La lección de historia
Pero aún se necesitaba una lección de historia para que el joven pudiera comprender el alcance del mensaje. El profeta vio entonces una olla hirviente sobre un fuego encendido.
— “¿Qué ves” ahora, Jeremías? preguntó el divino Maestro de escuela (1: …)
— “Veo una olla que hierve”, respondió Jeremías (1: …). Esta vez no había hermosas flores blancas, sino una olla negra y fea, cuyo contenido hervía a borbotones entre espesas nubes de humo. El joven había visto ollas semejantes en muchas ocasiones. En una olla como esta se preparaba la comida, o se calentaba agua. Pero esta olla tenía un significado especial; estupefacto, Jeremías vio que el recipiente, mal equilibrado, se volcaría, y que, antes que se apagara la llama, el contenido hirviente se derramaría peligrosamente sobre el terreno que la rodeaba. Notó que la olla se inclinaba hacia el sur ¿Qué significaba eso? Jeremías no fue dejado a su suerte para que encontrara la solución: Dios mismo se la dio.
El fluido hirviente desbordando hacia el sur, representaba el terrible castigo que caería sobre el país de Judá: “Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de esta tierra” (1: …).
Jeremías sabía muy bien que en el norte estaban Asiria y Babilonia, y en el sur, Judá. Comprendió entonces el mensaje que debía proclamar: a causa de la idolatría de Judá, que había abandonado al Dios verdadero, el enemigo tomaría Jerusalén y llevaría a los judíos en cautividad. Y el enemigo vendría del norte, de Babilonia.
También comprendió que, si la olla no desbordaba todavía, era porque se le acordaba al pueblo una tregua para que se arrepintiese. De esa manera, se evitaría la desgracia que lo amenazaba.
La visión de la olla hirviendo no se borraría jamás de la memoria del profeta.
En esas primeras lecciones, Jeremías había aprendido que:
1. Dios lo había escogido para que fuera su mensajero.
2. Dios lo había fortalecido.
3. No había tiempo que perder.
4. Aún quedaba tiempo para el arrepentimiento en Israel.
