Vuélvete a Él con todo tu corazón
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La historia del profeta Jeremías y de los últimos reyes de Judá

Lettice Bell - 2026

Las flores del almendro ilustran la primera visión de Jeremías. Estas flores, las primeras que se abren en primavera, representan la súplica insistente y llena de esperanza: “Vuélvete a mí”, una expresión que se repite una y otra vez en el libro de Jeremías. En un contexto de solemne advertencia, Dios envía a su profeta fiel con un ruego que despierte al pueblo indiferente y adormecido. La autora, de gran experiencia entre los jóvenes, quiso revivir para ellos toda la época de Jeremías y de los últimos reyes de Judá, tal como la presenta la Palabra de Dios. Muchas personas mayores aprovecharán para sí mismos las enseñanzas de estas páginas, cotejando siempre su contenido con el texto bíblico indicado, y podrán, con gran bendición, transmitirlas a los jóvenes confiados a su cuidado. Estas enseñanzas que Dios nos ha dejado, como toda su Palabra, “están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. 1 Corintios 10:11

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Ezequiel, un higo muy bueno

Si en Babilonia hubo hombres que enseñaban errores, Dios no dejó a “los cautivos” sin un predicador de justicia (Ezequiel 1: …). Ezequiel era un creyente según el corazón de Dios. Para que pudiera estudiar las Escrituras, Dios inclinó el corazón de Nabucodonosor quien le asignó una casa “junto al río” (1: …). Quizás fuera Daniel quien había pedido ese favor para su amigo.

Hacía cinco años que Ezequiel habitaba en su casa junto al río, cuando su Maestro se dirigió a él como lo había hecho con Jeremías, y le dijo:

— “Ve” y habla a los cautivos de parte de Dios (Ezequiel 3: …). 

Estando aún en Jerusalén, este futuro siervo de Dios había visto y oído muchas veces las lecciones que enseñaba Jeremías. De la misma manera, le correspondía ahora la tarea de instruir a los deportados.

En primer lugar, Dios quería mostrar a los que estaban lejos de su país, que la ciudad de David sería sitiada. Quizás la descripción del horror de la guerra que se avecinaba haría encender una chispa de gratitud en sus corazones al advertir que habían escapado a tan tremenda catástrofe. Hablarles simplemente hubiera sido de balde. Jeremías lo había hecho, y no lo habían escuchado. Ezequiel recibió, pues, la orden de procurarse un adobe liso para dibujar en su superficie a la Jerusalén sitiada. El trabajo no resultaba difícil para este siervo que sabía mucho sobre planos y medidas, de manera que hizo una magnífica reproducción de la ciudad rodeada de murallas, adornada en el centro con la figura del templo. En el plano se podían distinguir con claridad las fortalezas construidas por el enemigo a su alrededor, los baluartes y “arietes” del sitiador, y un poco más lejos, los campamentos de Nabucodonosor (Ezequiel 4: …). 

Con el diseño concluido, Ezequiel debía mostrarse como si él mismo fuese uno de los sitiados en Jerusalén: debía acostarse junto a su cuadro durante cuatrocientas treinta noches, y durante cuatrocientos treinta días comería pan y bebería agua en cantidades racionadas, como el pueblo estaría obligado a hacerlo seis años más tarde, cuando el sitio hubiera comenzado realmente en la ciudad. Viendo el dibujo, hasta un niño podía comprender la lección que se desprendía de él, una lección que llevaría a todos a agradecer a Dios por haberles ahorrado tan terrible experiencia. Esta fue una de las tantas lecciones que Ezequiel enseñó a los cautivos.

Otro día, el profeta recibió la orden de rasurar su cabeza con una “navaja de barbero” (5: …), pesar el cabello en una balanza, y dividirlo en tres partes. Debía «quemar» la primera parte, y cortar con una “espada” la segunda (5: …), dispersar “al viento” la tercera (5: …), y atar cuidadosamente “en la falda de su manto” (5: …) una parte muy pequeña de su cabello. Era la ilustración de los males que sobrevendrían al pueblo que permanecía en Jerusalén: algunos de ellos perecerían en el asedio de la ciudad, otros morirían a espada, y otros serían dispersados aquí y allá, en tanto que solo un número muy pequeño de habitantes, sería exceptuado del tremendo fin.

Los cautivos recibieron aún otra lección acerca de sus compatriotas que habían quedado en la ciudad, pero, lentos para comprender, solo entendieron un poquito aquí, y otro poquito allá; necesitaban ser enseñados “línea sobre línea”, como niños pequeños (Isaías 28: …).

Ezequiel fue enviado luego a simular una partida apresurada. En pleno día, debía preparar “enseres de marcha” (Ezequiel 12: …). Hecho esto, recibió órdenes de abrir un paso en la “pared” de su casa (12: …). Debía obrar rápidamente ante los ojos de todos, como si en ello se jugara la vida. Después, en la oscuridad de la noche, con el rostro cubierto y las espaldas cargadas, debía deslizarse por la abertura que había practicado en la pared, y huir.

Los cautivos lo miraban asombrados preguntando:

— “¿Qué haces?” (12: …). Ezequiel no podía responder enseguida a esta pregunta, ya que él mismo ignoraba el alcance de sus actos. “Por la mañana” (12: …), Dios le dio explicaciones: Sedequías obraría de la misma manera durante aquella noche que sobrevendría sobre la ciudad asediada; se practicaría un paso a través del muro para que pudiera huir secretamente; además, para disimular su identidad real, tendría que cubrir su rostro y llevar sus enseres sobre sus espaldas como un simple particular.

Sin embargo, a pesar de la oscuridad y del disfraz, sería tomado cautivo y llevado a Babilonia. Dios reveló a Ezequiel algo muy extraño: Sedequías no vería Babilonia, y, sin embargo, moriría allí.

El siervo de Dios no preguntó: ¿Cómo sucederá esto?, como había preguntado el profeta Habacuc, sino que fue directamente al campamento de los cautivos y les comunicó los pensamientos de Dios. Pero fueron ellos los que preguntaron:

— ¿Cómo será eso? y añadieron: “Nosotros somos sabios”, y no creemos en predicciones oscuras como la tuyas (Jeremías 8: …).