Y murió
Por muy pequeña que fuera, Palestina jugaba un papel de suma importancia por hallarse situada entre dos grandes imperios: Egipto al sur, y Asiria al norte. Israel se apoyaba tanto en uno de los imperios como en el otro. Si la historia de las relaciones entre aquellos dos estados estuviera escrita, ciertamente llenaría un volumen enorme.
Para comprender mejor la situación del pequeño país, se podría poner el ejemplo de un sándwich: Egipto y Asiria serían las dos rodajas de pan entre las que se encontrara la mermelada que representara a Israel.
Dios había puesto a su pueblo en medio de países paganos para que estos fueran testigos del poder que desplegaba a su favor. Si la nación hubiera depositado toda su confianza en Dios, hubiese obtenido la victoria en todos los campos. Pero, desgraciadamente, Israel se volvía ora hacia Egipto, ora hacia Asiria, en busca de socorro.
En ese momento de la historia, por razones que se desconocen, el Faraón “Necao” había declarado la guerra a Asiria, y Josías decidió interponerse para bloquear el avance egipcio hacia Nínive (2 Crónicas 35: …).
Mientras que el ejército de Necao avanzaba por la costa del mar, dirigiéndose hacia el norte, el de Josías avanzaba hacia el mar por el interior del país. El inevitable encuentro se produjo en Meguido. El final de la historia está relatado en pocas palabras:
“Los flecheros tiraron contra el rey Josías. Entonces el rey dijo a sus siervos: Quitadme de aquí, porque estoy gravemente herido” (35: …).
Así murió uno de los reyes más fieles que haya reinado jamás en Jerusalén, hombre de corazón generoso, lector asiduo de las Escrituras, y siervo de Dios, todo demostrado en” sus obras piadosas” (35: …). No es extraño que el país entero haya llevado duelo, un duelo como nunca hubo antes, un duelo del que se hablaba cien años más tarde como el “gran llanto”, pues nunca había habido otro semejante en la historia de los reyes (Zacarías 12: …).
Pero entre todos los hombres, las mujeres y los niños que lloraban en cada una de las ciudades hasta mucho tiempo después, ninguno lamentó tanto como Jeremías, el amigo del rey.
Tal vez se sirviera del himno fúnebre pronunciado por David en relación con la muerte de Jonatán, y como él, haya derramado su lamento delante de Dios, diciendo: “Angustia tengo por ti, hermano mío…, que me fuiste muy dulce. Tu amor fue maravilloso para mí” (2 Samuel 1: …), pues está escrito que Josías murió, y “Jeremías endechó en memoria” de tan querido rey (2 Crónicas 35: …). Dios había sido fiel a su promesa: el corazón amante de Josías no vería el juicio que caería muy pronto sobre la nación. Herido de muerte por una flecha egipcia en el carro real, fue introducido en la “Jerusalén celestial” (Hebreos 12: …).
Ciertamente, el corazón de Josías se hubiera quebrantado si hubiese visto la ingratitud de la que fue víctima Jeremías, una ingratitud que pudo ser soportada por el profeta solo por la fortaleza con que Dios lo fortaleció.
Con gran amor, Dios recogió a Josías “de delante de la aflicción” (Isaías 57: …), pero también con gran amor dejó a Jeremías para que hablase todavía de Él a su amado pueblo.
