El Espíritu emplea a quien quiere
La Palabra de Dios presenta bajo tres aspectos diferentes el hecho de ser miembros del Cuerpo de Cristo. En Efesios 5:30 se dice que “somos miembros de su cuerpo”. El énfasis es puesto sobre nuestra unión con Cristo. Romanos 12:5 declara que “nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros”. Aquí se pone de relieve nuestra unión con todos los cristianos. Finalmente, 1 Corintios 12:27 dice: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”, donde vemos nuestra posición personal con relación al cuerpo. Los tres aspectos de esta verdad son importantes, pero ahora solo consideraremos el primero, pues se refiere a la obra del Espíritu Santo en la iglesia.
En la iglesia de Corinto reinaba gran desorden. Ello no se debía a debilidad. El desorden no tiene nada que ver con la debilidad. No faltaba el poder, pues el Espíritu Santo había dado grandes dones y éstos eran empleados. Pero el poder del Espíritu Santo no era empleado según su verdadera finalidad, que es la de glorificar a Cristo (Juan 16:14), y los dones no eran utilizados para provecho de todos (1 Corintios 12:7; 14:12). Los corintios se servían de los dones para su propia gloria, de lo cual resultaba el desorden. El orden divino había desaparecido. Si en las cosas espirituales se da lugar a la carne, la ruina es aun mucho más grande que en las cosas morales.
Como consecuencia, los corintios no tenían ninguna capacidad de discernimiento. Y ésta es absolutamente necesaria, pues el Espíritu Santo no es el único que actúa en la asamblea, sino también los espíritus malignos. Si bien Dios obra con poder, Satanás siempre intenta engañar a los hombres imitando la obra de Dios. Lo vemos ya en Éxodo 7, donde Janes y Jambres hacen, aparentemente, lo mismo que Moisés (2 Timoteo 3:8). También vemos en Apocalipsis 13 una trinidad satánica, de cuyas personas una es imitación del cordero.
El apóstol había llamado la atención de los corintios sobre los espíritus malignos, pero aquéllos no tenían ya ninguna capacidad para discernirlos (1 Corintios 10:19-22). Ni siquiera captaban que el Espíritu Santo, venido a la tierra para glorificar al Señor Jesús, nunca puede ser el autor de una sentencia tal como llamar “anatema a Jesús”. Podríamos decir que ello debía resultar claro aun para un incrédulo con sentido objetivo, sereno. Pero tal capacidad de discernimiento no se hallaba más en los creyentes de Corinto. Cuando alguien es extraviado por espíritus malignos no tiene, o deja de tener, un sano discernimiento. ¿No comprobamos a menudo esa falta de sana apreciación tanto en incrédulos como en personas que profesan ser cristianas, de manera que aceptan las cosas más absurdas? Y ello irá empeorando sobre todo más tarde, cuando el Espíritu Santo no esté más en la tierra. Los hombres creerán la mentira (2 Tesalonicenses 2:11) y adorarán al emperador romano (Apocalipsis 13:4), etc. Es preciso que Dios dé y conserve el sano discernimiento, si no éste desaparece.
Hay, pues, dos fuerzas que actúan sobre el comportamiento del hombre frente a Dios. Por una parte, “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Efesios 2:2) y, por otra parte, el Espíritu Santo que obra en los hijos de Dios. Jamás este Espíritu impulsará a alguien a llamar “anatema a Jesús”. Una vez, Dios colocó al Señor Jesús bajo la maldición, cuando murió por nuestros pecados, pero nunca nadie que hable por el Espíritu de Dios podrá pronunciar de nuevo la maldición sobre Jesús. Nadie podrá jamás, por un espíritu maligno, decir “Señor” a Jesús. Satanás puede transformarse en “ángel de luz” (2 Corintios 11:14). Sus ángeles pueden llamar al Señor Jesús “Hijo de Dios” (Mateo 8:29) o “el Santo de Dios” (Marcos 1:24). Pueden proclamar en público honores dirigidos a siervos de Dios (Hechos 16:17). Pero nunca vemos que un espíritu maligno reconozca al Señor Jesús como “Señor”. El título de “Señor” no es la gloria más alta del Señor Jesús. No da testimonio de su gloria personal y eterna, sino de una posición que le es dada (Hechos 2:36). Considerarle como Señor es el conocimiento más simple que un profesante puede poseer, pues equivale únicamente a reconocer que Jesús tiene autoridad sobre él, pero sin discernir su gracia, la gloria interior del Señor. Nunca un espíritu maligno reconocerá la autoridad del Señor. Ese pasaje de 1 Corintios 12:3 debe ser leído con atención. No dice que cualquiera que pronuncia las palabras “Señor Jesús” sea un creyente y menos aun que un no—creyente no pueda emplear esta expresión. En cambio, surge que todo lo que no reconoce la autoridad del Señor y no contribuye a su gloria no es del Espíritu Santo, sino que proviene de un espíritu satánico. Es bueno que lo sepamos. La prueba para juzgar acerca de todo lo que es presentado en predicaciones o escritos es ésta: ¿Se reconoce la autoridad del Señor, su Palabra es admitida sin reserva y, finalmente, es para gloria del Señor? Lo que no pase esta prueba no proviene del Espíritu Santo, incluso si ello emanase de alguien acerca del cual tenemos la firme convicción de que es un creyente o hasta de alguien a quien siempre hemos estimado y honrado como obrero o siervo del Señor.
El segundo punto que llama nuestra atención en 1 Corintios 12 es: “Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (v. 4-6). Vemos aquí los principios más sencillos de todo servicio cristiano, lo mínimo requerido para que Dios pueda reconocerle como un servicio en su Asamblea.
"Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo”. Hay muchos espíritus malignos (Lucas 8:30, por ejemplo), pero un solo Espíritu de Dios (Efesios4:4). Sin embargo, el Espíritu Santo no se manifiesta de una sola manera y por medio de una sola persona. El Cuerpo de Cristo es un cuerpo normal. Así como Dios, en la creación, hizo diferente a cada uno de los miembros del cuerpo, a fin de que juntos constituyesen un cuerpo, así también el Espíritu Santo forma el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:11-13). Cada miembro es agregado por Él al cuerpo, en el lugar que conviene, y da a cada uno el don de gracia que necesita en tal lugar. Justamente esta diversidad es la que constituye el único cuerpo. Si todos los miembros fuesen semejantes, no podrían formar el cuerpo (v. 19). De tal manera el cuerpo es edificado y es perfecto en sí mismo. Los diversos dones de gracia son, en su actividad, la voz del solo Espíritu en los miembros de Cristo. Son dones de la gracia de Dios. Son variados para responder a las diversas necesidades. En general, no tenemos idea de la amplitud y variedad de las necesidades de los santos. El Espíritu Santo da todos los dones —la energía espiritual— para responder a esas necesidades. No los concentra en una o varias personas. En un caso puede reunir varios en una persona (como en Pablo), pero es una excepción. Habitualmente, Él da a uno palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia, etc. (v. 8-11). Él da “como él quiere”. Es soberano para emplear a quien quiere en la asamblea.
Es evidente que ocasionará gran perjuicio el hecho de que esos dones de gracia no tengan oportunidad de ser ejercitados. La soberanía del Espíritu Santo en cuanto a emplear a quien quiere será así negada y se verá —como principio o en la práctica— limitada a una o varias personas. De tal manera, muchas necesidades no serán satisfechas, porque esas personas (nombradas para actuar quizás) no recibieron don. La autoridad del Espíritu Santo y del Señor Jesús es puesta de lado. ¿Cómo hablar, entonces, de Asamblea de Dios? Por cierto que estamos obligados a denegar, a una congregación en la cual el ejercicio de los dones no es libre, toda pretensión de ser una asamblea de Dios. Incluso si se trata únicamente de creyentes que se reúnen, —lo que en principio es bueno— ésa no sería la Asamblea de Dios, sino una asociación humana.
Por medio de una sola palabra, Dios creó la tierra para el primer Adán. Pero, para cumplir la obra de la redención, primeramente envió a su Hijo a la tierra, luego le resucitó de entre los muertos y le dio lugar en el cielo como la Cabeza glorificada, y finalmente envió al Espíritu Santo a la tierra, todo ello con el propósito de formar la Asamblea para el segundo Adán. Únicamente la muerte y la resurrección podían ser la base de la Asamblea y solo un Jesús resucitado y glorificado podía ser su Cabeza (ver también Efesios 5:23-27). Ello nos revela el valor que la asamblea tiene para Dios. Pero ello también demuestra que la Asamblea de Dios en la tierra jamás puede ser un sistema de ordenanzas que rijan el servicio divino de un pueblo, ni una asociación de personas que se unen en virtud de comunes sentimientos o pensamientos para realizar ciertos fines.
"Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo”. Vemos aquí el ejercicio de los dones de gracia. El Espíritu Santo los emplea en quien quiere y como le place (v. 11). Pero ellos deben ser ejercitados bajo la autoridad del Señor. El Espíritu Santo —quien es Dios en sí mismo, como se ha dicho repetidamente— en forma voluntaria tomó en la tierra un lugar de siervo, como el Hijo lo había hecho a su tiempo. Él está aquí abajo para dar testimonio acerca del Señor Jesús y para glorificarle (Juan 15:26). Él producirá esta disposición a tomar el lugar de siervo en todos aquellos que Él quiera emplear. Esto es muy importante, sobre todo en nuestros días. En su servicio, el Espíritu Santo nunca va más allá de lo que dice la Palabra y jamás atenta contra la autoridad del Señor Jesús. Da la fuerza espiritual necesaria a los miembros del cuerpo para que ejerciten sus dones y les constituye así en siervos de Cristo. Ellos son, en el ejercicio de esos diversos dones de gracia, administradores; uno solo es Señor: Cristo. No hay en ellos voluntad independiente o propia. Por grande que sea en ellos el poder del Espíritu, siguen siendo siervos y administradores de Cristo. Y deben actuar con ese carácter, reconociendo el señorío de Cristo al servirle.
"Hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo”. En la Asamblea de Dios no hay lugar para el hombre ni para su voluntad. Si Dios opera, el hombre debe desaparecer a fin de que Dios pueda obrar enteramente según Su voluntad. Es ése un juicio inflexible sobre todo lo que el hombre ha previsto para el servicio, y ello en dos aspectos. ¡Qué contrario al principio divino es el principio según el cual el hombre limita el servicio a uno o a varios, a quienes designa por sí mismo! ¡Qué negación de este versículo es también el pensamiento de que cada uno tiene derecho a participar en el servicio! En la Asamblea no es cuestión de derechos, sino a lo sumo de privilegios. En cuanto al servicio, no se puede hablar más que de obediencia y dependencia. El Espíritu Santo emplea a quien quiere y Dios opera todo en todos.
¿Nuestros corazones están verdaderamente llenos de estas tres cosas: diversidad de dones de gracia, ejercitados por quien el Espíritu Santo quiere y mediante Su poder, pero con responsabilidad ante el Señor, siendo Dios el único en operar? ¿Cada uno de nosotros las realiza prácticamente?
