El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El arrepentimiento

Leemos en Génesis 1:2 que “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”. Al igual que todo el capítulo, este versículo no tiene solamente un significado literal. Él nos presenta también la obra del Espíritu Santo, quien interviene acerca de un hombre cuyo corazón está, a los ojos de Dios, “desordenado y vacío”.

Dios creó al hombre puro, pero éste se apartó de Dios para servir a Satanás. En todas las circunstancias —haya sido sin gobierno o con él, bajo la ley, bajo el reinado, etc.— el hombre demostró que no quería servir a Dios. Y cuando en su amor “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19), ellos le rechazaron y crucificaron al Señor Jesús. Así el hombre demostró que estaba “desordenado y vacío”. En él no había nada agradable para Dios.

De tales hombres se preocupa Dios. En el capítulo 16 del evangelio según Juan vemos que la partida del Señor Jesús era ventajosa para los discípulos, pues entonces el Espíritu Santo vendría a la tierra. “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (v. 8-11).

Todo hombre ha pecado y, ante el gran trono blanco, cada uno de aquellos que comparecerán allí será juzgado según sus obras. Cuando el Señor Jesús fue rechazado, todo el mundo se coligó contra Él. Los saduceos se unieron a los fariseos, los maestros de la ley al pueblo al que maldecían porque no conocía la ley, los sacerdotes a Pilato, los soldados romanos a los malhechores crucificados. La culpabilidad común a toda la humanidad se manifestó en el hecho de que toda ella concurrió unida a ejecutar ese crimen. Los conductores religiosos y civiles se sometieron al deseo del pueblo y todo se puso en ejecución para rechazar y dar muerte al Enviado de Dios, puro y santo, quien no conocía el pecado. No solo cada hombre individualmente era un pecador, sino el mundo, la sociedad humana organizada era profundamente mala. “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1:5). “Ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24).

El Señor Jesús fue así clavado en la cruz y muerto “por manos de inicuos” (Hechos 2:23). Por otro lado, Él vino voluntariamente, para hacer la voluntad de Dios y para glorificar el nombre de Dios, y “por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 10:9; 9:14). “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24), pero además —o con mayor exactitud en primer lugar— Él glorificó a Dios en la cruz. El hombre había negado el amor, la verdad, la justicia y la santidad de Dios al creer las afirmaciones de Satanás en cuanto a que Dios quería privar al hombre de algo bueno para él y que comer del árbol del conocimiento del bien y del mal no tendría las consecuencias que Dios le había dicho, sino que, al contrario, el hombre vendría a ser “como Dios, sabiendo el bien y el mal”. Y la paciencia de Dios, quien aplazó el juicio en todo su alcance, fue interpretada como una prueba de la veracidad de las afirmaciones de Satanás (2 Pedro 3:4).

Ahora aparece un hombre cuya vida tiene como principio la obediencia y la consagración a Dios y del cual Dios podía decir que todo su agrado se hallaba en ÉL Éste se ofrece a sí mismo para sufrir la muerte de un esclavo en la cruz, sí, la muerte bajo el juicio de Dios, a fin de glorificar el nombre de Dios. Él es la víctima perfecta, porque era perfecto en sí mismo, pero también era Aquel que se ofrecía perfectamente. Se ofrecía a sí mismo de una manera perfecta. Era el holocausto, un perfume agradable para Jehová.

¡Cuán glorificado fue Dios con este sacrificio! ¿Puede haber una prueba más grande del amor de Dios que el don de su propio Hijo para salvar a pecadores perdidos? (1 Juan 4:8-10; Romanos 5:8; Juan 3:16). La verdad de Dios y su justicia inexorable ¿podían brillar de manera más gloriosa que cuando Él hizo recaer todo el juicio que merecía el pecador sobre Aquel en quien había hallado su agrado, pero que entonces ocupaba voluntariamente el lugar de pecadores perdidos? ¿Acaso la santidad de Dios, la luz —en la cual “no hay ningunas tinieblas” (1 Juan 1:5)— podía manifestarse de manera más clara que allí donde el Señor Jesús —quien había podido decir “yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29) y “yo sabía que siempre me oyes” (Juan 11:42)— debió exclamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” y “me has puesto en el polvo de la muerte” (Mateo 27:46 y Salmo 22:15) porque había tomado sobre sí nuestros pecados? Por cierto que Dios fue glorificado en la cruz como nunca lo había sido anteriormente, aun más que si Adán no hubiese caído. ¿Podía Dios dejar en la tumba a esta persona gloriosa? La hizo resucitar de entre los muertos y le dio, como justa recompensa, un lugar a Su diestra. De tal modo la justicia de Dios se manifestaba nuevamente, pero ahora de una forma también manifiesta para el mundo, por lo cual éste no puede negar tal hecho.

¿Cuál era la posición de Satanás? Él era el gran contradictor de Dios y procuraba aniquilar la obra de Dios. Por eso tentó en el desierto al Señor Jesús ofreciéndole hasta el dominio del mundo si se avenía a adorarle. Pero, cuando vio que su astucia no tenía ningún ascendiente sobre la santidad y la dependencia del segundo Adán, intentó usar su poder. Reunió al mundo entero, representado por todos sus elementos, y éstos se dejaron dirigir de buen grado por su jefe, así como lo harán más tarde (Apocalipsis 20:8). Cuando el Señor Jesús se entrega a sí mismo, parece que Satanás resulta victorioso; el poder de éste aparenta haber vencido al príncipe de la vida (Hebreos 2:14 y 15). Sus designios se tornan evidentes. En el Gólgota revela toda su maldad y despliega todo su poder. Pero sufre una derrota, pues el Señor resucita. La muerte no ha podido retenerle y el príncipe de este mundo es juzgado.

Tal es el testimonio que el Espíritu Santo da al mundo, así como el Señor también lo dio cuando estuvo en la tierra (Juan 7:7). Es éste un triple testimonio que habla de una manifestación perfecta. Sin embargo, el Señor Jesús no dice que el Espíritu Santo predicaría al mundo. Su presencia en la tierra es la prueba de esas tres cosas y convencerá al mundo de la justicia del juicio de Dios que él sufrirá muy pronto.

No obstante, vemos que el Espíritu Santo se preocupa también por las personas individualmente. Su primer trabajo es poner esas tres cosas frente a sus ojos. Ante todo, muestra a los hombres el pecado en todo su horror, tal como se manifiesta en el rechazo del Señor, a fin de conmover la conciencia y conducir al hombre al conocimiento de su estado de perdición. Sin ello, ninguna salvación es posible. El hombre debe estar consciente de su pecado, reconocer que está perdido y que no puede subsistir ante un Dios santo y justo. Luego, el Espíritu Santo da testimonio de algo más. Muestra que la obra de la reconciliación fue cumplida y que Cristo “fue entregado por nuestras transgresiones”, de manera que Dios puede, en virtud de esta obra, perdonar los pecados de todos aquellos que creen en ese sacrificio y que por eso son uno con El. Seguidamente se añade que Él “fue resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25), es decir, que el valor de la obra del Señor Jesús es atribuido a aquel que lo acepta por la fe. Si la justicia de Dios resucitó al Señor Jesús de la muerte a la que había descendido por nuestros pecados —probando Dios así que la obra de la reconciliación está cumplida y que los pecados están expiados— la misma justicia nos colocará ante Dios sin pecado, en calidad de justificados.

Finalmente, el Espíritu Santo muestra la tercera cosa: el juicio definitivo que quitará de manera judicial todo lo que se opone a Dios.

Estas tres cosas son puestas ante nuestros ojos en la primera predicación de Pedro, el día de Pentecostés, en Hechos 2:23-24 y 38-40. Y el glorioso resultado de esta obra del Espíritu Santo fue la conversión de tres mil almas.