El clamor de guerra
— “Tocad trompeta”. Haced sonar la alarma de guerra en Judá y en Jerusalén, gritó Jeremías como si estuviera fuera de sí (Jeremías 4: …). El enemigo se acerca. “¡Reuníos, y entremos en las ciudades fortificadas. Alzad bandera en Sion!” (4: …). Un rey, tan feroz como un león, “sube de la espesura, y el destruidor de las naciones está en marcha” (4: …). Viene del norte para asolar nuestro país y llevar cautivos a sus habitantes. No hay que perder ni un instante. Sus carros vendrán contra nosotros como un torbellino. “Más ligeros son sus caballos que las águilas ¡Ay de nosotros, porque entregados somos a despojo!” (4: …).
Mientras el profeta desesperaba, los rostros de los hombres del pueblo permanecían impasibles, y Jeremías, que tenía ante sí la visión de la olla hirviente, clamó en alta voz:
— “No callaré”. Debo suplicar todavía. Mi alma oyó el sonido de la trompeta, el pregón de guerra. ¡Oh!, mi pobre pueblo es necio. ¿Qué vais a hacer ahora? “Mi alma desmaya” (4: …).
El pueblo, haciendo oídos sordos a las súplicas del profeta, respondió:
— No escucharemos. No creemos lo que tú dices (6: …). Jamás vendrá sobre nosotros tal calamidad, “no veremos ni espada ni hambre” (5: …).
Muy a menudo, Jeremías se volvía a su casa presa del desánimo.
Cierto día, dijo a su Señor:
— Dios, “alegaré mi causa ante ti” (Jeremías 12: …). Los he puesto sobre aviso, pero no tienen temor ni se inquietan. “Endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron convertirse” (Jeremías 5: …).
