Leer Gálatas en PDF

Leer Efesios en PDF

Leer Filipenses en PDF

Leer Colosenses en PDF


Gálatas 1:1-10
Gálatas 1:11-24
Gálatas 2:1-10
Gálatas 2:11-21
Gálatas 3:1-14
Gálatas 3:15-29
Gálatas 4:1-18
Gálatas 4:19-31
Gálatas 5:1-15
Gálatas 5:16-26
Gálatas 6:1-18
Efesios 1:1-14
Efesios 1:15-23
Efesios 2:1-10
Efesios 2:11-22

Efesios 3:1-12
Efesios 3:13-21
Efesios 4:1-12
Efesios 4:13-24
Efesios 4:25-32 a 5:1-2
Efesios 5:3-21
Efesios 5:22-33
Efesios 6:1-12
Efesios 6:13-24
Filipenses 1:1-18
Filipenses 1:19-30
Filipenses 2:1-11
Filipenses 2:12-30
Filipenses 3:1-11

Filipenses 3:12-21
Filipenses 4:1-9
Filipenses 4:10-23
Colosenses 1:1-11
Colosenses 1:12-23
Colosenses 1:24-29 a 2:1-5
Colosenses 2:6-19
Colosenses 2:20-23 a 3:1-7
Colosenses 3:8-17
Colosenses 3:18-25 a 4:1-6
Colosenses 4:7-18

1 - Gálatas 1:1-10

El apóstol Pablo dirigió a las iglesias de Galacia una epístola severa. No se trataba de un pecado moral como el de los corintios, sino un mal doctrinal de los más graves. Estos desdichados gálatas, engañados por falsos maestros, estaban abandonando la gracia, único medio de salvación, para volverse a una religión de obras. Pablo reafirma el carácter absoluto de la Verdad divina. Es una, es completa, es perfecta, porque la Verdad es Cristo mismo (Juan 14:6).

A veces se oyen espíritus fuertes que sostienen –en el fondo para justificar su incredulidad– que cada pueblo ha recibido su propia revelación, es decir, la religión que mejor se adapta a su carácter y civilización. ¡Nada más falso! Existe un único Evangelio, el que proclama que “nuestro Señor Jesucristo… se dio a sí mismo por nuestros pecados”. ¿Cuál es la consecuencia de ello? “Librarnos del presente siglo malo…”, prosigue el apóstol (v. 4).

El versículo 10 nos recuerda otra verdad capital: la preocupación por agradar a los hombres nos hace perder la calidad de siervos de Cristo. ¿Verdaderamente deseamos agradarle a él, y sólo a él? (1 Tesalonicenses 2:4).


2 - Gálatas 1:11-24

¡Qué dicha para nosotros poder depositar toda nuestra confianza en la Palabra de Dios! Si el Evangelio anunciado por Pablo hubiera sido “según hombre”, entonces los gálatas habrían tenido motivo para aceptar complementos o modificaciones.

Pero no había nada de eso. Y para atestiguar bien la fuente divina de su ministerio, el apóstol cuenta la extraordinaria manera en que le había sido confiado. Dios lo había apartado (v. 15), Dios había revelado a su Hijo en él, Dios incluso le había formado en Su escuela, sin maestros humanos, en el desierto de Arabia. Además, Cristo lo había llamado directamente desde el cielo (Hechos 9).

Por su conducta anterior a su viaje a Damasco, el apóstol Pablo nos enseña que se puede ser completamente enemigo de Dios pese a ser absolutamente sincero (Juan 16:2). Pero, ¡cuánto quería ahora esa Iglesia de Dios a la que, en otro tiempo, “perseguía sobremanera”! ¡Imitemos esa consagración al Señor y a los suyos, ese celo para predicar la fe! (v. 23).

Pero notemos que antes de pedirnos que hablemos a otros de su Hijo, Dios se agrada en “revelarlo” en nosotros (v. 16), y quiere producir en nuestro corazón el incomparable conocimiento de Cristo para que nuestro testimonio emane de él (2 Corintios 4:6).


3 - Gálatas 2:1-10

El relato que Pablo hace de las circunstancias de su apostolado completa lo que sabemos de él por medio del libro de los Hechos. El Señor había confiado a Pedro la predicación del Evangelio a los judíos, mas Pablo había sido elegido para predicar ese mismo Evangelio a las naciones (gentiles) (v.

8). Su encuentro con los demás apóstoles no podía, pues, anular un llamamiento recibido del Señor.

Pero sí, tomó tan a pecho la recomendación que ellos le hicieron de que se acordara de los pobres que esto llegó a ser, indirectamente, el motivo de su encarcelamiento en Jerusalén (Hechos 24:17). ¿Qué nos enseñan esas relaciones de los apóstoles entre sí? Que debemos estimar el servicio de los demás y velar para no excedernos en el nuestro, sino cumplirlo sin desfallecer y sin hacer “acepción de personas” (v. 6).

El libro de los Hechos confirma hasta qué punto los primeros cristianos de origen judío habían tenido dificultad para desligarse de los mandamientos: circuncisión y observancia de la ley. En Jerusalén había tenido lugar una conferencia para tratar esas cuestiones (Hechos 15). Pero Satanás no renuncia gustoso a un arma de la cual ya se ha valido con éxito. A su vez los gálatas, aunque no eran judíos, habían caído en esa trampa, y Pablo se esfuerza en mostrarles el terrible peligro que eso conlleva.


4 - Gálatas 2:11-21

¿En qué consistía la gravedad de aquel retorno a la ley? ¿Por qué Pablo lo toma tan a pecho hasta el punto que va a reprochar públicamente a Pedro su actitud equívoca? (v. 11-14). Porque el hecho de alentar a los creyentes a judaizar y a hacer obras quería decir que la obra de Jesús no era suficiente. Es lo que parecen pensar aún innumerables cristianos. Reconocen, en principio, el valor expiatorio del sacrificio de Cristo, pero al mismo tiempo fundamentan su salvación en sus propias obras y la práctica de la religión. «Hacen lo que pueden», como dice la expresión, y cuentan con Dios para el resto.

Les replicaremos con el versículo 16: “El hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo”. ¿Un medio tan simple? ¡Sí, pero proporcionado por una persona tan grande! Es “el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (v. 20). ¿Qué parte me corresponde en esta obra? La que puede tener un muerto, es decir, ninguna. Como estoy crucificado con Cristo, estoy liberado de la ley; “ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Amigo lector, a quien el Señor ama, ¿puede verdaderamente apropiarse de esas dichosas declaraciones?

5 - Gálatas 3:1-14

El plan general de la epístola puede delinearse así: capítulos 1 y 2: testimonio personal del apóstol Pablo; capítulos 3 y 4: doctrina de la salvación por la fe; capítulos 5 y 6: vida práctica del redimido bajo la gracia.

El corazón del apóstol estaba consternado; su celo por la verdad era duplicado por su entrañable amor hacia los pobres gálatas. ¿Qué espíritu de extravío pudo haberlos seducido hasta el punto de olvidar la gracia de Dios? ¡Por desdicha, muchos creyentes hoy en día se les parecen! Cristo crucificado les fue presentado (v. 1). Creyeron en él y mediante el Espíritu Santo recibieron la seguridad de la salvación. Pero no le han confiado la conducción de su vida cristiana. “Habiendo comenzado por el Espíritu”, acaban por la carne (v. 3). Y ¿piensa usted que Dios, después de habernos justificado, pueda contar con nosotros para acabar su obra? No, y por eso la misma fe que nos salva es también la que necesitamos para vivir (v. 11). La justa ley de Dios, en cambio, sólo podía hacernos morir, maldecirnos, pues éramos incapaces de cumplirla. Fue necesario que Cristo nos sustituyera bajo esa maldición de la ley. Él pagó el terrible precio para rescatarnos; llevó esa maldición cuando tomó en la cruz el castigo que nosotros merecíamos. ¡Por siempre sea bendecido!

6 - Gálatas 3:15-29

El apóstol Pablo explica por qué la ley no cambia en nada las promesas divinas. Éstas son anteriores a aquélla y Dios no se retracta. Y, sobre todo, han sido hechas a la simiente de Abraham, es decir, a Cristo (v. 16). Nada podría anular o contradecir lo que Dios garantiza a su Amado… y a los que le pertenecen. “Entonces, ¿para qué sirve la ley?” (v. 19).

Se la ha comparado a un espejo: la ley me muestra mi suciedad moral, pero es tan incapaz de quitármela como un espejo lo es de lavarme. Ésta no es su función. La ley sólo me convence de pecado y por eso mismo me lleva a Cristo (v. 24). Después de haber conseguido esto, ha acabado su papel, al igual que ocurre con el instructor que ha preparado a su alumno para ascender al grado superior. ¡Qué penosa escuela la de la ley! Me enseña que soy pecador pero no me vuelve justo; me revela que estoy muerto pero no tiene el poder para hacerme vivir; me hace ver que carezco de fuerza pero no me provee ninguna. Sin embargo todo lo que me falta lo encuentro entonces en Jesús.

El bautismo es la señal pública de que el redimido ha sido puesto aparte para Cristo por medio de Su muerte. Usted que ha sido bautizado, ¿es realmente un hijo “de Dios por la fe en Cristo”? ¿Está verdaderamente revestido de Cristo? (v. 2627). Llevar un uniforme al que no se tiene derecho es un fraude y un abuso de confianza.


7 - Gálatas 4:1-18

Dios había dado otra cosa además de la ley: promesas incondicionales. Éstas emanaban de su amor y de su gozo en bendecir tanto a las naciones como a los judíos. Menospreciar semejante don es despreciar su amor. Pretender, por ejemplo, pagar el regalo que uno recibe, es ofender al donante.

¡Cuánto se aflige el corazón de Dios al ver, en particular, a tantos cristianos que olvidan la libertad del Espíritu para sustituirla por pobres y fastidiosas prácticas! ¿Qué prueba esto? Que esos hijos de Dios conocen muy poco a su Padre celestial. Es comprensible que un inconverso se contente con “débiles y pobres rudimentos” porque no conoce nada mejor.

“Mas ahora” –dice el versículo 9– “conociendo a Dios” y siendo conocidos por él (1 Corintios 8:3), no nos dejemos sujetar por esas ataduras, ni toleremos nada que sea indigno de él. Confiemos plenamente en su amor.

En el versículo 12 el apóstol interrumpe su exposición para hablar al corazón de sus queridos gálatas. Les recuerda la benevolencia y abnegación de ellos hacia él. Desgraciadamente, los afectos que la ausencia entibia son débiles afectos. Las convicciones que menguan tan pronto como se va el siervo de Dios que fue utilizado para generarlos, son débiles convicciones. ¿Qué es de nuestro amor cristiano? ¿Qué es de nuestra fe?

8 - Gálatas 4:19-31

El apóstol Pablo estaba angustiado y perplejo.

¿Había sido vano su paciente trabajo? (v. 11). Se vio obligado a enseñar nuevamente a los gálatas los primeros rudimentos del Evangelio. Aprovechemos esta ocasión para volver a aprenderlos con ellos.

Pablo se lamenta por no poder enseñar de viva voz a sus hijos espirituales (v. 20), pero comprendemos la razón de ello: Dios quería darnos esta epístola.

Sin embargo, usted dirá que actualmente nosotros no corremos el riesgo de volver a colocarnos bajo la ley mosaica. ¡Decir esto es conocernos mal! Cada vez que nos complacemos en nuestra conducta, con la impresión de que Dios nos debe algo a cambio, no es ni más ni menos que legalismo. Cada vez que tomamos una resolución sin contar con el Señor, cada vez que nos comparamos con otros para nuestro provecho, manifestamos ese espíritu de propia justicia, enemigo declarado de la gracia (v. 29).

Para ilustrar esta enemistad, Pablo evoca a los dos hijos de Abraham: Isaac, hijo de la promesa, es el único que puede heredar. Ismael, hijo según la carne, nacido de Agar la esclava, no tiene ningún derecho a las riquezas y bendiciones paternas.

¿Pertenecemos todos a la Jerusalén de arriba? Junto con Abraham, Isaac y Jacob, ¿somos “coherederos de la misma promesa”: la Ciudad celestial? (v. 26; Hebreos 11:9-10 y 16).


9 - Gálatas 5:1-15

El hombre siempre ha considerado la libertad como el más valioso de los bienes. Pero, ¿dónde puede gozar de ella verdaderamente? Como un pobre esclavo de sus pasiones, nace y muere con cadenas remachadas a su corazón. Sólo Jesús puede liberarlo (v. 1; Juan 8:36). Entonces surge otra pregunta: ¿Qué uso hará de su libertad el redimido del Señor? ¿Volverá a ponerse deliberadamente bajo el riguroso yugo de la ley? Sería una actitud tan absurda como la de un presidiario que expresara el deseo de volver a la cárcel. Entonces, ¿usará su libertad “como ocasión para la carne”? (v. 13). Sería hacer el camino inverso al de los tesalonicenses, dejar de estar al servicio de Dios para volver a someterse a la tiranía de los ídolos de este mundo (véase 4:8-9; Lucas 11:24-26; 1 Tesalonicenses 1:9). No, esa libertad tan costosamente pagada por su Salvador en la cruz, el creyente debe usarla para servir a su prójimo. De ese modo, finalmente cumplirá la ley, ya que ésta se resume en una palabra (v. 14): amor. “El que ama al prójimo, ha cumplido la ley” (Romanos 13:8-9).

Cumple así también con el mandamiento del Señor Jesús, cuyo último y más precioso anhelo fue que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó (Juan 13:34; 15:12 y 17).


10 - Gálatas 5:16-26

En el capítulo 7 del evangelio según Mateo, el Señor explica cómo reconocer si una obra es de la carne o si proviene del Espíritu: “No puede el buen árbol dar malos frutos” (v. 16-20; Juan 3:6). Los de los versículos 19 a 21 del presente capítulo sólo pueden proceder del árbol malo: la carne. Y ella está en cada uno de nosotros con las mismas temibles posibilidades. Pero, si somos “de Cristo” (v. 24), en nosotros mora otro poder activo: el Espíritu Santo. Éste nos hace vivir y andar (v. 16, 25); se opone a la carne y nos conduce (v. 17-18); hace madurar su propio fruto, el cual es imposible que sea confundido con otro; precioso racimo cuyos nueve exquisitos “granos” enumera el versículo 22: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Pero un árbol puede permanecer estéril si toda su fuerza se malgasta en inútiles retoños que brotan de su pie. ¿Qué hace entonces el hortelano? Corta esos retoños para que la savia circule de nuevo en abundancia por las ramas injertadas. Ése es el alcance del versículo 24. “Los que son de Cristo” han crucificado la carne en el momento de su conversión. Por la fe han sometido a sentencia de muerte toda su naturaleza (el árbol silvestre ha sido cortado para ser injertado). De ahí en adelante tienen que juzgar las manifestaciones de su vieja naturaleza: pasiones y codicias. “Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (v. 25).


11 - Gálatas 6:1-18

Este capítulo nos enseña cómo obrar para con un hermano que ha caído, sin perder de vista nuestra propia responsabilidad (v. 1) ni olvidar nuestro deber para con los que son agobiados por sus cargas (v. 2), para con “los de la familia de la fe” y para con todos, haciéndoles bien (v. 10). Sembremos con miras a segar “a su tiempo”. Hay un principio muy evidente: el fruto tendrá inevitablemente la misma naturaleza que la semilla. Sólo un loco podría esperar recoger trigo allí donde sembró cardos. La carne siempre engendra corrupción, mientras que del Espíritu brota vida eterna (v. 8; 5:22; comparar con Oseas 8:7; 10:13). Así, pues, ahora es necesario elegir el modo de sembrar; más tarde todo pesar será vano.

El creyente fue declarado “muerto para la ley” (2:19) y muerto para la carne (5:24). Aquí se le considera muerto para el mundo y recíprocamente (v. 14). Desde entonces, el mundo no tiene más derechos sobre mí, así como yo tampoco los tengo para interesarme en él. Entre él y yo se levanta una infranqueable barrera: “la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, mi liberación y mi gloria. Por un lado hay “una nueva creación”, y por otro no hay “nada” que Dios pueda reconocer (v. 15). ¡Que podamos estar de acuerdo con él en los principios y en la práctica!

12 - Efesios 1:1-14

La epístola a los Efesios considera al creyente en su posición celestial. El cielo no sólo es la futura mansión para el hijo de Dios, pues desde ahora posee allá su morada en Cristo. A un cabeza de familia que trabaja fuera de su domicilio no se le ocurriría confundir éste con la fábrica o la oficina.

El estar ausente de su casa no le impide tener allí su hogar, en el que se hallan sus afectos, sus intereses, todo lo que posee. Tal es el cielo para el redimido: un hogar donde se encuentran su tesoro y su corazón (Lucas 12:34); porque allí está su Salvador. Cristo está en el cielo y nosotros estamos en Cristo. Este doble hecho nos asegura nuestro derecho a acceder a las altas y preciosas bendiciones que le pertenecen. Todo lo que concierne al Amado, igualmente concierne a los que son hechos aceptos en él (v. 6). Por eso el apóstol desarrolla el conjunto del propósito de Dios en Cristo –fuente de toda bendición– en esa larga frase (v. 3-14), que no admite ninguna supresión, pues todo está unido y ligado en el pensamiento de Dios. De igual modo, lo que Dios hace por nosotros es inseparable de lo que hace por Cristo, y debe contribuir finalmente a la “alabanza de su gloria” (v. 12) y a la “alabanza de la gloria de su gracia” (v. 6).


13 - Efesios 1:15-23

En su oración dirigida al “Dios de nuestro Señor Jesucristo” (v. 17), el apóstol intercede a favor de los santos para que sepan primeramente cuál es su posición (v. 18) y luego cuál es el poder que los introduce en ella (v. 19-20). «La plenitud de nuestra bendición surge del hecho de que somos bendecidos con Cristo. Asociados a la ruina con el primer Adán, ahora estamos asociados en gloria con el segundo hombre. Como tal, él nos hace participar de todo lo que posee, señal del perfecto amor cuya consecuencia es “la gloria” (Juan 17:22), “el gozo” (Juan 15:11), “la paz” (Juan 14:27) y el amor del Padre (Juan 17:26). No tomará posesión de la herencia sin los coherederos… Pablo no pide que los santos participen de estas cosas –pues ya les pertenecen– sino que gocen de ellas» (J.N. Darby). Y nótese que son los ojos de nuestro corazón los que deben captar esas gloriosas realidades. El amor es la verdadera llave de la inteligencia (Lucas 24:31). Al alumbrar nuestros afectos, el Espíritu nos hace contemplar a Cristo; resucitado y revestido de poder y majestad según el Salmo 8. Su cuerpo –la Iglesia– lo completa como hombre; él es “la cabeza” glorificada en el cielo; ella es “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”.


14 - Efesios 2:1-10

Los versículos 1 a 3 describen en pocas palabras nuestra trágica condición de otrora. Como “hijos de ira”, andábamos según el mundo, conforme a su príncipe y de acuerdo con nuestros culpables deseos. Pero Dios intervino (v. 4). “Su gran amor” superó semejante miseria: dio vida a los muertos espirituales, los resucitó y, más aun, los hizo sentar en su propio cielo, el mismo lugar donde Cristo está sentado (v. 6; 1:20). No hay posición intermedia: estar muerto en sus pecados o estar sentado en los lugares celestiales. ¿Cuál es la del lector? Los versículos 8 a 10 atestiguan, por un lado, la inutilidad de nuestras obras para la salvación y, por otro, el pleno valor de la obra de Dios: “Somos hechura suya”. Pero el hecho de estar sentados en los lugares celestiales, ¿nos exime de toda actividad en la tierra? ¡Al contrario! Siendo salvos por gracia, hemos sido creados de nuevo (4:24). Del mismo modo que una herramienta es hecha para un uso preciso, así fuimos creados para cumplir las buenas obras que ese Dios de bondad (v. 7) dispuso de antemano en nuestro camino (Salmos 100:3; 119:73). No es que él tenga necesidad de nuestro trabajo, sino que quiere nuestra consagración. Por tanto, no dejemos de pedirle cada mañana: “Señor, muéstrame lo que tú mismo has preparado hoy para mí y concédeme tu ayuda para cumplirlo” (Hebreos 13:21).


15 - Efesios 2:11-22

En comparación con el pueblo judío, el estado de las naciones era particularmente miserable. No tenían ningún derecho a las promesas hechas por Dios a Abraham y a sus descendientes (Romanos 9:4). Y nosotros formábamos parte de esos extraños.

Sí, recordemos (v. 11) aquel triste tiempo en que estábamos sin Cristo y, por consiguiente, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Así, todo lo que poseemos ahora en él nos parecerá mucho más precioso.

Tenemos más que un pacto con Dios: una paz gratuita (Romanos 5:1), garantizada por la presencia del Señor Jesús en el cielo. “Porque él es nuestra paz” (v. 14). Fue él quien la hizo (v. 15, al final) y pagó por ella todo el precio. Finalmente, fue él quien la anunció (v. 17). No quería que ningún otro la anunciara a sus queridos discípulos la tarde de su resurrección: “Paz a vosotros”, les dijo (Juan 20:21; Isaías 52:7); y luego agregó: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Nosotros, que hemos oído y creído ese venturoso Evangelio, somos responsables a la vez de darlo a conocer a otros.

El final del capítulo nos muestra a la Iglesia de Dios como un edificio en construcción (v. 20-22 compárese con Hechos 2:47) fundado sobre Cristo, la principal piedra del ángulo. Así, la Iglesia, o Asamblea de Dios, es ya en este mundo “morada de Dios en el Espíritu”.


16 - Efesios 3:1-12

Este capítulo constituye un paréntesis, como para resaltar el misterio –ahora revelado– que constituye su tema (v. 3, 9), el de Cristo y la Iglesia. La historia del hombre se divide en en períodos llamados “siglos” (1:21, 2:7), o a veces dispensaciones, economías (3:9), a lo largo de las cuales Dios se revela bajo cierto nombre a cierta clase de personas.

Durante la dispensación de la gracia, la nuestra, caracterizada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra, Dios se revela como Padre y llama a un pueblo celestial.

Si bien la sabiduría divina puede ser contemplada en la creación (Salmo 104:24; Proverbios 3:19), ¡cuánto más brilla en los inmutables consejos de Dios con miras a la gloria y al eterno gozo de su Hijo amado! Esa “multiforme sabiduría” se manifestó de un modo soberano y enteramente nuevo “por medio de la Iglesia”. Los ángeles la admiran; las naciones, hasta entonces sin esperanza, reciben esa buena nueva.

A Pablo, mediante un llamado especial, le fue confiada esa revelación cuya magnitud lo disminuye a sus propios ojos (v. 8). Estaba encargado de dar a conocer a todos las riquezas de la gracia (1:7; 2:7) y de la gloria divinas (1:18; 3:16). La promesa del Salmo 84:11: “Gracia y gloria dará Jehová”, fue cumplida en la cruz. Esos dones, maravillosos y gratuitos, son desde ahora nuestra parte. No existe un tesoro más grande que esas “inescrutables riquezas de Cristo”.


17 - Efesios 3:13-21

Esta nueva oración del apóstol está dirigida al “Padre de nuestro Señor Jesucristo” (v. 14; comparar con 1:16, 17). Que “Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (v. 20) cumpla el deseo del apóstol respecto a cada uno de nosotros.

Que nos otorgue comprender algo de su gloria, la cual es insondable y eterna. Pero, por maravillosas e infinitas que sean las perspectivas de esa gloria, no fijan ni retienen nuestros afectos. Por eso el apóstol agrega: “Y (de) conocer el amor de Cristo” (v.

19). Supongamos que de repente yo sea transportado a la corte de un soberano; sin duda quedaré deslumbrado y me sentiré desorientado. Pero si allí encuentro a mi mejor amigo y veo que él es el personaje principal de esa corte, pronto me sentiré feliz y a gusto. Lo mismo ocurre con la gloria: es la de Jesús, a quien amamos.

Al igual que el apóstol, pidamos que su Espíritu fortalezca nuestro “hombre interior”. Si Cristo habita en nosotros (v. 17), “toda la plenitud de Dios” nos llenará (v. 19; Colosenses 2:9-10), y con ella el poder, el amor, la fe y el entendimiento. Queridos amigos, el Padre nos ha preparado lugar en su casa (cap. 1 y 2). ¿Hemos dado lugar a Jesús en nuestro corazón?

18 - Efesios 4:1-12

“No he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Por tanto, mirad por vosotros…” (Hechos 20:27-28). Estas palabras de Pablo a los ancianos de la iglesia de Éfeso corresponden a las dos divisiones de la epístola a los Efesios. Del capítulo 1 al 3, el apóstol expone el maravilloso consejo divino.

Luego prosigue: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego…”, mostrando en los capítulos 4 a 6 el andar que corresponde a una vocación tan elevada (1 Tesalonicenses 2:12). Lo que debe caracterizarla, en primer lugar, es lo contrario de un espíritu de superioridad: la humildad con mansedumbre y la tolerancia hacia los demás en amor, en el vínculo de la paz. Así como hay una misma esperanza de nuestra vocación, hay un Espíritu que une los miembros de un Cuerpo (en cambio, los hombres han fundado numerosas iglesias y cada una cuenta sus miembros). Bajo la autoridad de un Señor nos es enseñada una fe cristiana y un bautismo confiere el nombre y la responsabilidad inherentes al cristiano (¡pero los hombres hablarán del bautismo de su religión!). Finalmente, un Dios y Padre, de quien todo y todos proceden, tiene sus derechos divinos sobre nosotros.

El Señor, como hombre glorificado, subió por encima de todos los cielos después de haber descendido a la muerte. Ahora distribuye a los suyos los múltiples dones de su gracia. ¿Nos sometemos a él?

19 - Efesios 4:13-24

La mayoría de los jóvenes sienten impaciencia por gozar de los privilegios de los adultos. En cambio, no les importa prolongar, a veces durante toda su vida, un estado espiritual infantil. Los versículos 13 a 16 describen el crecimiento armonioso de ese cuerpo de Cristo del que formamos parte. Ese crecimiento resulta del desarrollo individual de cada creyente. Sólo en Jesús el “varón perfecto” alcanza su completa estatura. Cristo en él es una “plenitud” (v. 13; 1 Juan 2:13). En cambio el niño, por falta de afianzamiento en la verdad, permanece receptivo a todos los errores. ¡Cuán peligroso es ese estado! Podemos comprobarlo al ver en qué tinieblas morales y espirituales está hundido el mundo por ignorar a Dios (v. 17-19). Nosotros, que hemos sido enseñados según la verdad que es en Jesús, mostremos, por medio de nuestra conducta, cómo hemos “aprendido... a Cristo” (v. 20). Nuestra doctrina, o mejor dicho, nuestra manera de vivir, es una Persona. Cristo se aprende. ¡Estudiémosle mucho y vivámosle! Así como una persona se cambia una prenda de ropa por otra, nos hemos despojado del viejo hombre y vestido del nuevo (v. 22-24). La vestimenta de alguien no pasa inadvertida. ¿Cuál es la nuestra a los ojos de los demás: la ropa manchada del viejo hombre o cierta semejanza moral con el Señor Jesús? (Hechos 4:13).


20 - Efesios 4:25-32 a 5:1-2

Es verdaderamente triste que Dios deba hacer, a personas sentadas en lugares celestiales, tan elementales recomendaciones como: no mientan… no hurten… no se embriaguen (5:18). Pero él sabe de qué son capaces nuestros pobres corazones carnales, y el diablo, que también lo sabe, no perderá ninguna de las oportunidades que le ofrezcamos (v. 27).

Notemos que cada exhortación está acompañada de un motivo particularmente elevado y conmovedor, relacionado con las tres Personas divinas.

1° El Espíritu Santo está en nosotros; cuidémonos de contristarlo (v. 30).

2° Somos los amados hijos de Dios, y nuestro Padre, quien es el Dios de amor, desea ver su semejanza en nosotros (5:1). El versículo 32 dice: “… perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Esto va más lejos que la oración enseñada a los discípulos judíos: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lucas 11:4).

3° Jesús mismo es nuestro Modelo (5:2; Juan 13:14). Nos enseñó el amor amándonos hasta la muerte (1 Juan 3:16). No obstante, jamás olvidemos que él se ofreció primeramente a Dios en perfecto sacrificio; en olor infinitamente fragante.


21 - Efesios 5:3-21

¡Cuidado con las palabras vanas y necias que pronunciemos o escuchemos! (v. 3-6). Así como antes éramos tinieblas, ahora somos “luz en el Señor”.

Entre las dos posiciones se halla nuestra conversión. A estos dos estados corresponden dos maneras de andar: la de antes (2:2; 4:17-19) y la que debe caracterizarnos ahora. Como hemos sido creados para buenas obras, andemos en ellas (2:10).

Ya que hemos sido llamados para participar desde ahora en la gloria de Cristo, andemos de un modo digno de esa vocación (4:1). Puesto que somos hijos del Dios de amor, andemos en amor (5:1-2). Si hemos sido transformados en “luz en el Señor”, andemos como hijos de luz (v. 8; comparar con Juan 11:10). En estos días peligrosos y malos, miremos dónde pisamos; andemos con cuidado (v. 15).

Todas estas encomendaciones, ¿son una penosa obligación? De ningún modo; y los versículos 19 y 20 muestran de qué manera el creyente traduce su felicidad y agradecimiento.

Meditemos frecuentemente en el versículo 16.

Desgraciadamente, cada uno de nosotros conoce el pesar de haber desaprovechado repetidas oportunidades para servir al Señor o para dar testimonio de él. Por lo menos, sepamos aprovechar las que se presenten. Y no perdamos la única y maravillosa ocasión de vivir el resto de nuestra corta vida terrenal para el Señor Jesucristo. Sólo él es digno de ello.


22 - Efesios 5:22-33

Desde el versículo 22 hasta el versículo 9 del capítulo 6, el apóstol introduce el cristianismo en el círculo familiar. La sumisión de una esposa a su marido actualmente es considerada, en nuestros países, como un principio anticuado. Pero si el amor de Cristo constituye la atmósfera de un hogar, el marido no exigirá nada que sea arbitrario, y la mujer, por su lado, reconocerá que todo lo que se le pide corresponde a la voluntad del Señor. De hecho, el amor dictará al marido su actitud. Y de nuevo es evocado el Modelo perfecto: Cristo en sus divinos afectos por su Iglesia. En los capítulos 1 (v.

23) y 4 vemos a la Iglesia como su Cuerpo y a él como la Cabeza. En el capítulo 2 nos es presentada como un edificio del cual él es la piedra angular.

Finalmente, en estos pasajes ella es su Esposa.

Como tal, recibió, recibe y recibirá las más excelentes demostraciones de su amor. Ayer, Cristo se entregó a sí mismo por la Iglesia (v. 2). Hoy, la colma de sus cuidados, la purifica, la alimenta y con ternura la prepara para el glorioso encuentro (v. 26, 29; 4:11 y siguientes). Mañana se la presentará a sí mismo, para su gozo, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino gloriosa, santa e irreprochable, porque entonces estará revestida de las mismas perfecciones de Cristo (v. 27).


23 - Efesios 6:1-12

No pensemos que esta epístola, que expone verdades tan elevadas y a veces abstractas, fue escrita sólo para los creyentes experimentados, los varones perfectos del capítulo 4:13. Aquí el apóstol se dirige directamente a los niños. Lo que les tiene que decir es muy sencillo: “Obedeced a vuestros padres”; considerad sus amonestaciones como si fuesen las del Señor. Esta disciplina, por penosa que pueda parecer a veces, corresponde a las instrucciones que los padres han recibido de Dios acerca de sus hijos (v. 4).

En cuanto a los esclavos y a los amos, lo que se les manda se aplica a todos los que tienen jefes (v.

5-8) o subordinados (v. 9). Nuestro trabajo nos dará todos los días la oportunidad de poner estos versículos en práctica, es decir, la de hacer “de corazón” la voluntad de Dios. Estamos continuamente ante sus ojos. Pero necesitamos fortaleza. ¿Dónde encontrarla? En el Señor (v. 10). Sólo él nos capacitará para enfrentar a los temibles enemigos invisibles: las potestades espirituales de satánica maldad que nos amenazan. Porque Cristo mismo está sentado “en lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío”, habiendo logrado sobre ellos la victoria de la cruz (1:20-22; Colosenses 2:15).


24 - Efesios 6:13-24

Para mantenerse firme frente a esos terribles enemigos “espirituales”, las armas del hombre son totalmente ineficaces. Sería lo mismo que luchar con los puños contra tanques o misiles (véase Job 41:1 y siguientes). Pero Dios pone a nuestra disposición su armadura (comparar con Romanos 13:12).

¿Cuáles son las piezas que la componen? La verdad como cinto: la fuerza que da la sumisión a la Palabra. Por medio de ella, Jesús triunfó en el desierto. La justicia como coraza: una conducta irreprochable, sin falta ante los hombres. El evangelio de paz como calzado: un andar activo en la paz a fin de preparar a las almas para recibir la verdad. La fe como escudo: una confianza total en lo que Dios es. La salvación como yelmo: la misma confianza en lo que Dios ha hecho. Así vestidos y protegidos, podremos contraatacar victoriosamente con la espada del Espíritu y la oración.

Sería demasiado tarde tratar de ponernos esa armadura completa en el momento de tener que combatir. Llevémosla “en todo tiempo” (v. 18), así estaremos seguros de tenerla puesta “en el día malo” (v. 13). Entre las oraciones, no descuidemos las que tienen que ver con la obra del Señor. El apóstol las solicitaba. Estaba seguro de hallar, en los efesios, un profundo interés por el Evangelio y por la Iglesia. ¡Que el Señor pueda verlo también en cada uno de nosotros!

25 - Filipenses 1:1-18

A esta epístola se la ha llamado el libro de la experiencia cristiana, la cual se resume en cuatro palabras: Cristo me es suficiente. Él es mi vida (cap. 1), mi modelo (cap. 2), mi meta (cap. 3), mi fuerza y mi gozo (cap. 4). Aquí Pablo no habla como apóstol ni como maestro, sino como un “siervo de Jesucristo”. ¿Cómo podría hacer valer un título más elevado que el que su Señor tomó? (2:7). Desde el fondo de la cárcel de Roma, Pablo escribe a sus amados filipenses, de los cuales conocemos a Lidia y al carcelero (Hechos 16). Su “entrañable amor” por ellos (v. 8) se traduce en oraciones. Nótese el eslabonamiento de las peticiones: amor, verdadero conocimiento, discernimiento espiritual, andar puro y recto y fruto que permanece (v. 9-11).

Luego los tranquiliza en cuanto a su encarcelamiento. Ese golpe que el enemigo pensaba asestar al Evangelio había contribuido a su progreso. La abierta oposición, calculada para desalentar a los testigos del Señor, generalmente tiene el efecto contrario: animarlos.

¿Cuál es la actitud del apóstol al enterarse de que, a veces, el Evangelio era anunciado en condiciones muy discutibles? No manifestó ninguna impaciencia ni crítica, como tampoco el deseo de asociarse a ello. Sólo expresó un sincero gozo al ver que la obra de Dios se efectuaba, cualesquiera fueran los instrumentos.


26 - Filipenses 1:19-30

El corazón del hombre fue creado de tal manera que no soporta permanecer vacío. Siente un hambre que el mundo, semejante a un vasto almacén, se esmera en satisfacer mediante una variedad de los más apetecibles productos. Pero por experiencia sabemos que por más atrayente que sea para nosotros un escaparate a la hora de comer, deja de tentarnos una vez saciados. Esta comparación un poco trivial nos ayuda a recordar algo: nada ejerce atracción alguna sobre un corazón lleno de Jesús. Esto ocurría con el apóstol: Cristo era su único objeto, su única razón de vivir. ¿Quién se atrevería a asumir este versículo 21? No obstante, el progreso del cristiano consiste en manifestar esto cada vez mejor. Cristo le bastaba a Pablo para vivir y para morir. Colocándose ante esa alternativa, no sabía qué escoger. Al morir, ganaba a Cristo, y al vivir servía a Cristo. El amor por los santos lo impulsaba más bien a quedarse.

La defensa del Evangelio, como todo combate, implica sufrimientos (1 Tesalonicenses 2:2, final).

Pero éstos son un don de la gracia del Señor, al igual que la salvación, un privilegio que él concede a los creyentes (v. 29). En vez de compadecernos de los cristianos perseguidos, ¿no deberíamos más bien tener el mismo celo? Por lo menos oremos por ellos.

Así tomaremos parte con ellos en el combate por la verdad.


27 - Filipenses 2:1-11

Para hallar el camino hacia todos los corazones, para “ganar” a un hermano y apaciguar una disensión, existe sólo un secreto: el renunciamiento a sí mismo. Podremos aprenderlo al contemplar y adorar a nuestro incomparable Modelo. Según sus propias palabras, “cualquiera que se enaltece, será humillado (por Dios); y el que se humilla, será enaltecido (por Dios)” (Lucas 14:11; 18:14). Dos historias exactamente opuestas se pueden resumir en esta frase: la del primer Adán, desobediente hasta la muerte, seguido por su descendencia ambiciosa y rebelde; y la de Cristo Jesús, quien por amor se despojó de su gloria divina, se humilló lo máximo haciéndose hombre y luego murió por nosotros en la cruz.

La forma de un hombre, la condición de un siervo y la muerte ignominiosa de un malhechor son las tres etapas de ese maravilloso sendero. Sí, con toda justicia, Dios tenía consigo mismo el compromiso de exaltarle hasta lo sumo y de honrarle con un nombre soberano. Bajo ese nombre de Jesús, tan glorioso y dulce a la vez, el cual tomó para obedecer, servir, sufrir y morir, será reconocido como Señor y recibirá el homenaje universal.

Amigo lector, ¿qué valor tiene ese Nombre para su corazón?

28 - Filipenses 2:12-30

Como modelo de obediencia (v. 8), el Señor tiene el derecho de exigir la nuestra en todo “sin murmuraciones y contiendas” (v. 14). La ausencia del apóstol no eximía a los filipenses de la obediencia (v. 12). Al contrario, ya que él no estaba más con ellos, debían velar por sí mismos para no malograr su carrera cristiana. Del mismo modo un joven creyente, cuando abandona el techo paterno, no por esa razón deja de estar sujeto al Señor, sino que es responsable de su propio andar. Los luminares o estrellas son objetos celestes que brillan en la noche y permiten a los hombres orientarse. Tales son los cristianos en la noche de este mundo.

La palabra griega traducida por “ocupaos en” tiene el sentido preciso de cultivar. Implica, pues, una paciente sucesión de operaciones, tales como arrancar malas hierbas (pensamientos impuros, prácticas deshonestas, mentiras, etc.). Esta tarea no podemos efectuarla con nuestras propias fuerzas (v.

13). Incluso el querer, el deseo, es producido en nosotros por el Señor. ¡Qué hermoso testimonio resulta de ello! (v. 14-16).

Veamos en este capítulo los diferentes ejemplos de abnegación, comenzando por el más elevado, el de Cristo, luego el de Pablo asociado con los filipenses (v. 16-17), el de Timoteo (v. 20) y el de Epafrodito (v. 25-26, 30). En cambio, cuán triste resuena el versículo 21. ¿A quién deseamos parecernos?

29 - Filipenses 3:1-11

Además de hombres de Dios como Timoteo y Epafrodito, quienes debían ser recibidos y tenidos en cuenta, también existían “malos obreros” de los que era necesario cuidarse. Predicaban esa religión de las obras que confía en la capacidad humana y se alimenta de la consideración de los hombres. Pero si alguien poseía títulos humanos que podía hacer valer, ése era precisamente Pablo, judío que pertenecía al círculo más elevado, sumamente respetuoso de la doctrina hebrea y celoso en cuanto a la ley… Él hizo una lista de todas esas ventajas como en un gran libro de contabilidad. Luego trazó debajo una línea y escribió: Pérdida. Así como basta que el sol se levante para hacer palidecer a todas las estrellas, un único nombre, el de Cristo glorificado, eclipsó desde entonces todas las pobres vanidades terrenales de su corazón; no sólo las estimó sin valor, sino ruinosas. ¡Y no resulta un gran sacrificio renunciar a lo que es basura! Que el Señor nos enseñe a despojarnos con gozo –como Bartimeo que arrojó su capa– de todo aquello con lo cual todavía pretendemos hacernos una reputación y una justicia. A ese precio podremos “conocerle” y seguirle en su camino de renunciamiento, de sufrimientos, de muerte, pero también de resurrección (Mateo 16:21, 24).


30 - Filipenses 3:12-21

En general, los hombres que realizan algo importante en la tierra son aquellos en quienes palpita una única pasión. Ya se trate de conquistar los polos, de obtener un premio Nobel o de combatir a un invasor, siempre se hallan hombres de acción prontos a sacrificarlo todo por un gran designio. Así era Pablo desde que Cristo lo había cautivado (comparar con Jeremías 20:7). Sabía que estaba comprometido en la carrera cristiana y, como perfecto atleta, seguía esforzándose sin mirar atrás, pensando sólo en el premio final (leer 2 Timoteo 4:7). Además, se ofrece para servirnos de entrenador y nos invita a seguirle en sus mismos pasos (v. 17). Como él, olvidemos las cosas que quedan atrás: nuestros éxitos, motivo de vanagloria; nuestros fracasos, causa de desaliento. En cambio, esforcémonos para alcanzar la meta, porque esa carrera con obstáculos no es, por cierto, un paseo. Es cosa seria, y lo que está en juego es muy importante.

Tener sus pensamientos en cosas terrenales, ¡qué inconsecuencia para aquel que tiene su “ciudadanía” en los cielos! (v. 20). ¿De qué hablan dos compatriotas que se encuentran en el extranjero? ¡De su país! Siempre tendremos un mismo sentir (v. 15) si, entre creyentes, hablamos de los gozos de la ciudad celestial.


31 - Filipenses 4:1-9

“Regocijaos en el Señor”, insiste el apóstol. No obstante, no le faltaban motivos para derramar lágrimas (3:18). Una infeliz discordia oponía a dos hermanas: Evodia y Síntique, lo cual alteraba a la iglesia. Pablo exhortó –o más bien suplicó– a cada una de ellas personalmente ¡que aprendieran –y nosotros también– la gran lección del capítulo 2:2! (comparar con Proverbios 13:10). ¿Es nuestra gentileza conocida por nuestros hermanos, hermanas y compañeros? Cuántas querellas y preocupaciones cesarían si tuviéramos conciencia de que el retorno del Señor es inminente. Por medio de la oración, descarguemos nuestros corazones de todo lo que los atormenta. ¿Serán inmediatamente satisfechos? No necesariamente, pero Dios podrá verter en ellos su perfecta paz (v. 7). ¿Cómo evitar los malos pensamientos? Cultivando los buenos. Utilicemos el versículo 8 como una zaranda: lo que ocupa mi espíritu en este momento, ¿es verdadero, justo, puro, amable, edificante...? Pensamientos filtrados y depurados podrán traducirse sólo en hechos de la misma naturaleza (v. 9). ¿Y cuál será la consecuencia de ello? No sólo la paz de Dios, sino que “el Dios de paz”, en persona, morará con nosotros (Juan 14:23).


32 - Filipenses 4:10-23

Sin duda, Pablo recordaba su primera visita a Filipos, la cárcel y los cánticos que allí entonaba con Silas (Hechos 16:24-25). Aunque otra vez estaba prisionero, nada podía quitarle su gozo, porque nada podía quitarle a Cristo. Lo mismo ocurría con su fortaleza: “Todo lo puedo” –dice, pese a sus cadenas– “en Cristo que me fortalece” (comparar con 2 Corintios 6:10). Como él, aprendamos a estar contentos, cualesquiera sean las circunstancias: éxitos o dificultades, salud o enfermedad, buen o mal tiempo… estemos siempre contentos con el Señor.

Aunque muy pobres, los filipenses, por mano de Epafrodito, acababan de mandar una nueva ayuda al apóstol (leer 2 Corintios 8:1-5). Éste les afirma, según su propia experiencia: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta”, pero no dice suplirá todas vuestras codicias. Compromete la responsabilidad de su Dios, como si endosara un cheque en blanco, sabiendo que dispone, para él y sus amigos, de un crédito ilimitado: nada menos que “sus riquezas en gloria” (v. 19; Efesios 3:16). Que Dios nos dé la aptitud correcta para experimentar el secreto del bienaventurado apóstol: la plena suficiencia del Señor Jesucristo hasta que por fin se cumpla el anhelo expresado en el Salmo 17:15: “Veré tu rostro… estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”.


33 - Colosenses 1:1-11

Esta carta se dirige a una iglesia que Pablo nunca había visitado (2:1). Colosas parece haber recibido el Evangelio por medio de Epafras, siervo de Dios al que aquí (v. 7-8) y en el capítulo 4:12-13 se da un notable testimonio. Según su costumbre, el apóstol destaca primeramente todo lo bueno que se distingue en los creyentes a quienes escribe.

Inspirémonos en su ejemplo. La fe, la esperanza y el amor eran el triple y completo fruto producido por el Evangelio en Colosas (v. 4-5). Pero lo que alimenta a la fe, sostiene a la esperanza y renueva el amor es el conocimiento de Dios (v. 10). Por eso en su oración el apóstol pidió que los colosenses fuesen llenos de ese conocimiento. Era menester que su andar –y el nuestro– obedeciera a un doble motivo: frente a los demás, mostrarnos dignos de Aquel a quien confesamos pertenecer; y sobre todo frente al Señor, si le amamos, buscar agradarle en todo.

Veamos finalmente en el versículo 11 para qué se requiere toda la fortaleza del Señor. No para tal o cual combate espectacular, ni aun para anunciar el Evangelio, sino simplemente para tener la paciencia y la longanimidad… con gozo. Son victorias que tenemos la oportunidad de lograr todos los días.


34 - Colosenses 1:12-23

El verdadero cristianismo no es una religión o un conjunto de verdades a las que se adhiere, sino el conocimiento experimental de Alguien. El cristianismo es Cristo conocido y vivido. Hemos sido puestos en relación con una persona incomparable: el amado Hijo del Padre. Dios el Padre nos hizo aptos para participar de la herencia en luz, nos dio un lugar en el reino, la redención o perdón de pecados, la paz que Cristo hizo mediante su propia sangre (v. 20). Pero lo que determina la grandeza de semejante obra es la grandeza de Aquel que la efectuó. Y el apóstol enumera las glorias más importantes de ese Amado: lo que es, lo que llegó a ser y lo que ha hecho de nosotros. Afirma su doble primacía: sobre el universo creado y sobre la Iglesia, e igualmente su doble título de Primogénito de toda la creación, es decir, de heredero universal, y de Primogénito de entre los muertos. Por medio de él, la vida salió de la nada como creación y de la tumba como redención. Él es el Creador de todas las cosas en los cielos y en la tierra (v. 16). Él es el Reconciliador de todas las cosas en la tierra y en los cielos (v. 20). Finalmente, él es el Dominador, quien debe tener la preeminencia en todas las cosas: en los cielos, en la tierra y en nuestro corazón (v.

18).


35 - Colosenses 1:24-29 a 2:1-5

Pablo, ministro del Evangelio (v. 23 final), lo era también de la Iglesia (v. 25). A costa de muchos sufrimientos, trabajaba y combatía por ella (v. 2829). Anunciaba los divinos misterios, escondidos “de los sabios y de los entendidos” pero revelados incluso al más joven creyente (v. 26; 2:2 final; comparar con Efesios 3).

En esta ocasión, notemos las numerosas semejanzas entre la epístola remitida a los colosenses y la escrita a los efesios. Pero, mientras que esta última muestra al creyente sentado en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 2:6), la epístola a los Colosenses lo considera en la tierra, teniendo a Cristo en él: la esperanza de gloria (v. 27). ¡Maravilloso pensamiento! Él, en quien “agradó al Padre que habitase toda plenitud”, habita ahora en el corazón de los suyos. Comprendemos que antes de mencionar las “palabras persuasivas” (v. 4) y los ensueños del espíritu humano, el apóstol empiece por presentar las excelentes realidades cristianas como para hacer notar el contraste. Sí, en Cristo tenemos verdaderamente “todas las riquezas de pleno entendimiento” y “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (v. 2-3). ¿Qué podríamos buscar fuera de él?

36 - Colosenses 2:6-19

Ocuparse en las glorias del Señor Jesús es el medio para ser “arraigados y sobreedificados en él” (v. 7). Las raíces de un árbol le aseguran alimento y estabilidad a la vez (Proverbios 12:3). Si el cristiano no está fundado y firme en la fe (1:23), corre el riesgo de ser removido o aun llevado “de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14; comparar con Mateo 13:21). Precisamente, en Colosas soplaban vientos peligrosos: la filosofía, la tradición (v. 8), el culto a los ángeles (v. 18), los mandamientos religiosos (v. 21), en una palabra, todo lo que el versículo 8 llama huecas sutilezas. Con no menos imaginación, actualmente se inventan doctrinas y teorías. Temamos prestar oídos a toda enseñanza que se aparte de la Palabra de Dios. El enemigo de nuestras almas, mediante los agentes que emplea, quiere seducirnos (v. 4), engañarnos (o despojarnos), hacernos su presa (v. 8) y privarnos del premio del combate (v. 18). Mas la gran batalla ha sido librada y la victoria ha sido lograda por Otro. La cruz, donde por un momento Satanás creyó triunfar, señaló su derrota total y pública (v. 15). Él mismo fue despojado de su armadura y de sus bienes (leer Lucas 11:21-22). No toleremos que nos despojen o, más bien, que despojen al Señor Jesús de aquello que le pertenece.


37 - Colosenses 2:20-23 a 3:1-7

Lo que debemos hacer o dejar de hacer procede de lo que somos. Nuestra doble posición acaba de ser señalada en los versículos 12 y 13.

1) Hemos muerto con Cristo (v. 20), así que hemos muerto en cuanto a los rudimentos del mundo. No podemos tomar más, como regla de vida, los principios que rigen a este mundo con sus pretensiones morales o religiosas, y su medida del bien y del mal, frecuentemente equivocada.

2) Hemos “resucitado con Cristo” (3:1). Como ciudadanos de los cielos, pensemos en las cosas de arriba y apliquemos los principios de lo alto a nuestras circunstancias más comunes.

Sí, “habéis muerto”, confirma el versículo 3, y la imperecedera vida –que es la nuestra ahora– “está escondida con Cristo en Dios”. “Por esto el mundo no nos conoce” –es decir, no puede comprendernos– “porque no le conoció a él” (1 Juan 3:1). Pero cuando Cristo sea manifestado, entonces todos sabrán cuál era nuestro secreto.

Aunque nuestra vida está en el cielo, en la tierra nos quedan peligrosos “miembros” morales, dicho de otro modo: nuestras codicias. Apliquemos la muerte a todas esas culpables manifestaciones del viejo hombre. A causa de ellas, “la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. También a causa de ellas, esa ira cayó sobre nuestro perfecto Sustituto.


38 - Colosenses 3:8-17

Los tristes harapos del viejo hombre son señalados en los versículos 8 y 9: ira, malicia, blasfemia… Tengamos vergüenza de presentarnos así. En cambio, vistámonos el luminoso vestido del nuevo hombre, cuyo perfecto modelo es Cristo (v. 10). Estos son sus adornos: misericordia, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón… Sobre todo recubrámonos de amor, que es la naturaleza misma de ese nuevo hombre. Ese amor nos dará a conocer como discípulos de Jesús (Juan 13:35).

Nuestro estado interior no es menos esencial.

En nosotros deben morar: Cristo, quien lo es todo (v. 11, al final), su paz (v. 15) y su Palabra (v. 16).

El solo hecho de tener la Biblia en casa o sobre la mesilla de noche no nos hará el menor bien. El alimento más completo no hace su efecto mientras permanezca en el plato. Es menester que la Palabra more en nosotros abundantemente (Romanos 10:8). Otro medio en el que pensamos poco para ser enseñados y edificados es el de los “cánticos espirituales” que cantamos a Dios en nuestros corazones (Salmo 119:54). No privemos de esta alabanza a Dios, ni nos privemos nosotros de esta edificación.

Finalmente, una doble pregunta nos servirá para probar la calidad de cada una de nuestras palabras o acciones: ¿Puedo decir o hacer esto en el nombre del Señor Jesús? ¿Puedo dar gracias a Dios Padre por esto?

39 - Colosenses 3:18-25 a 4:1-6

Los versículos 10-11 del capítulo 3, así como el pasaje de Gálatas 3:27-28, anulan toda diferencia entre los seres humanos para mantener sólo la distinción fundamental entre el viejo y el nuevo hombre. Pero aquí el creyente, en quien coexisten estas dos naturalezas, es considerado en su relación con los demás y con el Señor. A diferencia del resto de la epístola, cuyo punto central es Cristo (nuestra vida), aquí él es llamado “el Señor”, para subrayar sus derechos y autoridad. Padres, hijos, mujeres, maridos, empleados o amos, cada uno en su lugar y desde su condición, sirve a “Cristo el Señor”. Y frente a “los de afuera”, ¿cuál debe ser nuestra actitud? Primero, un sabio andar que ilustre la verdad. Luego, un lenguaje lleno de gracia y de firmeza, adaptado a las oportunidades y al estado de cada cual. Por último, las oraciones (v. 3). Pablo las solicitaba incluso para sí mismo. Notemos que no era la puerta de la cárcel la que él quería que se abriese, sino la del Evangelio.

Los versículos mencionados arriba coinciden con la porción comprendida entre el capítulo 5:22 y el capítulo 6:9 de la epístola a los Efesios. En estos dos pasajes es muy hermoso ver de qué manera la divina doctrina entra en todos los detalles de la vida y esparce el perfume de su perfección sobre todos los deberes y todas las relaciones.


40 - Colosenses 4:7-18

Pablo, prisionero en Roma, se sirvió del mismo fiel mensajero, Tíquico, para llevar sendas cartas a los efesios y a los colosenses (Efesios 6:21-22). Otros hermanos y siervos de Dios participaban de sus trabajos y ejercicios de corazón: Epafras, quien después de haber hablado del Señor a los colosenses (1:7), hablaba de ellos al Señor (v. 12); Onésimo, Aristarco, Marcos, Lucas… y también Demas, en un principio íntimamente asociado a la obra, pero aquí solamente nombrado. Uno puede imaginarse la sorpresa de Arquipo al oír su nombre en la carta leída ante la iglesia. ¿Cuál era ese servicio particular que había recibido del Señor? Bastaba que él lo supiera.

Y si el Espíritu de Dios no lo ha determinado, bien puede ser para que cada creyente coloque su nombre en lugar del de Arquipo.

Esta carta debía transmitirse luego a la iglesia de Laodicea. Sin embargo, el trágico estado de esa iglesia descrito en Apocalipsis 3:17, muestra que no sacó ningún provecho de esta carta (v. 16). Permaneció pobre por haber acumulado otras riquezas que no eran “las riquezas de la gloria” (1:27) y otros tesoros distintos de “los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (2:2-3). Permaneció desnuda por no haber sabido revestirse del nuevo hombre (3:10, 12, 14). ¡Tengamos en cuenta las advertencias de su Palabra y que ella habite en nosotros “en abundancia”! (3:16).