Anexo: El Espíritu Santo en el Apocalipsis
Todo atento lector de la Biblia habrá notado que en cada libro en el cual se habla del Espíritu Santo, éste es presentado bajo un carácter que corresponde al del libro en cuestión. Ello llama notablemente la atención cuando se lee el Apocalipsis.
En el Nuevo Testamento hemos visto al Espíritu Santo que desciende a la tierra. En virtud de la redención Él viene a morar en el cuerpo de todos aquellos que han recibido y creído la plenitud del Evangelio (1 Corintios 6:19; Efesios 1:13). Además, Él forma la Asamblea en la tierra (1 Corintios 12:13) y, a causa de morar en ella, la hace “morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22).
En el Apocalipsis tenemos algo muy diferente. Incluso cuando se habla de la Asamblea (capítulos 2 y 3) no vemos al Espíritu Santo en la Asamblea, sino como estando fuera de ella. Por eso se dice: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”, lo que está totalmente de acuerdo con el carácter de ese libro.
El Apocalipsis es un libro de juicio. Dios no es presentado como Padre, sino como Juez. En el capítulo 1, el Señor Jesús lleva vestimenta sacerdotal, pero no ejerce el servicio de sacerdote, tal como nos lo presenta la epístola a los Hebreos, cumpliendo la obra de la redención y seguidamente intercediendo ante Dios en favor de los suyos. Hay más aun: sus ojos son como llama de fuego y de su boca sale una aguda espada de dos filos para herir con ella a las naciones (Apocalipsis 1:13-16; 19:11-16). Y aun cuando aparece como el Cordero inmolado (5:6), como el Rechazado, tiene siete cuernos —el poder perfecto— y siete ojos —el conocimiento y la inteligencia perfectos— y es reconocido como Aquel que tiene todo derecho sobre la tierra: Él toma el libro.
El Apocalipsis nos describe los juicios de Dios. Primeramente sobre la Asamblea (capítulos 2 y 3), luego sobre el mundo —especialmente el imperio romano y Judá (capítulos 6 a 11:18)-, seguidamente sobre la gran ramera y los poderosos instrumentos de Satanás (capítulos 13 a 19), a continuación sobre los vivos (20:4-9) y finalmente sobre Satanás y los muertos (20:10-15). La gracia no está a la vista, como en el resto del Nuevo Testamento. Aquí vemos más el carácter del Antiguo Testamento, de la ley y los profetas.
De hecho, no se puede comprender el Apocalipsis sin conocer el Antiguo Testamento. No obstante, no es un libro del Antiguo Testamento. Son las palabras, el espíritu del Antiguo Testamento, pero caracterizado por la última y completa revelación de Dios que se halla solamente en el Nuevo Testamento.
Ya los primeros versículos de este libro tienen ese carácter. El versículo 4 habla “del que es y que era y que ha de venir”. Es, por así decirlo, la manera del Nuevo Testamento de expresar el nombre de Jehová que encontramos en el Antiguo Testamento. Seguidamente, el apóstol habla de “los siete espíritus que están delante del trono”. El Espíritu Santo no es presentado aquí en su relación con la Asamblea. En todo el resto del Nuevo Testamento se habla “del Espíritu” o incluso de “un solo Espíritu” (Efesios 4:4). Pero, al igual que en Isaías 11:2, donde es presentado en relación con el Mesías, aquí le vemos también como Espíritu de sabiduría, de poder, de luz. Es el Espíritu en su variada perfección de accionar, por todo concepto, para poder cumplir la voluntad de Dios en el mundo. Se agrega: “delante de su trono”, pues el tema del libro del Apocalipsis es el gobierno de Dios.
En el capítulo 4 vemos la descripción del trono de Dios en el cielo. Si hacemos la comparación, vemos que tiene la forma del templo, las lámparas, el mar, los seres vivientes. Luego leemos: “siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios” (v. 5).
En la Escritura, el fuego es el muy conocido emblema de la santidad de Dios que todo lo escudriña. Es el Espíritu Santo en su plena perfección como luz y como fuego, devorando al mal, como en Isaías 4:4, donde se presenta a sí mismo como “espíritu de juicio” y “espíritu de devastación”. Aquí, todo es presentado en el templo. La expresión alude a las perfecciones pertenecientes a los atributos de Dios que caracterizan su accionar en el mundo.
En el capítulo 5 vemos al Señor Jesús como el Cordero. Este nombre, “Cordero”, está relacionado con el pensamiento de la redención (Juan 1:29), e “inmolado” habla de su rechazo por parte del mundo. Sin embargo, aquí tiene siete cuernos. La segunda bestia de Apocalipsis 13 solo tiene dos cuernos, en tanto que la primera tiene diez. Pero Jesús, rechazado por el mundo, tiene todo poder: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Además, tiene “siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra”. Ellos son el símbolo de un conocimiento e inteligencia perfectos, de la plenitud del Espíritu, pero aquí en relación con la tierra y su gobierno.
Dios está sentado en el trono, el Espíritu delante del trono y Jesús es presentado en relación con la tierra; es todo el contenido del Apocalipsis. En relación con todo ello el Espíritu Santo es visto con un carácter terrenal y judicial, como en el Antiguo Testamento, pero caracterizado por la última y completa revelación de Dios.
De manera que la posición de los creyentes vivos en el período descripto en este libro es muy distinta de la nuestra. Por cierto que el Espíritu Santo operará entonces también el arrepentimiento y el nuevo nacimiento de pecadores perdidos, como lo ha hecho desde la caída. Pero, en tanto que ahora mora en aquellos que han creído en la plenitud del Evangelio, los une a un Señor glorificado en el cielo y los hace partícipes de todas sus glorias —siendo en ellos una fuente que brota para vida eterna-, entonces ya no obrará más así. No morará en la tierra. Y los creyentes, en ese día, no estarán sentados con Cristo en lugares celestiales (Efesios 2:6) como lo estamos nosotros. Ellos no tendrán más la esperanza de ser arrebatados en las nubes “para recibir al Señor en el aire” a fin de estar para siempre con el Señor (1 Tesalonicenses 4:17).
Como nos lo enseña Apocalipsis 6:9-11, clamarán venganza contra sus enemigos, pero deberán tener paciencia. La esperanza de ellos es la venida del Hijo del Hombre a la tierra, las bendiciones del milenio. El Espíritu de sabiduría es el testimonio de Jesús, según el cual Él ejercerá la venganza sobre sus enemigos y entrará en su reino terrenal.
¡Qué diferencia con nuestra tan preciosa parte! Después del final de la profecía, en el capítulo 22, vemos que el Espíritu se hace uno con la Esposa, la asamblea. ¿Y de qué manera? Al llamar al Señor: “Ven”, y al invitar a aquellos que tienen sed a que vengan a tomar gratuitamente del agua de la vida.
El Espíritu Santo se asocia a la asamblea en el llamado que ella le dirige al Señor Jesús. El criado de Génesis 24 no quería que se le demorara, pues tenía prisa por llevar a Rebeca a la presencia de Isaac. Ocurre lo mismo con el Espíritu Santo. Él también suspira por el momento en que dejará esta tierra para llevar el fruto de su actividad terrenal al Esposo: la esposa del Cordero. Y al mismo tiempo, Él une su voz a la de todos aquellos que en razón de la venida muy próxima del Señor Jesús, invitan a los pecadores perdidos a aceptar la salvación.
"Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente”.
H. L. Heijkoop
