Leer 1 Tesalonicenses en PDF

Leer 2 Tesalonicenses en PDF

Leer 1 Timoteo en PDF

Leer 2 Timoteo en PDF

Leer Tito en PDF

Leer Filemón en PDF


1 Tesalonicenses 1:1-10
1 Tesalonicenses 2:1-12
1 Tesalonicenses 2:13-20
1 Tesalonicenses 3:1-10
1 Tesalonicenses 3:11-13 a 4:1-8
1 Tesalonicenses 4:9-18
1 Tesalonicenses 5:1-11
1 Tesalonicenses 5:12-28
2 Tesalonicenses 1:1-12
2 Tesalonicenses 2:1-17
2 Tesalonicenses 3:1-18
1 Timoteo 1:1-11
1 Timoteo 1:12-20
1 Timoteo 2:1-15
1 Timoteo 3:1-16

1 Timoteo 4:1-16
1 Timoteo 5:1-16
1 Timoteo 5:17-25 a 6:1-10
1 Timoteo 6:11-21
2 Timoteo 1:1-18
2 Timoteo 2:1-13
2 Timoteo 2:14-26
2 Timoteo 3:1-17
2 Timoteo 4:1-22
Tito 1:1-16
Tito 2:1-15
Tito 3:1-15
Filemón 1-12
Filemón 13-25

1 - 1 Tesalonicenses 1:1-10

El capítulo 17 de los Hechos de los apóstoles nos relata la corta visita de Pablo y Silas (o Silvano) a Tesalónica. Allí habían anunciado y vivido el Evangelio (v. 5). Y los tesalonicenses, habiéndolo recibido (v. 6), lo vivían a su turno. Su obra era una prueba de su fe (compárese con Santiago 2:18); su trabajo confirmaba su amor; su paciencia proclamaba cuál era la gran esperanza que por sí sola podía sostenerlos (v. 3). Así todo el mundo sabía que en Tesalónica existían cristianos (v. 7). ¿Saben todos en mi barrio o en mi lugar de trabajo que soy un creyente? Una conversión es la señal pública del nuevo nacimiento, es el cambio de dirección visible que corresponde a la vida divina recibida en el alma. Cuando uno da media vuelta, ya no tiene los mismos objetivos (Gálatas 4:8-9). De ahí en adelante, los tesalonicenses daban la espalda a los ídolos, estériles y engañosos, para contemplar y servir a un Dios vivo, el Dios verdadero.

Los ídolos de madera o de piedra del mundo pagano cedieron el lugar a los ídolos más refinados del mundo cristianizado, pero sigue siendo cierto que “ningún siervo puede servir a dos señores” (Lucas 16:13). ¿A quién servimos nosotros? ¿A Dios o a nuestras codicias? ¿Y qué esperamos? ¿Al Hijo de Dios o la ira venidera?

2 - 1 Tesalonicenses 2:1-12

Los ultrajes y malos tratos padecidos por Pablo y Silas en Filipos (Hechos 16:12-40), lejos de desanimarlos, les impulsaron a anunciar el Evangelio con “denuedo”. La furiosa reacción del Adversario probaba precisamente que el trabajo de ellos no había resultado vano (v. 1). Sin embargo, no habían empleado ninguno de los métodos habituales de la propaganda humana: seducción, astucia, lisonjas o deseos de agradar sino que “con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Corintios 2:17). A menudo, hoy en día, el Evangelio es presentado bajo un aspecto atrayente y sentimental, o como un complemento de una obra social. El ministerio de Pablo tampoco estaba alentado por uno de los tres grandes motores de la actividad humana: la búsqueda de la gloria personal, la satisfacción de la carne y el provecho material. Al contrario, sus sufrimientos testimoniaban un completo desinterés (Hechos 20:35). Dos sentimientos le animaban: la continua preocupación de agradar a Dios (v. 4) y el amor por los que habían llegado a ser “sus propios hijos”. Como una madre, él los había alimentado y cuidado con ternura (v. 7); como un padre, los exhortaba y enseñaba a andar (v. 11-12). Pero ante todo quería que ellos tuvieran plena conciencia de su relación con Dios. ¡Qué posición la de ellos, y la nuestra! Dios nos llama a su propio reino y a su propia gloria.


3 - 1 Tesalonicenses 2:13-20

Los cristianos de Tesalónica habían aceptado la palabra del apóstol como verdadera Palabra de Dios (v. 13; Mateo 10:40). Muchos teólogos no reconocen la absoluta inspiración de todas las partes de las Sagradas Escrituras. A menudo los escritos de Pablo son presentados como las enseñanzas de un hombre, sin duda un notable hombre de Dios, pero falible, pretexto para no someterse a ellas y rechazar lo que parece demasiado estrecho… Pero, bendito sea Dios, cada palabra de la Biblia posee la misma autoridad divina.

Los celos de los judíos habían interrumpido la actividad del apóstol a favor de los tesalonicenses (v. 15-16; Hechos 17:5). Él no había terminado de instruirlos. Un maestro se siente frustrado cuando ninguno de sus alumnos obtiene el diploma para el cual los preparó. Pablo les habló al corazón y les recordó que era personalmente responsable de la fidelidad de ellos. Según el caso, él recibiría una corona de manos del Señor o sería avergonzado a causa de ellos “en Su venida” (v. 19; 1 Juan 2:28).

Queridos amigos: como el apóstol, tengamos este pensamiento presente en nuestro espíritu: pronto tendremos que rendir cuentas ante nuestro Señor de todo lo que hayamos hecho, como en la parábola de Mateo 25:19: “Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos” (Véase también Romanos 14:12).


4 - 1 Tesalonicenses 3:1-10

Dos veces Satanás impidió que Pablo volviera a Tesalónica (2:18). Dios permitió esa situación para que tanto los afectos del apóstol como la fidelidad de los tesalonicenses fueran manifestados. Entonces “el tentador” (v. 5), utilizando otra arma, había suscitado grandes tribulaciones contra ellos. Pablo les había advertido que esas pruebas no sólo eran inevitables, sino que ellos estaban destinados a esto (v.

3; Juan 15:20; Juan 16:33). Por esa razón, ¿permanecía él indiferente? ¡De ninguna manera! Pero lo que más lo preocupaba no eran las tribulaciones de los tesalonicenses, sino que se mantuviesen firmes en la fe (v. 2, 5-7, 10). ¡Qué lección para nosotros que nos detenemos fácilmente ante circunstancias exteriores –como dificultades materiales, enfermedades, etc.– y perdemos de vista el estado interior del creyente! “No pudiendo soportarlo más” (v. 1 y 5), el apóstol había encomendado a Timoteo que los fortaleciese y animase. Y él mismo había sido consolado y hasta regocijado en medio de su propia tribulación como consecuencia de las noticias recibidas.

Porque lejos de quebrantar la fe de esos creyentes, muy jóvenes en ella, la prueba había fortalecido esta fe. Los climas más rudos generalmente forjan las razas más resistentes. Una vez más, Satanás había hecho una obra engañosa para sí, según Proverbios 11:18: “El inicuo adquiere para sí una ganancia engañosa” (V.M.).


5 - 1 Tesalonicenses 3:11-13 a 4:1-8

¡No son nuestras pruebas las que deben movernos a esperar al Señor, sino nuestro amor hacia él! Su venida “con todos sus santos” (v. 13) es el gran pensamiento que debe regir todo nuestro comportamiento. Somos “santos” ante Dios por medio de la perfecta obra de Cristo (Hebreos 10:10). Pero al mismo tiempo somos exhortados a afirmar nuestros corazones en la santidad práctica (3:13); ella es la expresa voluntad de Dios para cada uno de los suyos (4:3). Un creyente deberá cuidarse particularmente para permanecer puro (v. 4). Al considerar su cuerpo como un instrumento de placer, peca primeramente contra sí mismo: a veces arruina su salud, su conciencia siempre se verá afectada (ésta pierde su sensibilidad frente al mal y se desarregla como un cuentakilómetros que ha sido violentado).

También puede perjudicar grandemente a otra persona (v. 6; Hebreos 13:4). ¡Cuántas vidas arruinadas, espíritus y cuerpos mancillados al igual que hogares destrozados han pagado el precio de la vanidad de una conquista y el placer de unos momentos! Finalmente, la impureza, bajo todas sus formas, es un pecado contra Dios (Salmo 51:4).

Nuestro cuerpo ya no nos pertenece, pues ha llegado a ser el templo del Espíritu que Dios nos dio (v. 8; 1 Corintios 6:18-20). El Espíritu Santo reclama una morada santa. Conservar nuestro cuerpo sin mancha (5:23) es honrar a Aquel que lo habita.


6 - 1 Tesalonicenses 4:9-18

No es necesario cumplir obras extraordinarias “para servir al Dios vivo y verdadero” (1:9). Ante todo, el cristiano debe vivir apaciblemente y cumplir fielmente su tarea cotidiana (4:11). ¡Pronto se acabará su trabajo terrenal! Al oír la conocida voz del Señor, cada cual dejará su herramienta para ir a Su encuentro y estar para siempre con él. El arrebatamiento de los creyentes es el primer acto de la venida del Señor Jesús (el segundo será su glorioso retorno con ellos: cap. 3:13). Él mismo vendrá a buscarlos; no dejará a nadie más esa labor y ese gozo. Este gozo debe ser la parte de cada redimido y su presente consuelo cuando ha fallecido un familiar o amigo creyente. Como la muerte ha sido vencida, aunque todavía no destruida, los muertos en Cristo simplemente “duermen” (v. 13-15; Juan 11:11-13). Despertarán como Lázaro –mas para siempre– a la voz de mando del Príncipe de la vida.

Luego, en perfecto orden y así como él dejó la tierra, los que vivamos “seremos arrebatados juntamente con ellos” para ir a Su encuentro en el aire (v. 17; Filipenses 3:20). ¿Vivirá nuestra generación este maravilloso acontecimiento, esperado por tantas generaciones? Todo lo hace pensar. Tal vez ocurra hoy. Amigo lector: ¿Está usted preparado?

7 - 1 Tesalonicenses 5:1-11

Si para los redimidos del Señor su venida significa la entrada en el gozo eterno, para los incrédulos es el comienzo de una “destrucción repentina” (v. 3; Lucas 17:26-30). ¡Bienaventurada esperanza para unos, total y terrible sorpresa para otros! Por desdicha, en la práctica la diferencia está lejos de ser tan nítida. Ciertos “hijos de luz” ocultan su lámpara “debajo del almud, o debajo de la cama” (Marcos 4:21). Duermen, y la somnolencia espiritual es un estado que se asemeja a la muerte. ¿A qué se debe? Generalmente a una falta de sobriedad. Embriagarse es hacer de los bienes de la tierra un uso que supera a lo que uno necesita (véase Lucas 12:45-46).

Y cuando uno está adormecido en cuanto a los intereses celestiales y muy despierto en cuanto a los terrenales, ¿puede desear el retorno del Señor? Nosotros que somos del día, “no durmamos como los demás”, “como los otros que no tienen esperanza” (4:13), para que no seamos sorprendidos, nosotros también, por la llegada repentina de nuestro Señor.

Volvamos a leer las serias palabras del Señor en 13:33 a 37. Y hagámonos a menudo esta pregunta: ¿Me gustaría que el Señor me encontrase haciendo lo que estoy haciendo, diciendo o pensando?

8 - 1 Tesalonicenses 5:12-28

El final de la epístola nos enseña cuál debe ser nuestro comportamiento entre hermanos, con respecto a todos los hombres, en relación con Dios y en la Iglesia. En suma, toda nuestra vida está encuadrada en estas cortas exhortaciones. Si se trata de estar gozoso, debemos estalo siempre; si de orar, que sea sin cesar; si de dar gracias, que lo sea en todo. La fe nos permite agradecer al Señor aun por lo que puede parecernos enojoso. Orar sin cesar es permanecer en Su comunión, lo que será también nuestra protección contra el mal bajo todas sus formas (v. 22). El que nos rescató enteramente –espíritu, alma y cuerpo– también exige la santidad de todo nuestro ser (4:3). Las manchas del espíritu y del corazón, aunque invisibles, son tan temibles como las del cuerpo. Pidámosle al Señor, quien es fiel, que nos conserve sin reproche, conformes a él, para el instante de la gran cita. Ningún pensamiento es más apropiado para santificarnos que el del retorno del Señor Jesús (1 Juan 3:3). Esta inestimable promesa se halla mencionada al final de cada uno de los cinco capítulos de esta carta. No la perdamos de vista. Y hasta entonces, que “la gracia de nuestro Señor Jesucristo” sea con cada uno de nosotros.


9 - 2 Tesalonicenses 1:1-12

Las persecuciones de las que los tesalonicenses eran víctimas habían aumentado su fe, habían hecho abundar su amor y manifestar su paciencia.

¿Entonces qué les faltaba? ¿Por qué el apóstol juzgó necesario dirigirles esa segunda epístola? Esta vez, la esperanza y el gozo del Espíritu Santo no son nombrados (comp. 1 Tesalonicenses 1:3 y v. 6, final).

Pablo coloca ante ellos las verdades apropiadas para reanimar estos sentimientos en sus corazones.

El triunfo de sus perseguidores y sus propios sufrimientos no son más que temporales: El “Dios de retribuciones, dará la paga” (Jeremías 51:56). Esta retribución, tanto de los fieles como de los impíos, tendrá lugar en el día del Señor. Está ligada con su gloriosa manifestación. El mismo castigo –“la eterna perdición”– alcanzará a los paganos que voluntariamente permanecieron en la ignorancia de Dios y a los cristianos que lo son sólo de nombre y desobedecen al Evangelio (v. 8). En cambio, los santos –“todos los que creyeron”– serán vistos en la compañía del Señor y asociados a su admirable gloria (v.

10; Mateo 13:43). Pero la voluntad de Dios y la oración del apóstol es que, desde ahora, el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en cada uno de los que le pertenecen.


10 - 2 Tesalonicenses 2:1-17

Un grave asunto turbaba a los tesalonicenses.

¿No era inminente el día del Señor? Sus tribulaciones podían hacerles creer tal cosa, y falsos maestros lo afirmaban. No, contesta el apóstol. Ese día debe ser precedido por tres acontecimientos: 1° El arrebatamiento de los creyentes para estar junto con el Señor. 2° La apostasía de la falsa iglesia y de los judíos mismos. 3° La aparición del Anticristo, llamado “el hombre de pecado, el hijo de perdición” (v. 3) y el “inicuo” (v. 8). Estos nombres subrayan, por contraste, los caracteres del Señor Jesús: justicia, salvación y entera obediencia a Dios.

En este terrible período un poder engañoso, enviado como castigo, oscurecerá la mente de los hombres. Como no creyeron la verdad, creerán la mentira. “El misterio de la iniquidad” (v. 7) ya está en acción, agrega el apóstol (compárese con 1 Juan 2:18). Sólo que “hay quien al presente lo detiene”, el Espíritu Santo; éste opone una barrera al despliegue del mal en el mundo. Cuando él haya dejado la tierra junto con la Iglesia, entonces la iniquidad no conocerá freno alguno. Pero, ¡qué contraste entre ese poder satánico (v. 1-12) y la obra de nuestro Dios y Padre! (v. 13-17). Él nos amó, nos escogió para salvación y nos llamó para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Ahora no dejemos de darle las gracias (v. 13; 1:3).


11 - 2 Tesalonicenses 3:1-18

Pablo se encomienda a las oraciones de los santos: “Orad por nosotros” (v. 1 y 1 Tesalonicenses 5:25). Él mismo no cesaba de orar por ellos (1:11).

Contaba con el fiel Señor para afirmarlos y guardarlos del mal. También contaba con la obediencia de ellos, y ésta abarcaba el muy simple cumplimiento de sus tareas cotidianas. Pero algunos en Tesalónica habían cesado de trabajar. Si el Señor viene –pensaban ellos– ¿para qué cultivar el campo y ocuparse en los negocios de la vida presente? Y, como triste consecuencia de ello, se entremetían en lo ajeno (véase 1 Timoteo 5:13). Pablo protestó con vehemencia. Nada en su enseñanza podía dar pretexto a semejante desorden (v. 6-7, 11). Al contrario, él había dado el ejemplo del trabajo manual “para no ser gravoso” a nadie. Y el ejemplo supremo es “la paciencia de Cristo” (v. 5) que permanece a la espera del momento en que ha de presentarse a su amada Iglesia.

Con las epístolas a los Tesalonicenses llegamos al final de las cartas que Pablo escribió a siete iglesias muy diferentes. En ellas trata los diversos aspectos de la vida y de la doctrina cristiana, desde la adquisición de la salvación en la epístola a los Romanos hasta la gloria próxima. Todas esas enseñanzas tienen un gran precio para nosotros. Que el Señor nos ayude a retenerlas con miras a permanecer “firmes” (2:15).


12 - 1 Timoteo 1:1-11

Conocimos a Timoteo en el capítulo 16 de los Hechos. Los vínculos de Pablo con su “verdadero hijo en la fe” eran preciosos. Sin embargo, le escribe en calidad de apóstol para subrayar la autoridad que le confiere. A ese joven discípulo se le confía una tarea difícil: mandar a cada uno cómo debe conducirse en la iglesia (1 Timoteo 3:15). El propósito de este mandamiento era el amor (v. 5). Así como los tribunales no son para la gente honesta, la ley no concierne más a los que son justificados. Lo que les conviene de ahí en adelante es el amor, cuya fuente está en Dios. Este amor ha sido derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). Pero para que no permanezca en nosotros como agua estancada, para que nos atraviese y sea provechoso para los demás, ningún conducto debe estar obstruido. El amor emana de un “corazón limpio”: libre de todo ídolo; proviene de una “buena conciencia”: la que no tiene nada que reprocharse (véase Hechos 24:16); de una “fe no fingida”: exenta de toda forma hipócrita (2 Timoteo 1:5). Si estas condiciones no se cumplen, nuestro cristianismo no será más que “vana palabrería” (1 Timoteo 1:6).

¡Cuán brillante es el contraste entre la ley que maldice al pecador y la gracia que lo transporta al goce de la gloria y de la felicidad de Dios!

13 - 1 Timoteo 1:12-20

Si alguien podía comparar la servidumbre de la ley con el Evangelio de la gracia, ése era el fariseo Saulo de Tarso, quien llegó a ser el apóstol Pablo.

Su fidelidad a los mandamientos no le había impedido ser el primero de los pecadores, pues había perseguido a Jesús al perseguir tan cruelmente a los Suyos. Sincera y humildemente, se declara el peor de todos aquellos pecadores enumerados en los versículos 9 y 10. Pero Jesucristo vino a salvar precisamente a los culpables y no a los justos (Mateo 9:13). Y puesto que el primero de ellos pudo ser salvo, nadie puede considerarse demasiado pecador para no beneficiarse de la gracia. “Fui recibido a misericordia”, exclama el apóstol dos veces (v. 13 y 16). Mide la grandeza de esa misericordia con la magnitud de su propia miseria, y espontáneamente la adoración se eleva de su corazón (v. 17).

Si a menudo gozamos tan poco de la gracia, tal vez sea porque nuestra convicción de pecado no ha sido suficientemente profunda. “Aquel a quien se le perdona poco” –o por lo menos, el que lo piensa así– “poco ama” (Lucas 7:47). Amigo aún indiferente, hasta ahora la paciencia del Señor se ha ejercido también hacia usted. No le haga esperar más tiempo. Tal vez mañana sea demasiado tarde.


14 - 1 Timoteo 2:1-15

El apóstol, antes de hablar a Timoteo de otras cosas (3:14; 4:6 y 11), menciona la oración bajo sus distintas formas. Un servicio cristiano empieza siempre por la oración. La voluntad de Dios para salvar, la obra de Cristo y nuestra oración abarcan a todos los hombres. Nuestro deber es orar por todos sin restricción, porque Dios quiere que todos los hombres sean salvos, pues Jesucristo se dio en rescate por todos. Si no todos son salvos, no se debe a Dios ni a Cristo, sino a la dureza del corazón humano. Tenemos el privilegio de orar por las multitudes que no saben hacerlo.

Que podamos llevar una vida apacible y quieta depende de “los que están en eminencia”. Pidámosle a Dios que nos la conceda por medio de ellos, no para derrocharla a merced de nuestras codicias, sino para estar más libres a fin de ocuparnos en la salvación de los pecadores (véase Esdras 6:10).

Los hermanos, incluso los más jóvenes, son llamados a orar “en todo lugar” y públicamente en la iglesia. En cambio, en ella las hermanas deben guardar silencio. Pero, por medio de su actitud y su modesto arreglo personal, pueden dar un testimonio más poderoso que con las palabras. Las consecuencias de la caída en Edén (véase Génesis 3:16) permanecen para la mujer; pero la fe, el amor, la santidad y la modestia son prendas de liberación y bendición, aun en la tierra.


15 - 1 Timoteo 3:1-16

Aspirar al obispado debe ser considerado como una prueba de amor por la iglesia. Para ejercer las funciones de obispo (o anciano) y las de diácono (o siervo), no es cuestión de estudios ni de examen, sino de condiciones morales. Éstas son de dos tipos: 1° un buen testimonio en la iglesia y fuera de ella; 2° una experiencia adquirida en la vida cristiana.

En toda casa existe una regla de conducta, una disciplina colectiva a la que cada uno se somete. Así ocurre en la casa del Dios viviente: la Iglesia (véase 1 Corintios 14:40). No somos libres, en absoluto, de comportarnos en ella a nuestro antojo. Ella es la columna sobre la cual el nombre de Cristo, la Verdad, está escrito para hacerlo conocer al mundo entero.

Grande es el misterio de la piedad, porque grande es la Persona sobre la cual está fundada nuestra relación con Dios. La venida de Jesús como hombre a la tierra, la perfecta justicia de todo su andar en el poder del Espíritu Santo y bajo la mirada de los ángeles, su Nombre predicado y creído aquí abajo y finalmente su elevación a la gloria, constituyen los elementos inseparables de ese misterio intangible confiado a la iglesia. Ésta es responsable ante el Señor de sostener y guardar toda la Verdad (v.

3:15).


16 - 1 Timoteo 4:1-16

El gran misterio de la piedad ha sido menospreciado por muchos. Algunos han quitado lo que les molestaba. Otros han agregado prácticas legales o supersticiones. El “buen ministro” se nutre de “la buena doctrina” (v. 6; véase 1:10; 6:3). Entonces estará en condiciones de enseñar a los demás (v. 11 y 13). La piedad es una virtud para la que uno se ejercita (en griego “gymnazô”, de donde viene nuestro vocablo gimnasia). Uno se adiestra para la piedad. El ejercicio corporal, el deporte, es útil para la salud de nuestro cuerpo: poca cosa en comparación con los progresos del alma a los que lleva la práctica cotidiana de la piedad. Notemos que es necesario ejercitarse uno mismo, pues nadie puede vivir de la piedad de otro. Con esta condición, el joven Timoteo podría ser un “adiestrador” para otros (véase Tito 2:7): un modelo en palabras, confirmado por la conducta, cuya inspiración es el amor, el cual a su vez es esclarecido por la fe, la que finalmente es preservada por la pureza (v. 12).

¿Y cómo se ejercita uno para la piedad? Ocupándose en las cosas divinas y entregándose por completo a ellas. La debilidad de nuestro testimonio a menudo proviene del hecho de que nos dispersamos en demasiadas direcciones. Seamos los campeones de una única causa: la de Cristo (véase 2 Corintios 8:5). Así haremos progresos evidentes para todos.


17 - 1 Timoteo 5:1-16

En las relaciones con los demás creyentes, los vínculos familiares (“padre… hermanos… madre… hermanas…”) deben servirnos de modelo (v. 1-2).

Nunca perdamos de vista que formamos una única y misma familia: la familia de Dios.

Cada uno es invitado a mostrar su piedad, pero primeramente para con su propia casa (v. 4). Los fariseos predicaban lo contrario. Mientras ostentaban devoción, anulaban el mandamiento de Dios alejando a los hijos de sus más legítimos deberes para con sus padres (Marcos 7:12-13).

En un solo versículo, el 10, se resume una vida entera al servicio del Señor. Que cada cristiana halle inspiración y fortaleza a fin de no desear otra cosa.

Los versículos 3 a 16, dedicados a las viudas, nos recuerdan que Dios cuida de ellas de una manera muy particular (Salmo 68:5). El evangelio de Lucas menciona a cuatro de ellas: Ana, cuya actividad en oraciones constantes ilustra el versículo 5 (Lucas 2:36-38); la viuda de Naín, a la que Jesús devolvió el hijo (Lucas 7:11-17); la que pedía justicia al juez injusto de la parábola del capítulo 18; y, finalmente, la viuda pobre que, ante los ojos del Señor –y para Su gozo– dio al tesoro del templo todo lo que tenía para su sustento (Lucas 21:1-4). Una completa fe en Él agrada a Dios por encima de todo (Hebreos 11:6).


18 - 1 Timoteo 5:17-25 a 6:1-10

Pablo sigue exponiendo a Timoteo cómo debe conducirse “en la casa de Dios” (3:15). Asunto capital por el que Dios mismo se interesa –es Su casa– al igual que el Señor Jesucristo y los ángeles escogidos, llamados a considerar la sabiduría de Dios en la iglesia (5:21; Efesios 3:10). Esa “multiforme sabiduría” también debe manifestarse en los variados detalles de la vida de la iglesia: deberes de la grey para con sus ancianos, comportamiento del siervo de Dios para resolver los casos difíciles, instrucciones dadas a los esclavos… (6:1-2). Cuántos desórdenes se introducen tan pronto como uno no se sujeta más a las sanas palabras, que no son las de Pablo o Timoteo, sino las de nuestro Señor Jesucristo (v. 3; 1 Tesalonicenses 4:2 y 8).

La piedad acompañada de contentamiento es en sí misma una ganancia, una gran ganancia al alcance de todos (4:8). Nuestra civilización está basada en la creación y satisfacción de nuevas necesidades. Pese a todo, el ávido corazón del hombre permanece insaciable (compárese v. 9-10 con el Salmo 49:16-20). Agradezcamos al Señor que nos asegura lo necesario: “sustento y abrigo” y “estemos contentos con esto” (6:8). Siempre estaremos satisfechos con lo que él nos da, si él mismo, el Dador (quien es el Objeto de la piedad), llena plenamente nuestro corazón.


19 - 1 Timoteo 6:11-21

¡“Mas tú…”! El hombre de Dios –y cada hijo de Dios– debe andar sin cesar contra corriente aquí abajo. Huye de lo que el mundo ama y busca: el dinero y las cosas que se pueden adquirir con él (v.

10). Sigue lo que agrada al Señor: justicia, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre (v. 11). Aguarda Su aparición, ese tiempo en que todo será manifestado (v. 14).

El apóstol no confunde a los que son ricos (v. 17) con los que quieren enriquecerse (v. 9). Mas proyecta sobre los bienes de “este siglo” la luz de la eternidad. El objeto de nuestra confianza no está en los dones, sino en Aquel que los da; la verdadera ganancia es la piedad; las verdaderas riquezas son las buenas obras (v. 18); el verdadero tesoro es un buen fundamento para el porvenir (v. 19). Sí, sepamos discernir y echar mano “de la vida que lo es en verdad” (V.M.).

Huye, sigue, pelea, echa mano, son las exhortaciones que hemos hallado en nuestra lectura (v. 1112). El versículo 20 contiene un último imperativo particularmente solemne: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado” (véase también el v. 14 y 2 Timoteo 1:14). Tal es la exhortación final, e invitamos a cada uno de nuestros lectores a reemplazar el nombre de Timoteo por el suyo propio.


20 - 2 Timoteo 1:1-18

Esta segunda epístola, muy diferente de la primera, enfoca un tiempo de ruina en que el apóstol, prisionero, al final de su carrera, asiste a la rápida decadencia del testimonio por el cual había trabajado tanto. Pero Dios se valió de esos progresos del mal, ya visibles en el tiempo de los apóstoles, para darnos esta carta que nos muestra el camino a seguir y los recursos de la fe en “tiempos peligrosos” como los nuestros (3:1). “¡Ánimo! –escribe Pablo a su “amado hijo”– ¡no te dejes asustar!”. Lo que poseemos se halla fuera del alcance del enemigo y está protegido por el poder de Dios Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Éste permanece como espíritu de poder, de amor, de consejo, y “mora en nosotros” (v.

14; Juan 14:17 al final).

“Nuestro Salvador Jesucristo” no ha cambiado.

Su victoria sobre la muerte ha sido lograda para la eternidad (v. 10). Cuando todos los puntos de apoyo exteriores se han derrumbado, la fe es llevada a descansar sólo en el Señor (v. 12; Salmo 62:1). La fidelidad de cada uno es puesta a prueba no cuando todo va bien, sino cuando todo va mal (Filipenses 2:22). En la adversidad, muchos abandonaron al apóstol (v. 15), en tanto que uno abnegado, Onesíforo, lo buscó y visitó en la cárcel. Éste formaba parte de aquellos misericordiosos a quienes les será hecha misericordia (v. 18; Mateo 5:7 y 25:36).


21 - 2 Timoteo 2:1-13

“Esfuérzate en la gracia”, recomienda el apóstol a su querido discípulo. Él mismo había aprendido este secreto de boca del Señor: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Tres ejemplos: el del soldado, el del atleta y el del labrador ilustran el renunciamiento, la obediencia y la paciencia del cristiano. ¿Qué caracteriza a un buen soldado? No se sobrecarga con inútil bagaje; es disciplinado a fin de agradar a sus superiores; sabe que el oficio de soldado implica inevitablemente sufrimientos, peligros, golpes y que éstos preceden a las menciones honoríficas y condecoraciones. Esto es cierto y toda la Escritura lo confirma: nuestro comportamiento actual tendrá su contrapartida eternal. Hoy, los sufrimientos y la muerte con Cristo; mañana, la vida con él, el reinado y la gloria eterna. Creyentes: Cristo nos ha reclutado bajo su bandera. Por desdicha, en un ejército se pueden hallar desertores que reniegan de su bandera y de su capitán (v. 12). Existen mil maneras, aun silenciosas, de traicionar a nuestro Jefe. Que el deseo de obtener su aprobación, secreta hoy, pública mañana, haga de nosotros buenos soldados, aptos para pelear “la buena batalla” (4:7-8 y 1 Timoteo 6:12).

Estad por Cristo firmes, soldados de la cruz, Alzad hoy la bandera en nombre de Jesús; A aquel que al fin venciere corona se dará, Y con el Rey de gloria por siempre reinará.


22 - 2 Timoteo 2:14-26

Cuando todo va bien, cuando la obra es próspera, el obrero no tiene motivos para avergonzarse ante los hombres (1:8, 12 y 16 al final). En cambio, cuando el testimonio está en ruina, fácilmente sentimos vergüenza. Pero, ¡qué importa el menosprecio del mundo, si somos aprobados por Dios! (v. 15). Este capítulo traza una línea de conducta que nos permite estar seguros de esa aprobación en toda circunstancia: allí donde la incredulidad y la corrupción dominan, el cristiano fiel se aparta. En relación con los individuos, él se limpia; respecto a las codicias, las rehuye; en cuanto al bien, lo sigue; a los creyentes, los busca, se une a ellos y juntos rinden culto a Dios. En la práctica, los versículos 19 a 22 han llevado a apreciados hijos de Dios a apartarse de diversos sistemas religiosos de la cristiandad y a reunirse alrededor del Señor para alabarle.

Ya hemos oído un “huye” y un “sigue” en la primera epístola (6:11). Quiera el Señor grabar en el corazón de todos los creyentes este versículo 22: “Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz”. Sin embargo no olvidemos que, así como debemos ser firmes en cuanto a la verdad y a los principios, los que no sufren ningún término medio, también debemos soportar a las personas y manifestarles “mansedumbre” (v. 24-25; Efesios 4:2).


23 - 2 Timoteo 3:1-17

El sombrío retrato moral de los versículos 2 a 5 se parece al del primer capítulo de la epístola a los Romanos, versículos 28 a 32, con la diferencia de que aquí no describe personas paganas, sino a gente que dice ser cristiana. Y, lo que es más grave, la forma de piedad –la hipocresía– cubre esos horrendos rasgos con un barniz engañoso. Con un “pero tú”, vuelve a interrumpirse el apóstol (v. 10 y 14; 4:5). Por un lado están esas personas inmorales que “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (v. 7); y por otro, ese joven siervo de Dios, nutrido desde la niñez con “las Sagradas Escrituras” (v. 15) bajo la influencia de una madre y una abuela piadosas (1:5). ¡Dichosos los que, desde su niñez, han sido asiduos lectores de la Palabra de Dios! A ellos y a todos nosotros se dirige esta exhortación: “Persiste tú en lo que has aprendido” (v. 14).

El versículo 16 establece la plena inspiración de toda la Escritura y al mismo tiempo su autoridad “para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”. La Palabra de Dios alimenta y forma al hombre de Dios. Timoteo lo era pese a su juventud. Este título de “hombre de Dios” (v. 17 y 1 Timoteo 6:11) es más noble aun que el de “soldado”, “obrero” o “siervo del Señor” (2:3, 15 y 24). Aquí Dios nos muestra cómo se llega a ser un “hombre de Dios”. ¡Que él nos dé también el deseo de serlo!

24 - 2 Timoteo 4:1-22

Aunque muchos apartan el oído de la verdad (v.

4), el obrero del Señor debe, no obstante, predicar, advertir, instar “a tiempo y fuera de tiempo”, convencer, reprender, exhortar… en resumen, cumplir plenamente su ministerio (v. 2 y 5). Pablo había dado el ejemplo. Su carrera se acababa. Los deportistas saben que una competición nunca está decidida antes de la línea de llegada. Abandonar o dejarse adelantar en los últimos metros es perder toda la carrera… juntamente con el premio. Y los últimos pasos a menudo son los más difíciles. El amado apóstol nos da una conmovedora idea de las condiciones finales de su combate y de su carrera: la cárcel, el frío y la desnudez (1 Corintios 4:11; 2 Corintios 11:27; aquí pide su capa: v. 13), la maldad y la oposición de los hombres (v. 14-15), su comparecencia ante César (Nerón) y la ausencia de todos sus amigos (v. 16). Éstos se habían dispersado y hasta Demas lo había abandonado. No se puede formar parte de los que aman “este mundo” (v. 10) y de los que aman la venida del Señor (v. 8). La epístola se termina mencionando el supremo recurso en un tiempo de ruina: la gracia. Era el saludo del apóstol (1:2); es también su despedida (v. 22). ¡Que esta gracia esté con cada uno de nosotros!

25 - Tito 1:1-16

En la epístola a Tito volvemos a hallar los temas que nos ocuparon en la primera a Timoteo: el buen orden en la iglesia, la sana enseñanza opuesta a la de los falsos maestros y sus frutos en la conducta de los creyentes. Pablo encargó a Tito que escogiera y estableciera ancianos en cada iglesia (Hechos 14:23). Esto es muy diferente al principio de tantas iglesias en las que un solo hombre acumula esas funciones, quien además recibe un sueldo para cumplirlas. Dignidad, sobriedad, hospitalidad y dominio propio son las condiciones morales indispensables para un anciano u obispo.

El retrato de los cretenses, trazado por su propio profeta y confirmado por el apóstol, no es nada halagador. Los rasgos más o menos destacados del hombre natural no se borran con la conversión. Uno permanece más inclinado a la mentira, otro a la pereza o al orgullo. Cada hijo de Dios debe aprender a conocer sus propias tendencias y luego velar, con la ayuda del Señor, para no permitir que se manifiesten. La insubordinación de los hijos hacia sus padres (v. 6) les hace correr el riesgo de rebelarse más tarde contra toda la enseñanza divina (v. 10).

Dios no reconoce las obras del que no se somete a la autoridad de su Palabra (v. 16 al final).


26 - Tito 2:1-15

Al lado de los que son ancianos en la iglesia (1:59), cada creyente, joven o viejo, hermano o hermana, debe dar un buen testimonio (2:2-10). Lo que está ordenado a los siervos se aplica a todos los redimidos del Señor. Son escasos los que no tienen un jefe por encima de ellos y, de todos modos, cada uno debería poder considerarse como Pablo: siervo de Dios. Seamos “adornos” que hagan resaltar la enseñanza de nuestro Maestro (v. 10; 1 Reyes 10:4-5).

Los versículos 11 y 12 nos muestran la gracia de Dios manifestándose de dos maneras: 1) Trae a todos los hombres una salvación que ellos no podían alcanzar por sí mismos. 2) Enseña al hijo de Dios a vivir sobriamente en su vida personal; justamente en sus relaciones con los demás y piadosamente en sus relaciones con el Señor. Toda la vida cristiana cabe en esos tres adverbios. Y lo que la sostiene es la esperanza (v. 13). Ésta es llamada bienaventurada porque llena el alma de una felicidad presente (v. 13; 1:2; 3:7).

“Dios nuestro Salvador… nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (v. 10 y 13): este título, contenido en el nombre de Jesús (que significa Dios Salvador), recuerda que le debemos todo. Acordémonos siempre que él “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (v. 14).


27 - Tito 3:1-15

Nuestra conducta respecto a las autoridades y para con todos los hombres debe ser necesariamente un contraste con lo que “también éramos” antes de nuestra conversión. Y este recuerdo de nuestro triste estado de otrora es apropiado para que mostremos “toda mansedumbre para con todos los hombres” (v. 2; Filipenses 4:5). Lejos de sentirnos superiores a ellos, podemos invitarlos, por nuestro propio ejemplo, a aprovechar la misma gracia que nos regeneró.

Esta epístola menciona seis veces las buenas obras (1:16; 2:7 y 14; 3:1, 8 y 14). So pretexto de que no tienen valor para obtener la salvación (v. 5), corremos el riesgo de subestimar su importancia y dejarnos aventajar por otros cristianos menos instruidos en otros puntos doctrinales. Por el contrario, hemos de poner “solicitud en practicar las buenas obras” (V.M.), con un doble fin: primeramente, con miras a ser útiles a los hombres (v. 8); luego, para no estar nosotros mismos “sin fruto” (v. 14). El Señor se complace en producir este fruto en la vida de los suyos, y en apreciar su naturaleza. Solamente es buena una obra hecha para él. María, si hubiera vendido su perfume en provecho de los pobres, habría hecho una buena obra a los ojos del mundo, pero al derramarlo sobre los pies del Señor, supo hacer una buena obra para con él (Mateo 26:10).


28 - Filemón 1-12

En los manuales escolares, en cada lección hay una parte teórica y otra práctica. La carta a Filemón nos hace pensar en ello. No contiene ninguna revelación particular, pero muestra cómo Pablo y sus compañeros ponían en práctica las exhortaciones contenidas en sus epístolas. “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad…”, escribía Pablo a los colosenses (3:12; comp. Filemón 5 con Efesios 1:15).

Era precisamente en Colosas donde vivía Filemón, un hombre piadoso, amigo del apóstol y rico, ya que tenía esclavos. Uno de ellos, Onésimo, después de haber huido de la casa de su amo, había encontrado a Pablo, prisionero en Roma, y se había convertido. El apóstol lo devolvió a su amo y le encargó ese conmovedor mensaje. Esto era obrar en contra de lo que la ley ordenaba: “No entregarás a su señor el siervo que se huyere a ti de su amo.

Morará contigo…” (Deuteronomio 23:15-16). La ley, en efecto, tenía en cuenta la dureza del corazón del hombre (véase Marcos 10:5). En cambio, la gracia en el apóstol tenía en cuenta que esa misma gracia obraría en el corazón de Filemón. Pablo conocía bien el amor de éste por todos los santos (v. 5); tenía las pruebas de este amor: “Porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos” (v. 7).


29 - Filemón 13-25

Onésimo significa “útil”. Otrora esclavo inútil, desde entonces merecía su nombre (v. 11). Más aun, había llegado a ser un amado y fiel hermano (v. 16; Colosenses 4:9). Ningún nombre es más precioso que el de “hermano”; y conviene tanto al amo como al esclavo cristiano. Por su parte, Pablo no se vale de ningún otro título más que el de anciano y prisionero de Jesucristo (v. 9). Si hubiera pensado sólo en sí mismo, no se habría privado de los servicios de Onésimo. Pero quería que a éste le fuese dada la oportunidad de dar testimonio en la casa donde se había conducido mal en otros tiempos y a Filemón, de comprobar los frutos de esa conversión y de confirmar “el amor para con él” (2 Corintios 2:8).

Esta historia de Onésimo, en cierto sentido, es la nuestra. Éramos siervos rebeldes que seguíamos el camino de nuestra propia voluntad, pero fuimos devueltos a nuestro Señor; no para ser colocados bajo servidumbre, sino como aquellos a quienes llama sus hermanos amados (comp. v. 16 y Juan 15:15). Aquí Pablo es la imagen del Señor que paga nuestra deuda e intercede por nosotros.

Ojalá esta epístola nos enseñe a introducir en nuestra vida diaria el cristianismo práctico: el olvido de sí mismo, la delicadeza, la humildad, la gracia… en una palabra, todas las múltiples manifestaciones del amor.