El llamado a los obreros del Señor
En 1 Corintios 12 hemos visto que los dones de gracia son una manifestación del Espíritu Santo y que deben ser ejercidos con responsabilidad ante el Señor. Y en efecto vemos que el Espíritu Santo da la fuerza para ejercitar los dones de gracia, a fin de que Él sea manifestado en ellos, si bien no proceden de Él. Efesios 4 y Mateo 25:14-30 nos muestran que ellos provienen del Señor Jesús y que Él los da a la asamblea por medio del Espíritu Santo.
En el sentido más amplio de la Palabra, todo lo que el creyente recibe es un don de gracia. Pero en general la Escritura limita el término al don que califica a un creyente para prestar un servicio particular. En 1 Corintios 12 se mencionan muchos dones; en el capítulo 14:22 ellos están repartidos en dos grupos: 1) los dones que son una señal para los no—creyentes; y 2) los dones que son para los creyentes. Dios dio los primeros a la asamblea como adorno, a fin de que aquellos que no creen vean que Él reconoce a la asamblea como su testimonio.
Encontramos este principio en toda la Escritura. Cuando Dios da un nuevo testimonio, hace milagros y señales para mostrar que reconoce ese testimonio. Así vemos señales poderosas hechas por Moisés y Elías; y en Marcos 16:20 está escrito: “Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían”, tal como lo había prometido el Señor en los versículos precedentes.
Una vez que el testimonio está confirmado y reconocido como proveniente de Dios, esas señales ya no son más necesarias. Lamentablemente, el hombre siempre ha echado a perder lo que Dios le confió. Y Dios no puede ya reconocer públicamente al caído pueblo de Israel como su testimonio, adornándolo con señales de Su poder. Por estas dos razones no vemos milagros ni en Isaías ni en Jeremías o Ezequiel, ni tampoco en los demás profetas menores del Antiguo Testamento. ¿Y Dios debería reconocer públicamente como su testimonio al cristianismo en decadencia y claudicante —una ruina comparada con lo que era en el principio— y adornarlo con señales destinadas a los incrédulos?
Aunque Dios no aparezca, Él no abandona nunca a su pueblo en la tierra. Hasta en los días de la peor decadencia y de la más grande ruina, Dios envió sus profetas a Israel. Y cuando en Efesios 4 se habla de los dones que el Señor confiere a su asamblea para la edificación del Cuerpo de Cristo, se agrega que ellos subsistirán “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, es decir, hasta que la asamblea esté en la gloria.
Efesios 4 enumera los dones: hay apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. En el capítulo 3:1-12 y en el capítulo 2:20, se menciona el servicio de los apóstoles y profetas. Ellos pusieron la base, el fundamento de la Asamblea. No solo dieron a conocer la esencia misma del cristianismo (Efesios 3:6, etc.), sino que también, como sabios arquitectos, pusieron el fundamento de la Asamblea y elaboraron los diseños y planos de construcción, según los cuales el edificio debía ser levantado (1 Corintios 3). Esos dos grupos, pues, no estaban destinados a perdurar hasta el fin (1 Corintios 4:9), aunque el trabajo de ellos, consignado en los libros del Nuevo Testamento, cumpla todavía hoy su servicio. Sin embargo, el fundamento no se pone más que una vez y no se repite nuevamente. De manera que, de la lista de Efesios 4, permanecen los evangelistas, los pastores y los maestros. Son, de hecho, los dones que, si se manifiestan públicamente, confieren a quienes los poseen la condición de obreros del Señor.
En los catecismos y en el uso corriente de las iglesias y comunidades esos dones son llamados «cargos». Se habla del cargo de pastor o de maestro, etc. Sin embargo, eso no es conforme a la Palabra. Ésta no nombra otros cargos más que ancianos y servidores (diáconos). Es posible que el apostolado sea también llamado cargo u oficio (Hechos 1:20-25), pero entonces solo en la medida en que los apóstoles eran instituidos directamente por el Señor Jesús. Después del descenso del Espíritu Santo —es decir, en la Asamblea (Hechos 2)— se habla de don.
Esto tiene una importancia primordial, pues la diferencia entre dones y cargos es muy grande. Un cargo confiere autoridad por sí mismo, cualquiera sea la persona que lo detenta. Cuando un agente de tránsito ordena detenerse, se obedece, así se llame Juan o Pedro. En cambio, si es un transeúnte quien lo ordena, no se le obedecerá, salvo que se sienta su superioridad personal. Un cargo solo puede ser dado de lo alto.
Por eso vemos en la Escritura que los ancianos solo fueron establecidos por apóstoles o por personas que habían recibido un mandato especial de un apóstol. En cuanto a los servidores (diáconos) —quienes atendían, por mandato de la asamblea, cuestiones de dinero— eran nombrados por la asamblea y también por los apóstoles, quienes los encargaban “de este trabajo” (Hechos 6:3). Pero, hoy en día ¿dónde están los apóstoles o sus delegados que puedan conferir esos cargos? Aparte de eso, el estado de ruina de la cristiandad profesante determina que la Asamblea no existe más como unidad visible. Entonces, si la calidad de pastor, maestro o evangelista fuera un cargo, hoy no podría ser concedido y la asamblea se vería privada de la edificación que el Señor Jesús quiere dar por medio de esos servicios.
La Escritura habla solo de dones de pastor, de maestro y de evangelista, etc. Cristo resucitado y subido al cielo llevó cautiva la cautividad en la que estábamos y nos liberó. Y de entre esos cautivos liberados toma sus siervos y les confiere sus dones (Efesios 4).
Mateo 25:14-30 nos muestra de manera muy clara cómo un cristiano se convierte en siervo, en obrero del Señor. El Señor mismo le confiere un don que responda a sus disposiciones naturales. El Señor no otorga el don de evangelista o de maestro a un mudo. ¡Lo que no quiere decir que un mudo no pueda propagar el Evangelio! Dios llama a todos los creyentes a anunciar la Buena Nueva de salvación; pero, si lo hacemos, no por eso somos evangelistas. A quienes Él quiera emplear como siervos, les da —desde su nacimiento— los dones naturales que podrán utilizar más tarde para su servicio espiritual. El Señor confiere sus dones “a cada uno conforme a su capacidad” (Mateo 25:15) y dirige su vida a fin de que esté preparado para el servicio especial que Él desea confiarle más adelante. Dios le dijo a Jeremías: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5), y Pablo les dice a los gálatas: “Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí... no consulté en seguida con carne y sangre, ni subí a Jerusalén a los que eran apóstoles antes que yo” (Gálatas 1:15, ver también Hechos 9:15).
El Señor, pues, da por el Espíritu, a algunos de aquellos a los que salvó, el don de pastor, maestro o evangelista según las capacidades naturales y el desarrollo que ya les había dado antes y después de su conversión.
Ello echa luz sobre los designios de Dios. El Señor confiere al creyente el mismo don del cual tiene necesidad, como miembro del Cuerpo de Cristo y según el lugar que ocupa en el Cuerpo (1 Corintios 12:18, etc.). Por eso no vemos nunca dos dones idénticos. Y ello nos revela las lamentables consecuencias de una organización humana en cuestiones espirituales. En una organización, las funciones y las actividades están determinadas. Si un servidor falta, otro debe tomar su lugar aunque no tenga exactamente el mismo don que el primero. En un organismo como el cuerpo, es diferente. Si falta un miembro, todo el organismo colabora —cada miembro a su manera y como mejor pueda— en hacerse cargo de las funciones de aquél. Es un hecho conocido que, cuando ciertos órganos deben suplir la función de un órgano faltante, se desarrollan mucho más que en las personas sanas.
Lo misma ocurre en el Cuerpo de Cristo. El Señor confiere a cada uno el don que necesita, en el lugar en que Él le ha puesto en el Cuerpo, y ello de acuerdo con las disposiciones naturales y la preparación que ya le había dado. Por eso llamó a Pedro y a Juan que estaban en su barca de pescadores y a Saulo, quien había estado sentado a los pies de Gamaliel. Suscitó a Lutero en la celda de un convento. Tomó a Darby y a Kelly, quienes gozaban de una brillante formación científica, a lado de Stanley, quien solo había asistido unos pocos años a la escuela primaria.
El Señor elige a sus obreros y les da sus dones cuando los llama; ellos son apropiados para su servicio. Toda formación humana reducirá la calificación de ellos para el servicio que el Señor les encargue, salvo una especial gracia de parte de Dios.
Desear los dones espirituales
No es nada que esté fuera de lugar el hecho de que jóvenes creyentes tengan el deseo de poseer un don y que oren para recibirlo. “Desead ardientemente los dones espirituales” (1 Corintios 14:1, V. M.). Pero la finalidad debe ser el servicio y la edificación (v. 3), pues a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho (1 Corintios 12:7). El Espíritu se manifiesta en interés de todos. Entonces, quienquiera que haya recibido un don se ha hecho deudor de todos aquellos para cuyo provecho fue otorgado el don. Tampoco a este respecto es su propio amo. Conjuntamente con Cristo, el Espíritu Santo confirma a aquel a quien emplea como siervo, incluso si se trata de ser «sobreveedor» (obispo o ministro) de la asamblea (1 Timoteo 3). Este servicio particular es el lugar conveniente para este siervo llamado a ejercer la supervisión. Sin embargo, en Efesios 4:16 está escrito que el cuerpo se edifica a sí mismo en amor por medio de los dones. Y realmente el amor es la prueba práctica para toda verdadera edificación según Dios. El amor es la esencia del servicio. Él no solo impulsa a obrar, sino a servir en la obra del Señor. No procura su propio interés, sino el de los demás. Es la naturaleza divina manifestada en el hombre.
Pero ¿cómo puede saber alguien si es llamado por el Señor? La parábola de los talentos (Mateo 15:14-30) proporciona la respuesta. El Señor confiere dones y, sin declarar expresamente lo que sus siervos deben hacer, se informa, a su retorno, de lo que ellos han hecho con esos dones. La posesión de un don implica, al mismo tiempo, el mandato de ejercitar ese don.
Pero ¿cómo puede saber alguien si posee un don? Por cierto que un creyente, guiado por sentimientos humanos, puede equivocarse. La facilidad natural para expresarse es algo muy diferente de la posesión de un don de gracia. Tomemos un ejemplo: ¿Cómo sabemos que tenemos la paz con Dios? Hemos seguido el camino que Dios indica en su Palabra: arrepentimiento y fe en la obra del Señor Jesús y en la Palabra de Dios, la que nos asegura que nada ya se interpone entre Dios y nosotros después que hemos estado al pie de la cruz. Y seguidamente el Espíritu Santo lo confirmó en nuestros corazones al proporcionarnos el gozo de la paz con Dios. Lo mismo ocurre con el servicio. Si, obedientes a la Palabra de Dios, anunciamos las virtudes de aquel que nos llamó “de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9), se manifestará si el Señor nos ha dado un don especial, y el Espíritu Santo lo confirmará también en nuestros propios corazones. El Señor suscitará igualmente en nuestros corazones la necesidad de servirle entre los suyos o de proclamar, como evangelista, el mensaje de salvación a los hombres perdidos. Sin embargo, si no conocemos prácticamente en nuestros corazones la bondad de Dios al seguir nuestro camino en su comunión, seremos como aquel que escondió su talento en la tierra (Mateo 25:24 y 25). ¿Cuántos de esos talentos escondidos existen?
De manera que todos aquellos que han recibido un don son llamados a entrar al servicio particular del Señor. Y todos aquellos que ejercitan su don son siervos, obreros del Señor. Ello nada tiene que ver con el hecho de que se tenga o no una profesión para subvenir a las necesidades de la existencia. Todo obrero tiene derecho a vivir de su trabajo (1 Corintios 9:14). Pero, en comunión personal con el Señor, debe saber si ha de hacer uso de ese derecho y, en tal caso, cuándo. Pablo, durante su permanencia de un año y medio en Corinto (Hechos 18) fabricaba tiendas para subvenir a sus necesidades, si bien había allí creyentes ricos. En cambio, en Filipos aceptó con reconocimiento el don que le era ofrecido.
Dios da al obrero el derecho de vivir de su trabajo, y, cuando ese siervo está persuadido ante el Señor de que debe hacer uso de ese derecho, puede esperar del Señor que Él provea a todas sus necesidades. El siervo no debe contar con los hombres ni con asambleas, sino únicamente con el Señor a cuyo servicio está. Pero solo puede usar de su derecho si efectivamente lo tiene, es decir, si ya era obrero del Señor antes de recurrir a ese derecho. No entra, pues, al servicio del Señor después de haber decidido dejar su profesión terrenal, sino que puede tomar esta decisión porque ya está al servicio del Señor. Si no fuera un obrero del Señor, no tendría derecho a vivir de la obra del Señor.
De lo dicho resulta que un creyente es obrero del Señor por el hecho de que ha recibido de Él un don, al que lo utiliza al servicio del Señor. No tiene necesidad de nominación, ni de acuerdo o reconocimiento de uno o varios otros obreros, creyentes o asambleas. Pablo no requirió consejo de carne y sangre cuando Dios lo llamó (Gálatas 1:16) y Apolos no esperó a ser reconocido por nadie, sino que predicó con espíritu ardoroso, pese a que aún era muy poco instruido. El caso de Hechos 13 no tiene nada que ver con ello, pues se trata de hombres que hacía años que estaban al servicio del Señor y que entonces fueron llamados por el Espíritu Santo para prestar un servicio particular. En el primer versículo ellos son nombrados entre los profetas y maestros, y en el capítulo 14:14 son llamados apóstoles.
Es cierto que se ve, tanto en el caso de Pablo como en el de Apolos, que ellos gozaban de la confianza de hermanos fieles del lugar, si bien no se dice que los hayan interrogado. Sin embargo, incluso sin preguntarlo, el siervo en cuestión sabe bien de qué se trata. Si faltara esta confianza, ello sería motivo para recurrir a la presencia del Señor y examinarse a su luz. Pero nunca ni Pablo ni Apolos indagaron lo que pensarían los que eran siervos del Señor antes que ellos en cuanto a su propósito de ir a predicar. Les bastaba haber sido llamados por el Señor. Y solo tres años más tarde Pablo fue a Jerusalén para conocer a Pedro. Luego, alrededor de catorce años después, él es oficialmente reconocido por los apóstoles cuando su trabajo probó que había sido efectivamente llamado por Dios. De manera que solo el llamado del Señor —y por tanto la posesión de un don— constituye la nominación y el reconocimiento de un obrero. Él es responsable únicamente ante su Señor.
No obstante, ello no le da derecho a pretender ser reconocido por otros. Por cierto que la asamblea tiene el deber de reconocer a los obreros y de asistirlos materialmente. Sin embargo, solo podrá hacerlo si el Señor le ha dado la certeza de que la persona en cuestión está verdaderamente a Su servicio. Y ello es únicamente un asunto entre ella y el Señor.
El siervo tiene menos derecho aún a exigir que otros obreros le reconozcan como tal. Ello también es un asunto entre los obreros y el Señor.
Pero lo único que importa ¿no es la certeza de ser llamado por el Señor y de ser empleado por Él? Ello hace que el corazón se sienta dichoso y da la mayor perseverancia en la obra, incluso si todos debieran desconocernos.
