El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

Pedir en la tienda

El bautismo del Espíritu Santo

"Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:12 y 13).

En estos versículos tenemos la asamblea, el Cuerpo de Cristo. Es lo que Dios obra. Él no solamente salva a las almas, sino que también las reúne. Y no solo las reúne en uno, sino que de creyentes —tanto judíos como gentiles— aún en esta tierra hace un solo hombre nuevo en Cristo: su Cuerpo. Esto es verdaderamente nuevo. Hasta entonces ellos estaban estrictamente separados, según el propio mandamiento de Dios, de modo que las naciones no tenían participación alguna en los privilegios de los judíos (Éxodo 12:45; Esdras 9; etc.).

No solo es ésta una verdad que se halla exclusivamente en el Nuevo Testamento, sino que incluso solo es revelada por el apóstol Pablo. No la encontramos más que en sus epístolas. Él lo dice expresamente en Efesios 3. Vemos su comienzo en la misma conversión de Pablo. Cuando él estaba en camino a Damasco para hacer prisioneros a los odiados discípulos de Jesús, el cielo se abrió y se oyó una voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” y “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9). Jesús glorificado en el cielo se hace uno con sus discípulos despreciados en la tierra. Esta unidad es tan grande que en 1 Corintios 12:12 —donde se habla del conjunto de los creyentes— se puede decir: “así también Cristo”.

Vemos la expresión de esta verdad sobre todo en la epístola a los Efesios. El capítulo 3:3-6 dice: “Por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo”. Aquí vemos que los judíos creyentes y los no—judíos creyentes son unidos como herederos y miembros de un solo cuerpo. Efesios 2 muestra cómo eso es posible: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades” (v. 14-16).

Por la cruz, Cristo quitó la separación. Jamás un judío habría osado o podido hacerlo, pues de esa manera no habría conducido a las naciones a una situación privilegiada, sino que simplemente se habría excluido de ella a sí mismo. En la cruz se manifestó la ruina total del hombre. El pueblo más privilegiado, puesto aparte por Dios y colmado de beneficios, rechazó a su Dios y crucificó al Hijo de Dios. Desde entonces, la bendición solo era posible sobre el terreno de la gracia ilimitada. Y en ello no podía haber ninguna diferencia entre judíos y griegos. Ahora los dos pueden ser unidos en un solo cuerpo. Pero ese cuerpo tiene que tener una cabeza. Efesios 1:20-23 nos presenta la cabeza: “y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.

Efesios 1 considera al Señor Jesús como hombre. En el versículo 17 se habla del “Dios de nuestro Señor Jesucristo”. En tanto el Señor no hubiera muerto en la cruz, no podía ser la cabeza del cuerpo. “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). Él fue a la cruz para glorificar a Dios y para salvarnos. Dios fue tan perfectamente glorificado por su obra de la cruz que le resucitó de entre los muertos y le hizo sentar a su diestra en los lugares celestiales. Y Dios nos resucita juntos a los que somos de Cristo (Efesios 2:6).

Hemos visto en Efesios 2 que el cuerpo solo pudo ser formado en virtud de la cruz. Pero tampoco pudo ser constituido antes de que la cabeza estuviera allá. La cabeza no es para el cuerpo, sino el cuerpo para la cabeza. Por eso el cuerpo solo pudo ser formado en la tierra después que la cabeza hubo sido glorificada a la diestra de Dios. Únicamente la muerte y la resurrección podían constituir el fundamento y solo Jesús resucitado y glorificado podía ser la cabeza. Vemos así que todas las verdades tienen por centro a Cristo y su cruz y a la posición que Él ocupa ahora a la diestra de Dios. 

¿Qué vemos aquí acerca de la gran verdad de la Iglesia de Dios? Ella es el Cuerpo de Cristo, después que Él hubo cumplido la redención y, por consecuencia, después que hubo quitado por completo el pecado para gloria de Dios y justificación del creyente. De ello resulta que los miembros del Cuerpo de Cristo no son solo nacidos de nuevo y justificados de sus pecados por la sangre de Cristo, sino que también son constituidos uno con Cristo, su bendita Cabeza a la diestra de Dios, en tanto Dios mora en ellos por el Espíritu. Ellos no solo son creyentes y santos —lo que también era, desde Adán, la parte de todos aquellos que verdaderamente creían en Dios-, sino que son cristianos, lo que es infinitamente más.

Y ¿cómo esos cristianos son unidos al Cuerpo de Cristo? ¿Uniéndose por medio de una común confesión? ¿O porque tienen la misma fe? ¿O por el bautismo?

Las Sagradas Escrituras no reconocen tales motivos. Quien forma el Cuerpo de Cristo es el Espíritu Santo, venido a la tierra después de la ascensión del Señor para glorificar al hombre exaltado —la cabeza— a la diestra de Dios. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, comenzó entonces el día de Pentecostés y cada creyente es agregado a ese Cuerpo en el momento en que recibe el Espíritu Santo, y es así unido a Cristo y a los suyos. ¡Qué posición maravillosa! Ser miembro del Cuerpo de Cristo, hecho uno con el Señor glorificado a la diestra de Dios (Hechos 2).

En ninguna parte de las Sagradas Escrituras se habla del Cuerpo de Cristo en plural. En la cristiandad se encuentran muchos cuerpos. Sin embargo, la cabeza no tiene más que un cuerpo. Todo otro pensamiento es humano y constituye motivo de profunda tristeza y humillación para aquellos que conocen lo que la Palabra de Dios dice al respecto.

Pero ¿qué debe hacer el creyente en medio de la gran confusión que le rodea? Como el único cuerpo no es exteriormente visible en la tierra ¿debe volverse hacia los sistemas y unirse a ellos? La palabra de Dios da la respuesta a todas las preguntas: “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación” (Efesios 4:3 y 4).

Ningún creyente que quiera obedecer a la Palabra de Dios puede unirse a un sistema humano. Pero entonces ¿debe intentar restablecer la unidad? La unidad, formada por el Espíritu, no puede ser destruida por el hombre. Ella subsiste, aun hoy, pero somos exhortados a guardarla o, dicho de otra manera, a ponerla en práctica. ¿Cómo podemos hacerlo?

Hay un solo camino: por obediencia a la Palabra de Dios y para gloria de nuestra Cabeza glorificada, romper con todos los «cuerpos» humanos y luego, como simples miembros del Cuerpo de Cristo, y nada más, bajo la dirección del Espíritu Santo realizar la unidad en el único lugar en que ella es posible según las Sagradas Escrituras: a la Mesa del Señor (1 Corintios 10:15-22).

Incluso si no hubiera más que dos o tres que se reuniesen así, ellos guardarían la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz y serían en el lugar la única expresión del Cuerpo de Cristo.