El faro sobre la roca

Una niebla densa

Aún conservo entre mis tesoros la hoja de papel que me fue entregada aquel día. Solo contiene unos cuantos renglones de una poesía; desde entonces, estos quedaron grabados en mi mente:

Tenebroso
Mar undoso,
Vas surcando, pecador;
Y al presagio
Del naufragio

Se acrecienta tu temor.
Cristo es mi Redentor,
Mi fuerte protector
En él, mi Roca,
Está mi esperanza…

Volví lentamente a casa leyendo estos versos. Abuelo David había salido con Tom Peters, de modo que no pude enseñarle el papelito en seguida; pero volví a leerlo muchas veces mientras jugaba con Lily, y me preguntaba lo que significarían esas palabras.

Abuelo David y Tom solían pasar la tarde en la pequeña habitación arriba del faro, de donde podían vigilar fácilmente las lámparas, eso independientemente del turno de cada cual. Yo también me había acostumbrado, mayormente en invierno, a ir allí con Lily hasta que fuese la hora de acostarla. Se divertía mucho al subir los peldaños de la escalera de caracol; hacía «¡hop, hop!» hasta que llegaba arriba, y luego entraba en la habitación soltando una risa que resonaba juntamente con el ruido de las olas.

Cuando llegué con ella aquella noche, abuelo David y Tom estaban hablando de la visita que habíamos tenido.

–Aún no logro entender lo que el anciano quiso decirme con eso de la roca, y ¡cuidado que insistía sobre el asunto! –decía mi abuelo–; yo no veo a dónde quería llegar, ¿y tú, Tom, lo sabes?

–Mira, abuelo –le dije tendiéndole la hoja de papel y contándole cómo me había llegado.

Abuelo David leyó los versos en voz alta y dijo:

–Bueno, Tom, ¿qué te parece? ¿qué significa esto? ¿Por qué me dijo: «No está usted sobre la roca, sino sobre la arena»? ¿Comprendes lo que quiso decirme?

–Sí –contestó Tom lentamente–, y me dio mucho que pensar. Sé muy bien lo que quiso decir.

–Pues ¿qué?

–Quiso decir que no podemos ir al cielo sin Cristo, el que dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí”. ¡Esto es lo que significa, David!

–¿Quieres decir que no podré ir al cielo aunque haya tenido una vida poco más que intachable? –le preguntó mi abuelo.

–David, ya que me lo preguntas, debo decirte la verdad. Nada de cuanto hagamos nos puede salvar, aunque seamos sinceros. Todas nuestras obras están manchadas por el pecado: “No hay justo, ni aun uno” dice la Biblia. Y no hay más que un camino para ir al cielo, es Cristo, ¡lo sé, seguro!

–¡Pero, Tom, nunca te oí hablar así!

–No –contestó Peters transformado–, hice muy mal en no decírtelo. Es verdad que desde que llegué a esta isla, ya no reparé en esas cosas. Mi madre era una cristiana ejemplar que no dejaba de leer la Biblia y de cuidarnos según sus enseñanzas. Hubiera tenido que escucharla y evitar caer en errores…

Luego se calló, como si juzgara haber hablado demasiado, y permaneció silencioso por el resto de la velada.

Abuelo David tomó uno de los periódicos atrasados que le habían traído con el correo semanal y se puso a leer los titulares en voz alta:

–Escucha, Tom: Con el «Factory Act», recientemente votado en el Parlamento, el trabajo está limitado a diez horas diarias en las fábricas. Otro: Dicen que nuestra reina Victoria va a ser nombrada Emperatriz de la India…

Pero por más que se esforzara, era evidente que Tom Peters pensaba en otras cosas.

El día siguiente, último martes del mes, era el día libre para Tom Peters. Se turnaban él y abuelo David para ir a tierra; era la única vez que se les permitía abandonar la isla.

Cuando mi abuelo tenía el día libre, yo podía, a veces, acompañarlo, y este pequeño acontecimiento era un verdadero motivo de gozo para mí. Por lo demás, quienquiera que saliera, era un día señalado para todos, porque entonces hacíamos –o encargábamos– todas nuestras compras; ya sea para la casa, o para el huerto.

Fuimos pues, como de costumbre, a acompañar a tío Tom hasta el muelle y mientras yo le ayudaba a llevar los sacos vacíos a la lancha, me dijo:

–Alec, hijo mío, guarda cuidadosamente el papel que te dio el señor Benson. Todo lo que dijo es verdad, la pura verdad. He reflexionado mucho sobre este asunto desde anoche, y creo que ahora estoy sobre la Roca.

No dijo nada más; colocó sus remos, se aseguró de que no olvidaba cosa alguna y, al poco rato, salía de la cala. Mientras se alejaba, le oí cantar suavemente, cosa que me extrañó porque no solía hacerlo. Aún recuerdo las palabras:

Cristo es mi Redentor
Mi fuerte protector,
En él, mi Roca…

Lo demás se perdió por el leve ruido de las olas. Estuvimos mirando la lancha hasta que desapareció entre la niebla; luego volvimos a casa. Anhelábamos llegar al anochecer, cuando tío Tom nos traería todos los encargos.

La tarde estuvo muy oscura. Una espesa neblina iba extendiéndose sobre el mar. Poco a poco, nos envolvió hasta el punto que apenas podíamos ver a dos metros de distancia.

Lily empezó a toser, así que le prohibí salir y pasamos parte de la tarde distrayéndola con un libro con estampas. Tanta fue la oscuridad que mi abuelo tuvo que encender las lámparas del faro mucho antes que de costumbre. No recuerdo haber pasado una tarde tan triste; a medida que caía la noche, la niebla aumentaba con mayor intensidad.

Era inútil ir a ver si Tom Peters volvía, pues ni siquiera podíamos ver el mar; así que nos quedamos al calor de la lumbre. Abuelo David fumaba su pipa silenciosamente.

–Pensaba que Tom estaría de vuelta antes de la cena –dijo finalmente mientras yo preparaba la comida.

–Oh, seguramente estará por llegar –le dije–. Me pregunto si habrá podido comprar la pala nueva que le encargué.

Habíamos acabado de cenar cuando la puerta se abrió bruscamente. Pensamos que era Tom Peters; pero no, era su esposa. Preguntó al abuelo:

–Por favor, ¿me puede decir qué hora es? Mi reloj se ha parado.

–Son las siete y veinte –dijo mi abuelo David después de haber consultado su reloj de bolsillo.

–¡Las siete y veinte! ¡Pero ya es muy tarde! Tom tendría que haber llegado.

–Sí –dijo mi abuelo, intentando disimular su creciente preocupación–; puede ser que le hayan retenido en Falmouth, o tardó más que de costumbre en hacer sus compras; le había encargado varias cosas para el huerto… Y después de un silencio repuso:

–De todas maneras voy a ir hasta el muelle.

Volvió al cabo de un cuarto de hora, diciendo que era imposible distinguir cualquier cosa; la niebla estaba tan espesa que incluso era peligroso andar por el muelle, pues un paso en falso podía haberle precipitado al agua. También había subido a la torre para ver algo, sin excito.

–Tenía que estar aquí antes de las nueve (hora reglamentaria para tomar su turno), así que ya no tardará.

Pero las manecillas del reloj giraban inexorablemente, y Tom no llegaba. A cada instante a María Peters le parecía oír un ruido; corría a la puerta esperando ver surgir a Tom de entre la niebla, pero en vano.

Sonaron las nueve, nueve y cuarto, nueve y media; a pesar de la creciente preocupación, Tom no aparecía.

–Hasta ahora, nunca le he visto faltar a su deber –observó el abuelo mientras se levantaba para otear nuevamente desde el muelle.