El bautismo

Bautismo

El carácter esencial del bautismo

En estas líneas no vamos a exponer los distintos pensamientos y opiniones existentes sobre este asunto, sino lo que el Espíritu de Dios quiere decirnos sobre el bautismo y su significado. Creemos oportuno hacer unas observaciones previas a la exposición del bautismo en sí.

La palabra “bautizar”

La palabra griega que expresa el concepto “bautizar” (baptizein, de baptein) significa «sumergir» o «hundir». «Baptizein» no ha tenido nunca el sentido de derramar o de rociar. En el Nuevo Testamento la encontramos empleada algunas veces en el sentido de «lavar». Sin duda alguna, Juan el Bautista, el precursor de Cristo, no administró el bautismo por aspersión (riego), sino por inmersión (el hecho de sumergir a una persona en el agua). Como se acercaba mucha gente, bautizaba en el Jordán o en un pueblo llamado Enón, porque allí había muchas aguas (Juan 3:23).

¿Qué sentido habría tenido, como símbolo, el “bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados” (véase Mateo 3:11; Marcos 1:4; Lucas 3:3) si no se hubiera sumergido al que se bautizaba, es decir –en sentido figurado– completamente lavado, limpiado?

Además de purificar a los bautizados, el bautismo los ponía en relación con Dios, en cuyo nombre se celebraba esta ceremonia. El bautismo cristiano es una señal exterior de la unión con Cristo. Pero, por precioso e importante que sea, como veremos luego, quedará siempre un símbolo que, por tal motivo, no puede por sí mismo tener fuerza vivificante, ni producir un cambio de entendimiento, como el nuevo nacimiento.

El bautismo cristiano según Mateo

El bautismo cristiano tiene su fundamento en la muerte del Señor y su resurrección. Por eso solo se instituyó después de su muerte y resurrección. Vemos que se habla por primera vez de él durante el último encuentro del Señor resucitado con sus discípulos en el monte de Galilea, donde les había dado cita (Mateo 26:32; 28:16-20).

Desde allí, envió a los once a todo el mundo, con la misión de hacer “discípulos a todas las naciones”, contándoles acerca de Aquel que se había aparecido a su pueblo terrenal y había sido rechazado por los suyos.

A él, Jesucristo, Dios le había dado todo el poder en el cielo y en la tierra, a fin de que todas las naciones pudiesen ser traídas a la salvación y a la vida de Dios. ¡Magníficas palabras son las de Mateo 28:19-20! Jesús dijo a sus discípulos: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días; hasta el fin del mundo”. Estas palabras no nos revelan, en su plenitud, lo «nuevo» de la gracia, es decir, los consejos eternos de Dios en relación con el Hijo del hombre resucitado y glorificado, y la reunión de una compañía elegida entre todos los pueblos de la tierra, ni hablan del bautismo en su completo significado espiritual. Sin embargo, nos muestran cuán inmenso era el cambio ocurrido. Lo antiguo, el sistema legal, había pasado; comenzaba el alba de un nuevo día.

Aquí el bautismo equivale más bien a la circuncisión judía; pero, sobre todo, este pasaje pone énfasis en que el nombre de Dios es revelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo (no más como Jehová, el nombre de Dios revelado a Moisés). Los enviados del Señor no debían, pues, poner bajo la ley a los paganos, hechos discípulos y bautizados en su nombre, sino enseñarles a guardar todo lo que Jesús, el Hijo de Dios, les había ordenado a ellos mismos.

El símbolo del lavamiento de los pecados

En casi todo el libro de los Hechos de los apóstoles, el bautismo está relacionado con la persona del Señor. Cuando se menciona por primera vez el bautismo en el capítulo 2:38, Pedro dice a los judíos: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados”. En el capítulo 8:16 leemos que los creyentes samaritanos habían sido bautizados en el nombre de Jesús.

En casa del centurión Cornelio, en Cesárea, Pedro mandó bautizar “en el nombre del Señor Jesús” a todos los que por la fe habían recibido la Palabra (cap. 10:48). Fueron bautizados en el nombre del Señor los discípulos a quienes el apóstol Pablo encontró en Éfeso (cap. 19:5). Ananías pidió a Saulo que se bautizara y fuera lavado de sus pecados invocando el nombre del Señor Jesús, quien se le había aparecido en el camino a Damasco (cap. 22:16).

Los pasajes mencionados hasta aquí indican que el bautismo es un símbolo del perdón o de la purificación de los pecados. Pedro anunció esta remisión a los que, conmovidos por su apremiante exhortación al arrepentimiento (cap. 2:38), preguntaron sinceramente: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Para ellos, como judíos, todo lo concerniente a la relación que tenían con Dios hasta aquel momento estaba perdido. No quedaba más que el juicio para esta perversa generación. Por lo tanto, solo podían escapar del juicio convirtiéndose de corazón, con dolor y arrepentimiento.

El bautismo en el nombre de Jesucristo, a quien ellos habían rechazado, pero a quien Dios había levantado para que se sentara a su diestra como Señor, era la señal exterior de esta conversión. Señalaba que los bautizados deseaban sinceramente ser salvados de esta perversa generación de Israel y que, puestos así en relación con Cristo, querían introducirse en el nuevo terreno que la gracia de Dios había creado con la Iglesia, Su casa. En ella debe haber santidad, y nadie, que no haya recibido el perdón de sus pecados por la fe en la obra consumada por Cristo, tiene el derecho de formar parte de ella. El que es salvo debe confesar públicamente la limpieza de sus pecados por medio del bautismo.

Además, es notable que se prometa aquí el don del Espíritu Santo como confirmación del perdón de pecados adquirido por la fe y confesado en el bautismo. Cuando más tarde, en casa de Cornelio, los primeros paganos aceptaron con fe la palabra de la cruz, “el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso”. Solo después, Pedro mandó que fueran bautizados. ¿Quién podría haber negado el bautismo a gente que había recibido el Espíritu Santo?

Muertos al pecado, tenemos vida nueva en Cristo

Si además estudiamos otras enseñanzas sobre el bautismo en las cartas de los apóstoles, encontraremos el pasaje importante de Romanos 6:3-4. En contestación a la pregunta de si nosotros, que hemos muerto al pecado, tenemos que permanecer en él para que la gracia de Dios crezca, Pablo contesta enérgicamente: “En ninguna manera” (v. 2).

Seguidamente, les recuerda a los creyentes de Roma la instrucción que, sin duda alguna, habían recibido sobre el bautismo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (v. 3-4).

No se podría hacer constar más clara y precisamente que el bautismo cristiano se basa en la muerte de Jesucristo, es decir, en un Redentor crucificado y muerto. En el versículo 6, Pablo dice, identificándose con los creyentes de Roma: “Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él” (con Jesucristo); es decir, que Dios nos considera, según nuestro estado anterior, como muertos con Cristo “para que el cuerpo del pecado sea destruido”. Pero ¿qué se hace con un muerto? Se le entierra. Es precisamente lo que se hace en el bautismo. La inmersión del que se bautiza, su desaparición en el agua, es un testimonio impresionante, símbolo elocuente de su muerte y sepultura con Cristo. El ascenso desde el agua es el símbolo de su resurrección con él.

Somos llamados y estamos capacitados para andar en novedad de vida (v. 4). Y esto no se nos impone como un mandamiento, no nos hallamos bajo un “haz esto, y vivirás” (Lucas 10:28). No, dado que Cristo ha sido resucitado por la gloria del Padre, el apóstol deduce que nosotros, los que fuimos sepultados con Él por el bautismo, sin quedarnos en la tumba, caminamos en adelante como hombres nuevos, resucitados. Si lo uno es verdad, lo otro lo es también.

Este hecho, grande y maravilloso, se expresa en el bautismo. Su significado, su sentido figurado, no ha cambiado en el curso de los siglos. Pero, ¿hasta qué punto cada uno de los creyentes se da cuenta del significado y eficacia del bautismo en la vida práctica?

Quien no toma en serio el pecado sino que da lugar a la vieja naturaleza, o sea, quien olvida que ha muerto para siempre al pecado y que de ninguna manera debería vivir en él, necesita que se le recuerde el significado del bautismo.

El que se bautiza ve todo lo que pertenece al “viejo hombre”, con sus deseos pecaminosos, abandonado en la tumba de Cristo. Al ser sepultado figurativamente por el bautismo, lo que era antes queda entregado al juicio de Dios; tiene que aprender día a día todo lo que encierra el andar en una vida nueva. De hecho, éste es un conocimiento bendito en el servicio del Señor, a quien pertenece ahora y de quien aprende. El creyente ha pasado a ser propiedad de Aquel que “al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive” (Romanos 6:10). En el bautismo se ha vestido de Cristo. Desde entonces, solo debería manifestar a Cristo, en palabra, obra y en todo su ser.

 

Una posición nueva en Cristo

Esto nos lleva a considerar otro pasaje que habla del bautismo: Gálatas 3:26-28. En estos versículos el apóstol da pruebas de que los gálatas creyentes eran todos “hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”, con las palabras: “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Pero, ¿cómo podía el apóstol llamarlos “hijos de Dios”? ¿Habían sido constituidos hijos por el bautismo? ¡No!, eran hijos por la fe en Cristo Jesús. Al ser bautizados en Cristo, se habían vestido de Cristo. Habían manifestado que, con esta nueva vestidura, se hallaban ahora en una posición completamente nueva ante Dios.

No eran ya, como antes, judíos y griegos, esclavos y libres, ya no eran como hombres y mujeres ante Dios. “En Cristo” no existen más tales diferencias nacionales y sociales; no importa que un hombre esté “lejos” o “cerca” (Efesios 2:17), que tenga una posición alta o humilde, que sea blanco, mestizo o negro, que sea hombre o mujer.

Así, todos los que en el bautismo se han identificado con el Señor muerto y resucitado, se han vestido de Cristo, y se hallan con él, el Resucitado, en aquel terreno de la nueva creación en el cual no existen las diferencias mencionadas. Son «hombres en Cristo». En su nueva relación con Dios, fundada en Cristo y creada en él, todos son iguales, son uno en Cristo, pertenecen todos a la verdadera descendencia de Abraham y son así “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17; 9:7).

Resucitados con Cristo

Dirijamos seguidamente nuestra atención hacia el tercer pasaje que, en las cartas del apóstol Pablo, se refiere al bautismo. Lo encontramos en la epístola a los Colosenses, capítulo 2. El estado de los colosenses tenía, en cierto sentido, semejanza con el de los gálatas. “Malos obreros” habían hecho su trabajo entre ellos, y se hallaban en peligro de ser engañados con “filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo” (v. 8).

Tengamos presente que el apóstol, frente a estos serios peligros, recuerda a los creyentes lo que habían confesado una vez en el bautismo. ¡Oigamos sus palabras! Después de haberles recordado que estaban “completos” en Cristo, la cabeza de todo principado y potestad, y que de veras no necesitaban tales cosas (las del v. 8), continúa: “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Colosenses 2:10-12).

El significado espiritual de la circuncisión efectuada en el Antiguo Testamento era la sentencia de muerte sobre el hombre en Adán. El hombre, tal como se encuentra ante Dios desde su nacimiento, no merece otra cosa.

Pues bien, esta sentencia había caído sobre los creyentes de Colosas por la muerte de Cristo, “la circuncisión de Cristo” como el apóstol lo llama aquí. Al entrar por la fe en relación con Él, habían sido circuncidados con una “circuncisión no hecha a mano”, y habían quitado de ese modo “el cuerpo pecaminoso”, el estado de perdición en el que se hallaban por nacimiento.

La muerte en la cruz, que nuestro Santo Sustituto tuvo que sufrir con toda su horrenda realidad, es la muerte del creyente, es el final de su estado como hombre en la carne (en Adán). Únicamente Jesús cumplió la gran obra; solamente él podía cumplirla, pero por la fe somos beneficiarios de ella. Es nuestra parte en toda su perfección y eficacia, de manera que ahora ya tenemos en Cristo nuestra parte y pronto la tendremos también en el cielo con él.

Que hemos sido “sepultados con él en el bautismo” ya lo vimos antes en la carta a los Romanos, pero el apóstol continúa diciendo: “En el cual fuisteis también resucitados con él”; y para que nadie piense que el acto del bautismo tiene alguna fuerza en sí mismo, sigue: “Mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Colosenses 2:12).

De más está decir que, en todos estos pasajes, solo se trata de una resurrección en el sentido espiritual. En otros tiempos muertos, espiritualmente muertos en nuestros pecados, y en el estado no circuncidado de nuestra carne, nos “dio vida juntamente con él”, perdonándonos todos los pecados (v. 13).

¡Cómo se ha manifestado en la muerte y la resurrección de nuestro Señor esta fuerza eficaz de Dios! ¡Cuán incomparable, grande y magnífico es este poder de Dios! Contemplándolo aquí, puesto en relación con el bautismo, notamos de nuevo la importancia y el gran alcance que tiene según el juicio del Espíritu de Dios. El recuerdo y la comprensión de su importancia deben sernos de provecho espiritual. Pero lo repetimos: ¡Guardémonos de dar al bautismo más valor de lo que tiene verdaderamente! Recordemos que solo es un símbolo.

Una buena conciencia delante de Dios

Esta advertencia nos lleva por sí misma al último pasaje en el cual el Espíritu de Dios habla del bautismo: 1 Pedro 3:21-22. En los versículos anteriores el apóstol instruye a los creyentes, de origen judío, sobre el hecho de que el Señor vino para predicar arrepentimiento a los hombres que vivían en ese entonces. El Señor lo hizo en el mismo espíritu con el cual fue vivificado después de cumplir la obra (cap. 3:18).

Dios habló tanto por medio de los profetas como por Noé (porque el Espíritu de Cristo estaba en los profetas del Antiguo Testamento, y hablaba por ellos; 1 Pedro 1:11; 2 Pedro 1:21). Pero en aquel tiempo los hombres despreciaron la paciencia de Dios, como lo hizo Israel en los tiempos del apóstol Pedro. En el caso de Noé, nadie escuchó las advertencias serias del siervo de Dios, y solamente ocho almas fueron salvas del agua en el arca.

El gran diluvio exterminó a todos los hombres de aquellos días. La humanidad estaba lista para el juicio y solamente Noé halló gracia ante los ojos de Dios (Génesis 6:8). Siguió el mandamiento divino y construyó el arca. Después de estar seguro con su familia en el arca, fue salvado y llevado a la tierra limpiada por el juicio, por decirlo así, a un mundo completamente nuevo.

De la misma manera los creyentes están unidos con Cristo en la semejanza de su muerte. Es como si estuvieran escondidos en el arca y puestos a salvo del juicio que pronto caerá sobre este mundo. Precisamente el juicio que Cristo, su sustituto, halló en la muerte en la cruz, se ha vuelto el medio de su salvación.

Comprendemos ahora mejor las palabras del apóstol: “El bautismo que corresponde a esto (al arca) ahora nos salva”. Para prevenir errores, como el de pensar que la ceremonia exterior tenga fuerza salvadora, Pedro añade enseguida “(no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 3:21).

Los creyentes poseen una buena conciencia por la resurrección de su sustituto. Cristo se entregó por nuestros delitos y resucitó para nuestra justificación. Dejó atrás todos nuestros pecados en la muerte, y ahora está a la diestra de Dios (v. 22). Por eso el apóstol puede considerar, con pleno derecho, el bautismo como «la demanda» de esta buena conciencia perfeccionada delante de Dios.

Al pasar por el bautismo (en sentido espiritual, por la muerte), levantamos la vista, con corazón agradecido y dichoso, hacia Aquel que perdonó todos nuestros pecados en la muerte. Y ahora vemos al Señor ocupando el trono a la diestra de la Majestad, Cabeza de todo.

Resumen

Hemos visto el bautismo sucesivamente relacionado con el perdón o el lavamiento de nuestros pecados, con nuestra muerte al pecado, con la muerte y resurrección del creyente con Cristo y con nuestra introducción en una posición completamente nueva como hijos de Dios en Cristo. En esta posición no hay más diferencias exteriores; todos somos uno en Cristo, y Cristo es todo y en todos. De nuestra circuncisión con el despojamiento del cuerpo de la carne, pasamos a la circuncisión de Cristo (Colosenses 2:11-12) y, en fin, a nuestra completa salvación por la resurrección de Cristo.

Vale la pena meditar con oración el significado del bautismo, con todos estos aspectos, y recoger el fruto de tantas enseñanzas preciosas que nos han sido dadas por el Espíritu Santo.

R. Brockhaus (adaptado)