El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El Consolador (el Abogado)

Entramos ahora en el corazón de la doctrina del Espíritu Santo, tal como la encontramos en Juan 14, 15 y 16.

En los primeros versículos de Juan 14 el Señor Jesús dice que Él vuelve al cielo a fin de preparar lugar para los suyos y que luego volverá para llevarlos allá. En los versículos 15-19, Él dice: “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté en vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, el cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis”.

En el versículo 26 vemos que el Consolador es el Espíritu Santo. Sin embargo, el Señor habla de Él de una manera distinta que en los otros pasajes que hemos considerado hasta aquí. El Señor no habla de la vida, como en los capítulos 3 y 20, o del poder que actúa en esta vida, como en el capítulo 4. Tampoco es cuestión de un río de agua viva que mana del creyente (Juan 7). Él habla aquí de una Persona comparable a sí mismo, pues ella tiene su misma naturaleza. Sólo una Persona puede ser enviada, puede morar con nosotros y en nosotros, puede enseñarnos y recordarnos las cosas que el Señor Jesús dijo (v.26), puede dar testimonio (15:26), puede convencer (16:8), guiar, oír, hablar, anunciar, tomar (16:13-15). Si leemos esos capítulos, lo veremos enseguida.

Esta Persona es enviada por el Padre (v. 26) y puesta por el propio Señor Jesús a un mismo nivel que el suyo. La palabra griega «Paraklétos», traducida aquí por Consolador, se encuentra solo cinco veces en el Nuevo Testamento. Cuatro veces en los pasajes que acabamos de citar —en los cuales el Señor Jesús llama así al Espíritu Santo—y una vez en 1 Juan 2:1, donde el Señor Jesús es llamado así (en este pasaje, la palabra

«Paraklétos» es traducida por «Abogado»). El sentido del término «Paraklétos» no está plenamente expresado ni por Consolador ni por Abogado. Se trata de alguien que se hace cargo de una persona y cuida de todos sus intereses.

Eso es lo que el Señor hizo por sus discípulos cuando estaba con ellos (Lucas 22:35-37; Juan 10:11). Ahora, Él les deja y les pide que manifiesten su amor guardando sus mandamientos. Él mostrará su amor rogando al Padre que envíe en su lugar otro Consolador, quien no estaría solo un tiempo con ellos, como Él, quien no había estado más que tres años con ellos. Ese Consolador permanecería con ellos eternamente, sí, en Él el Señor mismo vendría a ellos (Juan 14:18). Y en Juan 16:7 el Señor dice incluso que era ventajoso para ellos que Él se fuera, pues solo entonces vendría el otro Consolador. Surge de todo ello que sería una Persona divina la que vendría a la tierra cuando el Hijo subiera al cielo. En Hechos 5:3 y 4 también consta expresamente que el Espíritu Santo es Dios.

En los días de los discípulos ¿había algo más importante que la presencia de Dios el Hijo en la tierra? Ahora que el Señor ha subido al cielo ¿hay algo más importante que el hecho de que Dios el Espíritu Santo more en la tierra? Si bien no ha venido en carne, como el Hijo, Él habita también verdaderamente en la tierra. En realidad, la presencia del Consolador es el gran acontecimiento de la era cristiana. Pero ¿hay algo a lo cual se lo tenga menos en cuenta?

En el Antiguo Testamento, el Espíritu actuaba en la tierra y los creyentes de esa época eran nacidos de nuevo por medio del Espíritu. Pero el Espíritu nunca moró en la tierra. Antes de que fuera consumada la obra redentora de Cristo, Dios nunca había habitado con los hombres. No habitó ni con Adán, ni con Enoc, ni con Noé, ni siquiera con Abraham. Sólo después que la sangre del cordero pascual hubo sido derramada y los israelitas hubieron sido separados de Egipto por el mar Rojo, Dios pudo morar en medio del pueblo, aunque estuviera oculto tras el velo, ya que la verdadera redención aún no había tenido lugar (Éxodo 29:42-46). Asimismo hoy en día el Espíritu Santo puede morar con nosotros después de cumplida la obra de la redención. Y ello no solo por un tiempo, como lo estuvo el Señor Jesús con los discípulos, sino que mora con nosotros eternamente. Y ¿dónde mora? “Estará en vosotros” (Juan 14:17). “¿Ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). Esta Persona divina viene para hacer de nosotros —de nuestro propio cuerpo— su morada, su templo. Pero ¿el pecado no mora en nosotros? ¿Cómo el Espíritu Santo puede morar en semejante cuerpo? De hecho, éste es el argumento de diversas formas del Perfeccionismo: «Cristo y Belial no pueden morar en un mismo templo». Y verdaderamente nuestro cuerpo no puede ser el templo del Espíritu de Dios y el de Belial.

Pero en el gran día de las propiciaciones vemos cómo Dios puede morar en medio de un pueblo pecador. “Así purificará el santuario a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas” (Levítico 16:16). Dios no habita más en edificios hechos de manos, sino en hombres. Y el hecho de que el Espíritu Santo more en ellos prueba la perfección del sacrificio (Hebreos 10:14 y 15).

Sin embargo, el Espíritu no solo habita en cada creyente. “Él mora con vosotros”. Él habita también en medio de los creyentes. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”, o entre vosotros (1 Corintios 3:16). “En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22). “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Esta verdad ¡cuán desconocida es en la práctica por la cristiandad, incluso por los grupos más ortodoxos!

El mundo no puede recibir el Espíritu Santo porque no lo ve ni lo conoce (Juan 14:17). Dios el Hijo se hizo carne a fin de manifestar al Padre, pero el mundo vio y aborreció al Hijo y al Padre (Juan 15:24). Ahora, el Hijo deja el mundo y Dios el Espíritu Santo desciende a la tierra, pero no hecho carne, como el Hijo. El mundo se manifestó como encarnizado enemigo de Dios y hasta rechazó el último y más grande testimonio de Dios (Mateo 21:33-41). Ahora no hay más oferta de gracia para el mundo. Como no ha querido creer, no puede ver al Consolador y no lo conoce. Pero nosotros le conocemos (Juan 14:17). Primeramente por medio de la Palabra del Señor Jesús, recibida por la fe. Pero también por las consecuencias de la presencia del Espíritu Santo. Si una Persona divina mora en nosotros y es el poder que nos permite estar en comunión con Dios y gozar de todo lo que Dios nos da, ¿podría ser que no conociéramos a esta Persona? Romanos 8:16 nos dice: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.

"No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” dijo el Señor (Juan 14:18). En el Espíritu, Él viene a los suyos en la tierra y es la consolación de ellos. Y si bien, por gracia, ellos creyeron en Él como Hijo de Dios, le verán entonces de manera mucho más real de lo que lo vieron con sus ojos naturales, ya que su conocimiento será mucho más profundo. El Espíritu Santo vino para edificar la casa de Dios en la tierra, para morar en ella y hacer de cada creyente, de manera individual, Su templo viviente. Vino para hacer de nosotros el cuerpo de Cristo y para formar en uno a todos los creyentes con Cristo, quien es la Cabeza en la gloria (Efesios 1:22).

¡Pero hay aun mucho más! “Porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Juan 14:19 y 20). El creyente en persona está unido a Cristo; en la unión reside la comunión de naturaleza y de vida. Y el Espíritu Santo es el poder y el vínculo de esta unión. No solamente conozco a Cristo en la gloria como el objeto de mi corazón, sino que el Espíritu Santo me enseña que estoy unido a Él.

Ello jamás se vio en el Antiguo Testamento, y en el milenio tampoco existirá. Es cierto que en Joel 2:28 se habla de una efusión del Espíritu Santo, pero no se ve nunca que el Espíritu Santo morará en la tierra, en los creyentes. Él no guiará a nadie a adorar a Dios en el lugar santísimo; entonces ya no estará el velo rasgado (Ezequiel 41:23). En Ezequiel vemos sacerdotes que ejercen un servicio sacerdotal, pero nunca en el lugar santísimo. Y en Ezequiel no vemos que el altar de madera, que estará en el lugar santísimo, sea empleado. Creo que eso será para los sacerdotes una indicación de la existencia de otro pueblo de sacerdotes que sirven a Dios en su presencia inmediata, así como en Levítico 16 la familia sacerdotal de Aarón tenía una posición separada del pueblo.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no actúan separadamente en esta obra bendita. El Espíritu Santo viene para establecer la comunión, pero es el Padre quien le envía, como resultado de su amor. Y lo envía en nombre del Hijo (Juan 14:26), a fin de que el Hijo sea glorificado (Juan 16:14).

Durante su vida en la tierra, el Señor Jesús reveló al Padre en todos sus designios de gracia y amor (Juan 1:18). Sus palabras eran las palabras del Padre que le había enviado (Juan 7:16-18; 14:24). El Espíritu Santo les recordaría a los discípulos esas palabras (Juan 14:26). Pero también rendiría testimonio de Jesús glorificado (Juan 15:26; 16:13). Así como el Señor Jesús durante su vida aquí abajo estaba simultáneamente en el seno del Padre en el cielo —y así podía dar a conocer al Padre y comunicar las cosas que había visto (Juan 1:18; 3:11-13)— así también el Espíritu Santo en la tierra habla a los creyentes de lo que ha visto y oído, en el cielo, de Jesús glorificado (Juan 16:13). Él, quien es Dios mismo, bendito eternamente, y uno con el Padre y con el Hijo, ha tomado un lugar de dependencia. Se deja enviar por el Padre (Juan 14:26) y por el Hijo (Juan 15:26) y no habla por su propia cuenta, es decir, de una manera independiente del Padre y del Hijo.

Él recuerda a los discípulos las palabras que el Señor Jesús dijo, de modo que pueden dar testimonio del Señor (Juan 15:27). Eso es lo que encontramos en los evangelios. Pero Él mismo da un complemento celestial por medio de su testimonio acerca de la posición celestial del Señor Jesús, un testimonio que únicamente Él puede dar, a fin de que aquéllos estén informados y sus corazones puedan gozarse de ello. Es lo que vemos en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas. Y Él les anunciaría las cosas que habrán de venir, es decir, el porvenir (Juan 16:13), lo que también vemos en las epístolas y en el Apocalipsis.

Sin embargo, por más que el Espíritu Santo sea la bendita fuente de nuestros sentimientos, Él no puede ser el objeto de ellos, como lo es el Señor Jesús. En su carácter de Dios, le amamos y le apreciamos, pero Él no se hizo Hombre por nosotros, Él no murió por nosotros y nosotros no podemos estar unidos a Él. No podemos decir de Él, como de nuestro Salvador: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11). El Espíritu Santo no se colocó, respecto de nosotros, en la misma relación que el Señor Jesús, el Hijo de Dios, quien se hizo Hombre y lo será siempre, quien estaba en medio de los suyos como Aquel que sirve.

Pero, en tanto este Jesús en la gloria es nuestro Abogado ante el Padre, tenemos aquí abajo otro Abogado, Dios el Espíritu Santo, quien está en nosotros y con nosotros eternamente.