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Esdras 1:1-11
Esdras 2:1-2 y 59-70
Esdras 3:1-13
Esdras 4:1-16
Esdras 4:17-24 y 5:1-5
Esdras 5: 6-17
Esdras 6:1-12
Esdras 6:13-22
Esdras 7:1-18
Esdras 7:19-28
Esdras 8:1 y 15-30
Esdras 8:31-36 y 9:1-4
Esdras 9:5-15
Esdras 10:1-19
Nehemías 1:1-11
Nehemías 2:1-8
Nehemías 2:9-20

Nehemías 3:1-15
Nehemías 3:16-32
Nehemías 4:1-14
Nehemías 4:15-23 a 5:1-5
Nehemías 5:6-19
Nehemías 6:1-14
Nehemías 6:15-19 a 7:1-7
Nehemías 7:61-73
Nehemías 8:1-12
Nehemías 8:13-18 a 9:1-4
Nehemías 9:5-15
Nehemías 9:16-27
Nehemías 9:28-38
Nehemías 10:28-39
Nehemías 11:1-2 a 12:22-30
Nehemías 12:31-47

Nehemías 13:1-14
Nehemías 13:15-31
Ester 1:1-9
Ester 1:10-22
Ester 2:1-11
Ester 2:12-23
Ester 3:1-15
Ester 4:1-17
Ester 5:1-14
Ester 6:1-14
Ester 7:1-10
Ester 8:1-14
Ester 8:15-17 a 9:1-10
Ester 9:11-22
Ester 9:23-32 a 10:1-3

1 - Esdras 1:1-11

Por medio de Jeremías, de antemano Jehová había fijado en 70 años la duración del cautiverio en Babilonia. Aquellos que, como Daniel, escudriñaban las Escrituras, habían tenido, pues, la posibilidad de conocer el próximo fin de aquella situación (Daniel 9:2). Los 70 años se cuentan desde el primer año de Nabucodonosor, el responsable de la transportación, hasta el primero de Ciro, quien le puso fin (Jeremías 25:1 y 11). Unos dos siglos antes Jehová ya había designado a ese último rey por su nombre (Isaías 44:28 y 45:1). Sin duda alguna, Ciro tuvo conocimiento de esa profecía porque era consciente de ser el instrumento escogido por Dios para el restablecimiento de su culto.

Al mismo tiempo Jehová “despertó” el espíritu de un cierto número de judíos cautivos (Esdras 1:5), de los que llorando se acordaban de Jerusalén y que la habían puesto “como preferente asunto de su alegría” (véase Salmo 137:1 y 5-6). Amigos creyentes, también nosotros estamos “en tierra de extraños”.

¿Aspiramos a los gozos de la santa ciudad? Nuestro espíritu ¿fue “despertado” para esperar al Señor Jesús? Él es el gran Rey, centro de la profecía, a quien pronto Dios le dará todos los reinos de la tierra (Esdras 1:2) a fin de que restablezca Su alabanza y Su gloria.


2 - Esdras 2:1-2 y 59-70

La ruta de Jerusalén está abierta. ¿Cuáles son aquellos que van a aprovechar tal circunstancia? Un poco menos de cincuenta mil personas de las diversas clases del pueblo. Y además, cierto número de ese débil remanente no está en condiciones de demostrar que efectivamente forma parte de Israel. Hasta sacerdotes han sido negligentes, lo que les va a impedir ejercer sus santas funciones. ¡Muchos cristianos son como esos israelitas! No pueden afirmar con certeza que son hijos de Dios. Si tal fuera el caso de uno de nuestros lectores, remítase a su «inscripción genealógica» (v. 62). La hallará en la Biblia. Debe apoyarse firmemente en pasajes como Juan 1:12, 1 Juan 5:1 y 13. Muchas almas inseguras hallaron en esos versículos, y en otros, la indiscutible prueba de que pertenecían a la familia de Dios.

Dios tiene los ojos puestos en ese remanente sin fuerza. Lo contó con cuidado y va a velar tiernamente sobre él. No sólo a causa de Su misericordia, sino también porque tiene un gran pensamiento para sí: a los descendientes de esos judíos que volvieron a su país debe serles presentado el Cristo, el Mesías de Israel, después de catorce generaciones (Mateo 1:17).


3 - Esdras 3:1-13

El salmo 137 nos muestra, cerca de los ríos de Babilonia, a los cautivos de Judá incapaces de cantar a causa de su tristeza. Pero ahora experimentan lo que dice el salmo 126: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion... nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza... grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres” (v. 13). Además, ¿no es ésta la orden divina? (Isaías 48:20). Celebran la fiesta de los “tabernáculos”, fiesta de la alegría (en Esdras 3:11, los vemos también cantar). Su primer pensamiento es para el altar de Jehová, al que colocan “sobre su base”. Su motivación es notable: “Porque tenían miedo de los pueblos” (v. 3). El temor los ímpele no a organizar su protección sino a estrechar filas alrededor de Jehová, quien los defenderá.

Luego se ponen los fundamentos de la nueva casa.

Esto da lugar a una conmovedora ceremonia en la que el gozo y el lloro son igualmente oportunos (véase Jeremías 33:11). ¡Qué contraste con el primer templo! El mismo contraste existe entre los comienzos de la Iglesia según el libro de los Hechos y el débil testimonio colectivo que los creyentes pueden dar en medio de la actual ruina.


4 - Esdras 4:1-16

La toma de posición de los hombres de Judá no dejó de atraer la atención de los pueblos circundantes.

He aquí que vienen con un seductor ofrecimiento.

“Edificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios...” (v. 2). ¿No era muy amable de parte de ellos? El trabajo avanzaría mucho más rápido. Y con un rechazo se correría el riesgo de herir a ese gente. Pero los jefes de los judíos no se dejan engañar. Firmemente rehúsan la proposición, al contrario de Josué y los príncipes, quienes en otros tiempos habían caído en semejante trampa (Josué 9). Para trabajar en la obra de Dios se debe necesariamente pertenecer al pueblo de Dios.

Contrariamente a lo que sugeriría un falso amor o simplemente el deseo de no causar pena a alguien, no temamos mantener una clara separación con los ambientes religiosos cuyos principios son confusos.

Lo que sigue revela quiénes eran esos benévolos ayudantes: ¡enemigos! Como su ardid no tiene éxito, descubren su juego y recurren a las amenazas.

Luego, cambiando aun de táctica, dirigen una carta acusadora a Artajerjes, el nuevo jefe del imperio.


5 - Esdras 4:17-24 y 5:1-5

Para hacer cesar el trabajo de los hijos de Judá, sus enemigos emplearon sucesivamente la astucia (v. 2), la intimidación (v. 4-5) y las acusaciones (v. 6-16).

Ahora que han obtenido del rey el apoyo deseado, recurren a una nueva arma: la violencia. Se apresuran a ir a los judíos para obligarlos “con poder y violencia” a cesar su trabajo. Pero la verdadera causa de la detención de la obra es diferente. El profeta Hageo nos la da a conocer en su primer capítulo: es la falta de fe y la negligencia del pueblo mismo. En el curso de los años (quince más o menos) que transcurrieron desde la colocación de los fundamentos, poco a poco decayó el interés por la casa de Dios y cada uno comenzó a preocuparse por su propia casa. ¡Ay! creyentes, ¿no conocemos también semejantes períodos de bajón espiritual? El Señor y su casa (la Asamblea o Iglesia) pierden valor para nuestro corazón. En la misma proporción aumenta el cuidado que tenemos por nuestros propios asuntos. Pero Dios no quiere dejarnos en ese estado. Él nos habla como lo hace aquí con Judá. A la voz de Hageo y de Zacarías el pueblo se despierta, sale de su indiferencia y vuelve a poner manos a la obra.


6 - Esdras 5: 6-17

Mientras los judíos reemprenden el trabajo bajo “los ojos de Dios” (Esdras 5:5; Salmo 32:8), por su lado los adversarios vuelven a sus maquinaciones.

En tanto nuestra vida cristiana sea lánguida y busquemos nuestros propios intereses, no incomodaremos al diablo. Y él mismo se cuidará de no molestar nuestra somnolencia. Le conviene perfectamente.

Pero si el Señor despierta nuestro corazón y nuestro celo por él mediante su Palabra, en seguida hallamos de nuevo a Satanás en nuestro camino (véase 1 Corintios 16:9).

El gobernador y sus colegas renuevan la táctica que les había dado tanto resultado en el capítulo anterior: escriben al rey Darío para tratar de obtener su intervención, pero esta vez escondiendo su hostilidad bajo una aparente indiferencia, casi tolerancia.

Su carta, que reproduce las declaraciones de los ancianos de los judíos, involuntariamente constituye un hermoso testimonio en favor de aquéllos (v. 11 y siguientes). Esos ancianos no tuvieron vergüenza de declararse siervos de Dios, ni de exponer lo que Jehová hizo por ellos, aun cuando esto los obligó a confesar las faltas de sus padres.


7 - Esdras 6:1-12

Se ha despachado, pues, una nueva carta de los acusadores a la capital. Pero ella se va a convertir en causa de su propia confusión.

Las investigaciones que Darío hace emprender no sólo permiten volver a encontrar el edicto de Ciro, sino que en su respuesta el rey mismo se interesa por la causa del remanente de Judá y de la construcción del templo. Y, para colmo, ordena precisamente a los enemigos de los judíos que brinden a estos toda la ayuda que necesiten. Finalmente, el decreto de Darío es acompañado por las peores amenazas contra aquellos que cambiaran en él lo que fuera. Tal fue, pues, el resultado de la actitud franca y valiente de los ancianos de los judíos (Esdras 5:11-12; véase Mateo 10:32). Permitió que Jehová les mostrara públicamente su aprobación.

En el versículo 10, es hermoso ver que el rey reconoce la eficacia de las oraciones dirigidas al Dios de los cielos, ya que las pide para él y sus hijos. Ahora ese Dios de los cielos es nuestro Padre; no descuidemos dirigirnos a él. Además, somos exhortados a orar “por todos los hombres”, y precisamente “por los reyes (las autoridades) y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:1-2).


8 - Esdras 6:13-22

Los acusadores de los judíos comprendieron que era preferible para ellos no oponerse a las órdenes recibidas. Las ejecutaron prontamente, aunque con el despecho que uno se puede imaginar.

Así protegidos por las autoridades y disponiendo de nuevos medios, los ancianos de Judá acaban la construcción del templo. Pero, detalle muy notable, si prosperan no lo deben al decreto de Darío, sino “a la profecía de Hageo y de Zacarías hijo de Iddo” (v. 14).

Ocurre exactamente lo mismo con el creyente. La verdadera fuente de su prosperidad no está en las circunstancias favorables que Dios permite para él en la tierra. Reside en la sumisión a la Palabra de su Dios.

La casa de Dios se inaugura con gozo. Sin embargo, qué contraste con la dedicación del primer templo, cuando 22.000 bueyes y 120.000 ovejas habían sido sacrificados (2 Crónicas 7:5). Y aquí no es cuestión de fuego que desciende del cielo ni de gloria que llena la casa, porque el arca de Dios está perdida; no se la hallará más.

Después de esto, la Pascua y los panes sin levadura se celebraron cada primer mes. Pese a toda la debilidad de esos pobres judíos que volvieron del cautiverio, Jehová los regocijó.


9 - Esdras 7:1-18

Unos cuarenta años transcurrieron entre los acontecimientos del capítulo 6 y los que empiezan en el capítulo 7 con el viaje de Esdras durante el reinado de Artajerjes. En contraste con los sacerdotes negligentes mencionados en el capítulo 2:61-62, Esdras es capaz de presentar una genealogía que se remonta hasta Aarón. Además, él es un “escriba diligente en la ley de Moisés”. Es una cosa muy deseable ser instruido en la divina Palabra. Pero no basta conocerla con la inteligencia y la memoria, como las materias enseñadas en las escuelas. Esa clase de conocimiento sólo serviría para envanecer (1 Corintios 8:1; 13:2).

También es necesario amar esa Palabra y a la Persona que ella presenta. ¡Vea a Esdras! Él “había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová” (Esdras 7:10). Y no sólo para inquirir, sino también para “cumplirla”. Porque conocer, aun con el corazón, todavía no es suficiente si no se pone en práctica lo que la Biblia nos ha enseñado (Santiago 1:22).

Solamente cuando esas condiciones son cumplidas, uno puede permitirse enseñar a los demás.

Con benevolencia y generosidad, el rey tomó todas las disposiciones necesarias para permitir que Esdras emprendiera su viaje y también se ocupara en el servicio de la casa de Jehová a su llegada.


10 - Esdras 7:19-28

Esdras guardó la Palabra de Dios y no negó Su nombre. Él y los hombres que se reúnen a su llamado van a hacer la experiencia de que tienen poca fuerza (son apenas 1.500), pero, al mismo tiempo, de que Dios puso ante ellos “una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar” (Apocalipsis 3:8). Artajerjes I, llamado Larga Mano, como sus predecesores Ciro y Darío es un instrumento preparado por Jehová para mantener abierta la puerta del regreso a Jerusalén ante el cautivo remanente de Judá. La carta del rey muestra que se preocupa por todo: primero, por el restablecimiento del culto en Jerusalén, con todo lo que es necesario para los sacrificios y el mantenimiento de los sacerdotes y de los levitas; luego, por el establecimiento de las autoridades: gobernadores y jueces; finalmente —cosa notable— da instrucciones a Esdras para que haga conocer a todos las leyes de su Dios (Esdras 7:25). “Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina” (Proverbios 21:1; véase también Proverbios 8:15-16). Esdras bendice a Jehová como a aquel “que puso tal cosa en el corazón del rey”. Ejercitémonos como él en ver siempre “la mano”, sí, “la buena mano de Dios” (Esdras 7:6, 9 y 28; 8:18 y 31) en todo lo que nos ocurre.


11 - Esdras 8:1 y 15-30

La reunión tiene lugar junto al río Ahava. Para completar su tropa, Esdras está obligado a mandar a buscar a los levitas. “Los obreros (son) pocos” y “la mies es mucha” declaraba el Señor a sus discípulos (Mateo 9:37). Hoy es así todavía. Él considera a todos sus redimidos en la tierra y cuenta a los que están verdaderamente dispuestos a servirle.

¿Ahora está todo listo para la partida? No; ¡falta aun una cosa esencial! Así como un viajero no se pone en marcha sin haber estudiado el mapa, Esdras se preocupa por el camino que debe seguir. Y consulta a Jehová. “El camino derecho para nosotros, y para nuestros niños” (Esdras 8:21), ¿no es el de la entera obediencia a Dios? Cristo, el primero, lo allanó en este mundo (1 Pedro 2:21). De modo que la Biblia que nos muestra las perfectas huellas de ello, nos sirve —por decirlo así— de «carta de rutas». Sin embargo, a menudo erramos el verdadero y seguro camino porque nos extraviamos en las falsas pistas de nuestra propia voluntad. Humillación, dependencia, confianza en Dios más bien que en el hombre son otras tantas lecciones bendecidas que aprendemos en la compañía de Esdras... o mejor aun del Señor Jesús.


12 - Esdras 8:31-36 y 9:1-4

En el tiempo de la primera vuelta a Jerusalén, Ciro había hecho entregar a los judíos repatriados algunos de los utensilios de la casa de Dios. Esdras y sus compañeros tampoco salieron con las manos vacías. El rey y los que le rodeaban, así como los israelitas que permanecieron en el exilio, hicieron dones para el santuario.

Con esas riquezas que podían tentar a los bandidos, la débil tropa sin escolta —pero protegida por la buena mano de Dios— llegó a Jerusalén. Su primer cuidado fue entregar el precioso depósito en manos de los sacerdotes responsables. Luego, “diligentemente”, como se les había encargado hacerlo (Esdras 7:17), ofrecen sacrificios.

Pensemos en los “talentos” que nos fueron confiados para el camino (Mateo 25:15). ¿Qué caso hacemos de todos esos dones recibidos del Señor: salud, inteligencia, memoria y, ante todo, su Palabra? A la llegada a la celestial ciudad todo será contado y pesado en la balanza del santuario (Esdras 8:33; véase también Lucas 12, fin del versículo 48).

Pero, de repente, la vuelta de Esdras es ensombrecida por lo que él oye respecto del pueblo. Por eso es una escena de dolor y lágrimas a la cual asistimos ahora. “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Salmo 119:136).


13 - Esdras 9:5-15

Reparemos en la actitud de Esdras en este capítulo e imitémosla. Algún otro habría dirigido los más severos reproches al pueblo. Al contrario, Esdras se coloca ante Dios y se acusa tanto a sí mismo como a todo Israel. Al ofrecer doce becerros y doce machos cabríos (8:35) había refirmado la unidad del pueblo de Dios. Una consecuencia de esa unidad es justamente la común responsabilidad y el sufrimiento compartido (véase 1 Corintios 12:26). ¡Qué lección nos da ese siervo de Dios! No sólo nos enseña que no debemos mostrar con el dedo las faltas de los demás cristianos, sino también que hace falta que nosotros mismos estemos avergonzados y afligidos ante el Señor. “Dios mío, confuso y avergonzado estoy para levantar, oh Dios mío, mi rostro a ti...” dice el hombre de Dios (Esdras 9:6).

Estas palabras de Esdras son conmovedoras.

Oponen la misericordia del Dios de Israel a la ingratitud de su pueblo. Pero, sin dejar de sentir profundamente el peso del pecado, del cual no era personalmente culpable, Esdras no podía hacer nada para quitarlo de delante de la mirada de un Dios santo.

Sólo uno estaba en condición de cumplir la expiación. El Hijo de Dios, al cargar con nuestros pecados como si fueran los suyos, pudo declarar en su indecible dolor: “Me han alcanzado mis maldades...” (Salmo 40:12).


14 - Esdras 10:1-19

El ejemplo de Esdras había llevado a humillarse a “todos los que temían las palabras del Dios de Israel” (Esdras 9:4). Ahora, como una respuesta a su oración, ese mismo sentimiento es producido en el corazón de “una muy grande multitud de Israel, hombres, mujeres y niños”. Ser joven no impide entristecerse por lo que deshonra a Dios.

Esas alianzas con personas extranjeras recuerdan una vez más al hijo de Dios la orden terminante del Nuevo Testamento: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2 Corintios 6:14). Pero señalan también la temible trampa de la mundanería. ¿No hemos dejado penetrar a veces esa intrusa en nuestros hogares y nuestras vidas? Y, a menudo, los jóvenes son los primeros en introducirla en la casa paterna. Pero no basta comprobar ese mal a la luz de la Palabra, ni aun humillarnos por él. Es necesario separarnos de él. Por ejemplo, esto nos conducirá a revisar severamente nuestras costumbres... nuestros estantes de libros, nuestra ropa... a fin de eliminar sin piedad esto o aquello. ¡Trabajo desagradable que quizás dure cierto tiempo! (véase Esdras 10:13). Pero éste es el precio de la reanudación de felices relaciones con el Señor.


15 - Nehemías 1:1-11

Históricamente, el libro de Nehemías es el último vistazo que el Antiguo Testamento nos permite echar sobre el pueblo de Israel. Los acontecimientos que relata comienzan unos treinta años después de aquellos a que se refiere el libro de Ester y trece años después del retorno de Esdras. Sus enseñanzas son, pues, particularmente apropiadas para nosotros, los cristianos, “a quienes han alcanzado los fines de los siglos” (1 Corintios 10:11). ¡Pobre pueblo! Está “en gran mal y afrenta”, según el relato que hacen algunos viajeros (Nehemías 1:3). Pero Dios preparó a alguien que va a preocuparse por ese estado. ¡Es Nehemías! Ese hombre es sensible a los sufrimientos y a la humillación de los que habían escapado de la cautividad y permanecido en Jerusalén. Ante Jehová confiesa los pecados que son la causa de ello. Así lo había hecho Esdras (Esdras 9). Dios siempre escoge a los instrumentos de sus liberaciones de entre los que aman a su pueblo.

Pero dirijamos nuestras miradas a uno más grande que Nehemías. ¿Quién se preocupó por la desesperada condición de Israel y del hombre en general, si no el mismo Hijo de Dios? Él sondeó a fondo nuestro miserable estado, ese abismo de mal en el cual estábamos hundidos. Y él vino para arrancarnos de allí.


16 - Nehemías 2:1-8

Mientras los hijos de Judá estaban en la miseria y el oprobio, Nehemías ocupaba en la corte uno de los más honorables puestos: el de copero del rey.

Habría podido conservar egoístamente esa ventajosa colocación. O aun justificarla, diciéndose: «Ya que tengo la confianza del rey, junto a él seré más útil a mi pueblo. Dios me colocó aquí con este fin».

Pero Nehemías no razona así. Su corazón, como el de Moisés en otros tiempos, le lleva a visitar a sus hermanos, los hijos de Israel (Hechos 7:23). Y antes que gozar de los deleites temporales del palacio real, él escoge “ser maltratado con el pueblo de Dios” (Hebreos 11:25).

Note que su conversación con Artajerjes no sólo es precedida sino también acompañada por la oración (Nehemías 1:1; 2:5). Entre la pregunta del rey y su propia respuesta, Nehemías halla el tiempo de dirigirse a Dios en su corazón. Se ha llamado a esto una «oración flecha». ¡Imitemos a menudo ese ejemplo! Y como ese servidor (de Jehová antes que del rey) veremos la buena mano de Dios descansar sobre nosotros y sobre lo que hagamos.


17 - Nehemías 2:9-20

Nehemías llega a Jerusalén provisto de las cartas del rey. Empieza por hacer la inspección de los muros, o más bien de lo que queda de ellos. Su hermano le había hablado de esto (cap. 1:2-3), pero él desea darse cuenta por sí mismo de la amplitud de los daños. ¡Grande es su consternación ante ese espectáculo, al cual los habitantes de Jerusalén, por su parte, se habían acostumbrado! Creyentes, ciertamente también corremos el peligro de volvernos indiferentes acerca del estado de ruina en el cual se halla hoy la Iglesia responsable. Ningún muro la protege ya contra la invasión del mundo. Y tal estado le conviene perfectamente a sus enemigos.

En tiempos de Zorobabel y Esdras, para Israel esos enemigos se llamaban: Bislam, Tabeel... luego Tatnai, Setar-boznai y sus colegas. En el de Nehemías se trata de Sanbalat, Tobías y Gesem. El diablo se sirve de diversos instrumentos. Renueva su «personal».

Pero su meta siempre es la misma: mantener al pueblo de Dios en la humillación y la servidumbre.

Nehemías sabe arreglárselas para exhortar a los hombres de Jerusalén. Su nombre significa: Jehová consoló. Obtiene esta alegre y alentadora respuesta: “Levantémonos y edifiquemos” (v. 18).


18 - Nehemías 3:1-15

A la inversa del orden normal, la reconstrucción de Jerusalén empezó por el altar, luego por el templo (Esdras 3), y solamente ahora se reedifica el muro de la ciudad. El altar y el santuario nos hablan del culto, el cual es evidentemente la primera responsabilidad del pueblo de Dios. No sólo somos cristianos del domingo. El resto de la ciudad, que sugiere la vida cotidiana en nuestras casas y nuestras circunstancias de todos los días, debe igualmente ser protegido de los enemigos y francamente separado. Cada uno ha de velar por ello y, en particular, construir el muro frente a su propia casa (v. 10, 28 y 30).

Bajo el impulso dado por Nehemías, todo Judá se pone a la obra. Y este capítulo nos hace dar la vuelta a la ciudad para presentarnos en acción a los diferentes grupos de trabajadores. La mayoría colabora en la restauración, ya sea de su puerta, de su torre, de su parte del muro, en proporción a sus fuerzas y, sobre todo, según su abnegación. Pero, mientras algunos tienen bastante celo para reparar una doble porción (v. 11, 19, 24, 27 y 30), otros —entre ellos los principales— rehúsan doblegar su cerviz al servicio de su Señor (comp. Mateo 20:27-28; 2 Corintios 5:15).

¡Triste testimonio consignado en el libro de Dios!

19 - Nehemías 3:16-32

A partir del versículo 16 se trata de la porción del muro que protege a la ciudad de David y al atrio del templo.

Nos sorprende enterarnos de que Eliasib, el sumo sacerdote, no reparó el muro delante de su propia casa (comp. con 1 Timoteo 3:5). Otros tuvieron que hacerlo en su lugar (Nehemías 3:20-21). Segunda culpable negligencia: al construir la puerta de las ovejas, él y sus hermanos, esos malos pastores, habían omitido proveerla de cerraduras y cerrojos (v. 1). Era brindar a los ladrones la facilidad para introducirse a fin de apoderarse de las «ovejas» de Israel (véase Juan 10:8 y 10).

Improvisadamente los plateros, perfumeros y comerciantes se hicieron albañiles (Nehemías 3:8 y 32). Uno de los jefes, Salum (v. 12) edificó con sus hijas. Mediante esos ejemplos Dios nos enseña que podemos trabajar en su obra, cualquiera sea nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión. Notemos todavía que varios de esos hombres o sus padres se habían visto comprometidos, en tiempos de Esdras, en la alianza impía con mujeres extranjeras. Tal era el caso de Baruc, hijo de Zabai, de Malquías y Pedaías, hijos de Paros (Esdras 10:25 y 28). Es hermoso ver ahora su diligencia para proteger a Jerusalén precisamente contra influencias extranjeras.


20 - Nehemías 4:1-14

Mientras se reparaban los muros, los enemigos montaban en cólera contra Judá. Sanbalat, su portavoz, se irrita y se burla al mismo tiempo. Somos especialmente sensibles a la burla. El mundo no deja de poner en ridículo la separación de los creyentes, la debilidad de sus reuniones... No nos dejemos turbar por sus reflexiones. En lugar de responder, Nehemías se dirige a su Dios: “Oye, oh Dios nuestro, que somos objeto de su menosprecio...” (v. 4); y no toma en cuenta sus amenazas. “Edificamos, pues...” concluye el hombre de Dios (v. 6).

Entonces el enemigo se prepara para la guerra abierta y el desaliento amenaza a los hombres de Judá. Miran su propia debilidad (v. 10). Eso es estar de acuerdo con el enemigo, quien había menospreciado a “estos débiles judíos” (v. 2). Consideran el peso de las cargas, el volumen de los escombros... Sin embargo, hay quienes, con Nehemías, conocen el doble recurso (v. 9). Éste es, al mismo tiempo, una orden del Señor: “Velad y orad...” (Mateo 26:41; 1 Pedro 4:7).

La oración ha de ser nuestra primera respuesta a los esfuerzos del adversario. No obstante, no nos exime de la vigilancia. Por eso Nehemías toma diversas disposiciones para asegurar la vigilancia y la custodia del pueblo durante el fin del trabajo.


21 - Nehemías 4:15-23 a 5:1-5

Al final del capítulo 4 vienen a agregarse, a las dificultades y al cansancio de la construcción, las del combate. Y, en efecto, el creyente no sólo es obrero sino también soldado. Se parece al miliciano de Nehemías, quien tenía su herramienta en una mano y en la otra su arma (la cual es la Palabra de Dios: Efesios 6:17). No tiene el derecho de dejar la una ni de deponer la otra.

Después del hermoso celo al que hemos asistido, el capítulo 5 nos trae una penosa sorpresa. Esos judíos que habían «escapado», quienes antes de la venida de Nehemías estaban en una gran miseria (cap. 1:3), ahora se hallan en una situación peor todavía.

Tuvieron que empeñar lo que poseían y, a veces, entregar sus hijos en servidumbre para poder pagar sus impuestos y no morirse de hambre. Además, los que los redujeron a ese estado no son enemigos. Son sus propios hermanos, quienes transgredieron la ley: (Éxodo 22:25; Levítico 25:39-43; Deuteronomio 15:11; 23:19-20).

¿Dónde estamos en el plano del amor fraterno? Sin él el más hermoso servicio cristiano no tiene valor (1 Corintios 13:1-3). Llevemos a cabo lo que dice el apóstol Santiago (cap. 2:15-16). Sí, examinemos bien nuestro corazón a ese respecto. ¡Y también nuestro comportamiento!

22 - Nehemías 5:6-19

Nehemías, “enojado en gran manera”, ha reunido a los nobles y a los oficiales ante el resto del pueblo para dirigirles los reproches que merecen. Los culpables se someten, no sencillamente porque Nehemías es el gobernador, sino porque él mismo da ejemplo de un amor desinteresado. Ha renunciado a los derechos personales que le daba su posición y esto le permite pedir a esos jefes que obren de la misma manera. El ejemplo es la regla de oro para obtener lo que sea del prójimo. El apóstol Pablo siempre se dedicó a servir de ejemplo a los creyentes a quienes enseñaba (Hechos 20:35; 1 Corintios 4:16; 10:32-33...). Por encima de todo consideremos al divino Maestro. Él decía a sus discípulos: “Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15). Pero, al mismo tiempo, los ponía en guardia contra los escribas y los fariseos: “Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen” (Mateo 23:3). Las multitudes notaban la diferencia: Jesús les enseñaba “como quien tiene autoridad, y no como los escribas” (Mateo 7:29).


23 - Nehemías 6:1-14

Sus precedentes fracasos no desalentaron a Sanbalat, Tobías y Gesem. Hacen una proposición hipócrita a Nehemías: “Ven y reunámonos...”. El valle de Ono (o de los artífices: cap. 11:35), fijado como lugar de encuentro, sugiere una colaboración con los enemigos del pueblo de Dios. Pero el ofrecimiento es rechazado, pese a las amenazas que lo acompañan la quinta vez. Entonces se arma otra trampa por intermedio de un judío, Semaías. Por una falsa profecía ese agente del enemigo procura llevar a Nehemías (quien no era sacerdote) a desobedecer a Jehová, buscando asilo en el templo (véase 2 Corintios 11:13 y 1 Juan 4:11). Así actuaron los fariseos con el Señor Jesús. “Sal, y vete de aquí” —le dicen— “porque Herodes te quiere matar” (Lucas 13:31). Procuraban (y Satanás estaba detrás de ellos) espantar y hacer salir del camino de la fe a aquel que había afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Lucas 9:51).

La doble ofensiva, frustrada por el fiel Nehemías, pone al creyente en guardia contra dos peligros opuestos: 1) Ensanchar el camino, al trabajar hombro a hombro con los que no se someten a la Palabra. 2) «Encerrarse» en un sectarismo pretencioso y egoísta.


24 - Nehemías 6:15-19 a 7:1-7

A los hombres de Judá les bastaron cincuenta y dos días para tapar las brechas y reedificar el muro.

La mayoría de ellos eran inexpertos en el manejo de la llana y la piqueta. Pero lo hacían con fervor y de todo corazón (cap. 3:20 y 4:6). Y, a los ojos del Señor, la abnegación de sus obreros tiene más valor que su capacidad. Además, precisamente él da esa capacidad a los que son abnegados y todo lo esperan de él.

Los esfuerzos de Tobías para intimidar a Nehemías y el apoyo que ese malvado personaje halla en algunos nobles de Judá son las últimas manifestaciones de la hostilidad de los enemigos. De ahí en adelante, con sus muros reconstituidos, Jerusalén aparece a las naciones circundantes “como una ciudad que está bien unida entre sí” (Salmo 122:3). Pero todavía es necesario asegurar la vigilancia de ella.

Nehemías se preocupa por las puertas y por el establecimiento de guardas (véase Isaías 62:6-7). Otras funciones son atribuidas, inclusive las de dos gobernadores de la ciudad (Nehemías 7:1-2). El uno y el otro merecieron ese cargo: Hanani por su interés por el pueblo (cap. 1:2) y Hananías por su fidelidad y su temor de Dios (v. 2).


25 - Nehemías 7:61-73

Nehemías sintió en el corazón el deseo de hacer el censo del pueblo. Se sirvió del registro genealógico establecido cuando tuvo lugar el primer retorno a Jerusalén. Los versículos 6 a 73 reproducen más o menos el capítulo 2 del libro de Esdras. Por ejemplo, volvemos a hallar la descendencia de aquel hombre que “tomó mujer de las hijas de Barzilai galaadita, y se llamó del nombre de ellas” (Nehemías 7:63).

Barzilai era ese anciano rico y considerado, quien había mantenido a David y su séquito en Mahanaim (2 Samuel 19:32). Aquí nos enteramos de que su yerno, aunque sacerdote, había renunciado a su propio nombre en otros tiempos. Se había hecho llamar por el de su suegro, lo que lo ponía más en evidencia.

¿Cuáles fueron las enojosas consecuencias? Sus descendientes, considerados como profanos ¡fueron excluidos de los cargos del sacerdocio! ¡Cuidémonos de abandonar nuestros privilegios cristianos por afán de consideración! ¿Existe más grande dignidad y nobleza que la de pertenecer a la familia de Dios, al «real sacerdocio»? Ese empadronamiento del pueblo subraya el contraste con los días de David. Allá sólo la tribu de Judá contaba 470.000 hombres de espada: diez veces más que ahora. Pero no es el número lo que importa: ¡es la fidelidad!

26 - Nehemías 8:1-12

Para la hermosa escena que ocupa este capítulo, Nehemías cedió el lugar principal a Esdras, el sacerdote. Sabemos que éste era “escriba diligente en la ley de Moisés” y que hacía mucho que “había preparado su corazón... para enseñar en Israel sus estatutos y decretos” (Esdras 7:6 y 10). ¡Feliz deseo que halla la ocasión de cumplirse cuando el pueblo se lo pide! Se trata de la lectura clara y de la explicación de la Palabra de Dios. Al abrirla, Esdras no deja de bendecir a Jehová, quien dio esta Palabra, lo mismo que hoy se empieza por dar gracias cuando la Biblia va a ser leída y meditada en una asamblea. En cuanto a los asistentes, no basta que tengan inteligencia (Nehemías 8:3); también es necesario que estén atentos. ¿Lo estamos siempre durante las reuniones o la lectura en familia? Comprender la Palabra es el medio para que uno mismo sea alimentado y se vea regocijado por la comunión con el Señor (v. 12). Pero pensemos también en “obsequiar porciones”, es decir, hagamos participar a tal o cual ausente de lo que nos fue provechoso.

Finalmente, subrayemos este magnífico versículo: “El gozo de Jehová es vuestra fuerza” (fin del v. 10; comp. Salmo 28:7). Y sobre todo, ¡sea ésta nuestra experiencia!

27 - Nehemías 8:13-18 a 9:1-4

“Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía...” dice Jehová (Isaías 55:11). Esta promesa se cumple aquí. Según la divina instrucción, bajo la conducción de sus jefes, el pueblo celebra la fiesta de los tabernáculos con más brillo todavía que en los más hermosos días de Salomón.

Demasiado ocupados con el presente reposo, los israelitas habían olvidado el que está por venir, y ese peligro nos asecha también. Ahora que la flaqueza y la ruina son tan evidentes, los ojos se dirigen más fácilmente hacia los gozos del reino futuro, y el carácter de extranjeros (la habitación en los tabernáculos o tiendas) es realizado mejor.

Al principio del capítulo 9, la escena cambia por completo. Los hijos de Israel vuelven a reunirse el día fijado. Esta vez, la finalidad de la reunión es la confesión de los pecados. ¿Hay también, en nuestra vida de creyentes, momentos particulares en que hemos de hacer el balance de nuestras faltas y humillarnos por ellos? Algunos piensan que hay motivos para practicar esa puesta en orden cada sábado a la noche; otros, al final de cada día. Ni los unos ni los otros tienen razón. El juicio de nosotros mismos es una acción continua. Hemos de practicarlo cada vez que el Espíritu Santo nos hace conscientes de un pecado.


28 - Nehemías 9:5-15

Algunos levitas designados por sus nombres invitan al pueblo a levantarse para bendecir a Jehová. Y, en nombre de toda la asamblea, le dirigen la larga oración que ocupa el resto del capítulo. Las primeras palabras de ella son: “Tú solo eres Jehová...”. Luego, remontándose a la creación, los levitas celebran el cumplimiento de los consejos de Dios, el llamamiento de Abraham —cuyo corazón fue hallado fiel— la liberación de Egipto, el mar Rojo, los pacientes cuidados dispensados a Israel a todo lo largo del desierto con el don de la ley, finalmente la entrada en el país.

Los pronombres de 2a persona y los verbos activos se hallan no menos de veinticinco veces en esos pocos versículos.

Primeramente celebrar lo que Dios es y luego lo que él ha hecho, ¿no es también nuestro privilegio, ya que pertenecemos al Señor? Repasemos a menudo en nuestros corazones lo que la gracia ha hecho por nosotros. Y ejercitémonos en descubrir los cada vez más numerosos motivos de agradecimiento que serán otros tantos nuevos vínculos de amor con nuestro Padre celestial y con el Señor Jesús. Como David, exhortemos a nuestra alma a bendecir a Jehová y a no olvidar “ninguno de sus beneficios” (Salmo 103:2).

¡Pero en verdad esos beneficios son innumerables!

29 - Nehemías 9:16-27

Esteban, después de haber expuesto largamente la historia de la gracia de Dios hacia Israel en el capítulo 7 de los Hechos, prosigue su discurso de la misma manera que esos levitas: “¡Duros de cerviz...! resistís siempre al Espíritu Santo...” (Hechos 7:51). La dura cerviz, la nuca que no quiere doblegarse para someterse al yugo del Señor, no caracteriza únicamente al pueblo de Israel. ¡Ni tampoco sólo a los inconversos! Todos tenemos en nosotros esa naturaleza voluntariosa e insumisa. Cada creyente, sin excepción, la conoce demasiado bien. Y le es imposible acabar con ella por sus propios esfuerzos. Pero, al mismo tiempo, ¿conoce cada uno la liberación que Dios le concede? En la cruz, habiendo puesto en la muerte esa voluntad rebelde e irreductible, nos dio en su lugar la obediente naturaleza de Jesús. La vieja naturaleza está siempre en nosotros con sus deseos, pero no tiene más derecho a dirigirnos.

¡Como resaltan más todos esos pecados de Israel cuando, como aquí, son puestos en contraste con la gracia divina! Por decirlo así, se duplican en ingratitud (véase Deuteronomio 32:5-6). ¿Y no es también el caso de tantos jóvenes educados por padres creyentes?

30 - Nehemías 9:28-38

En el versículo 33 tenemos el resumen de todo este capítulo: “Tú eres justo en todo lo que ha venido sobre nosotros; porque rectamente has hecho, mas nosotros hemos hecho lo malo” (comp. Lamentaciones de Jeremías 1:18). El que recibió el testimonio de Jesús “ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz” (Juan 3:33 V.M.; véase también Romanos 3:4).

Sellar es formalmente aprobar una declaración, garantizarla y comprometerse a respetarla. Los príncipes, los levitas y los sacerdotes estampan así sus sellos (dicho de otro modo, sus firmas) para confirmar su acuerdo.

De esa larga confesión retengamos todavía dos enseñanzas muy importantes: en primer lugar, para juzgar un mal es necesario remontarse tanto como fuera posible a los orígenes de ese mal por medio de una completa vuelta hacia atrás. La violación de la ley empezó con el asunto del becerro de oro; ¡éste, pues, no puede pasar en silencio! (v. 18). Luego, es precisa una confesión: decirle a Dios de una manera general: «Soy un pecador, he cometido pecados», no cuesta nada y no tiene valor a sus ojos. Él aguarda que le digamos: «Señor, soy culpable de tal cosa. Esto es lo que hice o lo que omití hacer» (véase Levítico 5:5).


31 - Nehemías 10:28-39

Los hombres cuyos nombres son dados al principio del capítulo son los que imprimieron su sello debajo del pacto de Jehová. Sabemos que igualmente Dios tiene su sello: el Espíritu Santo. Éste es en un redimido la marca de propiedad mediante la cual Dios le reconoce y declara: «He aquí alguien que me pertenece» (Efesios 1:13 y 4:30). «Es mío» (comp. Éxodo 13:2 e Isaías 43:1). ¿Puede reconocer de esta manera a cada lector de estas líneas? Pero, en tanto que sus propios sellos no podían conferir a los compañeros de Nehemías la fuerza para cumplir aquello a lo que se comprometían (comp.

cap. 10:39 y 13:10-11), el Espíritu Santo, al contrario, es, al mismo tiempo que el sello, el poder mediante el cual el creyente obra según la voluntad divina (Efesios 3:16).

De un solo corazón todo el pueblo se asocia a sus conductores. El conocimiento de la ley, nuevamente adquirido, no es teórico para ellos. Los conduce sucesivamente a la purificación, al respeto del sábado y del año de reposo; luego al servicio de la casa y a la observancia de las instrucciones referentes a las primicias y los diezmos. “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” dijo el Señor Jesús (Juan 13:17).


32 - Nehemías 11:1-2 a 12:22-30

Muy poco numerosos eran los repatriados de Babilonia con relación a los que habitaban en el país antes de la transportación. Jerusalén, con sus muros reconstruidos sobre sus antiguas bases, sólo contaba con un ínfimo número de ciudadanos: entre otros estaban los que habían reparado el muro frente a su casa. Se echa suertes para traer a los que vendrán a repoblar la ciudad y a ellos se agregan los que son voluntarios. Se dan sus nombres. En efecto, Dios honra a los que renuncian a sus campos y vienen a vivir cerca de su santuario por apego a éste. No sufrirán pérdida, como lo anuncia el salmo 122:6: “Jerusalén: sean prosperados los que te aman”.

Han sido hechas promesas respecto de la Jerusalén del reino de los mil años (Zacarías 2:4; Isaías 33:20; Isaías 60). Pero promesas más hermosas todavía conciernen a la santa ciudad, la Jerusalén celestial. Dios, quien la ha «dispuesto» para Cristo (Apocalipsis 21:2), también la ha «dispuesto» para los que le pertenecen y han renunciado a poseer aquí abajo una ciudad permanente (Hebreos 11:16). Esa maravillosa ciudad no está hecha para permanecer vacía. Dios mismo habitará en ella en medio de los suyos. Sin embargo, para penetrar en ella es indispensable una condición: haber lavado “sus ropas” por la fe en la sangre del Cordero (Apocalipsis 22:14). ¿Lo hizo usted?

33 - Nehemías 12:31-47

La ceremonia de la dedicación del muro, la que empieza en el versículo 27, se desarrolla en medio de una gran alegría. Dos cortejos formados por cantores y acompañados por trompetas emprenden juntos la marcha por el camino de la ronda de guardia, sobre la muralla, cada uno por su lado. Uno es conducido por Esdras, mientras que Nehemías cierra la marcha del segundo. Las dos procesiones se encuentran en las proximidades del templo, después de haber efectuado cada una la mitad de la vuelta a la ciudad.

Realizaron estas palabras del hermoso salmo 48: “Andad alrededor de Sion, y rodeadla; contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro...” (Salmo 48:12-13).

Cuando llegan a la casa de Jehová, los dos coros reunidos hacen oír su voz y se ofrecen numerosos sacrificios en medio del regocijo general. El versículo 43 nos señala tres cosas respecto de ese gozo.

Primeramente, que tiene su fuente en Dios: “Dios los había recreado con grande contentamiento”. Luego, que todos participan de él, inclusive los niños. Lo que alegra a sus padres, también los alegra a ellos.

Finalmente, que ese gozo “fue oído desde lejos”. El mundo que nos rodea ¿puede ver y oír que somos gente feliz?

34 - Nehemías 13:1-14

Nehemías había sido obligado a volver junto al rey.

Tobías, el enemigo muy conocido, aprovechando su ausencia, había conseguido hacerse asignar una de las cámaras contiguas a la casa de Jehová, gracias a la complicidad de uno de los sacerdotes. Éste no era otro que Eliasib, quien ya se había mostrado tan negligente en el momento de la construcción del muro.

Y los porteros, los varones que en el capítulo precedente habían sido “puestos... sobre las cámaras de los tesoros” (cap. 12:44), tampoco habían guardado lo que su Dios les había dado para guardar.

Al volver, Nehemías, presa de la indignación, arroja él mismo todos los muebles de Tobías fuera de la cámara. Luego hace limpiar las cámaras y volver allí los utensilios y las ofrendas (comp. Mateo 21:12-13).

¡A veces nuestros corazones son como esas cámaras en que el mundo pone sus cosas en el lugar de lo que pertenecía a Dios y servía como ofrendas! Esa primera negligencia había acarreado otras, y Nehemías debe todavía preocuparse por las porciones de los levitas, así como por la vigilancia y la repartición de los diezmos traídos por el pueblo.


35 - Nehemías 13:15-31

Pese al compromiso que el pueblo había contraído (cap. 10:31), el reposo del sábado ya no era respetado.

Nehemías toma las más enérgicas medidas para remediar esa situación.

Queridos hijos de Dios, ¿no deberíamos darle por lo menos tanta importancia al día del Señor como Israel a su sábado? Por cierto, no estamos bajo la ley.

Pero es triste que el domingo pueda ser considerado por algunos cristianos como un simple día de reposo o de ocio. ¡O que sea empleado para un trabajo escolar que se podría haber terminado en la víspera! Por contraste, ¿en qué nos hacen pensar esas puertas que era necesario cerrar durante la noche para protegerse de los peligros del mundo exterior? ¿No nos dirigen una vez más hacia la santa ciudad de la cual está dicho: “Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche... No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira”? (Apocalipsis 21:25 y 27).

Ahora la cortina de la historia cae sobre Israel.

Sólo se levantará cuatro siglos más tarde (exactamente cuatrocientos cuarenta años) para dar paso a su Libertador y Mesías en la primera página del Nuevo Testamento.


36 - Ester 1:1-9

La historia de Ester constituye un relato muy distinto que se coloca cronológicamente entre los capítulos 6 y 7 del libro de Esdras. Pone en escena, por una parte, a los judíos que habían quedado en el imperio persa después del primer retorno a Jerusalén, y, por otra, al soberano de ese imperio: el poderoso Asuero con los que le rodean. En la historia se conoce a ese rey bajo el nombre de Jerjes, hijo de Darío.

Es célebre por su campaña contra los griegos, marcada por la resonante derrota de su flota en Salamina.

Daniel 11:2 alude a ese monarca y a sus riquezas.

La fastuosa recepción que le vemos dar aquí se sitúa antes de esa guerra, probablemente con vistas a prepararla. Todo en este capítulo es para gloria del hombre, cuyo orgullo no tiene límites. Sin alcanzar ese lujo y esa amplitud, en nuestra época no faltan fiestas y manifestaciones grandiosas en las cuales una persona (o una nación) procura deslumbrar y eclipsar a sus vecinos. Un fiel hijo de Dios no se asocia a esas cosas. ¿Por qué? Justamente porque el poder, la inteligencia y la tolerancia (Ester 1:8) del hombre se ven exaltadas en ellas.


37 - Ester 1:10-22

El rechazo de Vasti, quien había sido invitada a mostrar su belleza, excita el furor del rey, su esposo.

Asuero es un hombre violento. Mas la cólera de ningún modo es señal de fuerza y autoridad. En general denota lo inverso: la debilidad de carácter y la incapacidad de dominarse. Por experiencia sabemos cuán difícil es controlar nuestras reacciones cuando se presentan y a veces se acumulan las contrariedades. Pidámosle al Señor la fuerza para dominarnos.

Aquí la reina Vasti es la imagen de la cristiandad responsable, sacada de en medio de las naciones.

Cristo aguardaba de su Iglesia que mostrara su hermosura al mundo, realzando así Su propia gloria.

¡Ay! ¿cómo contestó ella a ese deseo? ¡Mediante un total desprecio de la voluntad de su Señor! Por eso viene el día en que ella oirá estas terribles palabras: “Te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16).

Cristianos, si en su conjunto la Iglesia perdió de vista el testimonio que debía dar, en lo que nos concierne nunca nos olvidemos de éste. Dios aguarda de cada uno de sus hijos que presente al mundo algo de la belleza moral de Jesús.


38 - Ester 2:1-11

El capítulo 2 nos hace salir del palacio de Asuero.

Y es para enterarnos de la existencia, en Susa y en el imperio, de un pueblo sufrido, cuya humillación contrasta con la pompa de la corte, un poco como la del pobre Lázaro era subrayada por la mesa del rico (Lucas 16:19-21). Son los judíos de la transportación.

Ahí están, lejos de su patria, no teniendo más ni templo, ni sacrificios, ni rey, ni unidad nacional. No habían sentido el deseo de unirse a la subida a la tierra de sus padres (Esdras 1:3). De manera que parecen totalmente abandonados por Jehová, cuyo nombre —detalle notable— no es mencionado ni una sola vez en todo este libro.

En nuestra vida puede haber períodos en que —por nuestra culpa— perdemos el goce de Cristo.

Dejamos de apreciar el valor de su sacrificio. No es el Señor sino el mundo el que predomina en nuestro corazón. ¡Triste estado! ¿Nos olvidó el Señor por eso? Por analogía este libro de Ester va a mostrarnos que no hay nada de eso.

Mardoqueo, un israelita de la tribu de Benjamín, pasa cada día delante de la puerta del palacio. Había recogido a su joven prima Ester, quien era huérfana, y aun después de haber sido ella escogida entre las candidatas a la sucesión de Vasti, vela sobre ella con abnegación (v. 11).


39 - Ester 2:12-23

La invisible mano de Dios condujo los acontecimientos y dispuso los corazones. Sin que ni Mardoqueo ni ella misma hubieran hecho nada para lograrlo, Ester, la joven judía, llega a ser la reina del poderoso imperio medo-persa. Se nos presenta una joven reservada, modesta, respetuosa de la autoridad (en contraste con Vasti), y lista para el extraordinario papel que va a ser llamada a desempeñar.

Esas cualidades poco corrientes contribuyeron a hacerla notar en medio de las demás candidatas al trono. No piensen, jóvenes hijas de familias cristianas, que, al imitar las maneras, la ropa y la desenvoltura de las jóvenes del mundo, ustedes preparan su porvenir y su felicidad en la tierra. ¡Muy al contrario! Toda la cuestión consiste en saber a quién desean ustedes agradar.

Bajo el ángulo profético, este relato nos enseña que Cristo, después de haber negado toda relación con la cristiandad que lo es sólo de nombre (Vasti, la esposa de entre los gentiles), elevará en su lugar a Israel (Ester) a la cabeza de las naciones. Pero, esto no tendrá lugar sin que primeramente el pueblo judío pase por profundas aflicciones, cuya aterradora prefiguración van a darnos los próximos capítulos.


40 - Ester 3:1-15

Un nuevo personaje aparece en escena: Amán agagueo. El ascendiente de ese hombre seductor sobre el débil Asuero pronto lo eleva a la cumbre del poder. Pero, ¡que Amán se quite su máscara! Se trata de un miembro de la familia real de Amalec. Ante tal hombre, Mardoqueo no podría inclinarse. Ya al principio del desierto, ¿no había declarado Dios solemnemente: “Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación”? (Éxodo 17:16). Y más tarde: “Acuérdate de lo que hizo Amalec... no lo olvides” (Deuteronomio 25:17-19). Esto basta para impedir que el israelita fiel le dé al enemigo de Jehová la menor señal de deferencia. Los siglos que habían transcurrido desde esas divinas declaraciones de ningún modo habían disminuido su alcance. En cuanto a nosotros, no seamos más tolerantes de lo que lo eran los primeros cristianos respecto del mundo y de su príncipe.

A vista humana la actitud de Mardoqueo parece insensata. Y las consecuencias no sólo para él sino para todo su pueblo son propiamente terribles, sin proporción con la falta que se le reprocha. Pero Mardoqueo obedece a la Palabra sin preocuparse por las consecuencias, y es lo que siempre deberíamos hacer.


41 - Ester 4:1-17

Mientras el rey y Amán se sientan a beber, los desdichados judíos conocen la peor de las angustias.

Proféticamente nos hallamos en el futuro período llamado “la gran tribulación” que seguirá poco después del arrebatamiento de la Iglesia. Entonces, dos principales actores dominarán la escena: el Rey llamado “la Bestia”, jefe del imperio romano, y “el Anticristo”, personaje maléfico, cuyo encarnizamiento contra Israel se apoyará en el poder civil del primero. En el momento en que el remanente de Israel podrá dirigirse a Jehová según el salmo 83: “He aquí que rugen tus enemigos... Contra tu pueblo han consultado astuta y secretamente, y han entrado en consejo contra tus protegidos. Han dicho: Venid, y destruyámoslos para que... no haya más memoria del nombre de Israel” (Salmo 83:2-4). ¿Cómo explicar el odio secular del cual ese pueblo ha sido, es y será el objeto, más que nunca en el tiempo del cual hablamos? Es la consecuencia de los inauditos esfuerzos desplegados por Satanás para deshacerse de Cristo, el Mesías, cuyo advenimiento será su propia perdición. Y comprendemos que, si detrás de Amán finalmente vemos perfilarse al gran Adversario, en cambio en Mardoqueo tenemos una notable figura del Señor Jesucristo.


42 - Ester 5:1-14

¡Es hora de tinieblas y espanto para el pueblo de Mardoqueo! Una sola y pequeña esperanza subsiste: la intercesión de Ester ante su real esposo. ¡Pero el riesgo es grande! El acceso al patio del palacio está prohibido y, por otra parte, ¿cómo esperar que el orgulloso monarca se echase atrás acerca de lo que había decidido? Sin embargo, el milagro se produce: Dios inclina su corazón y él acoge favorablemente a la reina.

Pero, qué contraste entre Asuero y aquel de quien la epístola a los Hebreos, luego de asegurarnos que es plenamente capaz de simpatizar con nuestras debilidades, agrega: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:15-16).

Como Mardoqueo lo había vislumbrado (Ester 4:14), la divina providencia había colocado a Ester sobre el trono para cumplir ese servicio especial.

Cada joven cristiana ¿no tiene igualmente un servicio muy preciso para cumplir allí donde el Señor la ha colocado? Al final del capítulo vemos que ninguno de los honores concedidos a Amán pudo apagar el implacable odio que incuba en su corazón.


43 - Ester 6:1-14

En una corta parábola, el Señor Jesús presenta el reino de Dios de la siguiente manera: “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra, y duerme...”. Así aparece en el libro de Ester, Jehová, quien no está nombrado allí ni una sola vez, parece dormir. Pero, leamos lo que sigue: “...y se levanta, de noche y de día...”. Algunos versículos más adelante el Señor de los vientos y de las olas duerme en el fondo de la barca... sin cesar —estemos seguros de ello— de velar sobre sus queridos discípulos (Marcos 4:26-27 y 38). Vemos en nuestro capítulo mediante qué admirable eslabonamiento todo se halla conducido por un Dios que no se muestra.

El insomnio del rey, la lectura que se le hace, la pregunta que formula, el preciso momento en que Amán penetra en el patio, todo está dirigido, regulado como un minucioso mecanismo por su soberana mano. Los incrédulos consideran inverosímil tal cúmulo de circunstancias. Pero a nosotros, los creyentes, no nos extraña de ningún modo. Por haber hecho muchas veces la experiencia de ello, conocemos esa todopoderosa intervención que hace que todas las cosas ayuden a bien a los que aman a Dios (Romanos 8:28).

Los salmos 7:13-16 y 37:32-33 reciben en nuestro relato una magistral confirmación.


44 - Ester 7:1-10

La acción se ha desarrollado a un ritmo rápido.

Ahora llega el desenlace. Amán, designado por el dedo de la reina, se derrumba. Él es el adversario, el enemigo, el malvado, ¡tres nombres que lleva el diablo mismo en la Palabra de Dios! Y, sobre la marcha, a la orden del rey, se cuelga a Amán en el mismo madero que él había preparado para Mardoqueo (comp. Salmo 7:14-15). Esta escena evoca para nosotros un conjunto de hechos incomparablemente más grandes. Como Mardoqueo ante el favorito del rey, Cristo, entre los hijos de los hombres, fue el único que no se inclinó ante Satanás. Conocemos su respuesta en el momento de la tentación: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás” (Mateo 4:9-10).

De manera que, no pudiendo hacer ceder a ese hombre perfecto, el Enemigo no descansó hasta deshacerse de él. Con esta finalidad alzó a los hombres contra Jesús, incitándolos a preparar su cruz, como Amán preparaba la horca para Mardoqueo (aunque este último no fue colgado en ella). Pero, precisamente esa cruz en la que Satanás pensaba triunfar y acabar con Cristo significó su definitiva derrota (léase Colosenses 2:15; Hebreos 2:14). Todo el esfuerzo de su odio sólo sirvió para su propia destrucción... y, al mismo tiempo, para nuestra salvación.


45 - Ester 8:1-14

Ahora el curso de las cosas está invertido. Sólo Dios puede dar vuelta así una situación. Pero la muerte de Amán está lejos de haberlo arreglado todo. El rey, atado por su propio sello, no tiene el poder de anular simplemente su funesto decreto. Lo que hace —y es todavía Dios quien le inclina hacia esta sabiduría— es confiar a Ester y Mardoqueo el cuidado de deshacer la conspiración de Amán. Los enemigos no serán desarmados. En cambio, los judíos van a ser autorizados y hasta alentados a defenderse y a destruirlos. El creyente tiene enemigos que procuran oprimirle. Aunque su jefe, Satanás, fue vencido por la obra de Cristo en la cruz (lo mismo que Amán fue colgado en la horca que él había preparado), el poder de obrar contra los hijos de Dios todavía no les ha sido quitado. Pero ahora estos últimos reciben la posibilidad de combatirlos eficazmente.

Cada uno de nosotros conoce por demás a esos enemigos. Si los tratamos con miramientos, ellos no andarán con contemplaciones con nosotros. Usemos, pues, los medios de la fe para anular sus esfuerzos, inclusive reuniéndonos para la oración en común (véase v. 11). Fortalezcámonos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6:10).


46 - Ester 8:15-17 a 9:1-10

El tiempo de quedarse humildemente a la puerta del rey pasó para Mardoqueo. Asuero, poseedor del poder supremo, le confirió gloria, majestad, honor y poder. Es una figura de la elevación del Señor Jesucristo cuando, como lo dijo un poeta: «Le veremos surgir deslumbrante de gloria, Hijo del hombre nimbado con aureola de oro» (comp. Ester 8:15).

Repasemos brevemente el curso de la vida de Mardoqueo y sus semejanzas con el camino de Jesús: cuidó de la joven de Israel, así como Cristo constantemente veló por su pueblo; fue fiel servidor del rey y, sin embargo, rehusó inclinarse ante el amalecita, así como Jesús no reconoció el menor derecho al Tentador. Pero Cristo, a causa de esa perfección y de su amor por su pueblo, tuvo que conocer en realidad el infame madero, cuya sombra sólo pasó sobre Mardoqueo.

Después de los sufrimientos vienen las glorias. Sí, a través del versículo 15 del capítulo 8 y de los versículos 3-4 del capítulo 9 contemplamos con adoración el triunfo de Jesús, al que acompañará la destrucción o la sumisión de todos sus enemigos (véase Salmo 66:3-4).

Los diez hijos de Amán, de quienes el padre se sentía tan orgulloso (Ester 5:11) perecen a su turno.

“No será nombrada para siempre la descendencia de los malignos” (Isaías 14:20).


47 - Ester 9:11-22

El día 13 del mes de Adar, el que debía marcar para siempre la masacre y la desaparición de Israel, llegó a ser, al contrario, el de su triunfo y el del aniquilamiento de sus enemigos. Estos últimos hicieron la trágica experiencia de ello: no se ataca impunemente al pueblo de Dios. El que lo toca, “toca a la niña de su ojo” (Zacarías 2:8; véase Salmo 105:1215).

¿Seremos en menor grado los objetos de su ternura, nosotros, quienes formamos parte del pueblo celestial, de la Esposa de Cristo? Israel en el cautiverio tiene, por cierto, los caracteres de una nación “tirada y despojada... un pueblo terrible... una nación medida y hollada” (Isaías 18:2 V.M.). Dios, para quien ese pueblo es maravilloso porque de él nació el Salvador del mundo, pondrá en actividad sus poderosos medios para liberar a esa nación a la que el mundo hollaba.

¡Cuán rico es este libro de Ester, del cual habríamos podido pensar, al abordarlo, que contenía poca edificación! En figura, ¡qué lugar le da a Jesús humillado y exaltado! ¡Qué horizonte descubre acerca del porvenir de Israel, su descanso y su alegría (Ester 9:17), ese gozo del reino que lo espera al fin de todos sus sufrimientos!

48 - Ester 9:23-32 a 10:1-3

Así de año en año deberá conmemorarse, por esa fiesta de Purim, la gran liberación de la cual fue objeto el pueblo.

La cristiandad, con sentimientos lamentablemente muy mezclados, celebra cada año el nacimiento y la muerte del Salvador. Por cierto, alegrémonos de que, de esa manera, muchos son llevados a pensar por lo menos una vez o dos por año en esos maravillosos acontecimientos. Y cada fin de año es también para nosotros una ocasión para bendecir a Dios por todas las gracias otorgadas. Pero es de desear que, no una vez por año sino cada primer día de la semana y, en verdad, cada día de nuestra vida, podamos acordarnos de nuestra gloriosa redención y de nuestro glorioso Redentor.

Éste se nos presenta todavía una vez más en el capítulo 10 bajo los rasgos de Mardoqueo: “Grande...

estimado por la multitud de sus hermanos... procuró el bienestar... y habló paz...” (v. 3). En todo esto contemplamos a Jesús, quien, como siervo (Isaías 52:13), obró sabiamente y, por consiguiente, debe ser engrandecido y exaltado, y puesto muy en alto (véase también Salmo 45:6-8 y Filipenses 2:9-11). Pero, Él es igualmente digno de ocupar el primer lugar en nuestros pensamientos y afectos (Colosenses 1, fin del v. 18). ¡Cada uno de nosotros debe darle ese lugar desde ahora!