El Espíritu Santo
El Espíritu Santo

H. L. Heijkoop - 2026

La gran verdad del Nuevo Testamento consiste en que Dios es trino y que se nos reveló como Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. ¿Cuántos cristianos son conscientes de que el Espíritu Santo no es tan solo un poder o una influencia, sino verdaderamente una Persona divina? ¿Cuántos son los que saben que el Espíritu Santo mora en ellos? ¡Qué efecto se produciría en nuestra vida si verdaderamente tuviéramos conciencia de que Dios el Espíritu Santo mora en todo creyente y que Él quiere regir y dirigir nuestra vida! ¡Qué diferencia habría si supiéramos que Él también mora en la Asamblea y que en ella quiere dirigirlo todo según sus pensamientos y utilizar a quien Él quiere! Escudriñemos, pues, las Escrituras y recibamos en nuestros corazones, para ponerlo en práctica, lo que ellas nos enseñan sobre Dios el Espíritu Santo.

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El Espíritu Santo en el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento hallamos condiciones totalmente diferentes. Se produce el milagro de los siglos: “Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). El Dios eterno, el Creador de los cielos y la tierra bajó a ésta, el “Santo Ser” nació de la Virgen. “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Todas las estrellas del alba alababan al unísono y todos los hijos de Dios se regocijaban (Job 38:7) ante sus actos de Creador. Cómo estallaron de gozo cuando vieron a su Creador ser hecho hombre y contemplaron como niño en el pesebre de Belén a Aquel que venía a salvar al mundo, a dar la vida eterna a pecadores perdidos y a morir por ellos en la cruz. Vimos la gloria de su gracia. “Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:13 y 14). “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19).

La Trinidad participa de este acontecimiento maravilloso. Después que el Hijo, en el “consejo de paz”, hubo dicho: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Hebreos 10:9), Dios le preparó cuerpo (Hebreos 10:5) y el Espíritu Santo engendró en Maria al Hombre Jesús (Mateo 1:20). Al principio del ministerio público del Señor Jesús vemos la primera revelación de la Trinidad: el Hijo en su humillación en la tierra; Dios, el Padre, quien habla desde el cielo y reconoce al Hombre Jesús como su Hijo; y Dios, el Espíritu, descendiendo sobre el Hijo en forma corporal (Lucas 3:22). ¿Cómo habría sido posible que durante el periodo en que Dios, el Hijo, estaba en la tierra y manifestaba a Dios, el Padre (Juan 1:18), el Espíritu Santo no fuera visto también? Asimismo a lo largo de todos los evangelios hallamos igualmente una gloriosa manifestación de Él.

Consideremos ahora lo que se nos refiere del Espíritu en relación con la vida del Señor Jesús en la tierra. Acerca de su nacimiento se le dice a Maria: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Al comenzar el ministerio público del Señor Jesús, vimos que el Espíritu Santo descendió del cielo sobre Él bajo forma corporal y dio testimonio de que Jesús era el Hijo de Dios (Juan 1:32-34). En Lucas 4:1 leemos que “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto” y en el versículo 14 se añade que en el poder del Espíritu volvió a Galilea. Por el Espíritu, Él enseñaba, consolaba, sanaba (v. 18 y 19) y echaba fuera los demonios (Mateo 12:28). Por el Espíritu, Él se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios (Hebreos 9:14). Por cierto que Dios no le había dado el Espíritu por medida.

En la ofrenda vegetal (Levítico 2) hallamos una gloriosa figura de ello. La flor de harina —imagen de la pureza de la naturaleza humana de Cristo— es amasada con aceite (imagen del Espíritu Santo), untada con aceite, cubierta con aceite. De igual manera, cualquiera sea la forma bajo la cual se considere al Señor como hombre, se pone de manifiesto la total ausencia de pecado, ya desde la formación de su naturaleza humana por el poder del Espíritu Santo (Mateo 1:20; Lucas 1:35) y de su unción con el Espíritu Santo.

Aun encontramos una más clara imagen de ello en las enseñanzas del Señor Jesús. En Juan 3, Él dice que el nuevo nacimiento es efectuado por el Espíritu Santo, por medio de quien recibimos una nueva naturaleza. En el capítulo 4:14 se agrega que el don de Dios, en el creyente, se convierte en él en una fuente de agua que salte para vida eterna, lo que es el poder que corresponde a esta nueva naturaleza. Y en el capítulo 7:37-39 el Espíritu Santo constituye “ríos de agua viva” que correrán del interior de aquel que creyera en el Señor Jesús después de Su ascensión.

En Juan 14, 15 y 16 vemos una parte totalmente nueva de la verdad concerniente al Espíritu Santo. El Señor Jesús habla de “otro Consolador” que vendría cuando Él se hubiese ido. Vemos en ese Consolador una persona divina que reemplazaría al Señor Jesús entre los suyos. El Señor Jesús iba a dejar la tierra; la muerte estaba ante Él. La obra que Dios le había encomendado debía ser cumplida y Dios sería perfectamente glorificado en ella. Y el salario posible y justo que el Señor recibiría sería su glorificación a la diestra del Padre. Pero ello significaba que los discípulos se quedarían solos. Para consolarlos, el Señor les promete que les enviaría “otro Consolador”: el Espíritu de verdad. Éste permanecería con ellos y en ellos. Este don es tan grande que a los discípulos les era ventajoso que el Señor se fuera, pues solo entonces el Consolador podría serles enviado.

Sin embargo, sean cuales fueren la amplitud de esas promesas y la grandeza de tal revelación, es evidente que ella no existía entonces íntegramente. El Espíritu Santo no moraba aún en la tierra, salvo en el Señor Jesús. El bautismo del Espíritu Santo aún no había tenido lugar. Hasta entonces no eran más que promesas (Juan 14:16). Y así como en Mateo 3:11 vimos que el bautismo del Espíritu Santo aún no había tenido lugar antes de que el Señor se hiciese hombre, en Juan 7:39 vemos que ese bautismo no podía ser recibido antes de que el Señor hubiese vuelto al cielo. Pero entonces viene la promesa de que ellos serían bautizados con el Espíritu Santo al cabo de “no muchos días” (Hechos 1:5), y en Hechos 2 encontramos el cumplimiento de ello: Dios el Espíritu Santo bautiza a todos los creyentes en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13) y mora en ellos, colectivamente —como morada de Dios en el Espíritu, como templo de Dios (Efesios 2:22; 1 Corintios 3:16)— e individualmente en cada uno de los miembros de ese cuerpo (1 Corintios 6:19).

Pasajes tales como Lucas 1:15, 41 y 67 de ninguna manera contradicen lo que acaba de ser dicho. En ellos se trata de ser lleno del Espíritu Santo. En el caso de Juan el Bautista vemos que él tenía el Espíritu Santo desde su nacimiento. De modo que estaba lleno, de manera extraordinaria, del poder y de los dones del Espíritu como convenía a su privilegiada posición de precursor del Señor. Pero ello no es idéntico a la morada del Espíritu Santo en el creyente, como con toda evidencia lo muestran pasajes tales como el de Hechos 4:8 y 31, en el cual Pedro y otros discípulos fueron también llenos del Espíritu Santo, pese a que el bautismo con el Espíritu Santo ya había tenido lugar el día de Pentecostés. La morada del Espíritu Santo y ser lleno del Espíritu Santo son dos cosas diferentes que bien pueden existir juntas o separadas.