lo que Dios había dicho era la última de sus preocupaciones. A él le gustaba inventar leyes según “su propio corazón” (1 Reyes 12: …), y administrar el reino a su manera. Despreciaba las ordenanzas divinas fijando días de fiesta a su gusto, y escogiendo sacerdotes y lugares de culto según su voluntad, a pesar de las precisas instrucciones de Dios en lo relativo a su maravillosa Casa.
Cierto día, el orgullo de Jeroboam llegó al colmo. Según sus propios pensamientos, y desobedeciendo a Dios, ofreció el incienso de sus manos “sobre el altar que él había hecho” (12: …). Ya nada podía detenerlo en su mal camino.
Y fue así como un pecado engendró otro pecado.
- aNota del Editor: A modo de ejemplo, la referencia completa es (Deuteronomio 31:26).
