El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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Liberación

En Romanos 8 vemos expuesto de una manera clara el significado general de la morada del Espíritu Santo en el creyente. Allí se nos dice que el andar de un creyente depende ya sea de la carne, ya sea del Espíritu. El versículo 9 agrega: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Vemos entonces dos cosas:

1)           Únicamente aquel en quien mora el Espíritu Santo no vive según la carne, sino según el Espíritu.

2)           Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él; en otras palabras, no es un cristiano.

Ésos son puntos de gran importancia. El primer punto nos hace ver que no es acertado decir, como se oye a menudo, que un hombre debe ser o bien un hombre natural, o bien un hombre espiritual. Según el Nuevo Testamento, hay una tercera categoría entre aquellas dos. Cuando la gracia de Dios conduce a un hombre natural —a un hijo de Adán— al arrepentimiento e implanta en él una vida nueva, de modo que es llevado a Dios en virtud de la redención, no es todavía un ser espiritual. El apóstol dice que un hombre es espiritual cuando no vive según la carne, sino según el Espíritu. No llama a los corintios ni hombres naturales (1 Corintios 2:14) ni hombres espirituales (1 Corintios 3:1); ellos eran carnales (1 Corintios 3:3). Y en Romanos 7:14 el hombre convertido que está bajo la ley, reconoce que es carnal.

Diversas circunstancias pueden impedir que un creyente sea espiritual. En los corintios, el impedimento era la sabiduría carnal. Pero el motivo principal —el más frecuente— es, como lo revela la epístola a los Romanos, el hecho de que muchas personas nacidas de nuevo jamás llegan a darse cuenta de que la carne solo es mala ni tampoco a creer que ella ha sido totalmente juzgada en la muerte de Cristo.

La primera parte de esta epístola —hasta el capítulo 5:11— trata la cuestión de nuestros pecados, es decir, de nuestros actos pecaminosos. Vemos el resultado de ello en el capítulo 5:1 y 2: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo...”. Muy numerosos son los que se detienen allí. Son, por así decirlo, salvados a medias. Conocen algo de la obra de Cristo, pero no alcanzan a ver que están en Cristo. No es que ignoren esta expresión. Pero, cuando leen por ejemplo Romanos 8:1 ("Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús") no ven nada más que lo dicho en Romanos 4:25: “El cual fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación”, es decir, que sus pecados han sido quitados y que están justificados ante Dios.

Pero éste no es todo el significado de Romanos 8:1. La diferencia reside en el hecho de que, desde el capítulo 5:12, el Espíritu Santo trata una nueva cuestión: la de nuestra vieja naturaleza, la de nuestra carne de pecado. No solo mis pecados me son perdonados y estoy justificado ante Dios, sino que también mi vieja naturaleza ha sido juzgada en la muerte de Cristo. Ésa no es únicamente una justificación por la sangre, sino una justificación de vida. No solamente creo en Cristo y sé que tengo el perdón por su sangre preciosa, sino mucho más: la Palabra de Dios me da derecho a saber y decir que estoy muerto en la muerte de Cristo. No soy bautizado en su vida o en su obra, sino en su muerte (Romanos 6:3). Yo era pecador, no podía más que pecar, pero eso no ha sido cambiado por el perdón. Tengo que ser liberado de ese estado, y la única verdadera liberación de un estado de pecado es la muerte. Tal liberación la tengo “en Cristo”. “Porque lo que era imposible para la ley” —hacer que el pecado y la muerte no sean ley en mí, es decir, no tengan dominio sobre mí de manera ininterrumpida— “por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). Tal es la enseñanza del capítulo 5 (a partir del versículo 11) y del capítulo 6.

Para alguien que ha nacido de nuevo es muy difícil aceptar esta verdad. Creer que Dios perdonó sus pecados, está bien, pues es algo que ocurre enteramente fuera de él. Pero creer que su vieja naturaleza está muerta con Cristo es mucho más difícil, pues su experiencia diaria le demuestra algo distinto. A cada instante él comprueba la existencia de su carne de pecado y, mientras no capte por la fe esta verdad, siente en él la ley del pecado y de la muerte. Pero en las cosas de Dios nada es más importante que la simplicidad ni hay fe más grande que la que acepta su Palabra y su autoridad como un niño, incluso si solo comprende poco al respecto. Si Dios te dice —a ti, quien has nacido de nuevo— que estás muerto ¿le crees o no?

Si alguno no le cree, trata de mejorarse. La nueva vida en él quiere vivir según los pensamientos de Dios, pero ve el pecado en él y entonces ello le conduce a un combate terrible. Vemos un hombre así en Romanos 7. Ha nacido de nuevo, se ha convertido, posee la vida de Dios (pues ¿cómo un inconverso podría decir: “Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”?, Romanos 7:22). Romanos 3:11 dice de un inconverso: “No hay quien busque a Dios”. Pero este hombre sentía que, después de haber recibido el perdón en Cristo, debía librarse a sí mismo por la acción interior del Espíritu de Dios. Se esforzaba en lograrlo según la ley, hizo de ella su línea de conducta, pero debió comprobar que, cuanto más tropezaba, menos ayuda recibía del Espíritu de Dios. Él le hacía más bien sentirse desdichado. El Espíritu Santo, en efecto, no vino del cielo a la tierra para glorificar la ley, sino para glorificar al Señor.

No se trata aquí de la vida exterior, sino de cosas más profundas. El hombre de Romanos 7 puede no haber caído en pecados manifiestos, pero el pecado obraba en él. ¿No conocemos todos nosotros el combate descripto en Romanos 7? Algunos tal vez antes de su conversión, cuando el Espíritu Santo obraba en sus corazones, pero la mayoría después de su conversión. No creo que exista un solo cristiano que no haya sostenido tal combate. Pues aunque la liberación de Romanos 8 sea una cuestión de fe, igualmente debemos aprender a conocerla por experiencia. Por medio de ella aprendemos que la Palabra de Dios dice la verdad cuando proclama que nuestra vieja naturaleza es mala y no puede ser mejorada. También por la experiencia aprendemos que la Palabra de Dios es veraz cuando nos dice que la ley no puede ayudamos, pues ella es “débil por la carne”. Asimismo por la experiencia tomamos conciencia de la veracidad de la Palabra de Dios que nos revela la imposibilidad de ayudarnos a nosotros mismos. Y cuanto más deseamos servir a Dios, más profundamente también hacemos esta experiencia en nuestro corazón, de manera que terminamos por exclamar con desesperación: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Así hemos hecho la experiencia de que la ley no da una línea de conducta para vivir a alguien que tiene una naturaleza pecaminosa, sino que aquélla conduce a la muerte. Lejos de ser una fuerza liberadora, ella solo puede condenar. Por eso no exclamamos «¿Qué me librará?», pues sabemos que no hay nada que pueda ayudamos. Exclamamos “¿Quién me librará?”, y entonces Dios nos dice por su Palabra —y somos dichosos si la hemos aceptado-: Jesucristo nuestro Señor te ha librado. Entonces comienza en nuestros corazones el canto de gozo de Romanos 8: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús... Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. ¡Qué diferencia con Romanos 7!

Es engañarse a sí mismo y carecer de discernimiento y de conocimiento de la Palabra de Dios pretender que el hombre puede gozar de la liberación de Romanos 8 mientras está librando el combate entre el bien y el mal a que se refiere el final del capítulo 7. ¿Es posible que uno esté al mismo tiempo en esclavitud y en libertad? ¿Alguien puede decir “yo soy carnal, vendido al pecado” y “el mal que no quiero, eso hago”, y al mismo tiempo gozar de que “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”? ¿Acaso un estado en el cual un creyente debe decir que está cautivo de la ley del pecado que ve en sus miembros (Romanos 7:23) es el estado normal de un creyente librado por el Señor Jesús? No digo que ése no sea el estado habitual de muchos, sino que pregunto si él es según el pensamiento de Dios.

En Romanos 8 nos es presentada la posición normal del creyente según el pensamiento de Dios. El creyente ha reconocido sus pecados y ha creído que ellos son perdonados en virtud de la preciosa sangre de nuestro Salvador. Él ha visto la corrupción de la carne y ha creído que ésta fue juzgada en Cristo crucificado. Y después de haber creído, fue sellado con el Espíritu Santo (Efesios 1:13). Sabe que él ha muerto en Cristo y que ahora también está “en Cristo” y que, por ello, no hay condenación alguna para él. Sabe que el poder del pecado sobre él fue quitado, pues su vieja naturaleza fue juzgada en Cristo. Él tiene una vida nueva, la que no puede pecar (1 Juan 3:9) y una Persona divina —el Espíritu Santo— mora en él; ésta es el poder en él que obra la vida nueva y le hace capaz de vivir de acuerdo con ella. Él, en el Espíritu, es un hombre espiritual que puede andar según el Espíritu. Ha salido de la familia del primer Adán —la cual está en la posición y el estado del hombre caído ante Dios— y ha entrado en la familia de Dios, cuya Cabeza es el segundo Adán, Jesucristo. Y eso no es todo. Aquel que en la tierra fue ungido con el Espíritu Santo y que andaba por el Espíritu, actualmente nos ha dado de su Espíritu (1 Juan 4:13). Cristo resucitado es el Jefe de la familia de Dios, y la posición de la familia es consecuencia de la muerte y la resurrección de Cristo; si alguno tiene el Espíritu de Cristo, es de Cristo (Romanos 8:9).

Y eso no es todo. Nosotros conocemos bien esa liberación y gozamos de ella en nuestra alma, pero en la práctica, nuestro cuerpo aún no tiene parte alguna en ello. Sin embargo, esto llegará también. “Si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:11). Es la plena liberación del alma y del cuerpo y la respuesta perfecta al grito desesperado de “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Mientras permanecemos en la tierra, el Espíritu Santo testimonia con nuestro espíritu (la vida nueva en nosotros) que somos hijos de Dios. Él expresa los sentimientos que tenemos como nuevos hombres mientras andamos con la creación sujeta a maldición. “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

Tal es la liberación que es en Cristo Jesús. La Escritura nos dice que la recibimos por el Espíritu Santo y que solo podemos gozar de ella por medio de ÉL No recibimos la menor bendición sin Él. Él obra en el corazón del pecador para guiarlo al arrepentimiento. Por Él el Hijo de Dios da la vida a un pecador muerto. El Espíritu Santo actúa en el corazón del convertido, y mora en aquel que cree, como una Persona adjunta a la nueva naturaleza, para hacerle conocer todo el valor de las bendiciones de Dios y ser en él el poder para realizar todo ello. Sí, el Espíritu Santo da incluso su nombre para designar la posición que nos es dada como liberados, como cristianos, en virtud de la muerte y la resurrección de Cristo. Los que tenemos parte en todo esto estamos “en el Espíritu” y el Espíritu de Dios mora en nosotros.