Él no imputa el mal
Todo el pueblo que había quedado amaba a Gedalías. En su presencia, nadie se atrevía a maldecir a su prójimo; por otra parte, el gobernador no prestaba atención a las calumnias. Antes bien, se esforzaba por quitar “la paja” que hubiera en su ojo, sin ocuparse de “la viga” del ojo ajeno (Mateo 7: …).
El hombre que considera a su prójimo “como superior a él mismo”, es siempre muy estimado (Filipenses 2: …). Los judíos que habían buscado refugio en otros países, sabiendo que Gedalías había sido puesto por gobernador, volvían poco a poco a “Judá” (Jeremías 40: …).
Había llegado el verano; el sol brillaba en toda su fuerza; maduraban los frutos y había mucho trabajo en los campos y en las viñas.
— Recoged los frutos, decía el buen gobernador, “servid al rey de Babilonia y os irá bien” (40: …).
La situación de quienes aceptaban su suerte, mejoraba día a día.
Pero, de pronto, una nueva desgracia se abatió sobre el pueblo debido a la envidia del corazón de un hombre.
Entre los que se habían refugiado en el país de los hijos de Amón, se encontraba un príncipe de “descendencia real” llamado Ismael (Jeremías 41: …). Este hombre había tenido la posibilidad de escapar cuando la cautividad era inminente, y, probablemente, había prestado grandes servicios al “rey de los hijos de Amón” (Jeremías 40: …). Muy estimado por su protector, el príncipe tenía tan buena opinión de sí mismo, que no podía soportar la superioridad de los demás. El celo, cruel como la muerte, anidaba en su corazón.
En vez de regocijarse con la noticia de que el amable hijo de Ahicam gobernaba en Judá, comenzó a pensar:
— El gobernador debiera ser yo y no él, pues yo soy príncipe y él no tiene ningún título.
El rey de los hijos de Amón vio que el rostro de Ismael se ensombrecía, y enseguida descubrió la causa: los celos de su protegido podrían servirle para su provecho. Con palabras apropiadas lo aduló y lo animó en sus malos pensamientos hasta que el joven príncipe, habiendo oído su consejo, tomó una decisión: debía asesinar a su rival.
Cierto día, acompañado por diez hombres, salió con la intención de perpetrar su fechoría. Pero es muy raro que se lleve a cabo semejante conspiración sin que sea descubierto el secreto del complot. Ismael, ¿habría hablado demasiado alto en Mizpa? ¿Alguno de sus siervos se había apiadado de la víctima? Lo ignoramos. El caso fue que “Johanán”, un soldado valiente, se enteró del odioso proyecto de asesinato, y se apresuró a salir con sus compañeros al encuentro de Gedalías (Jeremías 40: …).
— ¿”No sabes” que el príncipe Ismael ha vuelto al país? preguntó Johanán (40: …).
— Sí, respondió el gobernador. En efecto, él mismo había dado la bienvenida a aquel que quería matarlo, aconsejándolo que sirviese al rey de Babilonia, y al terminar la entrevista lo había invitado a comer con él.
Aterrorizado, Johanán observó a quienes lo escuchaban, y dijo con gran esfuerzo:
— Ismael ha venido para matarte a ti y a todos los que están contigo. Miró de frente a su superior esperando verlo palidecer de espanto, pero Gedalías sonrió apaciblemente:
— ¿Todavía no has aprendido a desconfiar de los que murmuran «se dice»? No debemos tener tan triste opinión de Ismael.
Johanán y sus amigos trataron de demostrar que sus sospechas eran justificadas, pero sus palabras no surtieron efecto; Gedalías “no les creyó” (Jeremías 40: …), y ellos se retiraron desesperados, hablando de la amenaza que se cernía sobre el gobernador, alabando el carácter pacífico de su amado jefe, y preguntándose qué pasaría si fuera asesinado en momentos en que todos los judíos volvían al país, y las circunstancias parecían volverse favorables.
Johanán no podía tolerar que se cometiera tal crimen:
— Eso no sucederá, se dijo, y sin que lo vieran sus camaradas, volvió a buscar a Gedalías para decirle secretamente:
— Te ruego que me escuches: te hemos dicho la pura verdad, y tienes que confiar en nosotros: Ismael ha decidido matarte. Pero, antes que lleve a cabo su proyecto, iré yo mismo a terminar con él, y nadie lo sabrá. Permíteme hacerlo.
Los ojos del gobernador brillaron de indignación, y mirando fijamente a Johanán, dijo:
— “No hagas esto, porque es falso lo que tú dices de Ismael” (40: …). Gedalías no podía creer que hubiera tanto mal en el corazón de su enemigo.
El día fijado, Ismael, el príncipe celoso, llegó a casa del hombre respetable que tenía plena confianza en él, y lo había invitado a comer. Johanán no participaba del banquete.
Los convidados fueron llegando, y el gobernador, que había rechazado toda sospecha, les deseó la bienvenida. Se sentaron, pues, y “comieron” juntos, conversando amablemente (Jeremías 41: …).
De pronto, a una señal, Ismael y sus “diez hombres” se levantaron y actuaron según lo convenido (41: …). Una vez terminado el festín, ninguno de los participantes salió fuera, excepto los asesinos.
— Los muertos no contarán la historia, dijo Ismael. No escapó ninguno de ellos para denunciarnos.
A la caída de la noche, los cuerpos fueron arrastrados fuera de la casa y echados en una “cisterna” (41: …), y nadie supo lo que había ocurrido. Ismael se instaló en la casa de Gedalías y esperó.
Al día siguiente, mirando por la ventana, llamó su atención un largo cortejo que pasaba por allí: “Ochenta hombres, raída la barba y rotas las ropas”, traían en sus manos ofrenda e incienso para llevar a la casa de Dios, lamentando amargamente la suerte corrida por su magnífico templo (41: …).
En pocos segundos, Ismael tomó una decisión. Compuso su rostro tomando un aspecto de honda tristeza, se cubrió la cabeza, y con gestos que expresaban dolor, salió “llorando” al encuentro de la procesión (41: …).
— Venid, dijo con un sollozo hipócrita, “venid a Gedalías” (41: …). Y poniéndose a la cabeza del cortejo, los condujo por la ciudad hasta la casa del gobernador. De repente, se quitó las ropas de duelo con las que se había disfrazado, y ayudado por sus diez cómplices, se echó sobre los ochenta hombres y “los degolló” uno tras otro (41: …). Solo diez de ellos quedaron con vida. Ismael echó los «cadáveres» en la cisterna donde yacía Gedalías desde hacía dos días (41: …). De esa manera los llevó a presencia del gobernador.
Ismael no se contentó con tan horrendo crimen. Tomando cautivo a todo el resto del pueblo que estaba en Mizpa, emprendió el regreso a tierra de “los hijos de Amón” (Jeremías 41: …) ¿Sería recompensado por sus fechorías? No lo sabemos, pero podemos estar seguros que todo el dinero del mundo no hubiera podido darle jamás una entera satisfacción por sus hechos.
Sin embargo, el proyecto de su viaje de retorno a tierra de Amón, fue parcialmente modificado.
Johanán no sabía que la desgracia había alcanzado a su pueblo: todo se había hecho en secreto. Cuando la noticia llegó a sus oídos, Ismael había recorrido varias leguas. Sin perder tiempo, Johanán juntó sus tropas y se lanzó en su persecución.
Alcanzó a los cautivos “junto al gran estanque que está en Gabaón”. Cuando el pueblo que estaba con Ismael vio a Johanán, se alegraron, pues sabían que había llegado para liberarlos, y todos se volvieron para ponerse bajo su protección (41: …)
Sin tardar, Ismael “escapó” con ocho de sus compañeros (41: …), y se fue a los hijos de Amón. Jamás se volvió a hablar de este hombre que, desde entonces, se imaginó que tenía a un enemigo tras sus talones, pues está escrito: “Huye el impío sin que nadie lo persiga” (Proverbios 28: …).
