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Santiago 1:1-12
Santiago 1:13-27
Santiago 2:1-13
Santiago 2:14-26
Santiago 3:1-18
Santiago 4:1-12
Santiago 5:7-20
1 Pedro 1:1-12
1 Pedro 1:13-25
1 Pedro 2:1-12
1 Pedro 2:13-25
1 Pedro 3:1-12
1 Pedro 3:13-22
1 Pedro 4:1-11
1 Pedro 4:12-19

1 Pedro 5:1-14
2 Pedro 1:1-11
2 Pedro 1:12-21
2 Pedro 2:1-11
2 Pedro 2:12-22
2 Pedro 3:1-10
2 Pedro 3:11-18

1 - Santiago 1:1-12

Santiago se dirige a sus hermanos cristianos que han salido del judaísmo, cuyas ataduras todavía no han abandonado totalmente. Los invita a considerar la prueba con sumo gozo: dos estados que a primera vista parecen no concordar. Sin embargo, entre los cristianos hebreos algunos lo habían experimentado (Hebreos 10:34). Esta experiencia concuerda con la declaración de Pablo: “Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce (cultiva) paciencia” (Romanos 5:3; compárese Colosenses 1:11).

Otra aparente contradicción: en tanto que la paciencia implica aguardar lo que todavía no se posee, Santiago agrega: “Sin que os falte cosa alguna”. Lo que verdaderamente puede hacernos falta no son los bienes terrenales, sino la sabiduría. Entonces pidámosla al Señor, siguiendo el ejemplo del joven Salomón (véase 1 Reyes 3:9).

Aunque sea pobre, a un creyente no le falta nada, ya que tiene a Jesús. El que sea rico también puede gozar, con humildad, de la comunión con el que “se despojó a sí mismo” y se humilló haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. ¿Envidiaríamos a los que pasan “como la flor de la hierba”? Tengamos a la vista “la corona de vida”. Ella recompensará a los que hayan soportado la prueba con paciencia; dicho de otro modo, a los que aman al Señor (v.

12).


2 - Santiago 1:13-27

En los versículos 2 y 12 las palabras “prueba” y “tentación” significan la prueba que viene de afuera. Dios nos la da para nuestro bien y finalmente para nuestro gozo. En el versículo 13, ser tentado tiene un sentido diferente: supone el mal. Esta tentación viene de dentro, de nuestro interior y es debida a nuestras propias concupiscencias. ¿Cómo podría ser Dios la causa de esto? Nada tenebroso puede descender del “Padre de las luces”; “Dios es luz”, nos dice el apóstol Juan en su primera epístola (1:5). El que nos ha enviado a su propio Hijo nos da con él “todo don perfecto” (véase Romanos 8:32). La fuente del mal está en nosotros: los malos pensamientos, cuyas consecuencias son malas palabras y malos hechos. Pero no basta ser consciente de ello. Corremos el riesgo de parecernos a alguien que comprueba que está sucio al mirarse en un espejo, pero no se lava. La Palabra de Dios es este espejo.

Ella muestra al hombre lo que es; le enseña a hacer el bien (4:17), pero no lo puede hacer en su lugar.

¿En qué consiste “la religión pura y sin mácula” reconocida por Dios el Padre? No en vanas ceremonias religiosas. Aquel servicio emana de la doble posición en la que el Señor dejó a los suyos: en el mundo, para manifestar la abnegación y el amor; pero no del mundo, para guardarse sin mancha de éste (v. 27; Juan 17:11, 14, 16).


3 - Santiago 2:1-13

Estamos más influenciados de lo que pensamos por la falsa escala de valores que el mundo emplea, tal como la fortuna, el rango social… Aun el profeta Samuel necesitaba aprenderlo: “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

¿Sabe hasta dónde la “acepción de personas” llevó al mundo? Hasta menospreciar y desechar al Hijo de Dios porque había venido como un hombre pobre a la tierra (2 Corintios 8:9). Aún hoy, el hermoso nombre de Cristo, asociado a los cristianos, es objeto de burlas y blasfemias. Sin embargo, los que lo llevan, esos pobres a quienes el mundo desprecia, son designados por el Señor como los “herederos del reino” (v. 5; Mateo 5:3). A ellos se impone, pues, la ley real, es decir, la del rey (v. 8).

Y faltar al mandamiento de amor es faltar a la ley entera, lo mismo que basta la ruptura de un único eslabón para romper una cadena. De modo que todos éramos culpables, convencidos de pecado.

Pero Dios halló una gloria más grande en la misericordia que en el juicio. Esa misericordia nos coloca de ahí en adelante bajo una “ley” muy distinta: la de la libertad, libertad de una nueva naturaleza que encuentra su placer en la obediencia a Dios (1 Pedro 2:16).


4 - Santiago 2:14-26

Algunas personas han creído ver una contradicción entre las enseñanzas de Santiago y las de Pablo (como las del capítulo 4 a los Romanos). En realidad, cada uno de ellos presenta un lado distinto de la verdad. Pablo demuestra que la fe basta para justificar a alguien ante Dios. Santiago explica que, para ser justificado ante los ojos de los hombres, las obras son necesarias (v. 24; 1 Juan 3:10).

No es la raíz de un árbol lo que permite juzgar la calidad del mismo, sino su fruto (Mateo 7:16-20).

La fe interior sólo puede mostrarse a los hombres por las obras. No puedo ver la electricidad, pero el funcionamiento de una lámpara o de un motor me permite afirmar la presencia de la corriente en el cable conductor. La fe es un principio activo (v. 22), una energía interna que hace mover el engranaje del corazón. Pablo y Santiago ilustran su enseñanza con el mismo ejemplo: el de Abraham, al cual se agrega aquí el de Rahab. Según la moral humana, el primero es un padre criminal, la segunda una persona de mala reputación, traidora de su pueblo. Sus hechos manifiestan tanto más la consecuencia de su fe: ésta les llevó a hacer los más grandes sacrificios para Dios.

Amigo, tal vez usted haya dicho algún día que tiene fe, pero ¿lo ha demostrado también?

5 - Santiago 3:1-18

Así como la fe se manifiesta necesariamente por medio de obras, la impureza del corazón también se exterioriza tarde o temprano mediante palabras.

Toda máquina de vapor posee una válvula por medio de la cual la excesiva presión se escapa irresistiblemente. Si en nosotros dejamos subir esa «presión» sin juzgarla, inevitablemente nos traicionará con palabras que no podremos contener. El Señor nos hace comprobar así la impureza de nuestros labios (Isaías 6:5) y nos muestra cuál es su fuente interior: “la abundancia del corazón” (Mateo 12:34; 15:19; Proverbios 10:20).

Pero Dios nos invita a juzgarnos y a separar “lo precioso de lo vil” (Jeremías 15:19), a fin de ser como su boca.

Hay sabiduría y sabiduría. La que es “de lo alto”, como todo don perfecto, desciende “del Padre de las luces” (1:17). Sus motivos nos la darán a conocer: siempre es “pura”, sin voluntad propia y activa para hacer el bien. Tendríamos que volver a leer estos versículos cada vez que estemos a punto de hacer un mal uso de nuestra lengua: contender, mentir (v. 14), murmurar, jactarse (4:11, 16), quejarse, jurar o proferir palabras ligeras (5:9,12; Efesios 4:29; 5:4)… ¡es decir, por desdicha, muchas veces al día!

6 - Santiago 4:1-12

Cualquier disputa entre hijos de Dios revela, sin lugar a dudas, que la voluntad de cada uno no ha sido quebrantada. Además el Señor nos enseña que esto es un obstáculo para que nuestras oraciones sean oídas (Marcos 11:25). Pueden ser dos las razones por las que no recibimos una contestación. La primera es que no pedimos, pues, “todo aquel que pide, recibe” (Mateo 7:8). La segunda es que pedimos mal. Aquí no se refiere a la forma torpe de nuestros ruegos (de todos modos, “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos” – Romanos 8:26), sino de la finalidad. ¿Oramos para la gloria del Señor o para satisfacer nuestra codicia? Estos dos principios no pueden conciliarse.

Amar al mundo es traicionar la causa de Dios, porque el mundo le declaró la guerra al crucificar a su Hijo; la neutralidad no es posible (Mateo 12:30).

La envidia y la codicia son los dos imanes con los que el mundo nos atrae. Pero Dios da infinitamente más de lo que el mundo puede ofrecer: una gracia más grande (v. 6; Mateo 13:12). De ella goza quien ha aprendido del Salvador a ser “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Pero, para experimentar las virtudes de la gracia, es necesario primeramente haber sentido sus propias miserias (v. 8, 9; comp.

Joel 2:12-13).

8 Santiago 4:13-17 a25 5:1-6 Los que hacen proyectos (v. 13 a 15; Isaías 56:12 final) y los que acumulan bienes terrenales (5:1-6) a menudo son las mismas personas (Lucas 12:18-19).

Unas y otras son ajenas a la vida de la fe. Disponer del porvenir es sustituir la voluntad de Dios por la nuestra. Es incluso algo propio de la incredulidad, pues con esto se muestra que no se cree en la próxima venida del Señor.

En cuanto a las riquezas, es muy atractivo acumularlas “para los días postreros”. No obstante, los riesgos que amenazan las fortunas (quiebras, robos, devaluaciones…) se encargan de demostrar que son riquezas podridas, oro y plata enmohecidos (v. 2-3; Salmo 52:7). Por eso el Señor recomienda: “Haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye” (Lucas 12:33). La abundancia de bienes materiales contribuye a endurecer el corazón para con Dios, pues fácilmente se pierde el sentimiento de que se depende de él y de cuáles son las verdaderas necesidades del alma (Apocalipsis 3:17). También lo endurece para con el prójimo, porque es más difícil ponerse en el lugar de aquellos a quienes les falta lo necesario (Proverbios 18:23).


7 - Santiago 5:7-20

El otoño es la estación de la labranza. De ocho a diez meses transcurrirán hasta que, mediante frío y calor, lluvia y sol, madure la nueva cosecha. ¡Cuánta paciencia necesita el agricultor! Como él, tengamos paciencia, “porque la venida del Señor se acerca”. Aprovechemos también nuestros recursos: en los momentos de alegría, los cánticos; en la prueba (como en todo tiempo), la eficaz oración de fe.

¿Ha experimentado usted que esa oración “puede mucho”? (Juan 9:31 final). Los versículos 14 a 16, que sirven para justificar toda clase de prácticas en la cristiandad, guardan su pleno valor si se reúnen las condiciones mencionadas. Sin embargo, un creyente que depende de Dios raramente se sentirá libre de pedir la curación; más bien orará con los que le rodean para la apacible aceptación de la voluntad de Dios.

El fin de la epístola enfatiza sobre la ayuda fraternal con amor: la recíproca confesión de las faltas, la oración de uno por otro y los cuidados hacia los que se han extraviado. La doctrina no ocupa mucho espacio en esta epístola. En cambio, abundan los pasajes que tratan de la puesta en práctica de nuestro cristianismo. Que Dios nos permita ser, en efecto, no solamente oidores, sino también hacedores “de la obra” (1:25).


8 - 1 Pedro 1:1-12

El Señor había dicho a su discípulo Pedro aun antes de que le negase: “Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). Es el servicio que el apóstol cumple en esta epístola. Nos recuerda nuestros incomparables privilegios: la salvación del alma (v. 9) y una herencia celestial al abrigo de toda eventualidad (v. 4). Dios la guarda para los herederos y guarda a éstos para la herencia, por lo que ya tienen un sabor anticipado de ella: un “gozo inefable y glorioso”. Éste halla su fuente en la esperanza viva que se tiene en una persona viva: Jesús resucitado (v. 3); en la fe (v. 5, 7); en el amor por Aquel a quien los redimidos aún no han visto, pero a quien sus corazones conocen bien (v. 8). Y cuanto más amemos al Señor, más nos daremos cuenta de que no le amamos lo suficiente.

Precisamente a causa del valor que Dios reconoce a la fe, se ocupa en purificarla en el crisol de la prueba. Pero se nos da una seguridad: Él lo hace sólo “si es necesario” (v. 6).

Tales son, queridos amigos, las bienaventuradas realidades que nos conciernen, las que los profetas “inquirieron y diligentemente indagaron” (v. 10- 11), y “en las cuales anhelan mirar los ángeles” (v. 12). Nosotros, los beneficiarios, ¿quisiéramos ser los únicos en no interesarnos en ellas?

9 - 1 Pedro 1:13-25

La verdad, tal como el apóstol la expuso en la primera parte de este capítulo, tiene derechos y efectos sobre nosotros. Ella es ese cinto que consolida nuestro entendimiento y frena nuestra imaginación (v. 13; Efesios 6:14). Es a la verdad a la que debemos obedecer (v. 22). Nosotros, que anduvimos en otro tiempo entre “los hijos de desobediencia” (Colosenses 3:6-7), hemos llegado a ser “hijos obedientes” (v. 14); no sólo se trata de la obediencia a sino también de Jesucristo (v. 2), es decir, conforme a la suya, motivada por el amor al Padre (Juan 8:29; 14:31).

Por otra parte, aquí todo está en contraste con el Antiguo Testamento. La plata, el oro, ni ninguna otra cosa nos puede rescatar (véase Éxodo 30:11-16; Números 31:50), sino la preciosa sangre de Cristo.

No es, como para el israelita, el nacimiento natural lo que nos permite participar de los derechos y privilegios del pueblo de Dios. ¡Que nadie piense ser un hijo de Dios porque tiene padres cristianos! Somos regenerados por la incorruptible Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre. La santidad requerida en toda nuestra conducta corresponde a nuestra nueva naturaleza; invocamos al Dios santo como Padre (v. 15-17). También es la consecuencia del valor con el cual Dios justiprecia el sacrificio del perfecto Cordero.


10 - 1 Pedro 2:1-12

Un niño que llega al mundo, pronto debe ser alimentado. Por eso la Palabra de Dios, después de haber dado la vida (1:23), también provee lo necesario para mantenerla. Ella es el alimento completo del alma, “la leche espiritual” de la que Cristo es la sustancia. Si hemos gustado que el Señor es bueno, no podremos vivir sin ese divino alimento (Salmo 34:8).

Después de la simiente viva (y la esperanza viva del capítulo 1), aquí hallamos las piedras vivas.

Son juntamente edificadas sobre Aquel que es “la principal piedra del ángulo” –preciosa tanto para Dios como para nosotros los que creemos (v. 7)– a fin de constituir una casa espiritual (Efesios 2:2022). Tú también eres una de esas piedras, había dicho el Señor a Simón, hijo de Jonás (Mateo 16:18).

Pues bien, tales privilegios acarrean sus correspondientes responsabilidades. Si somos un sacerdocio santo, es para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios. Si somos un pueblo adquirido por Dios, es para anunciar sus virtudes (Isaías 43:21).

Ya que hemos sido llamados “de las tinieblas a su luz admirable”, ¿podríamos albergar en nuestro espíritu los deseos carnales? Basta una mirada para atraerlos, y ellos “batallan contra el alma” (v. 11).


11 - 1 Pedro 2:13-25

El cristiano está invitado a respetar el orden establecido, no por “miedo al policía”, sino por el motivo más grande que pueda obrar en su corazón: el amor al Señor (v. 13; Juan 15:10). Somos únicamente esclavos de Dios (v. 16 final), es él quien nos dicta nuestra actitud para con todos. Es cierto que no todos los amos son “buenos y afables”; los hay “difíciles de soportar”. Nuestro testimonio tendrá más fuerza y relevancia ante los segundos que ante los primeros. La injusticia, el ultraje y todas las formas de aflicción dan al hijo de Dios ocasiones para glorificarle. En ese camino nos precedió El que fue el Varón de dolores.

Por supuesto que en la obra de la expiación Cristo no tuvo ni tendrá jamás compañeros o imitadores. “Él mismo” –y sólo él– “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (v. 24). En cambio, en su camino de justicia (por consiguiente de sufrimiento), es nuestro Modelo perfecto (1 Juan 2:6). La contradicción y la perversidad de los hombres no hacían más que poner de manifiesto Su paciencia, Su mansedumbre, Su humildad, Su sabiduría y Su entera confianza en Dios… huellas benditas en las que hemos de andar. Así cumpliremos el último mandato del Señor a Pedro: “Sígueme tú” (Juan 21:22).


12 - 1 Pedro 3:1-12

“Asimismo vosotras, mujeres” (v. 1), “vosotros, maridos (v. 7), “igualmente, jóvenes” (5:5). Siempre es el mismo motivo –el amor al Señor– (2:13) el que dicta a cada cual la conducta que debe seguir en su familia y en la Iglesia. Por su modo de ataviarse, una mujer cristiana revela dónde tiene sus afectos.

¿Ella se preocupa por la hermosura en lo íntimo del corazón, la que realmente cuenta para el Señor? ¿Busca lo que es “de grande estima delante de Dios”: “un espíritu afable y apacible”? (v. 4). Ese “adorno” forma parte de lo que es incorruptible, al igual que la Palabra (1:23) y la herencia celestial (1:4). La moda según Dios no ha cambiado, pues, desde Sara.

Nuestro título de herederos “de la gracia de la vida” (v. 7) y de la “bendición” (v. 9 final) constituye, juntamente con el ejemplo que nos dio Cristo, Aquel que hacía el bien (v. 13; 2:21-22), un imperioso motivo para no devolver maldición por maldición.

La larga cita del Salmo 34 nos recuerda lo que es el gobierno de Dios. Si el mal se halla en nuestros labios o en nuestro andar (v. 10-11), dolorosas consecuencias, permitidas por el Señor, podrán ser el resultado (v. 12). Al contrario, un andar por el camino del bien y de la paz es el medio seguro para ser bendecido. Además de ese legítimo deseo de todo hombre, gozaremos entonces de la comunión con el Señor.


13 - 1 Pedro 3:13-22

Cristo padeció en la cruz, el Justo, por nosotros los injustos (v. 18). Por nuestro lado se nos concede que suframos algo por él (Filipenses 1:29). Al hacer el bien padecemos con él así como él padeció (v.

14). Finalmente, en todos nuestros sufrimientos morales el Señor simpatiza con nosotros (v. 12).

Si padecéis por causa de la justicia, afirma el versículo 14, bienaventurados sois (Mateo 5:10). Pidamos a Dios que nos guarde de todo temor humano y nos dé su temor juntamente con mansedumbre para testimoniar en todo momento “de la esperanza que hay en nosotros”. Esta esperanza, ¿la tiene el lector? Pero, cuando nuestra conducta no es buena delante de los hombres, hablarles del Señor es echar sobre Él el desprecio que merecemos. Que el Espíritu de Cristo se sirva de nosotros para advertir a nuestros semejantes como otrora se sirvió de Noé para predicar a los incrédulos de su tiempo mediante la construcción del arca (v. 19-20). El diluvio es la imagen del juicio presto a caer sobre el mundo. Nos habla de la muerte, paga del pecado. En figura, los creyentes la han atravesado en el bautismo y están puestos al abrigo en el arca, que es Cristo. Él padeció la muerte en lugar de ellos y ellos resucitarán con él para una nueva vida (v. 21-22).


14 - 1 Pedro 4:1-11

El pecado, del cual el Señor tuvo que encargarse, ¡cuánto debió de haberle cansado! Ahora ha acabado con él por medio de la muerte. Asimismo el creyente debe acabar con las concupiscencias propias de los hombres.

Queridos amigos: ¿No nos basta haber perdido un tiempo precioso –antes de nuestra conversión– en un andar insensato hacia la muerte? Vivamos el resto de nuestro tiempo “conforme a la voluntad de Dios”. Sin duda nuestro nuevo comportamiento contrastará con el del mundo que nos rodea. Y este último se extrañará de que nos abstengamos de sus corrompidos placeres. Se hará presión sobre nosotros, nos harán bromas y tal vez injurias. ¿Por qué? Porque el mundo se sentirá condenado por nuestra separación, mientras espera ser condenado por el gran Juez (v. 5).

Precisamente la inminencia de ese juicio nos dicta nuestra conducta: sobriedad, vigilancia, oración y ferviente amor (1:22 final). Éste se traduce de muchas maneras: buscando la restauración de nuestros hermanos (v. 8 final), practicando alegremente la hospitalidad y utilizando los dones de la multiforme gracia de Dios en provecho los unos de los otros. Así el Señor Jesús, quien está en el cielo, puede seguir glorificando a Dios en la tierra, mediante la vida de sus redimidos (v. 11; Juan 17:4, 11; 15:8).


15 - 1 Pedro 4:12-19

En el cielo meditaremos, sin cansarnos, en los sufrimientos del Señor Jesús; serán el inagotable tema de nuestros cánticos. Pero la oportunidad de compartirlos habrá pasado. Sufrir con Cristo es una experiencia más profunda e intensa que la de sufrir por él. Tener parte en sus dolores, conocer la ingratitud, el desprecio, la contradicción, el insulto (v. 14) y la abierta oposición que él encontró, es conocerle a él mismo en todos los sentimientos que fueron suyos entonces. Un ferviente deseo de Pablo era el de “conocerle… y la participación de sus padecimientos” (Filipenses 3:10).

Pero existe una clase de aflicciones que Cristo no podía experimentar: las que padecemos por haber obrado mal. No escapamos a «las consecuencias de nuestras inconsecuencias». Un cristiano deshonesto cosechará, ante los tribunales humanos, lo que haya sembrado, y aquel que se haya entremetido en los asuntos de otro tal vez reciba su castigo de mano de éste. Lo más triste, entonces, no son las miserias que atraemos sobre nosotros mismos, sino la deshonra echada sobre el nombre del Señor. Por el contrario, padecer como cristianos, es decir, como Cristo, equivale a glorificar a Dios en ese hermoso nombre (v. 16; Hechos 4:17, 21).


16 - 1 Pedro 5:1-14

“Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas”, había dicho el Señor a Pedro (Juan 21:15-17). Lejos de valerse de ello para colocarse por encima de los demás creyentes (posición que le fue atribuida en la cristiandad), el apóstol se designa simplemente como anciano juntamente con los otros ancianos y recomienda a estos últimos que no dominen sobre la grey del buen Pastor, sino que sean ejemplo para ella (v. 3). Las ovejas no les pertenecen, pero son responsables de ellas ante el soberano Pastor. No obstante, a los jóvenes les conviene estar sujetos a los ancianos, y a todos revestirse “de humildad”, lo que podría traducirse por «ponerse el delantal del servicio» (v. 5; comparar 3:8). “El Dios de toda gracia” da gracia a los humildes.

El apóstol agrega: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (v.

7). Esta confianza y entrega a Dios no nos eximen de vigilancia. Satanás, nuestro enemigo siempre amenazante, acecha el menor relajamiento. Resistirle aún es sufrir (v. 8-9). Así para el creyente –en su medida– como para su divino modelo, la Escritura una vez más vuelve a dar testimonio de los sufrimientos que, por “un poco de tiempo”, son su parte… y de las glorias que vendrán tras ellos (v.

10; 1:11 final).


17 - 2 Pedro 1:1-11

Pedro empieza esta segunda epístola recordando a los creyentes lo que han alcanzado “una fe” muy preciosa (v. 1), “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (v. 3), “preciosas y grandísimas promesas” (v. 4). Nuestra fe, que se apodera de lo que Dios da, no debe permanecer inactiva. Es necesario que esté acompañada por la energía, llamada la virtud, a fin de llegar al conocimiento (vocablo característico de esta epístola).

Al mismo tiempo, para guardar la plena disposición de nuestras fuerzas, es indispensable la templanza (o el dominio propio); luego la paciencia que sabe perseverar en el esfuerzo. En este “clima moral” se desarrollarán nuestras relaciones: 1° con el Señor: la piedad; 2° con nuestros hermanos: el afecto fraternal; 3° con todos: el amor.

Estos siete complementos de la fe forman un todo, como los eslabones de una cadena. Cuando faltan, eso acarrea consecuencias dramáticas en la vida de un creyente: ocio, esterilidad y miopía espiritual. No ve lejos; su fe no alcanza a distinguir en el horizonte la ciudad celestial, meta del peregrinaje cristiano (compárese con Hebreos 11:13-16). Ya las puertas eternas se han alzado para Cristo, “el Rey de gloria” (Salmo 24:7, 9). ¡Que él mismo nos conceda, al seguirle, una amplia y generosa entrada en su reino eterno!

18 - 2 Pedro 1:12-21

Las verdades desarrolladas en la primera epístola recuerdan las revelaciones del capítulo 16 de Mateo, es decir, los padecimientos de Cristo, la edificación de la Iglesia, casa espiritual construida sobre la Roca.

Esta segunda carta se apoya en el capítulo 17 del mismo evangelio anunciando las glorias que siguen.

Cuando la transfiguración tuvo lugar, Pedro, Juan y Jacobo contemplaron a Jesús en “la magnífica gloria”. Pero recibieron la orden de no hablar de ello a nadie antes de Su resurrección. Ahora el tiempo de esta revelación había llegado. Pedro, quien entonces estaba rendido de sueño (Lucas 9:32), despierta a los creyentes a quienes escribe mediante el recuerdo de esa escena (v. 13; 3:1). Él, quien inconsideradamente había propuesto hacer tres enramadas (o tiendas), ahora se dispone a abandonar el cuerpo (o tienda terrenal) para gozar, esta vez para siempre, de la presencia de Cristo (v. 14). El Señor le había mostrado cuándo y por medio de qué muerte había de glorificar a Dios (v. 14; Juan 21:18, 19). Pronto, nosotros también seremos testigos oculares de su majestad.

A lo largo de las Escrituras, la lámpara profética dirige su haz de luz sobre la gloria próxima. Pero el hijo de Dios posee una luz más brillante aún. El objeto de su esperanza vive en él: Cristo es el lucero de la mañana que ya sale en su corazón (v.

19; Colosenses 1:27 final).


19 - 2 Pedro 2:1-11

Las herejías destructoras (o sectas de perdición) actualmente son florecientes. Su aparición es anunciada de antemano para que no nos extrañemos ni nos desalentemos (v. 1). Ellas comercian con las almas (v. 3; Apocalipsis 18:13 final).

En el primer capítulo, la perspectiva de la gloria próxima es afirmada por un triple testimonio: la visión anticipada sobre el monte santo, la profecía y el espléndido Lucero nacido en nuestros corazones.

Asimismo, la certeza del juicio que caerá sobre este mundo es testificada por tres ejemplos: el destino de los ángeles que pecaron (Judas 6), el diluvio (Mateo 24:36…) y el castigo de Sodoma y Gomorra (Judas 7). Pero, en medio de una generación impía, el Señor distingue y libera al que le teme (v. 9).

Pese a su mundanalidad, Lot era un justo. El paréntesis del versículo 8 muestra que Dios registra cada suspiro de los suyos. Sin embargo, Lot se habría ahorrado todos esos tormentos si hubiera sabido apreciar, como Abraham, el país de la promesa. Una posición falsa y equívoca ante los hombres siempre es una fuente de miseria para el hijo de Dios. Lot es la imagen de un creyente salvo, “aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:15). No le será otorgada “amplia y generosa entrada en el reino eterno” (1:11). ¡Que el Señor nos guarde de parecernos a él!

20 - 2 Pedro 2:12-22

Para derrumbar la verdad, tal como está establecida en el capítulo 1, Satanás emplea dos medios, y siempre los mismos: se ensaña para corromperla, como en el capítulo 2, o para negarla abiertamente, como lo veremos en el capítulo 3. Sus instrumentos para extraviar a las almas son presentados aquí bajo su verdadero aspecto. Cuán abominable y espantoso es el retrato de esos conductores religiosos en quienes el mal moral va a la par del mal doctrinal (v. 12-17; Mateo 7:15). Estos hombres prometen la libertad a los demás y ellos mismos son esclavos de sus pasiones (v. 19). Porque, palabras serias también para el creyente, “el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció”. Amigo lector, ¿es usted libre, ha sido liberado por el Señor? (Juan 8:34-36; Isaías 49:24, 25). ¿O aún se encuentra atado por una inconfesable cadena? Este mundo es cautivador en el sentido literal de la palabra. Como el lodo de un pantano (v. 22 final), retiene cautivo el pie del imprudente que se aventura en él, al mismo tiempo que contamina el alma (el v. 20 menciona “las contaminaciones del mundo”).

El final del capítulo denuncia la ilusión de aquellos a quienes un cristianismo simplemente social o intelectual ha podido hacer salir momentáneamente del hábito del pecado. Una reforma moral no es una conversión.


21 - 2 Pedro 3:1-10

Pedro no teme las repeticiones. No se cansa de recordar las mismas verdades para que los hijos de Dios las memoricen (v. 1; 1:12-13; Filipenses 3:1; Judas 17). En lo que nos concierne, no nos cansemos de volver a leerlas y meditarlas. Por tercera vez el apóstol alude al diluvio. En contraste con los que “ignoran voluntariamente” toda advertencia (Efesios 4:18), los amados del Señor no deben ignorar Sus intenciones. “El fin del mundo” que muchos evocan, sea con espanto o con ligereza, tendrá lugar solamente en el momento escogido por él. El cielo y la tierra que existen ahora serán destruidos. Sólo la paciencia de Dios, que tiene en vista la salvación de los pecadores, ha detenido el juicio hasta ahora.

Dios no quiere que ninguno perezca (Ezequiel 33:11). Y esa paciencia se ejerce aun a favor de los burladores que la discuten y la agravian. La humanidad está empeñada en una implacable «cuenta atrás». Llegará el momento –el último– en el que las promesas tan a menudo oídas se volverán realidad.

Los acontecimientos terminarán por dar la razón a la esperanza de los hijos de Dios, para confusión de los burladores y de los impíos. Entonces será demasiado tarde para proceder “al arrepentimiento” (final del v. 9). Amigo lector, ¿ya lo hizo usted?

22 - 2 Pedro 3:11-18

Estas últimas exhortaciones no están fundadas, como las precedentes, sobre las “preciosas y grandísimas promesas” (1:4), sino sobre la inestabilidad de todo lo que llena la presente escena. Hagamos de vez en cuando el inventario de los bienes terrenales a los que estamos más apegados y escribamos debajo: “todas estas cosas han de ser deshechas…” Así seremos guardados de apegarnos a ellas. El hecho de saber estas cosas de antemano debería estimularnos a una santa conducta (o manera de vivir); otra expresión característica de Pedro (véase la primera epístola 1:15, 17, 18; 2:12; 3:1, 2, 16).

Nada impulsa tanto a la separación del mal y del mundo como el pensamiento del inminente retorno del Señor. Lo mismo sucede en cuanto a la evangelización, porque su venida marcará el fin de su paciencia para salvación (v. 15). Esforcémonos para ser hallados tal como Cristo quiere encontrarnos a su retorno (v. 14): “irreprensibles para el día de Cristo” (Filipenses 1:10), habiendo hecho algún progreso en la gracia y en Su conocimiento (v. 18).

El apóstol había cumplido con su servicio y ahora está preparado para “abandonar el cuerpo”. Nos da cita en ese día de eternidad que nuestra fe saluda y anticipa al dar gloria desde ahora a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.