El Espíritu Santo es una Persona divina
Tal vez alguien dirá que en la práctica casi carece de importancia que el Espíritu Santo sea una Persona, un poder o una influencia. Consciente o inconscientemente, muchos piensan en Él como si tan solo fuera un poder. Pero ello determina una inmensa diferencia. Primeramente, porque de tal manera se critica severamente una importante verdad. Si el Espíritu Santo no tuviera su propia personalidad, si no fuera una Persona divina, no existiría la Trinidad.
Pero incluso en la vida práctica esta verdad lo cambia todo. Si el Espíritu Santo no es más que un poder que actúa en mí, yo puedo hacer planes y ponerlos en ejecución apelando al recurso de dicho poder. Por el contrario, si es una Persona divina que mora en mí, yo no puedo hacer planes ni ejecutarlos, pues Él es quien los hace y ejecuta, de modo que yo no tengo otra cosa que hacer más que dejarme utilizar por Él. Ya no soy quien obra, sino que soy un instrumento que Él usa como Él quiere. ¿No hay una inmensa diferencia entre el primer caso —en el que yo, simplemente, recurro al Creador para conseguir mi propósito— y el segundo —en el que el Dios todopoderoso se digna recurrir a su criatura para emplearla, en su gracia, a fin de ejecutar Su voluntad?
La primera concepción es puramente la de un pagano y conduce a una sobrestimación de sí mismo y a una actividad de la voluntad propia. ¡Así actúa el pagano para con sus falsos dioses! En cambio, la segunda concepción produce humildad, dependencia, conduce a la gloriosa certidumbre de estar en la senda de Dios y de contar con su aprobación. ¿Podría haber algo que hiciera más feliz al corazón que esta seguridad de que el Señor está con nosotros? Sólo así podemos permanecer inconmovibles por grande que sea la oposición de Satanás y del mundo.
Por eso tiene suma importancia escudriñar cuidadosamente lo que las Escrituras nos enseñan a este respecto.
¿Cuáles son las características de una persona? No es la posesión de un cuerpo, como muchos lo piensan. En lo que nos atañe, es cierto que la persona y el cuerpo están estrechamente ligados. Por tal razón el creyente que muere en Cristo no está completo hasta que reciba un nuevo cuerpo en el momento de la resurrección, aunque hasta entonces se sienta dichoso junto al Señor. Si la posesión de un cuerpo fuera el criterio, entonces los ángeles, por ejemplo, no serían personas, ni tampoco Dios el Padre, ni aun el Señor Jesús antes de hacerse hombre. Una persona es un ser viviente, consciente de su existencia, que piensa, desea y actúa conscientemente.
¿Qué dice la Palabra acerca del Espíritu Santo? Ella nos enseña que:
- Tiene poder y amor (Romanos 15:13 y 30).
- Es un ser que piensa y juzga, motivo por el cual intercede por nosotros (Romanos 8:26 y 27).
- Escudriña, conoce, enseña y convence (1 Corintios 2:10 y 11; Nehemías 9:20; Juan 16:8 y 13).
- Tiene una voluntad soberana (1 Corintios 12:10 y 11; Hechos 13:2).
- Mora en los creyentes, individualmente (1 Corintios 6:19) y en la Iglesia (1 Corintios 3:16; Efesios 2:22).
- Puede ser contristado (Efesios 4:30; Isaías 63:10), afrentado (Hebreos 10:29), apagado (1Tesalonicenses 5:19); puede mentírsele (Hechos 5:3).
El Señor Jesús habla del Espíritu Santo como de una Persona (Juan 14:16, 17 y 26), valiéndose de un pronombre personal para designarle, en contra de las reglas gramaticales del idioma original que exigen el uso del pronombre neutro, ya que en griego la palabra «Espíritu» (Pneuma) es del género neutro. Y las Escrituras nos dicen, en Hechos 5:3 y 4, que el Espíritu Santo es Dios, como así también en muchos pasajes que Él está íntimamente ligado al Padre y al Hijo (por ejemplo, Mateo 28:19; 1 Corintios 12:4-6; 2 Corintios 13:13; Efesios 4:4-6).
De manera que el Espíritu Santo es una Persona, y una Persona divina. ¡Él es Dios el Espíritu Santo!
