Jeremías, ¿se equivocaba, tal vez?
Seis años más tarde, tal como estaba predicho, Jerusalén fue sitiada por Nabucodonosor.
Sedequías, obrando según su carácter impulsivo, tuvo la súbita idea de «enviar un mensajero» para rogar a Jeremías que orase por la retirada del cruel enemigo que rodeaba la ciudad (Jeremías 21: …).
Jeremías sabía de antemano la respuesta que debía dar. Sin embargo, elevó sus súplicas a Dios, pues al rey no le agradaba recibir siempre la misma respuesta, pero aclaró que Nabucodonosor entraría de todas maneras en la ciudad, y no había que esperar piedad de parte del enemigo. Al rey y a su pueblo les quedaba una única solución: rendirse de inmediato. Era el “camino de vida” que Dios aseguraba. En cambio, quien resistiese, tomaría un “camino de muerte” (21: …).
A veces, Sedequías deseaba seguir el camino de vida, pero, muy a menudo, prefería su propio camino. A pesar de todo, Jeremías no cesaba de suplicar al rey que se sometiese al yugo de Nabucodonosor, “pero no obedeció él ni sus siervos ni el pueblo de la tierra” (Jeremías 37: …).
En secreto, el rey envió “embajadores a Egipto” para pedir ayuda al Faraón Hofra, siendo que, cuando fue coronado, había prometido solemnemente a Nabucodonosor que no haría alianzas de ese tipo (Ezequiel 17: …).
La ciudad amenazada estaba a la espera de una respuesta cuando llegó esta noticia:
— Egipto se ha mostrado a la altura de las circunstancias. El gran “ejército de Faraón” está en camino para venir a socorrernos (Jeremías 37: …).
— ¿Qué dices de esto, Jeremías? preguntó el rey. La situación parece mejorar, seguramente nos ayudará el Todopoderoso.
Perplejo, el profeta observaba lo que acontecía.
Pero Dios no olvidaba el día en que Sedequías había jurado a Nabucodonosor que no pediría ayuda, y le había dado la mano para sellar su promesa de abstenerse de buscar socorro en Egipto (Ezequiel 17: …) ¿”Escapará el que estas cosas hizo”? (17: …).
— No, dice Dios: “He aquí que el ejército de Faraón que había salido en vuestro socorro, se volvió a su tierra en Egipto” (Jeremías 37: …), y el cruel enemigo tomará Jerusalén. Jeremías repitió estas palabras ante el rey.
El rostro de Sedequías se ensombreció por un instante, pero, viendo a sus soldados a través de la ventana, pensó en el gran ejército que, seguramente, seguía avanzando para protegerlo. Resolvió, pues, no dejarse intimidar, ni rendirse, como hubiera querido ese insensato profeta con sus predicciones. La prueba más dura recayó entonces sobre Jeremías.
La esperanza de Sedequías se hizo realidad. Hofra había llegado, y Nabucodonosor se retiraba “a causa del ejército de Faraón” (37: …).
¿Qué podía decir el varón de Dios? A pesar de todo, continuó repitiendo la misma advertencia:
— “No os engañéis a vosotros mismos”, el enemigo vendrá, y pondrá esta ciudad a fuego (37: …). Los burladores no escucharon estas declaraciones, y la ciudad continuó con sus negocios como si ninguna amenaza planeara sobre ella.
