Ríos de agua viva
En Juan 4 vimos al Señor Jesús como el Hijo de Dios que da el agua viva para ser, en quien la recibe, una fuente de agua que salte para vida eterna. Es el Espíritu Santo, fuente de poder, quien actúa en el creyente y le hace capaz de mantener la comunión con el Padre y con el Hijo y de adorar al Padre (Juan 4:23 y 24).
En el capítulo 7 vemos de nuevo al Señor Jesús dar el agua viva, y allí se dice expresamente que ésta es el Espíritu Santo. Pero la forma en que es presentado el Señor es muy distinta, así como lo es también lo que Él dice.
En el Antiguo Testamento (Éxodo 23; Levítico 23; Números 28 y 29; Deuteronomio 16) se habla de tres grandes fiestas: la Pascua, la fiesta de las semanas (Pentecostés) y la fiesta de los tabernáculos (o enramadas). En Juan 6 vemos la Pascua (v. 4) y el Señor señala el cumplimiento de esa figura, pues Él descendió del cielo a fin de morir por aquellos que merecían el juicio. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (Juan 6:54). Aquí no encontramos la fiesta de Pentecostés. Como bien lo sabemos, el cumplimiento de tal fiesta lo tenemos en la efusión del Espíritu Santo en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles. Juan 7 pasa directamente a la fiesta de los tabernáculos. Es un recuerdo de cuando en el desierto habitaron en tiendas, cabañas o enramadas. Esta fiesta debía ser celebrada después de terminada la cosecha y la vendimia.
"Cuando hayas hecho la cosecha de tu era y de tu lagar” (Deuteronomio 16:13). Por los pasajes de Isaías 63 y Apocalipsis 14 sabemos que la vendimia es una imagen del juicio que pronto caerá sobre la tierra. La fiesta de los tabernáculos, por el contrario, representa figuradamente el porvenir glorioso, cuando Israel, después de los juicios, habitará en su país, descansadamente y en paz. Entonces el Señor Jesús reinará con gloria como Mesías, en Jerusalén.
Pero, para el Señor ¿había llegado el tiempo de hacer su gloriosa entrada en Jerusalén? (Mateo 23:39). Los judíos procuraban matarle. Sus hermanos según la carne, quienes eran sus más allegados, no creían en ÉL. Uno de sus discípulos iba a entregarle (Juan 6:71). El mundo le era hostil y su propio pueblo no le recibía. Entonces ¿cómo habría podido aparecer con gloria y derramar sobre el pueblo bendiciones terrenales? Por cierto que sus hermanos reconocen que es capaz de cumplir sus promesas. No dudan de su poder y desean que lo manifieste públicamente, a fin de que el mundo le honre y ellos puedan participar de esa distinción. Pero ello no es fe. Y en la respuesta que les da el Señor vemos claramente la situación. Ellos eran del mundo y por eso el mundo no les aborrecía (Juan 7:7). El tiempo de ellos siempre estaba presto, pues formaban parte del mundo, una porción de ese sistema comunitario en la tierra que no le recibía, sino que, al contrario, le odiaba y quería matarle. Por eso Él no podía subir públicamente a Jerusalén. Podría hacerlo seguidamente, en ocasión de la fiesta de la Pascua, pues estaba listo, como el verdadero Cordero pascual, para cumplir esa figura (Mateo 21).
Pero ¿cómo el Hijo del hombre, a quien el mundo había rechazado, podría entrar en su gloria terrenal? Un día, cuando los juicios hayan quitado el mal y el Remanente se haya vuelto a Dios, el Señor, en virtud de la Pascua, hará su entrada triunfal en Jerusalén y establecerá su dominio (Zacarías 14; Mateo 23:39). Pero ahora no tenía otra misión que seguir su camino de rechazado y dar testimonio de Dios a aquellos que le rechazaban. Y cuando los fariseos y los sacerdotes envían a sus alguaciles para prenderle, les dice que no tienen necesidad de darse prisa, pues estaba cercano el momento de su partida de esta tierra. Él no tenía ninguna comunión con el mundo, ni la procuraba, ni deseaba ningún honor de parte del mundo. Él no buscaba más que la gloria de Aquel que le había enviado. Y Él alza la voz para exhortar, a aquellos que en el mundo tienen sed, que acudan a Él para beber, a fin de que su sed fuese saciada y ríos de agua viva corriesen de dentro de ellos. “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Juan 7:39).
Si leemos atentamente esos versículos 37 a 39, hallaremos hechos importantes. El Señor Jesús pronuncia esas palabras el último y gran día de la fiesta. El Antiguo Testamento nos enseña que solo la fiesta de los tabernáculos duraba ocho días y que el octavo tenía un lugar especial. En Deuteronomio 16, el octavo día no es mencionado en absoluto; en Levítico 23 y en Números 29 es separado de los siete primeros. La cifra ocho significa siempre algo nuevo, muy ligado a lo anterior, pero que, sin embargo, representa un nuevo comienzo. De manera que el octavo día de la fiesta de los tabernáculos es una imagen de la gloria eterna, la cual será la parte de todos los bienaventurados después de los mil años de gloria terrenal.
En ese día el Señor habla del Espíritu Santo que Él dará después de haber sido glorificado como Hijo del hombre. Él no podía tomar posesión de la gloria terrenal, pues era el rechazado que iba a ser muerto (Juan 7:7, 19 y 33). Pero Dios le resucitaría de entre los muertos y le daría un eterno sitio a su diestra en la gloria celestial. Y de allí Él enviaría el Espíritu Santo a todos los que creyesen en Él.
En Juan 4, Él era el Hijo de Dios que da el agua viva con poder divino. En el capítulo 7, es el Hijo del hombre —rechazado por el mundo, muerto pero resucitado por Dios y glorificado en el cielo en razón de su obra— quien desde allí envía el Espíritu Santo para unir a los creyentes con Él. Ellos reciben así, en la tierra, la misma posición que Él ocupaba. Y así como Juan 4 expone que el Espíritu Santo une al creyente con el Hijo y con el Padre —lo que le confiere al creyente la posición de adorador —del mismo modo encontramos aquí que ríos de agua viva manarán del interior de aquel que recibe el Espíritu Santo. Aquí se trata del servicio dedicado a Dios en este mundo.
La morada del Espíritu Santo en el creyente determina, pues, su posición en la tierra. Por Él estamos unidos a un Señor rechazado por el mundo, el cual incluso le clavó en la cruz. Sin embargo, Dios aceptó la obra de su Hijo, en virtud de la cual también le resucitó de entre los muertos y le recibió en la gloria. “Vemos... a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte” (Hebreos 2:9). El poder del Espíritu Santo llena el corazón con la gloria en la que Jesús entró. Pero nuestra posición en la tierra es la misma que la que tenía Cristo aquí abajo.
En la historia de este mundo hallamos que, o bien Dios hace valer sus derechos sobre la tierra —como Dios de la tierra— o bien se retira de alguna manera en el cielo, como Dios de los cielos. La conducta del creyente debe conformarse a ello.
En Génesis 1 y 2 vemos cómo Dios salvaguarda sus derechos sobre la creación que estaba aún en su pureza. Pero, después de la caída, Dios solo indirectamente se preocupa por la tierra hasta que el pecado y la injusticia de los hombres hayan alcanzado su punto culminante. Entonces ejerce el juicio por medio del diluvio y presta su atención de manera directa a una tierra purificada (Génesis 8 y 9), confiando a Noé la nueva tierra, haciendo un pacto con él y entregándole el gobierno de ella (Génesis 9:6). Desdichadamente, también Noé y sus descendientes se levantan contra Dios y abusan de la autoridad que les había sido conferida. Y después de la construcción de la torre de Babel, Dios llama a Abraham, no para que posea la tierra, sino para que viva en ella como extranjero en espera de la ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:9 y 10). Cuando a continuación la iniquidad de los habitantes de Palestina hubo alcanzado su colmo, Dios llama de nuevo a un pueblo para que posea la tierra y Él mismo se pone al frente de su ejército (Josué 5:14). Entonces Dios es llamado “Señor de toda la tierra” (Josué 3:11) y en 1 Crónicas 29 se dice que el trono de Jehová está en Jerusalén. Pero el pueblo de Israel también se apartó de Dios, de manera que Él tuvo que juzgarlo. Lo envió en cautividad. La gloria de Jehová dejó a Jerusalén (Ezequiel 10 y 11). Él da el gobierno de la tierra a reyes paganos y ya no se llama a sí mismo el Señor de toda la tierra sino el Dios de los cielos (Daniel 2:37). Después de la cautividad, solo vemos un restablecimiento parcial. El pueblo nunca más fue independiente. Y cuando el Señor Jesús viene a la tierra, se manifiesta toda la maldad y la corrupción total de ese pueblo, pues crucifica al heredero, quien tenía todos los derechos sobre la tierra y la atribución de tomar posesión de la heredad (Mateo 21:33-46).
El evangelio según Juan lo considera todo bajo ese punto de vista. Desde el principio, el Señor es presentado como rechazado (Juan 1:5-11). Por cierto que entrará en su gloria terrenal una vez que haya sido ejecutado el juicio sobre el mundo y haya sido celebrada la fiesta de los tabernáculos. Pero ahora Dios no tiene ningún contacto directo con la tierra. Y el Señor Jesús es extranjero aquí abajo, rechazado por el mundo. Él, quien solo procura honrar a Dios enseñando su Palabra (Juan 7:14-18).
¿No veía que los romanos oprimían al pueblo terrenal de Dios? ¿No veía la injusticia y la crueldad de Herodes y Pilato? ¿No veía las transgresiones de Israel? Él, quien lo conocía todo (Juan 4:18), quien sabe lo que hay en el corazón de los hombres (Juan 2:25) ¿no debía sondear lo que era contrario a los pensamientos de Dios? Él, quien se estremecía y lloraba al ver el poder y las consecuencias del pecado (Juan 11:33-38) ¿no debió sentirse turbado y afligido a causa de todo lo que deshonraba el nombre de Dios en la tierra?
En su andar ¿le vemos ocuparse en ello? No combate para desalojar al opresor romano, sino que, al contrario, dice: “Dad a César lo que es de César”. No intenta apartar al sacerdocio corrupto en favor de hombres temerosos de Dios. No pretende eliminar todo el mal existente. Y cuando alguien le dice: “Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia”, responde: “Hombre ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?” (Lucas 12:13 y 14). El Señor toma el lugar de un rechazado que no tiene en este mundo otra tarea que la de ser un testigo de Dios e invitar a todos aquellos que tienen sed a salir del mundo y acudir a ÉL No busca su propia gloria (Juan 7:18). Cuando se quiere hacerle rey, se va. Cuando hace milagros, prohíbe que se hable de ellos. Sólo tiene un deseo: cumplir la voluntad de Dios, lo que implica la cruz.
Ese Jesús está ahora en el cielo. Todo el sistema comunitario de la tierra le condujo a la cruz y le crucificó. Pero Dios le resucitó de entre los muertos y le hizo sentar a su diestra, “hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies”. Del cielo envía aquí abajo al Espíritu Santo. Todo aquel que tenga sed puede venir, individualmente. Y todo aquel que crea en Él recibe el Espíritu Santo, el cual se convierte en él en ríos de agua viva que manan de él y quien le une al Señor glorificado y le eleva así por encima del desierto que atraviesa. “Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente” (Salmo 84:6). El creyente es así hecho apto para el servicio aquí abajo. Él puede ser un refrigerio para aquel que tiene sed, pues de él manan ríos de agua. Tal es el lugar del creyente de nuestros días, en el período de la gracia.
¿Realmente tomamos ese lugar? ¿Se ve en nuestra vida que, merced al hecho de que el Espíritu Santo mora en nosotros, somos uno con el Hijo del hombre glorificado en el cielo, pero rechazado por el mundo? ¿Nuestra vida tiene por único objetivo hacer la voluntad de Dios? La mayoría de nosotros tiene un oficio para subvenir a su propio mantenimiento y el de su familia, lo que está bien, pues muchos creyentes no pueden arreglárselas sin la disciplina del trabajo cotidiano. Pero, ¿nos valemos de ese medio tan solo para proveer a nuestra subsistencia o apuntamos a conseguir así un lugar honorable en la sociedad? ¿Nuestras relaciones y nuestra conducta tienden a honrar a Dios o sirven a nuestra propia gloria? Aún no ha llegado el tiempo de recibir honores. Un día estaremos sentados en tronos y juzgaremos al mundo y a los ángeles (1 Corintios 6:2-4), pero actualmente el honor que proviene del mundo es en realidad una vergüenza para un creyente. Estamos en la tierra para hacer la voluntad de Dios y ser testigos de un Cristo rechazado, pero glorificado en el cielo. El olvido de esto es perjudicial para el creyente y anula su testimonio.
