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Oseas 1:1-11
Oseas 2:1-17
Oseas 2:18-23 a 3:1-5
Oseas 4:1-19
Oseas 5:1-15
Oseas 6:1-11
Oseas 7:1-16
Oseas 8:1-14
Oseas 9:1-17
Oseas 10:1-15
Oseas 11:1-12
Oseas 12:1-14
Oseas 13:1-16
Oseas 14:1-9
Joel 1:1-20
Joel 2:1-17
Joel 2:18-32
Joel 3:1-21

Amós 1:1-15
Amós 2:1-16
Amós 3:1-15
Amós 4:1-13
Amós 5:1-13
Amós 5:14-27
Amós 6:1-14
Amós 7:1-17
Amós 8:1-14
Amós 9:1-15
Abdías 1-11
Abdías 12-21
Jonás 1:1-16
Jonás 2:1-10
Jonás 3:1-10
Jonás 4:1-11
Miqueas 1:1-16

Miqueas 2:1-13
Miqueas 3:1-12
Miqueas 4:1-13
Miqueas 5:1-15
Miqueas 6:1-16
Miqueas 7:1-20
Nahum 1:1-15
Nahum 2:1-13
Nahum 3:1-19
Habacuc 1:1-17
Habacuc 2:1-20
Habacuc 3:1-19
Sofonías 1:1-18
Sofonías 2:1-15
Sofonías 3:1-20

1 - Oseas 1:1-11

La profecía de Oseas, contemporáneo de Isaías, nos retrotrae a los tiempos del segundo libro de los Reyes, antes de las deportaciones. Se dirige principalmente a las diez tribus (a menudo llamadas con el nombre de Efraín, su caudillo), las cuales se hundieron en la idolatría más pronto que Judá. Israel, contaminado por sus ídolos, infiel al pacto con su Dios, es representado por la mujer impura, y el profeta es invitado a tomarla como esposa. El mismo nombre de sus hijos significa la condenación (comp.

Isaías 8:1-4; precisemos que los verbos “prostituirse” o “cometer fornicación” en estos capítulos significan abandonar a Dios y apegarse a los ídolos). Israel mismo rompió las relaciones con Jehová. No obstante, el versículo 10, citado por Pablo en su epístola a los Romanos, nos enseña que la transgresión de Israel tuvo una inesperada y maravillosa consecuencia: los creyentes “no sólo de los judíos, sino también de los gentiles” se llaman, de ahí en adelante, “hijos del Dios viviente” (Romanos 9:24-26).

Ese Dios viviente llega a ser un Padre. A la sentencia “Lo-ami”, pronunciada sobre el Israel culpable, le sigue el llamamiento de un pueblo celestial, una familia que goza con su Dios y Padre de una relación indisoluble que aun nuestros pecados no pueden menoscabar (1 Pedro 2:10).


2 - Oseas 2:1-17

La causa de Israel es indefendible (v. 2; comp. Isaías 1:18). Después de una agobiadora requisitoria, Dios pronuncia la sanción sobre la infidelidad del pueblo: “Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino…” (v. 6). “Por tanto, yo volveré y tomaré mi trigo…” (v. 9). “He aquí que…” y uno podría aguardar un castigo más severo todavía. No obstante, ¿qué anuncia el versículo 14? “Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”. ¡Incomparable gracia de Dios! El pecado de los suyos viene a ser para él la ocasión apropiada para desplegar su infinita misericordia. En lugar de echar a “la esposa” ingrata y culpable, la toma de la mano y, a solas con ella, le habla de manera tal que conmueva su corazón. Pero, ¿por qué mencionar ese siniestro valle de Acor? ¿Acaso no evocaba el pecado de Acán y sus desastrosas consecuencias? (Josué 7:26). Sin embargo, Dios lo escoge para hacer de él, de ahí en adelante, una “puerta de esperanza” (comp. Isaías 65:10). Y moralmente es lo mismo para nosotros. El valle de la turbación, el lugar en que tendremos que responder ante Dios por nuestras pasadas faltas, viene a ser “una puerta de esperanza”. De esa manera, Dios nos muestra que el goce de la comunión con él tiene como necesario punto de partida la confesión de nuestros pecados.


3 - Oseas 2:18-23 a 3:1-5

En el estilo entrecortado que le es propio, el profeta hace alternar sin transición la descripción del trágico estado de Israel con las promesas de restauración (v. 18-23). La gracia de Dios establecerá nuevos vínculos con su pueblo. Éste no será más siervo, como la mujer comprada (cap. 3:2) y no dirá más “mi señor” sino “mi marido” (cap. 2:16). “Te desposaré conmigo” repite tres veces Jehová como para sellar su compromiso (v. 19-20). Como anillo en el dedo de una joven novia, esa promesa debería haber hablado al corazón del pobre pueblo e incitarle a guardar celosamente sus afectos para Jehová (comp.

Jeremías 2:2). Por analogía pensamos en la Iglesia, la que debería ser toda para Cristo. “Os he desposado con un solo esposo” dice Pablo a los corintios (2 Corintios 11:2), revelando también en Efesios 5:2527 lo que Jesús hizo, hace y hará por la Iglesia.

La corta profecía del capítulo 3 describe de manera impresionante el estado actual de los hijos de Israel: ya no tienen rey ni culto, ni el de los ídolos como tampoco el de Jehová (v. 4). La casa de Israel será vaciada, barrida y adornada, dispuesta para el cumplimiento de Mateo 12:45. Pero luego vendrá su arrepentimiento y su restablecimiento en la bendición divina por la bondad de Jehová (v. 5).


4 - Oseas 4:1-19

Los versículos 1 y 2 nos recuerdan Romanos 3:919, pasaje que se refiere no sólo a los judíos, sino también a todos los hombres. Empero Israel, como poseedor de “la palabra de Dios”, tiene esta responsabilidad suplementaria: haber desechado voluntariamente el conocimiento y olvidado la ley (v. 6; Romanos 3:2). Se apegó a los ídolos al dejar “a su Dios” (fin del v. 12). Cristianos, ¿no nos dice nada esta última expresión? Existen mil maneras y oportunidades —cada uno tiene las suyas— de sustraernos a la autoridad que el Señor debe tener sobre nuestra vida.

Esta vez, ¿cuál será el castigo del miserable pueblo? El más terrible que se pueda imaginar: el abandono. Su estado es incurable, sin esperanza.

Dios renuncia a retenerle y declara: “Me olvidaré de tus hijos” (v. 6). “No castigaré a vuestras hijas” (v. 14) y más adelante: “Efraín es dado a ídolos; déjalo” (v. 17). Sin embargo, ese horrible cuadro de la corrupción de las diez tribus por lo menos debe servir de advertencia a Judá. Gilgal con Bet-el (casa de Dios; luego Bet-avén), lugares de promesas y de bendiciones en la historia de Israel, llegaron a ser centros de iniquidad y capitales de la religión profana. Jehová solemnemente manda a Judá que no suba a ellas (v. 15).


5 - Oseas 5:1-15

El profeta se dirige muy especialmente a los principales de Israel: los sacerdotes y la casa del rey.

Éstos, quienes debían haber dado el ejemplo, fueron un lazo para el pueblo (v. 1). El resultado es catastrófico: “Se han abismado en el degüello estos apóstatas” (v. 2, V.M.) En el capítulo 4:15 Jehová había instado a Judá a que no imitara a Efraín. ¡En vano! Tan pronto como hubo anunciado la caída de este último, el versículo 5 agrega: “Judá tropezará también con ellos”. ¡Qué inconsecuencia y qué soberbia la de esos desdichados israelitas! “Sus malas obras no les permiten volver a su Dios” (v. 4, V.M.) Sin embargo, como si tal cosa, se acercan a Jehová con sacrificios. Y no le hallan (v. 6), porque es ultrajar a Dios pretender cumplir un servicio religioso sin estar previamente en regla con él respecto de nuestros pecados. Efraín, pese a que descubre su enfermedad (v. 13), no se dirige al gran Médico, reconociéndose culpable (v.

15), sino que se vuelve hacia Asiria, al rey Jareb. De igual manera actúan muchas personas. Cuando su conciencia les molesta, antes que humillarse ante Dios, buscan ayuda y diversión en un mundo que no las puede curar.


6 - Oseas 6:1-11

Oseas acaba de enunciar lo que Dios espera para sanar a Israel: “que reconozcan su pecado” (cap.

5:15). ¿No es conmovedor ver cómo inmediatamente después el profeta toma al pueblo de la mano —por decirlo así— y le exhorta: “Venid y volvamos a Jehová”? El que hirió vendará nuestras llagas. Un pastor de ovejas explicó cómo le fue necesario quebrar una pata a una indócil oveja para hacerla dependiente de él y para que le tomara afecto por sus cuidados.

El versículo 4 vuelve a hacer el retrato moral del pueblo… y por desdicha el de muchos cristianos. ¿A cuántos que tuvieron una conversión llena de promesas, ahora se les podría dirigir este reproche: “La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece”? (v. 4; Apocalipsis 2:4). ¡Oh, el Señor mantenga en nuestros corazones la frescura de nuestros afectos por él, pese a los contactos desgastantes con este mundo! Efraín y Judá en vano traían animales para los sacrificios (cap. 5:6). Jehová les dice: “Misericordia quiero, y no sacrificio” (v. 6 que el Señor cita dos veces a los fariseos: Mateo 9:13; 12:7). El amor por Cristo y el amor al prójimo, que dimana de aquél, es el único móvil que Dios reconoce para cualquier servicio (1 Corintios 13:1-3).


7 - Oseas 7:1-16

“Yo quería sanar a Israel” (v. 1, V.M.) “Yo los iba a redimir” (v. 13, V.M.) Tal es también el pensamiento del Señor respecto a usted, amigo todavía inconverso. Pero es necesario que su deseo responda al Suyo (Juan 5:6). Más tarde Jesús también dirá a Jerusalén: “¡Quise juntar a tus hijos… y no quisiste!” (Lucas 13:34).

Ya consideramos el deplorable estado moral de Israel bajo los rasgos de una mujer adúltera (cap. 2) y de una novilla indómita (cap. 4:16). Aquí sucesivamente se lo compara con una masa de pan leudado (v. 4), una torta no volteada (v. 8), una paloma incauta (v. 11) y un arco engañoso (v. 16). Con tono irónico Jehová condena tanto su soberbia como su falta de inteligencia. Mezclarse con extraños tuvo por efecto consumir la fuerza de Efraín. Las “canas” son la señal de que está bajando la energía…“mas él no lo sabe” (v. 9, V.M.) En lo que nos concierne, sepamos que confraternizar con el mundo, bajo cualquier forma que sea, hace perder al creyente su comunión con el Señor y le priva, pues, de toda energía espiritual, sin que él tenga conciencia de ello. El ejemplo de Sansón lo confirma de la más solemne manera (Jueces 16; léase v. 19-20).


8 - Oseas 8:1-14

Los juicios anunciados por la trompeta caerán sobre el pueblo culpable (comp. Mateo 24:28 y 31; Apocalipsis 8:6). Por más que proteste: “Dios mío, te hemos conocido”, Israel merecerá esta implacable respuesta: “Os digo que no sé de dónde sois” (Lucas 13:27). Mateo 7:21 cita a esos falsos cristianos que exclaman: “Señor, Señor”, sin haberse preocupado nunca por la voluntad divina. Así, los versículos 2 a 4 subrayan la contradicción entre la expresión “mi Dios” y el espíritu de completa independencia manifestada por el pueblo. Mientras que en otros tiempos era Dios quien designaba a los reyes y ordenaba lo concerniente al culto, ahora Israel mismo había escogido a sus príncipes y había echado las bases de una religión idólatra (v. 4, 5 y 11; 1 Reyes 12:20, 28-33). Hoy, en la cristiandad, cada uno cree poder decidir de qué manera rendirá culto, y en las sectas y las iglesias existe lo que satisface todos los gustos.

Los hijos de Israel serán “como vasija que no se estima” (v. 8; Isaías 30:14). “No los quiso Jehová” (v.

13). ¡Ojalá podamos ser, cada uno de nosotros, un “instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra”! Pero no olvidemos las obligaciones de “todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2 Timoteo 2:19-22).


9 - Oseas 9:1-17

Los acontecimientos históricos que corresponden a esas profecías son relatados en los capítulos 15:8 a 17:18 del segundo libro de los Reyes. Los últimos soberanos de Israel habían creído que sería buena política apoyarse alternativamente en Egipto y Asiria (v. 3; comp. cap. 7:11-12 y 2 Reyes 17:4). Esto fue precisamente su perdición. Por su lado, los que habían escapado de Jerusalén y de Judá buscaron refugio en Egipto (en Memfis), antes que quedarse “en la tierra de Jehová” como les instaba Jeremías (v. 6; Jeremías 42:10 y 19). ¡Ay!, ¿no nos parecemos a ellos? Cuántas veces en presencia de una dificultad buscamos la ayuda de los hombres antes que la del Señor (Salmo 60:11). Efraín debía ser privado de hijos, quedar estéril y sin fruto para Dios, como la higuera a la que el Señor maldijo (v. 16; Marcos 11:12-14). Esa profecía se cumplió con la actual dispersión de las diez tribus hasta su restablecimiento para el reino de mil años. En cuanto a los judíos propiamente dichos (Judá y Benjamín), su suerte, desde que rechazaron al Mesías, es la de ser “errantes entre las naciones” (v. 17; Deuteronomio 28:6465). Al no haber conocido el tiempo de su “visitación” en gracia (Lucas 19:44 fin), debían ser visitados por el juicio (v. 7).


10 - Oseas 10:1-15

“Será, pues, el pan de ellos para sí mismos” declaraba el versículo 4 del capítulo 9. “Israel… da abundante fruto para sí mismo” continúa nuestro versículo 1. He aquí la oportunidad para preguntarnos qué uso hacemos de lo que el Señor nos ha confiado: fuerzas, inteligencia, memoria, ratos de ocio, bienes materiales. ¿Los utilizamos para su servicio o para la satisfacción de nuestras codicias? Con sarcástico tono los versículos 5 a 8 comentan la desaparición del becerro de oro en Bet-el (Betavén), la emoción de los sacerdotes idólatras y la del pueblo, luego la destrucción de Samaria y el fin de su último rey, quien lleva también el nombre de Oseas. Pero además hallamos en ellos una alusión al infortunio de Israel cuando atraviese la tribulación final que no tendrá precedente. El Señor, yendo a la cruz, citó el final del versículo 8 a las hijas de Jerusalén (Lucas 23:30). “Vendrán días…” «¡Ah! —escribió alguien— ¿no era tiempo todavía para sembrar en justicia, segar según la piedad, roturar un campo nuevo, empezar una nueva vida, producto de un nuevo nacimiento?…» Este versículo 12 se dirige solemnemente a todos los que postergan para más tarde la cuestión de su salvación: “Es el tiempo de buscar a Jehová”. Quizás mañana usted no le halle más (léase Isaías 55:6-7).


11 - Oseas 11:1-12

El versículo 1 está citado en Mateo 2:15 con motivo del viaje de Jesús, cuando niño, a Egipto. Como Israel había fallado por completo, Dios le sustituye por su Hijo (comp. Isaías 49:3). Él volverá a empezar la historia del pueblo y esta vez enteramente para la gloria de Dios.

Después de haber designado misteriosamente a Aquel que cumplirá sus pensamientos de gracia y salvación, Dios puede dejar que su corazón hable libremente. El castigo que se vio obligado a ejecutar fue todavía más doloroso para él mismo que para el pueblo. Su compasión de Padre lo conmovieron para con su hijo rebelde. Recuerda cómo había enseñado a caminar a Efraín, tomándole de los brazos y dándole de comer (v. 3-4). Lo había liberado de su esclavitud y unido a sí mismo, pero con vínculos de amor. Cuán triste es ver a Efraín inconsciente de su ruina moral (cap. 7:9) y, a la vez, de los cuidados del amor divino: “no conoció que yo le cuidaba” (v. 3).

Amigo, si usted se ha alejado del Señor, sepa que durante todo ese tiempo él se preocupa por restaurarle. La misericordia del Señor responde a su desgracia. ¿No le conmueve? Déjese atraer, déjese traer de vuelta por las cuerdas de Su amor.


12 - Oseas 12:1-14

Efraín tiene las mismas disposiciones que más tarde tendrá la iglesia de Laodicea. Pronuncia las mismas palabras de satisfacción: “Me he enriquecido” (v. 8; Apocalipsis 3:17). Pero Dios no mira la prosperidad exterior. Moralmente, este pueblo es desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo, como lo es ahora para Dios la cristiandad que lo es sólo de nombre. Por medio de su mentira, su fraude, su mundanería y su confianza en el hombre, Efraín lo hizo todo para provocar la ira de Jehová, quien le pagará su oprobio (v. 14; Deuteronomio 28:37). Sin embargo, para mostrar que el camino del arrepentimiento todavía está abierto, Dios se sirve de la historia de Jacob, quien fue un astuto calculador, el suplantador de su hermano. Pero un día el patriarca encontró a Dios en Peniel, luchó con él y triunfó, no “con su poder”, sino por medio de sus lágrimas y sus súplicas. Más tarde en Bet-el, después de haber purificado su casa, aprendió a conocerle por su nombre, el Dios omnipotente (Génesis 32:24-30; cap. 35).

Clamar al Señor, humillarse, quitar los dioses extraños es lo que hizo Jacob pero no Efraín. Nosotros, no dejemos de hacerlo, valiéndonos del versículo 6: “Tú, pues vuélvete a tu Dios; guarda misericordia y juicio, y en tu Dios confía siempre” (comp. Isaías 31:6).


13 - Oseas 13:1-16

«Nada hay más conmovedor en la boca de Dios que esa mezcla de reproches, ternura y llamados a volver a momentos más felices. Pero todo fue en vano; Dios tuvo que juzgar y recurrir a su soberana gracia, la que llevará a Israel al arrepentimiento y a él» (J.N.D.) “No conocerás a… otro salvador sino a mí” dice Jehová. Efraín deberá convencerse de ello después de haber esperado en vano que sus reyes y sus jueces lo librasen (v. 10). “En ningún otro hay salvación” confirma Hechos 4:12 al hablar del nombre del Señor Jesús.

Dios conoció a su pueblo en el desierto. Entonces Israel andaba en pos de él en tierra no sembrada (v. 5; Jeremías 2:2). Como lo dijo alguien, mientras no había más que Dios y la arena, le era muy necesario contar con Jehová a cada paso; más tarde, en cambio, la prosperidad con la saciedad contribuyeron a su culpable alejamiento (v. 6; Deuteronomio 32:15 y 18). Por desdicha, así ocurre a menudo en la vida del cristiano. Tan pronto como piensa que no ha de contar con el Señor para sus necesidades de cada día, corre el riesgo de enorgullecerse y olvidar al Dios de quien depende.

1 Corintios 15:55 se hace eco del grito de victoria del versículo 14. A partir de la promesa tocante a la liberación final de Israel, el Espíritu eleva nuestras miradas hacia la resurrección y hacia Aquel que venció la muerte.


14 - Oseas 14:1-9

Como conclusión del largo debate de Jehová con su pueblo se entabla un maravilloso diálogo. El Espíritu dicta a Israel palabras de arrepentimiento (v. 2 y 3). Dios, atento al primer movimiento de retorno (comp. Lucas 15:20), en seguida promete: “Yo sanaré su rebelión” (v. 4). En efecto, abandonar al Señor es la más grave de las enfermedades, pues alcanza al alma. “Los amaré de pura gracia” agrega Jehová. Entonces sus afectos podrán expresarse sin obstáculo por medio de las más ricas bendiciones (v.

5-7). ¿Y cómo responderá Efraín? Lo hará repudiando toda relación con los ídolos (v. 8). En lo sucesivo, el amor de su Dios le bastará.

En cuanto a nosotros, ¿nos es suficiente el amor de Jesús? Como dice un cántico: «Si él quiere que nuestro corazón le ame – enteramente y sin rodeos, – primero es porque él mismo – es inmutable en su amor». Y si permanecemos en su amor, se complacerá en producir fruto por medio de nosotros (v. 8 fin; Juan 15:8-10).

Así termina esta profecía de Oseas, cuyo nombre era una promesa, ya que significa liberación. Si más de una vez hemos podido reconocernos bajo los rasgos de Efraín, aceptemos las mismas serias advertencias que él recibe. “¿Quién es sabio?…” ¿No es aquel que, en todo tiempo, entiende los pensamientos de Dios y anda por sus caminos? (v. 9).


15 - Joel 1:1-20

El día de Jehová (o del Señor) es el título que se le podría dar a la profecía de Joel. Evidentemente no se trata de un día de 24 horas, sino de un período todavía venidero, en el que la voluntad de Dios se cumplirá en la tierra como se cumple ya en los cielos (Mateo 6:10). Desde su caída, el hombre, llevado por sus pasiones, no ha cesado de hacer lo que le agrada. Se puede decir, pues, que vivimos en el día del hombre. Por eso, cuando el Señor intervenga para imponer su voluntad, será necesario que apele ante todo a golpes que finalmente hagan ceder al orgullo humano. Moralmente, en cada una de nuestras vidas el día del Señor comienza en el momento en que reconocemos su plena autoridad sobre nosotros.

A diferencia de Oseas, profeta de Israel, Joel se dirige a Judá. Aprovecha la ocurrencia de una serie de calamidades, a saber, los sucesivos estragos producidos en el país por diferentes clases de langostas.

Pocos espectáculos son tan impresionantes como una invasión de saltamontes migratorios en Oriente. Imaginémonos ese prodigioso ejército de miles de millones de insectos que se abaten sobre una región fértil y súbitamente la reducen a desierto.

De ese desastre que ocurrió en su tiempo, Joel pasa a un azote todavía futuro: la invasión del asirio.


16 - Joel 2:1-17

Jehová llama “su ejército” a esa nube de fieros asaltantes (v. 11 y 25), aunque tenga a su cabeza al impío y soberbio asirio. De hecho, este último sólo es el ejecutor de su Palabra, “la vara” de su furor (Isaías 10:5). Cuando pasamos por la disciplina, nunca perdamos de vista la fiel Mano que nos la dispensa. Ese fracaso, ese contratiempo, ese accidente viene del Señor. No nos asemejemos al niño que, con ingenuidad, cree evitarse la corrección escondiendo la vara con la cual aguarda ser golpeado. Uno se representa ese gigantesco asalto como algo que “no lo hubo jamás”. Desborda como una irresistible marea por encima del muro y hasta en las casas. La misma invasión se llama en otro lugar “el turbión del azote” (Isaías 28:15). ¡Ah!, esa visión de pesadilla ¿no está colocada de antemano delante del pueblo como un llamado a su conciencia? “Pues, ahora” es el tiempo para él —es tiempo para todos— de volver a Dios de todo corazón “con lloro y lamento… porque misericordioso es y clemente” (v.

12-13; léase Santiago 5:11). “Tocad trompeta en Sion” repite el profeta (v. 1 y 15; véase Números 10:9); ¡es la imagen de la apremiante oración de la fe! Entonces, en la hora del peligro Jehová se acordará de los suyos.


17 - Joel 2:18-32

“Convertíos a Jehová” —invitaba el versículo 13.

“¿Quién sabe si volverá… y dejará bendición tras de él?” ¿Quién sabe? Por nuestra parte, sabemos bien que Dios nunca permanece insensible a las lágrimas y a las súplicas de los suyos. Lleno de compasión, enseguida multiplica sus promesas: destrucción definitiva de los enemigos del pueblo; abundancia de bienes materiales que compensan, y con mucho, las pérdidas sufridas (v. 25). Y la más preciosa de esas bendiciones que él deja “tras de él” es: su Espíritu, generosamente derramado sobre los hijos de Israel como testimonio para el mundo entero (v. 28).

Ese tiempo todavía está por venir, porque Israel de ningún modo está preparado para recibir ese don.

Pero el día de Pentecostés, Pedro se apoya en este pasaje para explicar a los judíos lo que acaba de acontecer (Hechos 2:17).

“Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo” afirma el versículo 32 citado en Hechos 2:21 y Romanos 10:13. Invocar es llamar mediante la oración, y apelar a ese nombre, el de Jesús; es el único medio por el cual podemos ser salvos. En medio del peor infortunio Dios salvará —y salva ahora— a todo aquel que se vuelve a él. “Arrepentíos… y recibiréis el don del Espíritu Santo”. ¡Promesa valedera hoy, valedera para usted!

18 - Joel 3:1-21

El restablecimiento de Judá y Jerusalén estará acompañado por el juicio que caerá sobre las naciones. Entonces éstas harán un trágico descubrimiento: al dispersar a Israel y repartirse el país (v. 2 fin) habían atacado a Dios mismo. “¿Qué tengo yo con vosotras?” es la terrible pregunta que cae del cielo (v. 4). También Saulo de Tarso se enteró de que, al perseguir a los cristianos, perseguía a Jesús (Hechos 9:4-5).

Por una completa inversión de la situación, esas naciones conocerán la suerte que hicieron sufrir al pueblo de Dios. Su “paga” caerá sobre su propia cabeza, lo que es un inmutable principio del gobierno de Dios (véase Génesis 9:6; Jueces 1:7 etc.) Totalmente enceguecidas, esas naciones habrán forjado su propia ruina al mismo tiempo que sus armas. Por lo tanto el soberano Juez las convocará en el lugar mismo de su desastre (v. 9-12). “Muchos pueblos en el valle de la decisión” (v. 14). Esa siniestra «vendimia» constituirá el último acto introductorio del Día de Jehová (Apocalipsis 14:18-20). En lo sucesivo, la gracia podrá correr abundantemente para un pueblo limpiado (v. 21). Y porque será limpiado —supremo favor— Dios mismo morará en medio de ellos.


19 - Amós 1:1-15

Para negar la inspiración de la Biblia, los incrédulos hacen valer el número y la diversidad de los hombres que la escribieron. Pero ello es precisamente lo que la confirma. La perfecta concordancia de los testimonios de 40 escritores, los que se extienden por 1500 años, es un milagro indiscutible. Para preparar la ejecución de un edificio, un constructor se valdrá de varios ingenieros, dibujantes, técnicos… cada uno de los cuales contribuirá con sus aptitudes y cuidados. Esto no impedirá que la obra haya sido concebida por él, conducida según su plan y que lleve su nombre. Los siervos de quienes se sirvió Dios para redactar su Palabra son diferentes. Daniel era príncipe, Jeremías y Ezequiel sacerdotes, Amós un sencillo pastor (v. 1). Pero el divino llamado lo colocó entre “los santos hombres de Dios” que “hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (cap. 7:14-15; 2 Pedro 1:21). Su libro sólo puede, pues, confirmar la perfecta armonía entre todas las partes de las Escrituras. Amós empieza donde terminó la profecía de Joel (comp. v. 2 con Joel 3:16).

Este último habló de las naciones en su conjunto.

Amós nombra sucesivamente a Siria, Felistía, Tiro, Edom, Amón (y Moab en el cap. 2) para declarar que cada uno de esos pueblos colmó ampliamente la medida de sus pecados.


20 - Amós 2:1-16

Con Moab, la lista de los transgresores no está cerrada todavía. ¡Judá e Israel tienen su lugar entre los pueblos culpables! Y el pecado de Israel supera al de todos sus vecinos. Estos últimos sólo habían practicado su maldad contra sus enemigos, en tanto que en Israel los fuertes habían aplastado a los débiles, manchado a los nazareos y cerrado la boca a los profetas (v. 12). “Vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos” (v. 6 y 8:6); pisotearon al pobre, oprimieron al justo e hicieron perder su causa a los pobres (cap. 5:11-12). Pensamos en el Señor Jesús, tan a menudo designado como “el Justo” (por ejemplo en Hechos 22:14), o como “el Pobre” (Salmo 40:17; 41:1). No dejó de ser oprimido, afligido, antes de ser traicionado, vendido, y finalmente se le dio muerte (Santiago 2:6 y 5:6). Como para subrayar más los crímenes de su pueblo, Jehová recuerda las maravillas que otrora había hecho a favor de él. Destruyó a sus formidables enemigos (v. 9); lo liberó de Egipto y lo condujo por el desierto (v. 10). ¡Hechos de poder y de amor que evocan su obra de salvación a favor de todos los hombres! Esta obra encuentra de parte de ellos una horrorosa ingratitud. ¿Qué respuesta le dio usted al amor del Salvador?

21 - Amós 3:1-15

Israel era una familia que Dios había escogido para él de entre todas las familias de la tierra. “Por tanto…” prosigue Jehová, para mostrar que esa elección acarreaba las más estrictas obligaciones.

Digámoslo una vez más: cuanto más estrecha es la relación, tanto mayor es la responsabilidad (léase Mateo 11:20-24). Una misma falta se apreciará de manera diferente si es cometida por un extraño, por un sirviente o por un hijo.

Dios se dispone a visitar a su pueblo mediante el juicio. Sin embargo, no se hará nada sin una advertencia. El rugido del león es la señal de alarma más eficaz para el rebaño. Amós, el pastor de Tecoa, lo sabe bien y procura arrancar al pueblo de su inconsciencia. “Proclamad… Oíd…” exclama él. Pero Dios va a emplear otra voz para sacudir el entorpecimiento y la dureza de Israel. Toda la profecía de Amós está llena de alusiones a un terremoto que iba a sobrevenir dos años más tarde (cap. 1:1; 2:1316; 3:14-15; 6:11; 9:1, 11 etc.) Nosotros, quienes por gracia formamos parte de la celestial familia de Dios, prestemos oído a todas las maneras en que nuestro Padre nos advierte.


22 - Amós 4:1-13

En otros tiempos, cuando Jehová enviaba sus plagas a Egipto, ponía a Israel a cubierto de ellas (Éxodo 8:22; 9:6-7 y 26; 10:23; 12:12-13). ¡Qué «cambio radical», también en el sentido moral! (v. 11). Aquí le vemos obligado a castigar a su propio pueblo tal como a Egipto (v. 10). Hambre, sequía, plagas, epidemias, terremoto: cinco calamidades se suceden con el fin de hablar a la conciencia de esta nación rebelde. ¡Ay! el triste refrán se repite cinco veces: “mas no os volvisteis a mí, dice Jehová” (v. 6, 8, 9, 10, 11). ¡No les arrojemos la piedra! Para con nosotros ¿no emplea el Señor la misma paciencia? Si a menudo recurre a medios que nos son penosos, siempre nos salva “como tizón escapado del fuego” (comp. Zacarías 3:2). ¿Nos hemos vuelto a él? Porque tarde o temprano será necesario encontrar a Dios. Si no es ahora en gracia, acudiendo al Señor con un corazón arrepentido, será él quien visitará al pecador en juicio (Lucas 12:58-59). “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios”.

Hoy en día, ¿cuál es para todo hombre la única manera de prepararse para ese solemne encuentro? Confesar sus pecados y aceptar el perdón que Jesús otorga gratuitamente. ¿Lo ha hecho cada uno de nosotros?

23 - Amós 5:1-13

“Id a Bet-el, y prevaricad” —invitaba irónicamente el capítulo 4:4— “aumentad en Gilgal la rebelión…” Pero ahora Dios suplica: “No busquéis a Bet-el, ni entréis en Gilgal…” “Buscadme, y viviréis… Buscad a Jehová, y vivid” (v. 4-6).

Para vivir, al hombre nada le vale tener una religión; necesita un Salvador. Jesús es el camino, la verdad, la vida; nadie viene al Padre sino por él (Juan 14:6). Reconozcamos la grandeza de Aquel que hizo y sostiene los mundos (Hebreos 1:2-3). En una noche clara, cuando descubrimos las Pléyades y el Orión, estas constelaciones confunden nuestra inteligencia. En vano nos esforzamos por apreciar su fantástico alejamiento. Pero el Hijo de Dios cumplió una obra mucho más maravillosa aun. Él cambió en mañana la sombra amenazadora de la muerte eterna que ya nos envolvía, la que fue sorbida en victoria en su resurrección (v. 8; 1 Corintios 15:54). Por cierto, las tinieblas siempre reinan en este mundo. La opresión y la injusticia son cosas corrientes. Pero el cristiano no es agobiado por ellas: aun “en tiempo malo” sabe dónde hallar a su Salvador. “Buscadle”, tal debería ser nuestra consigna cada vez que abrimos nuestra Biblia (Salmo 27:8).


24 - Amós 5:14-27

El bien se identifica con Dios (Salmo 4:6). “Buscad lo bueno… para que viváis” (v. 14) corresponde a: “Buscad a Jehová, y vivid” (v. 6). Sin embargo, para buscar el bien es necesario amarlo, lo mismo que se huirá del mal en la medida en que se tenga horror de él (v. 15; Romanos 12:9). Pero, dirá alguien, no siempre es fácil distinguir el bien del mal. Sin duda, y la moral humana poco nos ayudará, ya que sólo puede comparar al hombre con el hombre. El único guía seguro es la Palabra de nuestro Dios.

Como esas multitudes cristianas que repiten: “Venga tu reino” y convocan así el día de su juicio, algunos deseaban el día de Jehová… sin darse cuenta de que significaría su desdicha. Multiplicaban las formas religiosas: fiestas, ofrendas, solemnes asambleas, ¡imaginándose que así ocultaban a Dios su verdadero estado! “Quita de delante de mí… el estruendo de tus cánticos” (v. 23, V.M.) responde el Señor severamente… ¡Ay! cuántos cánticos y oraciones sólo son para Dios un vano ruido. No olvidemos que él reclama “la verdad en lo íntimo” (Salmo 51:6).

Esteban citará los versículos 25 a 27 a los principales de los judíos para hacerles tomar conciencia de la antigüedad y gravedad de su pecado (Hechos 7:42-43).


25 - Amós 6:1-14

Ya anteriormente Jehová había puesto el dedo sobre la dureza de corazón, la altivez, el egoísmo y el apego a las comodidades de su pueblo extraviado (cap. 2:6; 4:1; 5:11; comp. 1 Corintios 10:24; 1 Juan 3:17). La inteligencia de éste estaba dedicada a su propio recreo (v. 5). ¡Estado de cosas que también habla a nuestra conciencia! ¿Es honesto emplear para nuestro uso lo que el Señor nos confió para su servicio? Sin contar con que el camino de nuestras codicias nos conduce, espiritualmente hablando, a someternos a la servidumbre del enemigo (comp. v. 7). En fin, he aquí lo que va a la par de la prosperidad material y los gustos refinados: “No se afligen por el quebrantamiento de José” (v. 6).

Los contemporáneos de Amós ya no sufrían a causa de la división de Israel en dos reinos. Hoy la misma causa, a saber, la asidua persecución de nuestras comodidades y de nuestros intereses, produce el mismo efecto: una culpable indiferencia en cuanto al estado de ruina de la Iglesia y a la división de los cristianos.

El versículo 8 afirma que Dios aborrece la soberbia, raíz de todo pecado. Es de desear que el Señor nos enseñe a juzgarla en nosotros, así en sus más groseras manifestaciones como en las más sutiles. Recordemos que él resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6).


26 - Amós 7:1-17

En el capítulo 3:7 Jehová había prometido que no haría nada sin primeramente revelar su secreto a sus siervos los profetas. Informa, pues, a Amós de sus intenciones y, ante esa señal de confianza, el profeta responde, como Abraham en otros tiempos, con perseverante intercesión (Génesis 18:17 y 23).

Habla con la libertad de aquel que conoce íntimamente a su Dios: ¿No es tu castigo demasiado severo? No te olvides de que Jacob es pequeño (Dios mismo lo llama gusano en Isaías 41:14). Es justamente lo contrario de la jactancia del pobre pueblo que pretendía: “¿No hemos adquirido poder con nuestra fuerza?” (cap. 6:13).

Precisamente después de haber abogado de manera tan conmovedora por su pueblo, Amós es tratado de conspirador por uno de los jefes religiosos.

¡Cómo se parece a Jesús, a quien los sacerdotes acusaban ante Pilato: “A éste hemos hallado que pervierte a la nación…”! (Lucas 23:2).

Amós, lejos de enojarse o reivindicar el honor debido a un profeta, de buena gana reconoce su humilde origen. Su autoridad no procede de su nacimiento ni de su educación sino exclusivamente de un llamado divino (comp. Gálatas 1:1). Luego, de parte de Jehová, declara al impío sacerdote lo que le aguarda.


27 - Amós 8:1-14

La visión del canastillo de fruta (v. 1) debe dar a entender a Amós que Israel está maduro para el juicio. A diferencia de la noche de Pascua, el destructor ya no protegerá el pueblo pasando por encima de él, sino que Israel “será como en llanto de unigénito” (v.

10). El vano ruido de los cánticos (cap. 5:23) se convertirá en gemidos y las canciones en lamentos (v. 3 y 10). ¡Silencio! concluye el versículo 3, como para poner un término a ese inútil alboroto. De ahí en adelante toda boca se cierra ante el Señor. Y el fin del capítulo nos habla del silencio de Dios, el cual es el peor de los castigos.

Pocos pasajes son tan pavorosos como los versículos 11 y 12. Una vez que haya dejado de oírse la divina Palabra, tanto tiempo menospreciada, los hombres comprenderán el valor de ella. Entonces “irán errantes de mar a mar”, correrán aquí y allá en una indecible desesperación. ¡Y no la hallarán! (comp. 1 Samuel 28:6 y 15).

Queridos amigos, midamos nuestro privilegio: hoy la Palabra de Dios está todavía a nuestro alcance, “cerca de ti” —dice el apóstol— “en tu boca y en tu corazón” (Romanos 10:8). La Biblia nunca ha sido tan ampliamente difundida como en este tiempo. Lo que falta es más bien el hambre y la sed del alma para apropiarse de sus promesa e instrucciones.

¡Dios los despierte en cada uno de nosotros!

28 - Amós 9:1-15

“Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). Los capítulos precedentes nos mostraron lo que Israel había sembrado, de manera que la siniestra cosecha no debe sorprendernos. La última visión de Amós es, con mucho, la más terrible. Ve al Señor de pie sobre el altar, ordenando la matanza final.

Nadie escapará. La trastornada huida de los culpables nos recuerda el Salmo 139 (comp. v. 2 con Salmo 139:8). Pero ese salmo cuenta esencialmente la experiencia de un creyente que huye de la luz.

Aquí, al contrario, se trata de pecadores perseguidos con miras al juicio. Sin embargo, este último no constituye la conclusión del libro. A partir del versículo 8 aparece la gracia. De la criba por la cual pasó el pueblo fue echada toda la cascarilla, pero ningún grano se perdió (v. 9). A su debido tiempo Dios mostrará que guardó a sus elegidos. Los versículos 11 a 15 describen el restablecimiento y la bendición final. Entonces, todas las cosas serán sujetadas a Cristo.

Nosotros, como redimidos del Señor, no le encontraremos como Justiciero de pie sobre el altar según la visión de Amós. Le veremos coronado de gloria y de honra a la diestra de Dios (Hebreos 2:8-9). Y por la fe ya le contemplamos así.


29 - Abdías 1-11

La corta profecía de Abdías está enteramente consagrada a Edom. Este pueblo era el más encarnizado adversario de Israel, pese a ser su más cercano pariente. ¿No descendía de Esaú, hermano mellizo de Jacob? Ese vínculo de parentesco debió haber hablado a la conciencia de Edom. Jehová se lo recuerda: él violentó a su hermano (v. 10).

En su rocosa guarida del monte Seir, Edom vivía del bandolerismo. Al creerse a cubierto de toda represalia, nada igualaba su arrogancia. “De ahí te derribaré, dice Jehová” (v. 4). Tarde o temprano la soberbia humana choca con un veto del Todopoderoso en un espectacular derrumbamiento (2 Corintios 10:4-5). Brutal despertar de ese viejo sueño acariciado por el hombre en todo tiempo: alcanzar hasta el cielo (Babel: Génesis 11:4) y de ese modo hacerse igual a Dios (Filipenses 2:6). Bajo su forma moderna éste consiste en los colosales esfuerzos para explorar el cosmos y poner su nido “entre las estrellas”.

“De ahí te derribaré, dice Jehová”.

Queridos amigos, no nos dejemos encandilar por la grandeza humana ni por los éxitos de la ciencia o de la técnica. No olvidemos que este mundo está juzgado y que Dios le pedirá cuenta del lugar que le dio al Señor Jesús en la cruz.


30 - Abdías 12-21

“No debiste… no debiste… no debiste…” Siete veces la voz del divino Juez formula acusaciones cada vez más graves. Primero se trata de culpables miradas, de una mala alegría colmada por el sufrimiento y el desastre de otro. Las mismas desvergonzadas y cínicas miradas se posaron sobre Jesús crucificado. “Ellos me miran y me observan” (Salmo 22:17). Pero la malicia de Edom (y la de los enemigos de Jesús) también se tradujo en palabras y hechos. “Estiran la boca, menean la cabeza” (Salmo 22:7; comp. fin del v. 12). ¿Hay peor cobardía que la de insultar a alguien que se halla en la desdicha? Impelido por instintos saqueadores, Edom igualmente había aprovechado la calamidad de Israel para apoderarse de sus riquezas; sin piedad había exterminado a los que se escapaban.. Todos esos crímenes no quedarán impunes. El día de Jehová traerá el definitivo y completo desquite del “monte de Sion” contra el “monte de Esaú”. Mientras un remanente de las demás naciones viva feliz bajo el cetro del Mesías, Edom será borrado del mapa del reino milenario. ¡Qué solemne desaparición la de esa raza de Esaú, quien en otros tiempos había menospreciado la bendición!

31 - Jonás 1:1-16

A diferencia de otros profetas, Jonás nos enseña menos por medio de sus palabras que por su pasmosa historia. En otros tiempos había anunciado la restauración de la frontera de Israel, lo que era una buena nueva para su pueblo (2 Reyes 14:25). Helo aquí, ahora, encargado de una misión que le desagrada: proclamar el castigo de Nínive, la gran metrópoli pagana, tan culpable ante Dios. Jonás la esquiva y huye “de la presencia del Señor”. ¡Camino de propia voluntad! A un siervo de Dios no le cabe escoger ni su mensaje, ni su lugar de trabajo. ¿Cómo escapar a Aquel que todo lo ve y que dispone de los elementos para detener al desobediente? (Lucas 8:25). Notemos que Jonás no cesa de descender (v. 3, 5; cap. 2:3 y 6), primeramente por un camino placentero (significado de Jope), pero que lleva a la destrucción (significado de Tarsis). Y ahora, después de haber bajado al fondo de la nave, duerme durante la furiosa tempestad. Es necesario que el patrón de la nave lo arranque de su inconsciencia.

Ser llamado al orden por el mundo, ¿hay algo más humillante para un hijo de Dios? Proféticamente, este relato nos muestra a Israel, infiel a su misión, objeto del castigo de Dios, echado al mar de los pueblos para salvación de las naciones (representadas por los marineros; véase Romanos 11:11-15).


32 - Jonás 2:1-10

Todo lo que Dios dispone, manda o prepara, alcanza su propósito final (cap. 1:4; 2:1, 10; 4:6-8).

Ello es así para Jonás y Nínive, pero también para el Señor Jesús mismo. En la oración dolorosa y ferviente que se eleva de ese lugar de muerte (el vientre del pez), reconocemos la voz del supremo Afligido. (Comp. v. 2 con el Salmo 130:1: “De lo profundo, oh Señor, a ti clamo”; el v. 3 con el Salmo 42:7: “Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí”; y el v. 5 con el Salmo 69:1-2: “Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma”). Pero Jonás conoció la angustia como consecuencia de su desobediencia, en tanto que Cristo atravesó las sombrías aguas de la muerte a causa de nuestra desobediencia y para nuestra salvación. Su angustia ha sido nuestra liberación.

No vacilamos en decir que esos tres días han sido los mejores de la historia de Jonás. Nos enseñan que en toda circunstancia podemos invocar al Señor Jesús. Nuestra oración es oída y Él nos da la plena certeza de ello. “Él me oyó” (v. 2), anuncia el profeta cuando aún está en el vientre del pez.

El versículo 8 nos explica por qué, a menudo, gozamos tan poco de la gracia del Señor: volvemos nuestras miradas hacia las vanidades ilusorias de las cuales Satanás se sirve para distraer y extraviar a los hombres de este mundo. ¡Creyentes, no nos dejemos robar esa incomparable gracia de Dios! Es nuestra.


33 - Jonás 3:1-10

El pregón de Jonás a través de Nínive es, por decirlo con propiedad, la única profecía que hallamos en su libro. Y ni siquiera se cumplió, porque, al oír la predicación, los habitantes de la malvada ciudad, con el rey a la cabeza, temen a Dios, creen su Palabra y se arrepienten. Estos sentimientos, a su vez, suben hasta el cielo (v. 10; cap. 1:2). Dios perdona (véase Jeremías 18:7-8). Y los hombres de Nínive serán citados como ejemplo por Jesús a los judíos de su tiempo, cuando tienen en medio de ellos infinitamente “más que Jonás”. De hecho, cuánto más responsables eran estos últimos que los ninivitas paganos. El Hijo de Dios mismo se hallaba allí y había venido no “a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo” (Juan 12:47). Reconocerse pecador y aceptar a Jesús como Salvador es el único medio de escapar de la eterna condenación. El anuncio del juicio forma parte del Evangelio. “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” advierte la Sagrada Escritura (Hebreos 9:27).

Esta expresión “una sola vez” puede darse dentro de un instante para usted, lector inconverso. ¿Sabe usted si dispondrá aún de una prórroga de cuarenta días? (véase Lucas 12:20). “Por tanto, también vosotros estad preparados”, dice todavía el Señor Jesús (Mateo 24:44). Sí, ahora es el día de salvación.


34 - Jonás 4:1-11

El perdón otorgado a Nínive parecía contradecir y desautorizar la proclamación de Jonás. ¡Ay! la suerte de la ciudad tiene menos valor a sus ojos que su propia reputación. Olvida que acaba de ser él mismo un objeto de la gracia y no halla ningún gozo en ella, sino sólo en su propio bienestar (v. 6).

Jonás nos recuerda a Elías desalentado bajo su enebro (comp. v. 3 y 8 con 1 Reyes 19:4). Y como él, somos capaces de enojarnos por muy pequeñas cosas. A la menor calabacera —precario abrigo— que Dios nos quita, se levanta una tempestad en nuestro espíritu, pese a estar en cuestión la vida eterna de una multitud de seres humanos a nuestro alrededor.

En lugar de permanecer allí murmurando en su puesto de observación, ¿qué nuevo servicio se presentaba ante el profeta? ¿No era el de volver a Nínive —que había sido perdonada—, esta vez con un mensaje muy diferente: proclamar en ella el nombre de ese Dios al que conocía como “clemente... piadoso... y de grande misericordia...” y que acababa de confirmárselo de un modo tan brillante? ¡Excepcional ocasión... perdida! No perdamos por egoísmo y dureza de corazón las que el Señor pueda colocar hoy delante de cada uno de nosotros: “No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena nueva, y callamos... Vamos, pues, ahora...” (2 Reyes 7:9).


35 - Miqueas 1:1-16

Miqueas es contemporáneo de Isaías, Oseas y Amós. Como ellos, profetiza durante los reinados de Jotam, Acaz y Ezequías. La lamentable historia de Acaz, relatada en 2 Reyes 16, y la de los malos reyes de Israel justifican ampliamente las fuertes palabras que Jehová pronuncia aquí, tomando la tierra como testigo. Reivindica su santidad y proclama mediante sus juicios que no tiene nada en común con las iniquidades de Samaria y Jerusalén.

A partir del versículo 8 comprobamos cómo Miqueas toma a pechos el sufrimiento de su pueblo.

“No lo digáis en Gat…” suplica él (v. 10; 2 Samuel 1:18-20). Esta cita del cántico del Arco (V.M.) recuerda que los enemigos del Señor —aquí los filisteos— siempre están dispuestos a regocijarse a causa de las faltas del pueblo de Dios, hallando en ellas una fácil excusa para sus propios pecados. Por eso, cuando nos enteramos de algo enojoso respecto de otro creyente, tampoco lo contemos ligeramente. De ello resultaría deshonra para la Asamblea y, por ende, para el nombre del Señor.

Hasta el versículo 16 asistimos a la marcha triunfal del asirio, pueblo que Jehová emplea para ejercer su justicia. En esa oportunidad, el nombre de cada una de las ciudades invadidas tiene un trágico significado.


36 - Miqueas 2:1-13

El capítulo 21 del primer libro de Reyes nos cuenta cómo el impío Acab codició la heredad de Nabot, de la cual se apoderó con violencia y abuso de poder (véase Miqueas 6:16). Contra los que planean el mal (la iniquidad; v. 1), Jehová medita el mal (el castigo; v. 3). Pero, en contraste, subrayemos la pregunta del versículo 7: “¿No hacen mis palabras bien al que camina rectamente?” ¿Podemos contestar por experiencia: —Sí, Señor, tus palabras hacen bien; son el gozo de mi corazón? (Jeremías 15:16; Juan 6:68).

“No es éste el lugar de reposo” prosigue el profeta (v. 10). Y en efecto, el mundo es tan inquieto y febril que toda persona sincera debe convenir en que el verdadero reposo no existe en la tierra. Aquí Dios nos da la razón de ello: es a causa de la contaminación moral y espiritual. Así como Jesús no tuvo un lugar donde recostar la cabeza en un mundo arruinado por el pecado, tampoco sus redimidos pueden sentirse a gusto en medio de lo que deshonra a Dios.

En cuanto a usted, quien tal vez todavía no haya hecho la experiencia de que el mundo no puede dar la paz, sepa que existe un lugar de reposo para el alma cansada. ¿Dónde hallarlo? Junto a Jesús.

“Venid a mí” —invita el Salvador— “y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).


37 - Miqueas 3:1-12

El capítulo 2 ya mencionaba a los malos profetas.

¿Cómo se los distinguía? Procuraban hacer callar a los verdaderos siervos de Dios tales como Miqueas e Isaías. Adaptaban sus discursos a las codicias del pueblo para ganar su favor (comp. Romanos 16:18).

Halagaban las pasiones de sus oyentes (cap. 2:11) y adormecían las almas en una falsa confianza. Para colmo, además de la popularidad, sacaban dinero de ello (v. 11). Tenían una insaciable avidez y sus mentiras se vendían muy caro (v. 5; Isaías 56:11; Jeremías 6:13). Pero su tarea era tanto más fácil que el mundo, —de manera general y para cubrir sus malos hechos— sólo pide que se amontonen “maestros conforme a sus propias concupiscencias” (2 Timoteo 4:3). Veamos al rey Acab, ya tristemente citado en el comentario anterior: 400 profetas le engañaban para consentir su deseo; los escuchaba… mientras echaba en la cárcel a otro Miqueas, el único en decirle la verdad (1 Reyes 22; 2 Crónicas 18).

El siervo de Dios está “lleno de poder del Espíritu de Jehová” (estado que debería caracterizarnos a todos: v. 8; Efesios 5:18 fin). Advierte a los responsables del pueblo: los jefes y capitanes. Jeremías 26:17-19, citado en nuestro versículo 12, nos refiere cuál fue el saludable efecto de esta profecía.


38 - Miqueas 4:1-13

Cuando se ha demostrado la incapacidad del hombre, para Dios ha llegado el momento de manifestarse. Cuando se ha establecido que “no es éste el lugar de reposo”, Jehová puede hablarnos de su propio reposo. Hoy en día se despliegan muchos esfuerzos a favor de la paz. En el mejor de los casos son el resultado de una ilusión tan ingenua como generosa; en el peor, de una culpable confianza en el hombre, y siempre de la ignorancia de la Palabra de Dios. Por eso tales esfuerzos están finalmente destinados al fracaso. El mundo gozará de la paz sólo cuando Dios se la haya dado. ¿Y cuándo lo hará? No antes que hayan sido reconocidos sus derechos. Pero entonces, ¡qué cambio! Todos los ídolos serán barridos. La admiración por las obras del hombre dejará lugar a la gloria tributada a Dios. A un mismo impulso todos los pueblos le rendirán homenaje y buscarán junto a él la sabiduría y el conocimiento.

Creyentes, tenemos el privilegio de hacerlo desde ahora. “Subamos” a ese lugar en el cual el Señor prometió su presencia. Él “nos enseñará en sus caminos”, se agrega. ¡Qué pérdida resulta si descuidamos las reuniones en las que la Palabra es explicada y meditada! Pero no olvidemos lo que debe seguir a ello: “y andaremos por sus veredas” (v. 2; Santiago 1:22).


39 - Miqueas 5:1-15

Dios acaba de hablar del restablecimiento de Israel y de los acontecimientos bélicos que lo acompañarán (cap. 4). Ahora nombra a Aquel que será a la vez el dominador y el instrumento de la liberación. En Cristo, Dios cumplirá todos sus propósitos.

Aquel cuyos orígenes han sido “desde los días de la eternidad” debía nacer en Belén, pequeño pueblo de Judá (véase Mateo 2:3-6). Y él, el Juez de Israel, sería herido por su pueblo ciego y criminal (v. 1; Isaías 50:6). Entonces se comprende con qué sentimientos Dios puede anunciar su gloria al venir y declarar: “Ahora será engrandecido… éste será nuestra paz”. ¡Expresiones igualmente dulces para el corazón de cada redimido! Al mismo tiempo que habla del Señor Jesús, este capítulo lo hace: 1) de Israel, pues la liberación y la bendición del remanente están unidas con la majestad del nombre de Jehová; 2) del asirio, el enemigo del fin. Para su perdición, éste encontrará al Pastor de Jacob, cuya responsabilidad no sólo es la de apacentar su rebaño (v.

4), sino también la de asumir su defensa. Finalmente, el mal bajo todas sus formas será extirpado del país (v. 10-15). La limpieza operada por el rey Josías nos da una imagen de ello (2 Crónicas 34:3-7).


40 - Miqueas 6:1-16

Un nuevo llamado (1:2; 3:1) abre la tercera división del libro. Escuchemos bien lo que dice y lo que reclama el soberano Dios, a quien se le debe la obediencia universal. ¿Está satisfecho con formas religiosas? ¡De ninguna manera! “Él te ha declarado lo que es bueno y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (v. 8). Este programa no varió desde los días de Moisés (léase Deuteronomio 10:12). ¡Es sencillo y no tiene nada enaltecedor a los ojos de los hombres! Sin embargo, consiste en nada menos que andar “como es digno de Dios”. Él es luz: practiquemos lo recto; él es amor: ejercitemos la misericordia.

“¿En qué te he molestado? Responde contra mí” pregunta Jehová en el versículo 3 (comp. Isaías 43:22). ¡Punzante pregunta! Desde Egipto todos los caminos de Dios para con los suyos obedecieron a la gracia. ¿Faltó algo de parte de él a favor de ellos o de nosotros? No; hay que reconocerlo: la causa de nuestro relajamiento siempre está en nosotros, nunca en él.

“Prestad atención al castigo” recomienda finalmente Dios en el versículo 9. Sí, este castigo habla; tiene una voz para nuestra conciencia. ¡Sepamos prestarle atención! El Señor sólo quiere nuestra felicidad (Apocalipsis 3:19).


41 - Miqueas 7:1-20

“¡Ay de mí!” exclama el profeta, quien reconoce a la vez su propia miseria y la del pueblo. Si generalizamos, podemos ver aquí la amarga experiencia que el hombre hace consigo mismo. Descubre que en sí no hay recurso ni fruto (v. 1), que tampoco puede apoyarse en las autoridades ni en los grandes de aquí abajo (“el mejor de ellos es como el espino”; v. 4; Salmo 118: 9); finalmente, que también sus allegados le decepcionarán si confía en ellos. ¡Penosa pero necesaria experiencia! ¿La hemos hecho? ¿Estamos convencidos de que sólo Cristo es digno de nuestra plena confianza? “Ninguno hay recto entre los hombres” (v. 2). Pero lo que no hallamos ni en nosotros ni en los demás, lo hallamos en él (v. 7).

El Señor Jesús cita el versículo 6 para describir las consecuencias de su venida (Mateo 10:34-36).

Ella pone a cada uno a prueba y confirma que el que no está con él, contra él está (Lucas 11:23). ¿De qué lado estamos? Este libro termina enunciando las certezas y las promesas de la gracia. “Él… echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (v. 19). ¡Qué felicidad saber que nuestros pecados están sumergidos para siempre! A la verdad, Señor, “¿qué Dios como tú?” (v. 18).


42 - Nahum 1:1-15

Nahum parece ser, como Jonás, originario de Galilea1). Es prueba de que los judíos conocían mal sus propias Escrituras cuando afirmaban que “de Galilea nunca se ha levantado profeta” (Juan 7:52).

Otro punto común con Jonás: esta profecía concierne a Nínive. “Aquella gran ciudad”, perdonada en otros tiempos a causa de su arrepentimiento, había vuelto a su maldad. La obra que Dios había hecho en el corazón de los padres no se había renovado en el corazón de los hijos. Y ahora, después de más de un siglo de paciencia (en lugar de 40 días), ese Dios “tardo para la ira” (v. 3; Jonás 4:2) confirma su irrevocable juicio. ¡Qué contraste entre la manera en que Dios se revela a sus adversarios y aquella en que lo hace a los “que en él confían”! (v. 7). Cada uno de estos últimos es conocido personalmente por Él. El lector ¿forma parte de ellos? (2 Timoteo 2:19).

Al citar el versículo 15: “He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz” (comp. Isaías 52:7), la epístola a los Romanos (10:15) lo aplica a la buena nueva por excelencia, el Evangelio de la gracia. Nosotros, que nos desplazamos hoy con tanta facilidad, ¿sentimos en el corazón el deseo de propagar la verdad, de anunciar la salvación y la paz? Consideremos a Jesús haciendo a pie un largo y cansador viaje para encontrar a la samaritana junto al pozo de Sicar (Juan 4).

1) Elcos (Nahum 1:1) y Gat-hefer (2 Reyes 14:25) eran pueblos de Galilea.


43 - Nahum 2:1-13

Nínive, capital del reino de Asiria, parece haber sido fundada —poco tiempo después del diluvio— por Nimrod el rebelde (Génesis 10:8-12). Animada por el mismo espíritu que el de ese “vigoroso cazador delante de Jehová”, ella se complacía en cazar a las naciones como a una presa (v. 11 a 13). El libro de Dios que ha consignado su orgulloso comienzo “desde su origen” (v. 8, V.M.), ahora nos hace asistir a su súbito fin. Irónicamente se intima a Nínive a defenderse contra el “destruidor” (v. 1). Pero “si el Señor no guardare la ciudad, en vano vela la guardia” (Salmo 127:1). Se cuenta que en el transcurso del sitio, el río Tigris —cuyas aguas hasta entonces aislaban y protegían la ciudad— se hinchó debido a una repentina crecida y arrastró una parte de la muralla. Por esa brecha se introdujeron los implacables soldados enemigos que vemos invadir las calles y las casas con fines de asesinato y pillaje (v. 3, 4, 810).

“Nunca más se oirá la voz de tus mensajeros” concluye el versículo 13. Nos acordamos de ese Rabsaces, insolente portavoz que el rey de Asiria había mandado a Ezequías, rey de Judá (2 Reyes 18:1936). Sus amenazas nunca se cumplieron. Del mismo modo, para siempre pasará el mundo con su gloria, su arrogancia, sus menosprecios y sus blasfemias.


44 - Nahum 3:1-19

En tanto que la Historia de los hombres se complace en describir la grandeza asiria y permanece casi muda acerca de su derrumbe, la Palabra de Dios consagra un libro a ese día fatal. Lo repetimos, la Biblia no es un manual de Historia. Los acontecimientos relatados en ella lo son sólo en función de su relación con Israel y bajo su aspecto moral. Para los historiadores, Nínive, debilitada, cayó bajo los golpes de una coalición de sus vasallos. Para Dios, el infortunio la alcanzó porque era una ciudad sanguinaria, llena de mentira, de violencia y de rapiña (v.

1). Al cosechar lo que ha sembrado, va a conocer la suerte que ella misma había hecho soportar a Tebas (Egipto) medio siglo antes. “¿Quién se compadecerá de ella?” (v. 7). Así es el egoísmo del mundo. Los que no son golpeados directamente se acomodan con facilidad al desastre de los demás. “¿Dónde te buscaré consoladores?” agrega Nahum, cuyo nombre significa precisamente consolador. En cambio, el creyente fiel es consolado por medio de la profecía al enterarse de que, pese a las apariencias, Dios dirige los acontecimientos del mundo. Él hará que todas las cosas concurran a Su propia gloria y al bien de los que le aman (Romanos 8:28).

“Es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús” (2 Tesalonicenses 1:6-9).


45 - Habacuc 1:1-17

Este libro, que nos recuerda el de Jeremías, se presenta como un diálogo entre el profeta y su Dios.

En presencia de la creciente marea del mal, Habacuc, angustiado, derrama su corazón ante Jehová.

Jerusalén no está lejos de caer bajo los golpes del ejército caldeo. Una espantosa visión muestra de antemano al profeta esos rudos y crueles guerreros, instrumentos de Jehová para castigar a las naciones rebeldes. Entonces, ¡de qué estupefacción serán presa todos los pecadores incrédulos y despreocupados! (v. 5, citado en Hechos 13:41). ¡Pero el hombre de Dios también está consternado! ¿Cómo puede Jehová dar libre curso a tal despliegue de iniquidad? (Salmo 83; Apocalipsis 10:7 llama a esta pregunta el misterio de Dios). Incluso ¿cómo puede soportar verla? “Dios mío, Santo mío” exclama el profeta, consciente de sus relaciones con Aquel que es “muy limpio… de ojos par ver el mal”. Sí, ¡qué permanente ofensa es para él el espectáculo de esta tierra en la que la corrupción y la violencia se despliegan sin reservas! Las miradas de Dios en lo absoluto de su pureza sólo pudieron detenerse con satisfacción en un solo Hombre. Pero, por ese mimo motivo, se apartaron de él cuando fue hecho pecado por nosotros.


46 - Habacuc 2:1-20

En presencia de una prueba, cualquiera sea, hagamos como Habacuc: subamos sobre esa “fortaleza” (o torre; comp. Proverbios 18:10) que nos protege, nos mantiene apartados del tumulto y así nos permite considerar todo desde lo alto con la perspectiva de Dios mismo (Isaías 55:8-9).

El siervo de Dios recibe en ella la respuesta a su ansiedad: el justo —se le dice— “por su fe vivirá”.

Ésta es la llave de la presente situación. Alrededor de él nada cambió: los enemigos siguen allí y todas las formas de iniquidad continúan desplegándose.

Pero la fe del justo puede apoyarse en las certidumbres de la Palabra de su Dios. Cesan sus ansiosas preguntas. Él cree y sabe que esta misma tierra, hoy llena de la vanidad del hombre, pronto será “llena del conocimiento de la gloria de Jehová” (v.

14; Isaías 11:9). Se le enseña acerca de la suerte de los malvados, aunque su juicio todavía esté en suspenso (v. 6-20). Y fijémonos cómo los actos de los incrédulos contrastan con la justicia y la vida de la fe, esa fe necesaria tanto para ser salvo como para atravesar el mundo. Este versículo 4 está citado tres veces en las epístolas (Romanos 1:17; Gálatas 3:11; Hebreos 10:38). En ellas toma una capital importancia al establecer que la fe es el único medio para obtener la justicia y la vida eterna.


47 - Habacuc 3:1-19

Jehová impuso silencio a las voces de la tierra (cap. 2:20), pero el fiel puede hacer subir su oración ante él. Declara lo que vio (v. 3 y 7), y lo que oyó (v. 2 y 16). La visión de los enemigos caldeos se borró. En su lugar, el profeta contempla la majestad del Dios vengador. Acompañado de espantosas señales, ese Dios avanza para juzgar a las naciones y salvar a su pueblo (v. 12-13). Ante esa solemne aparición, ¿cuáles son los sentimientos del profeta? Primero el miedo; no lo oculta. Pero sabe que puede apelar a la misericordia de Jehová, aun en Su justa ira (v. 2; Salmo 78:38). Dios siempre oye los S.O.S. del alma.

¡Luego viene el gozo! Aunque falten las bendiciones materiales (v. 17), el hombre de Dios puede regocijarse, porque no halla ese gozo en las circunstancias sino en el Dios de su salvación (comp.

Filipenses 4:4). “El Señor es mi fortaleza… y en mis alturas me hace andar” (v. 19; Salmo 18:32-33). ¡El Señor nos otorgue la energía espiritual para trepar por esas alturas de donde la fe domina al mundo! Cercano está el juicio de éste; ya que nuestro tiempo se parece al de Habacuc, ¡deseemos por nuestra parte asemejarnos a ese hombre de Dios!

48 - Sofonías 1:1-18

Sofonías profetizó durante el reinado del fiel Josías. Entonces, ¿por qué su libro es tan severo? Porque sólo por obligación el pueblo había seguido el buen ejemplo de su rey (2 Crónicas 34:33). Una misma condenación amenaza: 1) a los idólatras; 2) a los que con doblez de corazón procuran servir a la vez a Jehová y a Milcom (Moloc); 3) a los que se apartan deliberadamente; 4) por fin, a la masa de indiferentes, los que no buscan a Jehová ni le consultan (v. 4-6). Esa misma clase de personas existen hoy en día y juntas corren al encuentro del mismo juicio. Porque si esas profecías tuvieron un cumplimiento parcial en el pasado, no olvidemos que el terrible “día grande de Jehová” está todavía por venir. Es evocado desde hace más de 2500 años por los profetas, confirmado por el Señor Jesús en los evangelios y finalmente por los apóstoles en las epístolas. Ya cercano en el tiempo de Sofonías, lo es todavía mucho más ahora (v.

14). Recordemos, pues, esas palabras “que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles”, y cuidémonos de olvidar “la promesa de su advenimiento” (2 Pedro 3:2-4).


49 - Sofonías 2:1-15

Al tratar esas profecías del futuro juicio de los malos, aparentemente pueden tener un interés secundario para los hijos de Dios. Lo que ellos esperan no es la crisis final de la que se habla aquí sino el retorno del Señor para arrebatar a su Iglesia (1 Tesalonicenses 5:4-9). Sin embargo, el anuncio de esa justa retribución del mal debe abrir nuestros ojos acerca del carácter del mundo, de manera que ello nos impulse a separarnos nítidamente de él (2 Pedro 3:10-12). Al no ver actualmente a Dios castigar la maldad de los hombres como se lo merecen, podríamos olvidar cuánto horror siente Dios por ella; por lo tanto, tales mensajes contribuyen a recordárnoslo. En su arrogancia y su insensato egoísmo, la divisa de Nínive es: “Yo, y no más” (v. 15).

También es la de Babilonia (Isaías 47:8). Pero escuchemos bien si, a veces, no es igualmente el murmullo de nuestro corazón. En contraste, el versículo 3 nos presenta a los mansos, a los que el Señor llama bienaventurados y que se le parecen (Mateo 5:5; 11:29). Proféticamente se trata del futuro remanente judío (fin del v. 9; cap. 3:13), invitado a buscar a Jehová para ser puesto a cubierto en el día de la ira. Además el nombre de Sofonías significa: «Al que Jehová oculta o protege».


50 - Sofonías 3:1-20

Después de haber castigado a las naciones, la mano de Jehová se extenderá sobre Jerusalén, la ciudad rebelde, corrupta y opresora. ¡Ay! los cuatro reproches que siguen en el versículo 2 hasta podrían ser dirigidos a los hijos de Dios que descuidan la Palabra (“no escuchó la voz, ni recibe la corrección”) o la oración (“no confió en Jehová, no se acercó a su Dios”).

Entonces se cumplirán las palabras del Señor Jesús: “el uno será tomado, y el otro será dejado” (Mateo 24:40). Los rebeldes, los soberbios y los altaneros serán quitados (v. 11) y Jehová dejará subsistir aquí abajo un pueblo afligido, humillado, el cual sólo confiará en Él (v. 12). Habrá regocijo para ese remanente (v. 14) y gozo más grande aún para el Señor, cuyos afectos serán satisfechos. “Descansará en su amor” (v. 17, V.M.) Este versículo se aplica al reinado de Cristo, pero desde ahora ¿no despierta un eco en el corazón de cada redimido? Sí, pensemos en su felicidad. Querido amigo creyente, el que lloró en la tierra ya conoce un pleno y entero gozo respecto de usted (Salmo 126:6). Después del terrible “trabajo de su alma” (Isaías 53:11, V.M.) gozará eternamente —y los suyos con él— del perfecto reposo del amor (v. 17; Jeremías 32:41).