Dirección en el servicio
Hemos visto que la posesión de un don implica el mandato de utilizar ese don. Sin embargo, ello no quiere decir que aquel que tiene un don pueda saber por sí mismo dónde y cómo debe ejercitarlo. Un evangelista, por ejemplo, tiene el mundo entero como campo de trabajo. Dijo el Señor: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). No obstante, el siervo no tiene derecho a determinar por sí mismo cómo quiere ejecutar ese mandato.
La Palabra se dirige a cada creyente diciéndole: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14) y en Gálatas 5:25: “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”, “Digo, pues: Andad según el Espíritu, y no cumpliréis los deseos de la carne. Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; pues que éstos son contrarios entre sí; de modo que no podéis hacer las cosas que quisiereis” (v. 16 y 17, V. M.).
Si esto es válido para toda la vida de un creyente, cuánto más aun lo será para el servicio particular de un obrero del Señor. No solo la propia voluntad de un inconverso es mala, sino asimismo la de un creyente, como así también la de alguien que está al servicio especial del Señor. Tal creyente no debe hacer su propia voluntad, sino que debe dejar que el Espíritu Santo obre según Sus designios. Hallamos también este pensamiento en las Sagradas Escrituras cuando nos hacen ver el servicio de los obreros.
En Hechos 13 vemos a Pablo y Bernabé que comienzan un trabajo particular. Si bien Pablo fue llamado a predicar a todos los hombres (Hechos 22:15 y 21), recibe un mandato especial. Tanto él como Bemabé ya eran obreros. Sobre todo Pablo había predicado mucho. Pero el Espíritu Santo les retira de la obra a la cual se dedicaban localmente con otros obreros para confiarles otra misión en la obra. Son enviados por el Espíritu Santo y les vemos, en los capítulos 13 y 14, cumplir la misión que les había sido confiada (14:26).
Sin embargo, el Espíritu Santo no solamente da mandatos. Quiere también conducir a los obreros en la ejecución de sus tareas. Esto lo vemos claramente expuesto en el capítulo 16:6-10. Pablo y Silas recorrían Frigia y Galacia cuando “les fue prohibido por. el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia”. ¿Estas regiones no pertenecían al campo de actividad de Pablo? Por cierto que sí. Y en Hechos 2, Frigia ya es nombrada como región de la cual provenían hombres temerosos de Dios. ¡Y cuánto trabajó Pablo a continuación en Galacia y en Asia! Pasó dos años en Éfeso, de manera tal que no solamente los habitantes de esta ciudad, sino “todos los que habitaban en Asia (la provincia romana de ese nombre), judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús. Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo” (Hechos 19:10-12). Pero en aquel momento el Espíritu Santo les impide que anuncien allí la Palabra. Quería emplearlos en otro lugar.
Ello es relatado de una manera más explícita en Hechos 16:7 (V. M.): “procuraron entrar en Bitinia; y no se lo permitió el Espíritu de Jesús”. Pablo y Silas querían ir a Bitinia. Se habían propuesto anunciar allí el Evangelio, pero no era el momento. Y el Espíritu de Jesús no se lo permitió.
Aquí, el Espíritu Santo es llamado “el Espíritu de Jesús”. Esta particular expresión habla al obrero de .su Señor, quien le confirió el don. Pero ¿no recuerda también el servicio del propio Señor Jesús durante su vida aquí abajo? “Jesús” era su nombre como hombre en la tierra. Y “el Espíritu de Jesús” habla del Espíritu por el cual Él cumplía su servicio.
¡Cómo vemos la dirección del Espíritu Santo en la vida del Señor! Lucas 4 comienza con estas palabras: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto”, y en el versículo 14: “Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea”. Por el Espíritu enseñaba, consolaba, curaba y por el Espíritu echaba los demonios (Mateo 12:28). Sí, por el Espíritu se ofreció a sí mismo a Dios (Hebreos 9:14). Pero nunca vemos que el Señor haya sido impedido por el Espíritu de acudir a algún lugar o de anunciar la Palabra. En Él todo era perfecto. Conocía la voluntad del Padre de manera perfecta y obraba en consecuencia con un acuerdo perfecto. ¡Qué ejemplo para todo creyente! ¡Qué modelo para todo obrero del Señor!
En Colosenses 1:9 y 10 el apóstol escribe: “Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra”. En el Salmo 32:8 y 9 dice Dios: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti”. Y en Mateo 6:22 y 23 (VM.) se dice: “La lumbrera del cuerpo es el ojo; si, pues, tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será tenebroso”.
Dios quiere instruirnos. Quiere conducirnos por su ojo, y si nuestro ojo es sencillo, nuestro cuerpo estará lleno de luz, es decir, sabremos cómo obrar. A menudo hay creyentes que hablan de directivas de Dios en sus vidas y cuentan casos en los que Dios les impidió ir a un lugar o hacer algo, tal como lo vemos en Hechos 16:7. ¡Ésa, sin embargo, no es una verdadera directiva! Dios quiere instruirnos y aconsejarnos. Él quiere guiarnos por su ojo. Pero, para ello, nos es preciso estar cerca de Él, nuestro ojo debe estar fijo en Él y nuestro oído abierto a fin de que reconozcamos su voluntad. Y cuando conocemos su voluntad podemos ser conducidos por su ojo. Ésa es la conducta en la vida y la conducta en el servicio. Entonces iremos adonde Dios quiere tenernos en ese momento y haremos lo que Él desea en ese momento.
Tal era el caso del Señor Jesús. Cuando Él se enteró de que Lázaro estaba enfermo, no fue a Betania, pese a que sin duda su corazón deseaba estar junto a Lázaro y sus hermanas. Sólo en el momento fijado por Dios se puso en camino: “Esta enfermedad... es... para la gloria de Dios” (Juan 11:4). Y poco más adelante leemos: “¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo”. Si andamos en la luz, no tropezaremos; pero, si no andamos en la luz, porque no entramos en el santuario y no somos dependientes de Él, tropezaremos.
Si tengo intención de ir a algún lado para transmitir un mensaje y el tren pasa por delante de mis narices porque mi reloj atrasa, de modo que mi visita se ve impedida, puedo estar reconocido de que Dios me haya detenido en mi propósito de ir adonde evidentemente Él no quería tenerme en ese momento. Pero ello demuestra que yo no era dirigido por su ojo. Soy como caballo o mulo, sin entendimiento, ya que Dios tuvo que detenerme en mi camino como por medio de cabestro y freno.
Sin embargo, ésa no es su intención con respecto a sus hijos y menos aun para con sus siervos. Él quiere que ellos recorran su camino conociendo Su voluntad, sabiendo que lo que hacen debe ser hecho —según los pensamientos de Dios— en ese momento, de esa manera y en ese lugar. ¡Cuán glorificado sería Dios si todos sus siervos fuesen dirigidos por el Espíritu Santo! Pero, para ello, es necesario que me coloque, con entera dependencia, bajo la conducción y la disciplina del Espíritu Santo y que aguarde lo que Él me diga. Ni siquiera la consagración, el celo y los buenos resultados son la prueba de que el camino de un siervo del Señor sea justo.
