El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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¿Cuándo recibe un creyente al Espíritu Santo?

En los Hechos de los Apóstoles vemos el cumplimiento de las promesas. Durante el tiempo que el Señor Jesús vivió en la tierra, Dios mostró que Él estaba con nosotros ("Emanuel”, Mateo 1:23) y la fe ve en la muerte y la resurrección de Cristo que Dios es por nosotros (Romanos 8:31-32). Pero en Hechos 2 encontramos a Dios en nosotros. Ello era imposible en tanto la preciosa sangre de Cristo no hubiera sido vertida. Allí donde hay aspersión de sangre, el Espíritu Santo puede venir y morar (Éxodo 29:41-46; Levítico 14:14-18). Antes de la cruz, el Espíritu Santo no había morado más que en un solo Hombre: el Señor Jesús. Sólo en ese Hombre sin mancha, perfecto, Él podía morar sin previa aspersión de sangre. Pero ahora el sacrificio había sido ofrecido y la sangre de la reconciliación había sido vertida. El Señor Jesús había dicho a sus discípulos que serían bautizados con el Espíritu Santo al cabo de no muchos días (Hechos 1:5). Ello se cumplió diez días después de la ascensión del Señor.

Hechos 2 nos da una detallada descripción de este acontecimiento. Así como el nacimiento del Señor había sido manifestado por señales visibles, así también aparecieron señales particulares cuando Dios el Espíritu Santo descendió a esta tierra para morar en ella. Dios dio una doble manifestación exterior de este acontecimiento único. Toda la casa fue llena y, además, “aparecieron lenguas repartidas, como de fuego”, sobre cada uno de los presentes, quienes comenzaron a hablar en otras lenguas. Volvemos a hallar constantemente esta doble verdad: el Espíritu “mora con vosotros, y estará en vosotros” (Juan 14:17). Él bautizó a todos los creyentes en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13) y ese cuerpo, la Iglesia vista como casa de Dios, es llamada en 1 Corintios 3:16 el templo de Dios, en el cual mora el Espíritu Santo. El lugar en que los discípulos oraban tembló (Hechos 4) y en Hechos 5 se dice que Ananías y Safira habían mentido a Dios el Espíritu Santo al mentir a la iglesia. Dios había descendido en la persona del Espíritu Santo y moraba en la Iglesia, lo que perdura hoy en día. Retomaremos este tema más adelante. Pero, además, vemos el testimonio sobre cada uno: lenguas repartidas, como de fuego. Eran lenguas, alusión al acto de hablar; pero repartidas, lo que alude al hecho de que el testimonio va dirigido a todo pueblo debajo del cielo. Y las lenguas lo confirman.

Es muy importante investigar cuándo y cómo los hombres pueden recibir al Espíritu Santo. Las ideas de los hombres están divididas al respecto, pero, sin embargo, la Escritura nos dice muy claramente: “Habiendo creído en él (el evangelio de la salvación), fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). Y los ejemplos que hallamos en los Hechos de los Apóstoles no carecen tampoco de claridad. En el capítulo 2:38, el apóstol Pedro dice: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Aquí no es cuestión de fe, como en Hechos 16:31 y Efesios 1. Entonces, ¿ella no era necesaria, como tampoco la conversión? Por cierto que ambas lo son. El hombre pecador debe convertirse y creer en la Persona y la obra del Señor Jesús. Sin embargo, Dios ve los corazones, motivo por el cual Pablo habla de fe al carcelero y Pedro de arrepentimiento a los judíos. Los judíos, orgullosos, debían separarse del pueblo del cual estaban orgullosos y declarar públicamente su entrega a Jesús haciéndose bautizar en ese nombre despreciado; ellos, que habían rechazado y crucificado a Jesús, debían arrepentirse y confesar su pecado y sus faltas. Así recibirían el perdón y serían partícipes del Espíritu Santo. Éste, como lo vemos, viene por sí mismo después del arrepentimiento y la fe en el Señor Jesús. No es un privilegio de algunos, sino que es válido para todos.

En Hechos 8 vemos un orden completamente distinto. Los samaritanos habían recibido el Evangelio y habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús, pero ninguno había recibido el Espíritu Santo. ¿Ello no estaba en contradicción absoluta con Efesios 1? Una razón importante explica esta diferencia. Como se sabe, entre los judíos y los samaritanos había una gran amargura, ante todo a causa del lugar de adoración (Juan 4:20). Si los creyentes de Samaria hubiesen recibido el Espíritu Santo inmediatamente después de la predicación de Felipe —es decir, de la misma forma que los creyentes judíos— ¿no habría habido un gran peligro de celos entre los creyentes de esas dos regiones? ¿La unidad no se habría visto amenazada desde el comienzo? Además, el Señor había dado a Pedro las llaves del reino de los cielos. Por ese motivo los samaritanos no recibieron el Espíritu Santo hasta que Pedro y Juan hubieron ido, orado por ellos e impuesto las manos como señal de unidad.

En Hechos 10 vemos aun otro orden. Cornelio y los suyos pertenecen a los gentiles, pero sin duda se han arrepentido y han nacido de nuevo. Han oído el Evangelio (v. 36), pero no sabían si éste era también para ellos. Pedro, instruido al respecto por una revelación especial, abre la puerta a los gentiles (v. 35) y después que aquéllos hubieron oído y creído la palabra —“que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre”— el Espíritu Santo cayó sobre ellos con las mismas señales exteriores que las dadas en Jerusalén. En este caso, pues, nada ocurrió antes: ni oración, ni imposición de manos, ni siquiera bautismo.

Hallamos un cuarto caso en Hechos 19. Vemos en él un cierto número de creyentes que habían sido enseñados de manera incompleta. Habían oído el Evangelio acerca de un Salvador que iba a venir, pero no sabían que la obra de la reconciliación había sido cumplida y que la sangre había sido derramada. Por eso no podían creer en la obra cumplida por Cristo ni recibir al Espíritu Santo sobre la base de esta obra. Incluso ni sabían que la promesa del Antiguo Testamento —del cual Juan el Bautista les había hablado tan a menudo— estaba cumplida. Pero después que Pablo les hubo enseñado y ellos hubieron recibido el bautismo cristiano, el Espíritu Santo vino sobre ellos. Pablo, apóstol de las naciones, impone las manos a esos creyentes judíos y éstos reciben al Espíritu Santo, como había ocurrido con los samaritanos después de la imposición de manos por parte de Pedro y Juan. Dios muestra que la autoridad del apóstol de las naciones no era menor que la de los once.

Se desprende de todos estos pasajes que aquel que se arrepiente y cree en el Señor Jesús recibe al Espíritu Santo. Ello se aplica tanto a los judíos como a los que no lo son. Por cierto que hay una diferencia, pues los judíos primeramente debían ser bautizados con el bautismo cristiano, mientras que en ninguna parte vemos que ello ocurra con los creyentes gentiles. Pero el principio general permanece: aquel que cree en el Señor Jesús y en su obra cumplida, recibe el Espíritu Santo. En lo que nos concierne a los que no somos judíos, no tenemos necesidad de ninguna imposición de manos, ni de ninguna autoridad apostólica: “Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).