Vuélvete a Él con todo tu corazón
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La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

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La elección de Jeremías

Encerrado en la “cárcel”, Jeremías vivía alejado del horror que se vivía en la ciudad en aquellas terribles jornadas del sitio (Jeremías 39: …).

En tanto, una comitiva de príncipes babilonios que había sido designada para que se ocupara del profeta, obedeciendo órdenes de Nabucodonosor, cuidó de que Jeremías no sufriese “mal alguno”, y que se le otorgase completa libertad (39: …).

Por descuido, o por desconocimiento de la orden, el profeta había sido “atado con cadenas entre todos los cautivos” que serían deportados (Jeremías 40: …); pero Nabuzaradán, el capitán de la guardia, descubrió al profeta entre los presos, lo liberó de sus ataduras, habló amigablemente con él, y le propuso llevarlo a Babilonia donde sería bien atendido. Le concedió algunas “provisiones y un presente”, y lo dejó en libertad de elección (40: …).

Si Jeremías tomaba una decisión según su parecer, tal vez hubiera terminado sus días en el exilio con aquellos a quienes llamaba “los higos buenos”, pues Nabucodonosor le había prometido su protección. Además, en Babilonia había muchos amigos fieles, Daniel, por ejemplo, que lo hubiese ayudado. Si permanecía en Palestina, solo tendría la compañía de “pobres“ campesinos ignorantes y supersticiosos (39: …). Exhortar a esa gente constituía una tarea muy ardua. Durante los cuarenta años de su ministerio, ¿no había constatado la indiferencia y la hostilidad con que lo trataban? Pero Jeremías no optó por lo más fácil. Dios quería que permaneciese fiel en su puesto, y él obedeció. 

Con la autoridad de un vencedor, Nabucodonosor estableció un gobernador en el país, y el cargo recayó sobre “Gedalías”, nieto de Safán (Jeremías 40: …). Fue una buena elección, quizá la mejor para el momento.

Con gozo, Gedalías llevó a Jeremías a casa, y estos hombres, ambos según el corazón de Dios, se reconfortaron mutuamente en medio de las terribles circunstancias que tuvieron que sortear. Quizás acudían juntos a la casa de Dios. Pero un día, los caldeos se diseminaron por la santa ciudad y pusieron fuego a “todas las casas” del pueblo (2 Reyes 25: …). 

Cuando Jeremías vio que el templo tan amado se desplomaba entre las llamas, no pudo contener su inmenso pesar.

— ¿Qué decir? ¿Qué hacer? clamaba en su angustia. Estas ruinas ennegrecidas ¿son las de aquella ciudad que decían de “perfecta hermosura”? (Lamentaciones 2: …) ¿Quién hubiera creído que el enemigo entraría un día “por las puertas de Jerusalén”? (Lamentaciones 4: …). Oh, ¿por qué mi pueblo no buscó jamás el socorro en su Dios? ¿Por qué sus ojos se apartaron de Él para pedir ayuda a naciones que no salvan? “Por esta causa lloro; mis ojos, mis ojos fluyen aguas. Porque se alejó de mí el consolador que dé reposo a mi alma” (Lamentaciones 1: …).

El profeta lamentaba de esta suerte, observando las llamas que devoraban a su amada ciudad. 

Pero el Consolador que lo asistía en todo momento, trajo a su memoria la “fidelidad” de Dios (Lamentaciones 3: …). 

— Si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres, exclamó el profeta, y añadió: Jerusalén fue destruida, pero “Tú, oh Jehová, permanecerás para siempre” (Lamentaciones 5: …).